Alí Bey: un espía español en La Meca (II)

10 oct, 2012 por



Viene de Alí Bey: un espía español en La Meca (primera parte)

Alí Bey en Marruecos

El 29 de junio de 1803 Badía se encontraba en Tánger. Ya había adoptado totalmente la personalidad del príncipe Alí Bey el Abasí. Su objetivo político le fue ocultado por Amorós incluso a Antonio González Salmón, el cónsul español en Tánger, porque este tenía intereses particulares en Marruecos que podían interferir en la consecución del posible cambio político en dicho país. No obstante, se le solicitó que le prestara toda la ayuda necesaria a Badía en su presunta expedición científica.

Por otra parte, sí fue informado de toda la operación el vicecónsul de Mogador, la actual ciudad marroquí de Essaouira, Antonio Rodríguez Sánchez, un hombre de confianza de Godoy, cuya misión sería la de encargarse de la correspondencia entre Badía y Amorós. Como es lógico, los remitentes de dichas cartas tenían sus nombres cifrados de la siguiente manera: Domingo Badía firmaba como “Alí-Beik-Abd-Allah”, Godoy era “Miss Jenny Chapman”; Amorós firmaba “Sir P. Bedfford” o “Sarama”.

A través del caíd o gobernador de Tánger, Sidi Abderraman Aschasch, con el que había trabado una fuerte amistad, tuvo una entrevista con el sultán de Marruecos, Muley Suleimán, que llegó a Tánger el día 5 de octubre. Alí Bey, para ganarse al sultán, le hizo entrega como presente de veinte fusiles, dos mosquetones y quince pares de pistolas, junto con munición, telas y otros objetos. También le mostró los instrumentos científicos que portaba y le enseñó su funcionamiento.

Según el propio Badía, al sultán le llamó muchísimo la atención una máquina eléctrica y una cámara oscura. Por su parte, Muley Suleimán le regaló dos panes negros envueltos en una valiosa tela zurcida en oro y plata, presente que significaba que el sultán consideraba a Alí Bey como un hermano suyo.

Asimismo, entabló una profunda amistad con el hermano del sultán Muley Abdsulem y conoció a Sidi Mohamed Salaoui, primer ministro, y a Muley Abdelmelek, primo hermano del sultán y general de la guardia imperial. Alí Bey había entrado en contacto con los personajes más importantes de Marruecos y, por lo tanto, había empezado el primer paso para realizar las intrigas a las que estaba destinado.

Desde Tánger Alí Bey viajó por Marruecos acompañado de un séquito de diecisiete servidores, treinta animales y una escolta de cuatro soldados. Se dirigió desde Tánger a Alcassar-Kibir (Alcazarquivir). El día 1 de noviembre llegó a Mequinez; el día 5 entró en Fez; el 4 de marzo de 1804 llegó a Rabat.

El 21 de marzo llegó a Marrakech. La estancia de Alí Bey en esta ciudad fue crucial. Aquí confirmó plenamente el sultán su amistad con Badía al regalarle una finca de recreo llamada Semelalia mediante un firman o decreto fechado el 29 de abril de 1804. Alí Bey, aprovechando esta favorable coyuntura, intentó persuadir al sultán para que estableciera una alianza con España con el fin de extender sus relaciones políticas y comerciales.

La reacción de Suleimán no pudo ser más negativa; además de oponerse a dicha alianza, le confió a Alí Bey que su verdadero deseo era, una vez subyugados los jerifes rebeldes de las provincias del Atlas, llevaría la guerra contra el reino de España, con el fin de recobrar los antiguos territorios pertenecientes al islam; para ello incluso le pidió a Alí Bey que se uniera a él para retomar al-Andalus.

Badía comprendió en ese momento que su primer cometido, convencer al sultán, era imposible, tal como le hizo saber al vicecónsul Antonio Rodríguez Sánchez, para que lo pusiera en conocimiento de Godoy. La otra alternativa de la misión de Alí Bey, esto es, conseguir que se sublevaran los bajaes contrarios al poder del sultán, empezó a desarrollarse.

Al mismo tiempo, Suleimán, desconocedor de obviamente de toda esta conspiración, le había enviado como nueva prueba de afecto a Alí Bey dos mujeres de su propio harén, cuyos nombres eran Fátima Mohhana, con la que llegó a tener un hijo, Utman, y Tigmu, una esclava negra.

Aprovechando que el sultán tuvo que marchar a Mequinez, Alí Bey se desplazó a Mogador, donde se entrevistó con los bajaes de las tierras de Haha, Sherma y Sus, en el suroeste de Marruecos, que apoyaban al jeque Sidi Hescham, opositor al sultán. Badía les convenció de la necesidad de sublevarse contra Muley Suleimán.

A partir de ese momento empezó a prepararse la intervención española en Marruecos. Badía había solicitado para el éxito de la misión “1º, veinticuatro artilleros y dos oficiales; 2º, tres ingenieros y dos minadores; 3º, algunos cirujanos con sus instrumentos y una pequeña farmacia; 4º, algunas piezas de campaña de diferentes calibres con sus ajustes; 5º, dos mil fusiles y municiones; 6º, cuatro mil bayonetas; 7º, mil pares de pistolas”. Por una carta emitida en Aranjuez por Godoy al marqués de la Solana, Francisco Solano y Ortiz de Rozas, capitán general de Andalucía, el 17 de junio de 1804, sabemos que las demandas de Badía fueron admitidas.

Aunque todo estaba dispuesto para la acción, en julio de 1804 se abortó toda la operación. Carlos IV se opuso frontalmente a los proyectos de Godoy y de Alí Bey. Entre las razones que el primer ministro aduce en sus Memorias para el cambio de opinión de Carlos IV estaban los escrúpulos morales del rey español ante los que suponía una traición por parte de Badía, y consecuentemente del gobierno español, a una persona como el sultán de Marruecos que se había comportado tan hospitalariamente con el enviado de la corona.

Otra de las razones más plausibles para la prohibición de la operación fue la posibilidad de que Gran Bretaña tomara represalias contra España al poder quedar aislado Gibraltar por ambas costas. Incluso el propio Badía más de una década después, en su Memoire sur la colonisation de l’Afrique, escrita en 1815, atribuye el cambio de parecer del monarca español a la influencia de su propio confesor, Fernando Scío, que le convenció de que era un gran pecado autorizar a uno de sus súbditos a vivir como un musulmán.

Toda esta situación agotó a Alí Bey hasta tal punto que cayó enfermo, lo que le hizo pasar en cama tres meses en su palacio de Semelalia.

A pesar de todos estos sucesos, un nuevo acontecimiento reavivó el proyecto militar contra Marruecos: la guerra de España y Francia contra Gran Bretaña a partir del 14 de diciembre de 1804. Debido a que el sultán de Marruecos apoyaba a los británicos, ofreciéndoles ayuda, Carlos IV autorizó a Badía, a través de Godoy, a que reanudara los planes para la revuelta contra Muley Suleimán, ya que los británicos abastecían a Gibraltar desde los puertos de Marruecos.

Del mismo modo, el sultán marroquí había prohibido la exportación de trigo a España, lo que estaba causando graves perjuicios tanto a este país como a Marruecos. Para premiar los esfuerzos que había realizado Alí Bey, y los que aún le quedaban por realizar, Godoy lo nombró brigadier, grado militar equivalente a general de brigada actual.

Sin embargo, a estas alturas ya le era imposible a Alí Bey liderar ni planificar un alzamiento contra el sultán de Marruecos, puesto que muchos de los personajes que rodeaban a Suleimán, así como este mismo, sospechaban de Alí Bey en esos momentos.

No obstante, esas sospechas apuntaban a que Alí Bey fuera un príncipe oriental cuyo cometido fuera sublevar a las diferentes tribus marroquíes en su propio beneficio, pero nadie intuía que fuese un agente español al servicio de Carlos IV. Aun así, la única salida que le quedaba a Badía era marcharse de Marruecos; para ello, con la excusa de su planeada peregrinación a La Meca, abandonó Fez el 30 de mayo de 1805, acompañado de sus servidores y de Fátima Mohanna y Tigmu.

 

El viaje a La Meca

El día 9 de junio, Badía/Alí Bey alcanzó la ciudad marroquí de Uchda, cerca de la frontera con Argelia. A su llegada, los principales de la ciudad le comunicaron que no podía seguir viaje a Argel, porque había tenido lugar una violenta insurrección en la ciudad argelina de Tremecén contra el bey o gobernador turco, lo que convertía en intransitable la ruta hacia el Oriente.

Alí Bey consiguió que una escolta de cien hombres lo acompañara en su camino hacia Tremecén, pero, nada más comenzar la marcha, dos soldados del sultán los alcanzaron para anunciarles que este había enviado a sus tropas para proteger a Alí Bey y a los suyos para conducirlos a Tánger, donde se podrían embarcar hacia el Levante. Esta nueva circunstancia les hizo volver a Uchda. Por fin salieron escoltados por los soldados del sultán.

El viaje a través del desierto fue un infierno; los hombres y los animales iban cayendo poco a poco debido a los rigores del trayecto. Para sorpresa de Alí Bey, los soldados del sultán no los condujeron a Tánger, sino a Larache, adonde llegaron el 17 de agosto de 1805. A pesar del solícito trato dispensado a Alí Bey y a los suyos por parte del bajá de Larache, al llegar la hora de embarcar rumbo a Oriente, tres destacamentos de soldados le obligaron a marchar solo, sin su gente. La orden procedía del sultán.

Es indudable por cómo se sucedieron los acontecimientos en el final de la aventura marroquí de Alí Bey, que habían llegado a oídos del sultán las actividades revolucionarias y levantiscas del príncipe abasí.

Vista de Modona.

El día 13 de octubre de 1805 Alí Bey partía en un barco rumbo a Trípoli. Llegó a la capital libia en los primeros días del mes de noviembre de ese año. El 26 de enero de 1806 embarcó hacia Alejandría en un barco turco. Tuvieron que hacer escala en la ciudad de Modón o Modona, al sur de la península griega del Peloponeso, para conseguir suministros. El 21 de febrero partió desde la isla cercana de Sapienza rumbo por fin a Alejandría, pero una fuerte tempestad los desvió totalmente de su curso, de tal manera que hubieron de arribar en la ciudad de Limasol, al sur de Chipre el 7 de marzo.

Ali Bey, libre ya de los cometidos políticos que le fueron encomendados durante su misión en Marruecos, se dedicó a sus observaciones científicas, antropológicas y sociales y a redactar una serie de dibujos, mapas, planos y bosquejos históricos en los que plasma las costumbres de los países que irá visitando. De Chipre partió, por fin, a Alejandría, en un pequeño bergantín griego; llegó a la ciudad egipcia la tarde del 12 de mayo de 1806.

Alí Bey conocía las intenciones comerciales de Gran Bretaña porque había tenido contactos con un inglés llamado Mr. Rich, al que conoció en Chipre. Este hombre de negocios destinado como presidente de la Compañía Británica de las Indias Orientales en Egipto lo tomó como un espía británico disfrazado de musulmán; Badía consciente de este hecho, reforzó con insinuaciones las sospechas de Mr.

Rich para poder sacarle toda la información posible sobre las intenciones comerciales y económicas de Gran Bretaña, que no se quedaban solo ahí, sino que el país enemigo de España en esos momentos tenía grandes pretensiones políticas en el país africano, al decidirse a poner en el trono de Egipto al mameluco Elfi Bey, en lugar del turco Mehmet Alí, a la sazón, valí o gobernador de Egipto desde el 13 de mayo de 1805, momento en el que expulsó al anterior valí Khurshid Bajá.

Los planes de Gran Bretaña no obtuvieron el fruto deseado, que le habría dado plena influencia si Elfi Bey hubiera llegado al poder, sostenido y dominado por el gobierno británico. Alí Bey, con un gran ascendiente entre la delegación turca, convenció al Capitán Bajá, o almirante mayor de la marina del Imperio otomano , de que no era plausible el apoyo de la armada turca a Elfi Bey.

Sus palabras surtieron efecto y Constantinopla, capital del Imperio otomano, se desentendió de Gran Bretaña y del líder de los mamelucos Elfi Bey. El Capitán Bajá, en agradecimiento le entregó una serie de cartas de recomendación a Alí Bey, dirigidas a Mehmet Alí, al bajá de Damasco y para el sharif o jerife gobernador de La Meca, Yahya bin Surour. Con dichas misivas partía Alí Bey el 30 de octubre de 1806 hacia El Cairo.

El 10 de noviembre está ya en la actual capital egipcia, se entrevista con Mehmet Alí, pasa las fiestas del Ramadán y, una vez terminado, continúa su viaje a La Meca el 15 de diciembre de 1806, tras unirse a una caravana de peregrinos; de esta manera asiste a la dura marcha por el desierto realizada por miles de devotos musulmanes. Sigue la travesía por el mar Rojo hasta alcanzar Yida o Jedda, en la actual Arabia Saudí, el día 13 de enero de 1807. Diez días después, llegaba a la ciudad santa del islam.

Cierto es que Alí Bey no fue el primer occidental que entró en La Meca. Antes que él ya consiguieron dicha hazaña el italiano Ludovico de Varthema, en 1503, disfrazado de mameluco; el navegante francés Vincent Leblanc, que llegó a las ciudades santas de La Meca y Medina en 1568 tras unirse a una caravana de mercaderes desde Damasco, pero no es seguro que lograra entrar en ellas; el austriaco Johann Wild, el cual visitó dichas ciudades como prisionero de un jeque persa en 1607; o el británico Joseph Pitts, quien también accedió La Meca como cautivo de los turcos en 1680.

Sin embargo, el español era el único que lograba entrar en la ciudad sagrada como un hombre libre, que realizaba todos los rituales de los devotos peregrinos del Hajj o peregrinación a La Meca, las siete vueltas alrededor de la Kaaba y el posterior beso de la Piedra Negra, bebía agua del pozo Zamzam, llevaba a cabo la peregrinación a la ciudad de Mina, al monte Arafat, la Lapidación del Diablo…

La Kaaba. Dibujo de Alí Bey.

E, incluso, el 29 de enero Alí Bey fue invitado por el propio sultán de La Meca para barrer y limpiar la Kaaba, lo que era reservado a muy pocos fieles, solo a los “Servidores de la casa de Dios la prohibida”. Además, Alí Bey fue testigo del dominio de las ciudades santas por parte de los wahhabíes, esto es, de los salafitas seguidores de Saud ibn Abdul-Aziz, partidarios de un islamismo muy tradicional y puritano y contrarios al Imperio otomano en la región. Por ello, el 26 de febrero de 1807, el mencionado líder de los salafitas dispuso que fueran expulsados de La Meca los soldados turcos, así como el bajá turco de Yida y los antiguos cadíes de La Meca y Medina.

Alí Bey deja las ciudades sagradas musulmanas tras realizar todo un estudio geográfico de ellas, estableciendo su exacta posición, y después de realizar toda una serie de dibujos, de croquis y de planos con gran precisión de los lugares más importantes. El 23 de mayo alcanza Suez, de donde viaja hasta El Cairo, adonde llega a mediados de junio de 1807. Su próximo destino son los Santos Lugares del cristianismo.

Emprendió el viaje a Jerusalén el 3 de julio de 1807; veinte días después llegaba a dicha ciudad. Realiza diversas visitas al sepulcro de Abraham, Belén, Nazaret, el sepulcro de la Virgen María, de Cristo… Todos estos viajes le sirvieron para hacer una Memoria sobre la situación de los monjes cristianos en Tierra Santa.

Desde Nazaret partió rumbo a Damasco, la capital siria, ciudad a la que llegó el 22 de agosto de 1807. Su viaje continuó hasta Alepo, el lugar en el que ficticiamente había nacido Alí Bey, donde entra la tarde del día 9 de septiembre. Tras un dificultoso viaje por la Anatolia turca, llegó a la antigua Constantinopla, la actual Estambul, el 21 de octubre de 1807.

En la capital turca se hospeda en la casa del embajador español, el marqués de Almenara, José Martínez de Hervás, el cual continuó manteniendo oculta la verdadera identidad de Domingo Badía, al presentarlo a su familia y a su personal como el príncipe abasí Alí Bey.

 

Finaliza en Alí Bey: un espía español en La Meca (tercera parte)

4 Comentarios

  1. Florencio Azores Ruiz

    Estupendo artículo. Una vez más D.Juan Carlos me hace pasa un rato amenísmo con historias del espionaje ( incomparable su breve historia del espionaje,libro que recomiendo fervientemente).

    • Juan Carlos Herrera Hermosilla

      Agradezco sobremanera sus amables palabras. Para mí es un gran placer que le le hayan gustado mis trabajos. Palabras tan elogiosas me animan a seguir investigando. Le doy infinitas gracias por recomendar mi libro.

  2. Daniel Hernández Conde

    Buen articulo con buenos. Argumentos. Da a conocer un apartodo interesante de la la histpria española y ademas poco conocido

    • Juan Carlos Herrera Hermosilla

      Le agradezco su amable comentario y estoy de acuerdo completamente con usted en que, a menudo, los acontecimientos de la historia más desconocidos o marginales son los más interesantes

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