Los templarios en la Corona de Aragón (I)

1 oct, 2012 por



El fenómeno templario siempre ha provocado intriga y fascinación. Sus miras idealistas, el secretismo de sus ritos, su riqueza y poder, el misterio de su misma existencia… todo ha sido objeto de análisis, debate o literatura.

Pero ¿por qué está tan arraigado el “morbo templario”?

En el plano psicológico existen factores superfluos basados en la atracción que la gente común siente ante el carisma templario y el drama que rodea su martirio final; en un plano más ideológico existen unos factores profundos, filosóficos, relacionados con la estética y ascética de la Orden Templaria, su actitud de renuncia al mundo y el modo de vida caballeresco.

Otros factores históricos completan el cuadro: el éxito arrollador que tuvo en su momento un modo de vida cuya audaz innovación suponía unir los ideales caballerescos a la práctica monacal; la admirable construcción de catedrales, fortalezas y castillos; la actividad financiera que les convirtió en los grandes banqueros medievales; la persecución y martirio sufridos a manos de Felipe IV de Francia y su disolución final por el papado.

Existe, finalmente, otro factor esotérico que nos hace volver una y otra vez hacia los templarios, preguntándonos por la verdadera naturaleza de lo que se traían entre manos: la transmisión de los saberes ocultos que pudieron reunir en los nueve años que Hugo de Payns y los suyos estuvieron guardando las ruinas del Templo de Salomón en Jerusalén.

 

Expansión de la Orden

La Orden de los Pobres Soldados de Cristo, que así se llamó al principio, surgió en el ámbito de las Cruzadas con el fin de proteger a los peregrinos, aunque este propósito quedó pronto olvidado para dedicarse exclusivamente a guardar los Santos Lugares.

Parece que la búsqueda del Arca de la Alianza y otros restos de la antigua tradición hebraica les interesó más, pues se ha demostrado que los nueve fundadores que estuvieron casi una década en Jerusalén se dedicaron a excavar sin descanso. No aceptaban nuevos adeptos y guardaban en secreto sus hallazgos, algo que ya hizo la casta sacerdotal constructora de los antiguos templos.

Por entonces, la lucha entre los reinos de Europa y el Islam tenía lugar en dos frentes muy distantes entre sí: Oriente Próximo y la península Ibérica, una vez que la conquista normanda de Sicilia acabó con el tercer escenario de los combates.

En España, los templarios batallaron en la pugna territorial que los reinos cristianos sostuvieron durante los siglos XII y XIII, primero contra el poder almorávide y más tarde contra el almohade. En Europa, mientras tanto, las encomiendas se desarrollaron como una retaguardia financiera y logística que no tardó en convertirse en una fuerza social de primer orden que provocó la admiración y la envidia de sus coetáneos.

La Orden fundada en 1119 fue aprobada por aclamación durante el Concilio de Troyes de 1129. Tras superar dudas y escrúpulos, el respetado abad del Císter Bernardo de Claraval le otorgó su bendición. Los templarios adoptaron la regla benedictina y en 1147 el papa Eugenio III les concedía el derecho a llevar una cruz sencilla, patada, de color rojo, debajo del hombro izquierdo y encima del corazón.

El caballero templario no era exactamente mitad monje y mitad soldado, como tanto se ha repetido, sino fraile completo y militar integral, lo que a muchos religiosos no acababa de gustar, como al prior de la Gran Cartuja que en 1128 escribió a Hugo de Payns para exhortarle a la lucha interior contra las potencias del Mal. Otras críticas, más ácidas, se referían al origen pagano de sus ritos y murmuraban de ciertas prácticas homosexuales que parecían ser moneda corriente entre freires y adeptos.

Lo cierto es que los templarios eran hombres esforzados que cumplían a rajatabla los mandatos de la orden: no poseer nada, abstenerse de mujeres y estar siempre dispuestos al combate. De hecho dormían vestidos en salas de veinte o treinta, los jóvenes separados entre sí por los más viejos, y acudían a los rezos de maitines, laudes y vísperas como sus hermanos benedictinos, mientras dejaban las horas libres para el ejercicio de las armas.

Cortaban sus cabellos pero no sus barbas, comían en escudillas de dos en dos, si eran hechos prisioneros no podían pagar rescate y cuando morían eran enterrados boca abajo. Los maestres demostraron excelentes dotes diplomáticas; con habilidad y tacto político, consiguieron ser independientes de reyes y señores. Sólo debían obediencia al papa.

En los territorios que constituyeron la Corona de Aragón fueron particularmente activos. Ya en el siglo XII, antes de que se creara dicha entidad política, contaron con el apoyo decidido del rey aragonés Alfonso I el Batallador y del conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, llegaron a poseer 36 castillos y controlar el importante comercio de la sal. Actuaron como árbitros en el conflicto entre Pedro II y su madre Sancha de Castilla por la posesión de Ariza y prestaron su importante ayuda en las sucesivas campañas contra los musulmanes. Guillem de Montredon, gran maestre de la Orden en Aragón y Cataluña, custodió la minoría de Jaime I y sus caballeros fueron la vanguardia de las brillantes conquistas en Valencia y Mallorca.

Finaliza en Los templarios en la Corona de Aragón (segunda parte).

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