Alí Bey: un espía español en La Meca (y III)

15 oct, 2012 por



Viene de Alí Bey: un espía español en La Meca (segunda parte)

El regreso

Sin embargo, una denuncia realizada por un esclavo que tenía a su servicio, en la cual lo acusaba de ser cristiano, obligó a Alí Bey a salir precipitadamente de Constantinopla el 2 de diciembre de 1807 con destino a Bucarest, la capital del principado rumano de Valaquia, en manos del Imperio otomano.

En la noche del día 19 de diciembre llega a la capital rumana. De aquí se dirigió a Viena, adonde llegó el 14 de enero de 1808. En la capital austriaca Domingo Badía, tras despojarse de la personalidad de Alí Bey, se pone en contacto con el embajador español Eusebio Bardají Azara y, a través de este, intenta comunicarse con Godoy. En Viena le envía al gobernante español, el 12 de febrero de 1808, el informe sobre los religiosos católicos en Jerusalén.

Debido a la importancia y al servicio prestado, en junio de 1808 fue nombrado caballero de la Orden del Santo Sepulcro. También le envía el informe detallado de su viaje, tal como lo conocemos por un documento que Godoy dirigió al secretario de Estado Pedro Cevallos, firmado en Aranjuez el 1 de marzo de 1808.

En dicho documento, Godoy dice que

«según entró el viajero don Domingo Badía y Leblich , hice reconocer todos los papeles que había remitido en diferentes ocasiones y ordenarlos, a partir de lo cual hace subdividir la operación en cinco periodos para su mayor inteligencia. El 1º comprende todas las diligencias y trabajos preventivos antes de salir de Madrid, varias memorias, los viajes a París y Londres, la colección de objetos de historia natural que ofrecí a S. M. y existe en el Real Gabinete, y las travesías de Londres a Cádiz y a Tarifa. El 2º periodo abraza desde la entrada del viajero en África hasta su salida de Marruecos… Entre ellos el que más honra y acredita la sagacidad de nuestro Viajero es el ascendente que llegó a tomar sobre aquellos ánimos, S. M. tiene noticia de ellos, y sabe por qué varió el plan y la dirección del viaje cuya primera empresa debía ser el reconocimiento de Tombuktú,… Este 2º Índice o Periodo pudiera comprender otro género de noticias y papeles de mucha mayor importancia…, pero la política y los intereses del Estado exigen que se corra un velo sobre varios sucesos, y que queden sigilados y obscurecidos hasta que la voluntad del Rey disponga otra cosa.

El 3er. periodo de esta expedición empieza desde el día en que salió el Viajero de Larache y llegahasta su embarco en el mar Rojo para la Meca. En él nos da individuales noticias de Trípoli, de la plaza de Modón en la Morea [la península del Peloponeso] y de la famosa Isla de Chipre. Los trabajos, reconocimientos y láminas que hizo en esta Isla pueden considerarse como clásicos y originales en todos los sentidos. Tales han parecido también a los sabios del Instituto de Francia (…) A más de estos trabajos hay otros documentos…

El 4º periodo comprende los viajes del Mar Rojo; la Arabia y La Meca, y han producido dos tomos de descripciones; varios cuadernos con notas sueltas, y un Atlas de 36 láminas de objetos no reconocidos hasta ahora, ni publicados por Viajero alguno. (…) En poder del Cónsul de Egipto ha dejado depositada una colección de curiosidades recogidas en este periodo de tiempo,, que sirven de comprobantes y aumentan el valor de la expedición.

El 5º y último periodo de esta empresa se compondrá de los trabajos hechos desde su salida de El Cairo a Constantinopla, pasando por Jerusalén, Damasco, Alepo, y toda el Asia Menor; y de los que ofrece su viaje a Viena y producirá su regreso a Madrid. El Índice de este quinto periodo que también acompaña, contiene los documentos que me dice el viajero conserva en su poder, y cuyos títulos bastan para dar idea de su mérito… ».

Termina Godoy haciendo hincapié en los méritos de Badía, por los que «este hombre se halla en el caso de poder hacer grandes servicios al Estado por los conocimientos que ha adquirido; por las relaciones políticas y confidenciales que ha sabido conservar en todas partes y por las importantes miras y proyectos que ocupan su mente».

Como se puede inferir de estas palabras, el futuro no podía presentársele más halagüeño y prometedor a Domingo Badía; sin embargo, los acontecimientos que se dieron en España truncaron todas las expectativas.

En la madrugada del 17 de marzo de 1808 una muchedumbre enardecida por los partidarios del príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII, asaltó la casa de Godoy, durante el trascendente motín de Aranjuez. El aún primer ministro tuvo que permanecer escondido hasta que el día 19 fue descubierto y detenido. También fue asaltada la casa de su secretario el coronel Francisco Amorós.

En ella se encontraron los legajos referentes al “asunto de Marruecos”, en los que había gran cantidad de de cartas codificadas que fueron interpretadas como un asunto turbio en el que estaban implicados tanto Godoy como el propio Amorós y que les inculpaban como presuntos espías de Gran Bretaña que habían utilizado un código criptográfico para comunicarse con los británicos; incluso se pensó que la cesión de Muley Suleimán de las tierras de Semelalia a Alí Bey fue tomado como una donación del sultán de Marruecos a Godoy para sellar una conspiración con Suleimán en contra de los intereses de España.

Amorós fue detenido también el 6 de abril de 1808. Mientras Badía perdía a sus dos máximos valedores, continuaba su viaje hasta la ciudad francesa de Bayona, adonde llegó el 9 de mayo de 1808, tras pasar por Munich y París. En Bayona se encontraba la familia real española y el propio emperador francés Napoleón I, tras los trágicos sucesos del alzamiento popular del 2 de mayo en Madrid, que desembocarían en la Guerra de la Independencia española.

El mismo día 10 Badía tuvo una audiencia con Carlos IV, a quien mostró parte de los planos y los dibujos realizados por él durante sus viajes. El ex monarca español concluyó la reunión diciéndole a Badía que “a todos conviene que sirvas a Napoleón”. Eso fue lo que hizo el viajero español; fue atendido por el prefecto del palacio imperial, Louis-François-Jean de Bausset, tras encomendarle el propio Napoleón I a este último que atendiera a Badía.

En sus Memorias anecdóticas sobre el interior del Palacio y sobre algunos acontecimientos del Imperio desde 1805 hasta el 1 de mayo de 1814 para servir a la historia de Napoleón, Bausset nos deja una impresión muy favorable de Badía; este le relata su peripecia por Marruecos y Oriente Próximo, lo que asombra sobremanera al prefecto de palacio. Esta positiva opinión de Bausset acerca del aventurero español, que fue posteriormente remitida a Napoleón I, sin duda influyó en el nombramiento de Badía para sus futuros cargos en España a las órdenes del rey José I.

Durante la estancia de Badía en Bayona se firmó la conocida como Constitución de Bayona el 7 de julio de 1808, que iniciaba el reinado efectivo de José I en España. Cuando el monarca llegó a Madrid el 20 de julio de 1808, Badía regresó también formando parte de su séquito. En Madrid se reunió con su familia tras casi seis largos años, pero llegó sin ningún tipo de cargo y los problemas económicos empezaron a ser acuciantes.

Su suerte cambió cuando fue nombrado intendente general de la provincia de Segovia el 23 de septiembre de 1809, aunque Badía nunca solicitó dicho cargo. Tuvo que sufrir el desprecio por parte de la población que lo tildaba negativamente de judío, de musulmán circuncidado, mientras que para otros era un afrancesado, un masón y un impío; sin embargo, durante su periodo como intendente de Segovia tuvo que lidiar con las exigencias del gobernador francés, el general Jacques Louis François Delaistre, conde de Tilly, para el ejército francés de Extremadura que estaba acantonado en la provincia segoviana. Asimismo, se preocupó por mejorar la agricultura en el territorio de Segovia, impulsando el cultivo de la patata, para evitar las hambrunas.

El 5 de abril de 1810 fue nombrado prefecto de la ciudad de Córdoba, cargo que ocupó hasta el 14 de julio de 1811. En este puesto modernizó la ciudad andaluza con la construcción de tres cementerios, el diseño de los Jardines de la Agricultura, inaugurados el 1 de marzo de 1811, el trazado del primer plano de la ciudad y el establecimiento del servicio municipal de recogida de basuras que consiguió hacer de Córdoba una ciudad más limpia.

Badía cumplía con sus obligaciones como un verdadero ilustrado, a pesar de que, en realidad, lo que deseaba era volver a París para editar el relato de sus viajes, lo cual era imposible en las circunstancias por las que pasaba España.

 

El final de Alí Bey

Tras la huida de José I Bonaparte de territorio español el 13 de junio de 1813, Badía y su familia han de exiliarse de su patria, como otros tantos afrancesados, y fijar su residencia en París. En la capital francesa consigue publicar la historia de sus viajes en el año 1814, bajo el reinado de Luis XVIII, a quien va dedicada, después de haber sido aprobada por el Instituto de Francia. Esta primera edición consta de tres volúmenes y tiene como título Voyages d’Ali Bey el Abbasí en Afrique et en Asie pendant les années 1803, 1804, 1805, 1806 y 1807.

Aparte se publicó un Atlas des voyages d’Ali Bey, que contiene 83 láminas y 5 mapas, realizados por él mismo. El 1816 apareció la traducción inglesa en Londres, titulada Travels of Ali Bey in Morocco, Tripoli, Cyprus, Egypt, Arabia, Syria and Turkey, between the years 1803 and 1807. Ese mismo años salió la edición estadounidense en Filadelfia y la alemana en Weimar; por su parte la edición italiana republicó en 1816 y 1817.

La edición española, publicada en Valencia, no vio la luz hasta 1836, con el título Viajes de Ali Bey el Abbassi (Don Domingo Badía y Leblich) por África y Asia durante los años 1803, 1804, 1805, 1806 y 1807, en tres volúmenes. Como podemos comprobar en la edición española junto al pseudónimo Alí Bey, aparece el nombre verdadero del autor, que ya había fallecido dieciocho años antes. Debido a problemas de edición y a los propios costes, apareció sin mapas ni grabados.

Pero volvamos a Badía. La vida en París le sonreía. Fue nombrado mariscal y le fue concedida la Orden de la Flor de Lis; a su hijo Pedro lo ascienden a teniente de artillería. Su hija Asunción contrae matrimonio con el filósofo e historiador francés Jean-Baptiste-Claude de Lisle de Sales; por el contrario, el gobierno del rey español Fernando VII hizo caso omiso al memorial que le envió Badía en el que le manifestaba su fidelidad a la Corona española y la misión secreta llevada a cabo por él por las tierras de África y Asia.

Sin embargo, el gobierno francés de Luis XVIII, en su deseo de volver a un nuevo esplendor imperialista francés, aprobó un plan para una nueva expedición por África presentado por Badía en octubre de 1815. En este proyecto el general Badía, ya nacionalizado francés, proponía, en primer lugar, atravesar de África de Oriente a Occidente por su centro y los paralelos diez al quince de latitud norte; en segundo lugar, emplear un año en la peregrinación a La Meca, y otros dos años para atravesar África, entrando por Abisinia o Etiopía, pasando por Darfur, en Sudán, remontando el curso del Níger y saliendo por Senegal.

En el fondo lo que hay es un intento de controlar una ruta terrestre que se dirigiera a la India desde el Mediterráneo para, de una manera u otra, entorpecer el comercio de Gran Bretaña. Badía sale de París el 6 de enero de 1818, para realizar el que será su último viaje, esta vez disfrazado de Alí Othmán, para intentar pasar desapercibido entre los musulmanes que conocieron a Alí Bey.

Desde Milán envía una carta, fechada el 18 de enero de 1818, en la que participa que ya ha sido publicada la traducción italiana de sus Viajes; otras dos cartas, posiblemente remitidas también desde Milán o Venecia, están destinadas a sus hijos, con fecha de 31 de enero de 1818, y a su mujer el 1 de febrero de 1818. Ambas cartas parecen realmente una despedida.

Badía es consciente de que a sus 51 años, con una salud muy mermada por todas las enfermedades, rigores y penalidades de sus viajes anteriores, no va a regresar junto a su familia. Con todo, Badía no se arredró ante las dificultades del periplo. El 19 de marzo está ya en Constantinopla. El 20 de marzo envía su última carta desde la capital turca. El 23 de mayo se encuentra en Alepo. En julio se halla en Damasco preparando su segunda peregrinación a La Meca, pero cayó enfermo de disentería; aun así inició el viaje el 17 de agosto en una caravana de peregrinos, pero no llegó a la ciudad santa del islam; la muerte le alcanzó antes de cumplir su objetivo.

Al igual que gran parte de las actividades de Badía a lo largo de sus viajes, su muerte también estuvo envuelta en el misterio. Hay diversas hipótesis acerca de su fallecimiento. Ramón de Mesonero Romanos, en su biografía de Domingo Badía, en la edición de los Viajes de 1860, afirma haber visto una carta del padre franciscano Vinardell, de convento español de San Francisco de Damasco, en la cual aseguraba el párroco español que Badía estaba en Damasco en agosto de 1818 con la intención de realizar su segunda peregrinación a La Meca, a pesar de su delicado estado de salud. Cuando murió, siguiendo a la fuente de Mesonero Romanos, le practicaron al cadáver la última ablución o purificación. Según Abd-el-Carim, Agá o Señor de los Africanos, que formaba parte de la misma caravana, encontraron una cruz en el pecho de Alí Bey.

Sin embargo, el estatus de Badía como agente del gobierno francés ha hecho sospechar que pudiera morir envenenado por el propio pachá de Damasco, a instancias del gobierno británico. El mismo Badía, una semana antes de su muerte el 1 de septiembre de 1818, escribió una carta al cónsul francés de Damasco en la que le decía que tres días antes de su salida de Damasco, un médico francés llamado Chaboceau le llevó un paquete de ruibarbo torrefacto. La ingesta de este medicamento, prescrito para la disentería que sufría el expedicionario, casi le produjo la muerte. El propio Badía confiesa que el remedio tenía veneno, lo cual desconocía el médico Chaboceau; por ello llegó a culpar de su envenenamiento a la mujer del propio médico y a un “grueso monje español”.

Chateaubriand.

Badía le pedía al cónsul francés que si moría enviara dicha carta y los sobres con el remedio a Louis-Mathieu Molé, conde de Molé, ministro de la Marina y de las Colonias. Esta hipótesis también se apoya en las declaraciones que hizo la extravagante aristócrata inglesa lady Hester Stanhope, la llamada Reina Blanca de Palmira, al poeta francés François-René de Chateaubriand, al que había conocido Domingo Badía, en su disfraz de Alí Bey, en mayo de 1806 en Alejandría. En dicha carta afirma Lady Stanhope que tenía en su poder una carta de Alí Bey escrita poco antes de morir y un paquete de ruibarbo envenenado. La aristócrata le pidió a Chateaubriand que cumpliera el último deseo de Badía, entregando la carta y el paquete de ruibarbo al conde de Molé. En 1821 se analizaron, por fin, los restos de ruibarbo y se redactó un informe en París que indicaba que no se habían encontrado restos de ningún veneno.

Sea como fuere su muerte, lo que es cierto es que todo lo que rodeó al fallecimiento de Alí Othmán está envuelto en un halo de misterio, como el que rodeó la vida de Alí Bey. Aun así, la verdadera persona que encarnó a estos dos personajes, Domingo Badía y Leblich, no solo representó las cualidades de un hombre ilustrado y el arrojo y el valor de los viajeros de antaño, sino que incluso dejó una honda huella en las personas que lo conocieron; esta impronta tuvo su tributo en los versos que le dedicó el poeta griego Constantino Ipsilanti, cuando ambos se conocieron en la isla de Chipre:

 

Volerà di lido in lido

la tua gloria vincitrice,

e d’obblio trionfatrice

la tua fama viverà.

E non solo in quisti Boschi

sarà noto il tuo coraggio

ma ogni popolo più saggio

al tuo nome, al tuo valore

simulacri enalzarà.

 

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