Alí Bey: un espía español en La Meca (I)

8 oct, 2012 por



Todos tenemos la imagen inmortalizada por el cine de Lawrence de Arabia, vestido a la manera árabe, montado en un dromedario en las arenas del desierto; sin embargo, mucho más difícil es pensar que esa misma imagen podría pertenecer a un español, cien años antes. Domingo Badía y Leblich protagonizó una de las aventuras más fascinantes del reinado de Carlos IV. Al hacerse pasar por un príncipe abasí, viajó desde Marruecos hasta La Meca en una misión secreta para el monarca español, bajo los auspicios de su valido, Manuel Godoy.

 

Los comienzos de un aventurero español

Domingo Badía y Leblich nació en Barcelona el 1 de abril de 1767, hijo de Pedro Badía, secretario de Bernardo O’Connor Phaly, señor de Ophalia (Offaly, en Irlanda), gobernador de la ciudadela de Barcelona, y de doña Catalina Leblich.

Siendo todavía un niño, se trasladó con su familia a Vera, en Almería, donde su padre ocupó el cargo de director de la Contaduría de Guerra y Tenencia de Tesorero del Partido de Vera. Domingo desde muy joven demostró una gran inquietud cultural en el ambiente ilustrado de Vera, donde se había creado una Real Sociedad Económica de Amigos del País en 1775. La preparación que adquirió le permitió conseguir el cargo de administrador de utensilios de la costa de Granada con tan solo 14 años.

Como hijo de funcionario, la vida que le esperaba era seguir los pasos de su padre dentro de la Administración española, sin embargo, como veremos, con el paso del tiempo afloró su espíritu aventurero que le hizo romper con ese futuro predestinado. En Vera se empapa del halo ilustrado de la villa asistiendo a tertulias en la mencionada Real Sociedad; su formación va creciendo debido a su interés por la geografía, la química, el álgebra o la física.

Su carrera en el funcionariado continúa imparable. Su padre fue destinado a Madrid y a Domingo se le adjudicó la vacante de la Contaduría de Guerra en Vera, con sólo 19 años. Era 1786. Allí se casó a los 24 con María Luisa Berruezo y Campoy, con la que tuvo tres hijos.

Con veintiséis años de edad, en 1794, se trasladó junto a su esposa a Córdoba como administrador de la Real Renta de Tabacos. En esta ciudad amplió su formación intelectual en botánica, astronomía, geografía y física; dentro de esta disciplina orientó sus inquietudes científicas a la aerostación. Fruto de estos estudios fue el Ensayo sobre el gas y máquinas o globos aerostáticos, que firmó con el pseudónimo de Polindo Remigio y la traducción del Ensayo sobre la higrometría del naturalista y físico suizo Horace Bénédict de Saussure.

Pero su interés por la aerostática (el nombre más habitual hoy en día para lo que en aquellos tiempos era aerostación) no se quedó sólo en el terreno teórico y especulativo. En el año 1795 se embarcó con la ayuda pecuniaria de su suegro en el diseño y la fabricación de un ‘balón’ o globo aerostático. Para hacer volar el ingenio obtuvo la autorización del Consejo Supremo de Castilla; sin embargo, su intentó de surcar los aires con el balón aerostático fue abortado por intercesión de su padre, que solicitó al Consejo Supremo que no permitiera tal ascensión.

El fracaso final de su proyecto perjudicó notablemente tanto a Badía como a su suegro. El fiasco le granjeó el descrédito de sus conocimientos y avances científicos, así como la ruina para la familia de la mujer de Domingo Badía y para la suya propia.

 

El proyecto de viaje científico

Todo ello le llevó a Badía a dimitir de su cargo en la Real Renta de Tabacos, a dejar Córdoba en 1799 y marcharse con los suyos a Madrid. En la capital vivió estrecheces y penurias. Encontró trabajo, mal pagado, en la biblioteca de Pablo Sangro y de Merode, príncipe de Castelfranco, que sólo le daba para los gastos más apremiantes, si bien le permitía seguir ahondando en su formación científica.

Así, realizó en 1800 la traducción del Diccionario de las maravillas de la naturaleza que contiene indagaciones profundas sobre los extravíos de la naturaleza…, escrito por Joseph Aignan Sigaud de la Fond. También tuvo acceso a los libros de viajes que había en la biblioteca del príncipe de Castelfranco, entre los cuales uno le caló más hondo que los demás: Viajes a las regiones interiores de África, escrito por el viajero escocés Mungo Park, del que existía una edición de 1800.

Simón de Rojas Clemente.

Estas lecturas espolearon el deseo que venía fraguando de realizar un viaje científico al interior de África. Por ellas sabía que sólo los viajeros de Europa que intentaban realizar tal periplo fracasaban, mientras que los viajeros musulmanes no tenían que afrontar ningún obstáculo para desenvolverse por los países africanos de religión islámica. Badía llegó a la conclusión de que si quería viajar al África musulmana debería hacerlo disfrazado como un fiel del islam. A su vez empezó a frecuentar los Reales Estudios de San Isidro, donde conoció y trabó una sincera amistad con el profesor Simón de Rojas Clemente, con el que aprendió la lengua árabe.

Badía fue dando cuerpo al proyecto de su viaje. El resultado fue su Plan de viaje al África con objetos políticos y científicos. Este plan presentaba varios apartados. En primer lugar, comenzaba con la necesidad de un Viaje preliminar a Londres, para proveerse en la capital británica de todos los instrumentos científicos necesarios para la expedición y para recabar la información de los expedicionarios y científicos británicos que habían viajado por el continente africano.

En segundo lugar estudiaba las Rutas por el África. Tenía el propósito de llegar a dicho continente por la costa del estrecho de Gibraltar, atravesar el Atlas y, por el Sahara, bajar hasta el golfo de Guinea; cruzar desde aquí hasta llegar a las tierras del Nilo, y por el desierto de Libia llegar al Mediterráneo, cerrando así casi un círculo que marcaría su periplo.

En tercer lugar afrontaba Badía el Método del viaje, en el que además de señalar el plan científico de la investigación, daba diversas instrucciones acerca de la vestimenta, las comidas, las jornadas de camino y de descanso en las diferentes jornadas del viaje e indicaba la necesidad de ir acompañado en la travesía sólo por árabes y negros, nunca por europeos, porque así se daría seguridad a la expedición.

En cuarto lugar, presentaba el apartado de Política y comercio, en el que se trataba la finalidad práctica del viaje, ya que recabaría información sobre el comercio en las distintas zonas que habría de visitar, así como las posesiones europeas que hubiese allí. Se daría asimismo puntual informe de las posibilidades del transporte de los géneros y productos de los distintos países africanos y la viabilidad de dichos lugares para asentar establecimientos españoles para el comercio con los distintos países africanos.

El quinto y último apartado del Plan, que se dedicaba a las Ciencias y artes, se ocuparía de la específica finalidad científica de la exploración, se estudiaría la situación geográfica de los países recorridos, sus cultivos más importantes, su geología, así como el arte de los pueblos que los habitan.

 

Godoy y el Plan de Badía

El Plan de Badía, como se puede observar, era de una minuciosidad exhaustiva; nada se había dejado al azar. Con una memoria de presentación y una carta geográfica sobre los nuevos descubrimientos del territorio africano, presentó toda la documentación al primer ministro Manuel Godoy el 8 de abril de 1801, para que fuera estudiada la viabilidad por parte de los expertos de la propuesta de expedición africana planteada por Badía.

La aprobación del proyecto siguió el conducto reglamentario propio de las propuestas para los viajes científicos. Fue enviado a una comisión de la Real Academia de la Historia, cuyo informe, tras las sesiones celebradas el 17 de abril, el 5 y el 7 de junio de 1801, fue contrario al Plan, ya que desaconsejaba el viaje propuesto por Domingo Badía y recomendaba que los esfuerzos de una expedición tal se realizaran para reconocer las zonas fronterizas del norte de las colonias españolas de América.

A pesar de la negativa de los miembros de la Academia de la Historia, el proyecto fue aprobado por Carlos IV, mediante real orden firmada el 20 de agosto de 1801. En el visto bueno del rey español influyó mucho, como no podía ser de otra manera, la influencia de Godoy, que fue el gran valedor del proyecto de Badía, porque vio al punto las posibilidades políticas que tenía tal expedición. No obstante, hay otro personaje muy involucrado en la aprobación del Plan del viaje a África. Nos referimos al coronel Francisco Amorós y Ondeano, que era uno de los secretarios de Godoy en 1802 y a partir de junio del mismo año secretario con ejercicio de Decretos de Carlos IV.

Amorós comprendió la importancia del viaje planificado por Badía y se convirtió en uno de sus principales apoyos, ya que se percató de que la empresa supondría aumentar “el Rey su grandeza y posesiones, España su prosperidad y V. E. [Godoy] su gloria”, tal y como expresa en una carta dirigida al primer ministro de Carlos IV el 8 de julio de 1803.

Además, Amorós había redactado ese mismo año un informe titulado Memoria sobre la posibilidad de perder las colonias de América y sobre la necesidad de tomar medidas para evitar los inconvenientes, que sería premonitorio con lo que ocurriría en las colonias españolas unos años después. Ante el vaticinio de esta situación, la idea era abrir nuevos mercados en África y el Oriente. A partir de este momento, el plan científico ideado por Badía pasó a convertirse, de la mano de Amorós y de Godoy, en una aventura política y militar contra el reino de Marruecos.

En el informe anteriormente mencionado que dictaminara la Real Academia de la Historia sobre el Plan presentado por Badía, se objetaban algunos inconvenientes a dicha expedición; entre otros se exponía que, debido a los riesgos de tal empresa, era indispensable que otro individuo acompañara en ese cometido a Badía. Para subsanar esta objeción se determinó que la persona más capacitada para ir con él a tan fantástico viaje era su profesor de árabe y ya íntimo amigo, Simón de Rojas Clemente.

 

Badía en París y Londres

Con todo el proyecto ya ultimado y conseguidos los subsidios financieros para tal empresa, el 12 de mayo de 1802, Badía y Clemente partieron de Madrid hacia París, con el fin de dirigirse posteriormente a Londres. La cobertura que adoptaron era la de dos estudiosos que proyectaban un viaje científico y de exploración geográfica por el continente africano, región del mundo aún muy desconocida para los intereses españoles, pero que ya había sido estudiada por científicos franceses y británicos.

En París entraron en contacto con miembros del Institute Royal de Francia e incluso lograron del propio Charles Maurice de Talleyrand, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores de Francia en esa época, una carta dirigida al cónsul francés en Tánger en la que le instaba a que ofreciera toda la ayuda que necesitaran los dos científicos españoles durante su viaje a Marruecos.

Ya en Londres, Badía y Rojas contactaron en la Royal Society de Londres con algunos de sus miembros, como A. B. Lambert y S. Turner; asimismo adquirieron gran parte del material científico que necesitaban para la expedición , así como las ropas de corte oriental que les permitieran adoptar fielmente el aspecto de dos musulmanes.

Badía como Alí Bey.

De esta manera, ya incluso por su indumentaria, Simón de Rojas Clemente pasaría a ser Mohamed ben Alí y Domingo Badía Leblich Alí Bey el Abasí, hijo de Othman Bey. Este, en su afán por parecer y mimetizarse más aún con la figura de su alter ego musulmán decidió circuncidarse en la capital británica. Para ello, aprovechando una excursión de Rojas para herborizar en los bosques londinenses de Spring Forest, Badía se dirigió a la consulta del médico sir Williams Blizard, presidente de la Real Sociedad de cirujanos británicos. La convalecencia tras tan delicada operación fue larga y muy dolorosa; los sufrimientos padecidos por Badía le llevaron a aconsejar a su buen amigo Rojas que no se sometiese a dicha operación.

Al cabo de un año, regresaron al puerto de Cádiz. En esta ciudad recibió Badía una misiva en la que se le urgía que marchara a Algeciras, donde se entrevistaría con una persona de total confianza de Godoy, su secretario Amorós. En ella se le instaba a que acudiera en secreto, solo, sin la compañía, ni el conocimiento del propio Rojas Clemente. Este hecho era la prueba fehaciente de que el único protagonista de la aventura en Marruecos sería Domingo Badía y de que Rojas Clemente se convertiría en una pieza prescindible cuando empezara la misión secreta de la expedición.

En la reunión, Amorós recalcó la finalidad del viaje, que, bajo la apariencia de una expedición exclusivamente científica, ocultaba la intención política de establecer buenas relaciones entre el sultán de Marruecos y España; en caso de no fructificar esta disposición, Badía debía conseguir sublevar a los jefes de las tribus marroquíes contra el sultán. Le ordenó que se desplazara a Tánger, adonde viajaría también de inmediato Amorós.

Este viaje a Tánger lo realizaría solo, porque desde ese momento Rojas Clemente sería apartado de la misión, cuyo objetivo final le era totalmente oculto. Al botánico se le encomendó la labor de realizar el catastro de las Alpujarras. Rojas había sido simplemente una tapadera para darle un carácter más científico a la expedición.

 

Continúa el día 10 de octubre

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