¿Y por qué los griegos no tuvieron su propio imperio?

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A vueltas con los imperios, la pregunta parece lógica: ¿por qué la civilización griega, la más adelantada durante siglos en muchos aspectos, no fue capaz de someter a su dominio a los pueblos vecinos? Una primera respuesta sería negar la mayor, como se dice vulgarmente. Los griegos, de hecho, sí habrían desarrollado su propio imperio, o al menos sí lo hizo uno de ellos, Alejandro Magno, que sometió a su dominio un inmenso territorio, desde Egipto ala India, entre el 334, fecha en la que cruzó el Helesponto para enfrentarse a los persas, y el323 a.C.

Sin embargo, esta afirmación no sería cierta del todo. Primero, porque Alejandro no era exactamente griego, sino originario de Macedonia, un reino ubicado al norte de la península Balcánica al que los mismos helenos tenían por semibárbaro. Y segundo, porque ese imperio fue en exclusiva una creación suya que se extinguió con su propia vida y que apenas contó con instituciones propias. Se trató, en realidad, de una mera yuxtaposición bajo su mando de territorios que conservaron las instituciones y la cultura que poseían, y que se desarticuló de inmediato tras su muerte para dar lugar a varios reinos independientes gobernados por sus generales, las llamadas monarquías helenísticas. La pregunta, pues, sí tiene sentido. ¿Por qué no hubo un Imperio griego?

La primera razón hay que buscarla en la propia naturaleza. El lugar donde vino al mundo la civilización griega, el extremo meridional de la península Balcánica, no era precisamente muy acogedor, y no lo eran mucho más las islas que la rodean. Montañosa hasta el hartazgo y rota en cientos de valles mal comunicados entre sí; víctima de un clima seco y sin ríos que compensen la crónica escasez de lluvia; con un suelo pobre y rocoso, poco adecuado para el cultivo del trigo y la cebada, Grecia, servicial tan sólo con el olivo, la higuera o la vid, parecía satisfecha de rechazar la compañía del hombre.

Los supuestos sobre los que se había desarrollado la revolución urbana y la aparición del Estado en el Próximo Oriente no se daban, pues, en Grecia. Su medio físico era, quizá, menos exigente que en Mesopotamia o Egipto, pero, a cambio, también era menos generoso. Se requería un esfuerzo mucho mayor para obtener de la tierra un premio mucho menor. Las cosechas, escasas, no bastaban a alimentar a unos moradores siempre forzados a contener su crecimiento dentro de unos límites reducidos, muy lejanos del exuberante incremento de la población del Creciente Fértil. La aldea, el pueblo o, en el mejor de los casos, la pequeña ciudad que apenas merecía ese nombre eran, en consecuencia, las formas lógicas de poblamiento, tanto más cuando las montañas y valles dificultaban la comunicación y tornaban casi imposible la aparición de grandes urbes.

¿Cómo, en estas condiciones, iban los griegos a someterse con mansedumbre a los dictados de un Estado omnipotente? Es probable que, dejados a su propia suerte, hubieran tardado mucho en desarrollarlo por sí mismos, al igual que sucedió en las regiones más occidentales de Europa, donde llegó de la mano de los colonizadores fenicios, griegos o incluso romanos. Sólo la proximidad de sus tierras a los territorios donde vieron la luz las primeras culturas estatales impulsó, quizá por razón de supervivencia, la imprescindible emulación de unas instituciones políticas en principio tan ajenas.

La copia no resultó en exceso distinta del original, aun con las adaptaciones impuestas por un entorno tan distinto al de los valles de los grandes ríos. La cultura minoica, primero, y la micénica, más tarde, adoptaron formas estatales que recuerdan la organización política y económica de los templos mesopotámicos, si bien la pobreza de la tierra impuso que no fuera la agricultura, sino la artesanía y el comercio marítimo, la actividad predominante, y que los talleres y almacenes ganasen protagonismo frente a los campos y graneros.

Pero esa diferencia en la organización económica resultaría determinante. Sin una enorme masa de campesinos desposeídos trabajando la tierra bajo las órdenes de la burocracia estatal, no fue posible en Grecia el triunfo de una estructura social tan polarizada como la de sus vecinos. La combinación entre la escasez de tierra y la fortaleza del sector secundario, que la fundación posterior de colonias no hizo sino robustecer, generó una sociedad con una importante clase media y unos comerciantes opulentos que poco tardaron en reclamar su cuota del poder político. Por fuerza, el Estado que se apoyara sobre estos cimentos había de ser bien distinto al que vio la luz en el Creciente Fértil.

Y lo fue. Forzada por la fragmentación del territorio, la ciudad estado griega, a diferencia de lo ocurrido en Egipto y en Mesopotamia, no perdió su independencia; bloqueada por el influjo de las clases medias, no prosiguió su evolución hacia el despotismo. El desarrollo del pensamiento racional, fruto de la inexistencia de una casta sacerdotal poderosa capaz de controlar la difusión y la discusión del conocimiento, aportó una garantía añadida, luego fortalecida por la propia libertad individual. La oligarquía, como en el caso de Esparta, o la democracia, de la que ofrece Atenas el mejor ejemplo, fueron las formas políticas dominantes en el mundo griego. La tiranía, cuando existió, fue tan sólo un estadio intermedio de la evolución política, nunca comparable, por otra parte, ni en sus bases sociales ni en su misma ejecutoria, a los despotismos orientales.

La fragmentación geográfica, la complejidad social y, hasta cierto punto, el desarrollo de la filosofía impidieron, en suma, la aparición en Grecia del Imperio.


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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  1. gravatar Jaimemario Responder
    diciembre 12th, 2014

    Aún no veo las razones porque Grecia no fue imperio pero si cuna de la civilizacion

  2. gravatar heriberto ceron Responder
    noviembre 20th, 2012

    Buen artículo, hasta semeja un estudio de caso.