La cultura del ladrillo y otros dislates en tiempo del Quijote

22 oct, 2012 por



Aquellos tipos adustos que adoptaban terno negro, golilla y gesto grave; severos memorialistas instalados en torno a la decadencia del 1600, gozaron siempre de mala prensa. Se les decía arbitristas por su costumbre de representar al rey los males de aquella Monarquía Hispánica y los por veces peregrinos remedios que se les ocurrían para vencerlos.

Los arbitristas según sus coetáneos

Para la población avisada, los arbitristas eran a menudo juzgados como tristes charlatanes de poco seso, capaces de presentar a la consideración del Consejo de Castilla las soluciones más disparatadas y carentes de fundamento que se pudiera imaginar.

Cuenta Cervantes por boca de Berganza en El coloquio de los perros cómo entre los recluidos en el Hospital vallisoletano de la Resurrección había podido ver a un alquimista, un poeta, un matemático, y “uno de los que llaman arbitristas”, buena muestra de por donde caminaba el pensamiento español a la hora de señalar las ocupaciones que habitualmente desempeñaba la irracional caterva de lunáticos y desesperados que comenzaba a señorear aquellos reinos, personajes peripatéticos a los que don Alonso Quijano daría carta de identidad y cierta esperanza de que en el futuro serían mejor comprendidos.

Pero ya a las puertas de la crisis, los conceptos se afilan y los juicios se despojan de toda misericordia, el siglo de hierro comenzaba a parecer a sus contemporáneos un lugar insalubre.

Para Quevedo — ¿leía de verdad Quevedo o sólo se leía a sí mismo?—, los arbitristas son unas veces locos universales y castigo del cielo (Fortuna con seso) cuando no charlatanes embargados por la mayor de las estupideces. En El Buscón el arbitrista que charla con Don Pablos pretende convencerle de la posibilidad de ganar Ostende secando el mar con esponjas…

Claro que cuando uno repasa la lista de tanto desnortado como había dirigiendo memoriales a los Austrias menores, se encuentra con nombres que en nada se corresponden con la imagen tradicional del arbitrista.

Los arbitristas según la historiografía

Así, entre 1550 y 1600, nos topamos con la escuela de Salamanca en pleno: Luis Ortiz, del que dijera Earl J. Hamilton que había desarrollado “una doctrina de la balanza de pagos notablemente lúcida para su época”; Martín de Azpilpueta, quien casi con toda probabilidad se habría adelantado al mismísimo Jean Bodin al formular la primera teoría cuantitativista del dinero, es decir, que la moneda, como cualquier otro bien, obedece a la ley de la oferta y la demanda, relacionando así explícitamente el caudal de los metales preciosos americanos con la inflación de los precios y el “premio de la plata” que tan detenidamente ha estudiado el citado Hamilton.

Pero aún hay más, ¿qué decir de Tomás de Mercado? Aquella su Suma de tratos y contratos estableció, de forma paralela a la Réponse à monsieur de Malestroict de Bodin, los peligros de intercambiar sistemáticamente materias primas por producciones elaboradas en la industriosa manufactura del norte de Europa.

De entre todos estos pensadores más o menos económicos a los que nadie hizo nunca el menor caso, puede que, llegando ya a la generación de la crisis, Martín González de Cellorigo sea de los menos conocidos, no obstante resulta para mí uno de los más audaces en su pensamiento al rechazar el bullonismo premercantilista dominante, es decir, la idea de que un Estado era tanto más próspero cuantos más metales preciosos fuese capaz de acumular.

Para Cellorigo no se trataba de acumular moneda de buena ley, sino de emplearla en producción razonablemente rentable: “Que el mucho dinero no sustenta a los Estados, ni está en él la riqueza de ellos”. Todo un hallazgo que probablemente muchos ya intuían, no en vano los arbitristas llevaban décadas clamando contra la falta de manufacturas, el exceso de clérigos y la pervivencia de estorbos notorios para el comercio como la Mesta o los malhadados puertos secos. Pero fue probablemente Cellorigo el primero en expresarlo con tal claridad, incluso antes que el francés Antoine de Montchrestien, acabando así con la hegemonía de una doctrina errónea:

“La riqueza ha andado y anda en el aire, en papeles y contratos, censos y letras de cambios, en la moneda, en la plata y en el oro, y no en bienes que fructifican y atraen a sí como más dignos las riquezas de afuera, sustentando las de dentro. Y así el no haber dinero, oro, ni plata en España es por haberlo, y el no ser rica, es por serlo” (Memorial de la política necesaria y útil restauración de España, 1600).

Elegante remate en paradoja que venía a resumir los males del siglo y apuntaba conceptos como la industriosidad para enmendarlos, ojalá Quevedo le hubiese leído, diríamos algunos. Tal vez de esa manera se hubiese podido prestar algún remedio a la naturaleza social de España, que, contenta con la herencia del tío de América, quien podía no producía y quien tal vez quisiera no podía, tales eran las trabas administrativas y de mentalidad colectiva que les rodeaban.

En palabras del mismo Cellorigo: “No parece sino que se han querido reducir estos reynos a una república de hombres encantados que vivan fuera del orden natural”.

Nada más certero, sólo la cuna importaba, Alonso Quijano era pobre, pero hidalgo, eso era lo esencial, mientras nuestros vecinos calvinistas se afanaban allí enla Europa nublada por cambiar su suerte a base de algo tan elemental como trabajar para el futuro.

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3 Comentarios

  1. Buenas tarde Juan:
    Enhorabuena por el artículo. Excelente como en ti es acodtumbrado.

    Un abrazo.

    Aitor.

  2. ¡Magnífico! Me encanta tu toque irónico Juan :)

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