Turner, cronista de un mundo cambiante

Por . 19 noviembre, 2012 en Siglos XIX y XX
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Decía William Turner que él se dedicaba a pintar lo que veía, no lo que sabía. En este sentido, su biógrafo y amigo John Ruskin (en su libro Modern painters, de 1843), hablaba de “la inocencia de los ojos”, de un cambio a la hora de percibir el mundo a través de manchas coloreadas intensas, capaces de comunicar de forma explícita y eficiente un mensaje al espectador. El clasicismo ya no tenía sentido.

Años más tarde, Stéphane Mallarmé apuntó a propósito de la obra de Manet y en contra de las visiones academicistas de la época: “¿Qué significa ‘no suficientemente trabajada’ cuando hay entre todos los elementos una armonía que da consistencia a la obra y le confiere un encanto sereno que el añadido de una sola pincelada vendría a romper?”

La ruptura con las convenciones estéticas y sociales es entonces lo que le imprime modernidad a la obra de Turner. Su energía, su confusión armónica del color, la vaguedad enérgica de las atmósferas, la transmisión del flujo originario de la naturaleza perfilando titánicas gestas históricas como escenificó en Tormenta de nieve: Aníbal y su ejército cruzando los Alpes, donde Turner añadiría “lost to all hope...” al lienzo, refiriéndose al desastre ocurrido a las tropas napoleónicas ante Moscú.

Opinaba William Gilpin a finales del XVIII en su crónica de viajes que con “las guerras napoleónicas, el campo inglés se había convertido en el centro de intereses en conflicto”, era el momento de elevar el mundo rural hacia el paisaje atractivo. Esto era algo extensivo al resto de Europa, Turner no estaba solo, el alemán Carl Blechen, Caspar Friedrich, el noruego Clausen Dahl, John Constable le acompañaron en esta andadura hacia la modernidad.

Mark Rothko, en su artículo de 1947 “Los románticos sintieron el impulso…”, señalaba a la búsqueda de lo auténtico, de lo originario, de lo arcaico y primitivo como la clave de la pintura moderna. Decía en un oxigenante párrafo al respecto: “no creo que la cuestión fuera nunca la de ser abstracto o figurativo. En realidad, de lo que se trata es de terminar con este silencio y esta soledad, de respirar y estirar de nuevo los brazos”.

Partimos pues de la figura de Turner como artista originario, como punto de inflexión hacia las nuevas teorías artísticas. El crítico Robert Rosenblum, en su famoso artículo “La pintura moderna y la tradición del romanticismo nórdico. De Friedrich a Rothko”, publicado a mediados de los años setenta, ya planteaba asociaciones en la percepción del arte y el pensamiento entre los románticos y los abstractos americanos.

Lo que impera es la influencia del arte en la mentalidad de la sociedad. Según Richard Serra, Cezanne o Warhol fueron grandes porque cambiaron la forma en que la sociedad de su época interpretó el mundo.

La evolución de Turner (1775-1851) derivó desde el academicismo de Dido construye Cartago (1815) al caos más profundo y reivindicativo de Negreros echando por la borda a los muertos y moribundos, tifón aproximándose (1840). Para este último, se inspiró en un informe del siglo XVIII sobre un barco negrero que para cobrar el seguro se había desecho de la mano de obra que no le servia tirándola al mar, mostrando la espantosa vertiente de la criminalidad humana y la convulsiva venganza de la naturaleza.

Es la obra tardía de Turner generosa en disyuntivas morales sobre el desarrollo tecnológico y las narraciones históricas. Lluvia, vapor y velocidad, de 1844, contiene una gran significación social según la combinación apuntada por Ruskin entre prosperidad y declive. En una visión efectista de líneas simples, nos introduce en el paisaje tecnológico. El futuro se debate entre la naturaleza y un mundo de afanes.

Con un estilo libre, acorde con su conducta, muchos sabemos de su doble vida entre su familia y Sophia Boots, causó profunda fascinación entre los pintores impresionistas.

La percepción visual de los fenómenos meteorológicos y la impresión que estos generaban en la mente del pintor tuvieron una importancia decisiva en su estilo. Su desahogada situación económica le permitió viajar mucho. Inglaterra, Gales, Italia, Alemania, Suiza o Francia aportaron un vasto trabajo de memoria y apuntes para su desarrollo creativo. Conoció a los grandes maestros, sintió gran admiración por Claudio de Lorena y su mecenas fue Walter Fawkes.

Si para Johann Joachim Winckelmann en el siglo XVIII el sosiego y la calma eran sinónimos de belleza clásica, Turner puede ser considerado un revolucionario que modifica su visión de lo real convirtiéndolo en espejo de su propia mente, acercándonos, como apunta Samuel Taylor Coleridge en su ensayo sobre poesía y arte de 1818, al mito de Narciso sumergido en la turbulencia.

Decía William Wordsworth en su poema La abadía de Tintern, de 1798, que “el panorama sufre, a manos del artista, una transformación mediante la cual nos revela los secretos de su mente”. En este sentido, Turner transforma el entorno para darle un significado humanamente universal a su trabajo.

Turner lo consigue mediante lo que David Hockney llama “efectismo espectacular”. Las primeras fases de la industrialización, el atestamiento de las ciudades y la expropiación de las tierras de los campesinos provocó como cuenta Jack Lindsay en su biografía crítica sobre Turner, una alineación de la naturaleza plasmada en sus telas. El propio Turner escribió este poema para su cuadro Londres 1809, viene al hilo.

 

“Allí donde el cargado Támesis refleja el atestado velero

lo que prevalece son el afán comercial y el trabajo intenso

cuyo tenebroso velo, aspirando a los cielos

oscurece tu belleza y tu forma niega.

Salvo allí donde tus chapiteles

perforan el dudoso aire

como rayos de esperanza en medio

de un mundo de afanes.”

 

 

La oposición cromática y el drama nocturno, el mar y los fenómenos atmosféricos, la sangre, la muerte, la culpa, el progreso y la decadencia, las manchas de color imposibles de reproducir y las veladuras proyectan una significación de atemporalidad a la pintura de Turner inherente al drama humano y, por consiguiente, a las fuerzas naturales como hilos conductores de donde cuelga la humanidad irremediablemente sin ningún poder real de decisión salvo lo que le dicta su conciencia.


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Nací en Coruña en 1966, me licencié en Filología hispánica en Santiago de Compostela y en Filoloxía galego-portuguesa en la Universidad de A Coruña. En esta misma ciudad realicé la especialidad de Técnicas de volumen en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos Pablo Picasso. En la actualidad imparto clases de dibujo, pintura e historia del arte a niños en mi propio estudio, y lo compagino pintando y exponiendo mi propia obra.

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