Los templarios en la Corona de Aragón (y II)

3 oct, 2012 por



Viene de Los templarios en la Corona de Aragón (primera parte)

Entrada triunfal

La primera presencia templaria en la península Ibérica data de 1128, cuando la reina Teresa de Portugal otorga al templario Raimundo Bernardo el castillo de Soure en Braga, con todas sus rentas y pertrechos.

Tres años después, el Temple entraba por la puerta grande en Cataluña con el ingreso en la orden del mismísimo conde de Barcelona Ramón Berenguer III, conocido como el Grande y cuya esposa María era hija del Cid Campeador. El conde hacía entrega de su persona a la “Santa Milicia de Jerusalén del Templo de Salomón”, diez días antes de fallecer en el hospital de pobres de Barcelona donde se había hecho trasladar abandonando su palacio. Acompañaba a su decisión la donación del formidable castillo de Grañena en el extremo frontero del territorio.

Con el patronazgo de la casa reinante en Cataluña, el Temple se instalaba en la antigua Marca carolingia y se comprometía, igual que en Portugal, a la lucha contra las huestes del Islam. Al año siguiente, el conde de Urgel Armengol VI siguió los pasos de Berenguer y otorgó a los templarios el castillo de Barberá, otro enclave estratégico de la Reconquista.

El fenómeno se repitió en Aragón de forma espectacular. En 1131, Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y de Navarra, dictaba testamento otorgando su reino a partes iguales a las tres órdenes jerosolimitanas: el Temple, el Santo Sepulcro y los Hospitalarios. El monarca ratificó su voluntad en 1134, tras el desastre de Fraga en el que las mesnadas de Aragón y Navarra quedaron aniquiladas por los almorávides, poco antes de fallecer como consecuencia de las heridas en el combate.

El testamento supuso un escándalo político y no fue aceptado por los súbditos, que no querían un reino fraccionado bajo el señorío de tres instituciones con base en Oriente. Tras la muerte de El Batallador, los nobles aragoneses se apresuraron a proclamar rey a su hermano Ramiro, a pesar de su condición de monje, mientras los barones navarros, preferían reconocer a García Ramírez, nieto de García III de Nájera y biznieto de El Cid. De esta manera Navarra y Aragón se separaban para seguir caminos distintos durante toda la Edad Media.

Era el testamento alfonsino contrario a la tradición sucesoria aragonesa, según la cual el rey sólo podía disponer de los territorios ganados por él, no de los heredados de su antecesor que debían pasar al miembro de la Familia Real más próximo. En consecuencia, las tierras que siguieron a Ramiro fueron el viejo Aragón, mientras que los súbditos de las conquistas de El Batallador, bajo el nombre de Regnum Cesaraugustanum (reino de Zaragoza), prefirieron acogerse a la autoridad del rey de León, Alfonso VII el Emperador.

Ante la complejidad de la sucesión, las tres órdenes herederas del mandato real prefirieron guardar silencio y esperar tiempos propicios para futuras reclamaciones.

Entretanto, Ramiro cumplía con su papel de rey y contraía matrimonio con Inés de Poitiers, hija del duque de Aquitania. De este enlace nació la infanta Petronila, quien en 1137, con un año de edad, era entregada en esponsales de futuro matrimonio a Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. El acuerdo incluía el gobierno de Berenguer en Aragón, aunque el conde prefirió el título de príncipe al de rey, mientras Ramiro se retiraba al priorato de San Pedro en Huesca.

El conde-príncipe alcanzó un acuerdo con los freires en el que se reconocía la validez del testamento de El Batallador a cambio de que las órdenes aceptaran la autoridad real.

 

Aragón, última parada

Para la instalación de la milicia templaria en Aragón, Ramón Berenguer IV concedió al gran maestre Roberto los castillos de Monzón, Mongay, Chalamera, Barberá, Belchite, Remolins y Corbins, con sus vasallos, heredades y pertrechos, además de un diezmo sobre sus propias rentas y cien sueldos al año.

En sus cabalgadas les eximía de pagar el quinto del botín y les concede que cuanto conquisten quede para ellos, librándoles de pagar impuestos, portazgos u otro tributo. En poco más de un decenio, los privilegios de los templarios hacen de la orden un poderoso estado dentro de la Corona de Aragón.

La milicia estuvo presente en la conquista de Tortosa, Lérida, Fraga, Mequinenza y la ocupación de los valles del Segre y el Ebro. De estos territorios correspondía un quinto a la orden y en tiempos de Ramón Berenguer IV se cumplió con bastante rigor. No así con Alfonso II, su sucesor, que desconfiando del poder creciente de los templarios prefirió acudir a las órdenes castellanas de Calatrava y Montegaudio para sus empresas militares.

A los calatravos les dio Alcañiz y en Alfambra, Castellote y Villel instaló a los de Montegaudio, una orden fundada por el leonés conde de Sarriá. Aún así, cedió dos fortalezas más a los templarios: Horta en Cataluña y Encinacorba en Aragón.

Durante el reinado de Pedro II (1196-1213), las conquistas se limitaron al Rincón de Ademuz. Tampoco quiso este monarca otorgar nuevos territorios o fortalezas a la poderosa orden, a la que prefirió compensar con derechos señoriales y rentas. Ni siquiera Jaime I (1213-1276) fue en exceso generoso con la orden, a pesar de haber sido tutelado por ellos y haberlos utilizado en la conquista de Mallorca y Valencia. El quinto de los templarios quedó reducido a un 4% en el reinado de El Conquistador. En 1294 Jaime II les otorgaba la ciudad y castillo de Peñíscola.

 

A pesar de las muchas rentas que ingresaban en su tesorería, los templarios nunca tuvieron una holgada situación económica en Aragón, pues las sucesivas campañas consumían sus ingresos. En la segunda mitad del siglo XIII las dificultades crecieron por la demanda del Temple en Palestina y las exigencias de las Cruzadas.

El heroico martirio que sufrieron Jacques de Molay y sus freires en 1311 fue el broche final de una orden caballeresca impregnada de ideales espirituales, saberes herméticos y prácticas fraternales que la convierten en referencia inmediata de la masonería moderna. Aragón fue el territorio que más se resistió a su desaparición, el reino donde los tribunales no encontraron rastros de culpabilidad alguna y el último enclave de resistencia de unos caballeros que no se resignaban a ver desaparecer su orden centenaria por las veleidades políticas de un rey codicioso.

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