Galeno: paradigma de la medicina en la antigua Roma (y II)

Por . 3 diciembre, 2012 en Historia Antigua
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Viene de Galeno: paradigma de la medicina en la antigua Roma (I)

 

Principios médicos y filosóficos en Galeno

Quizás el rasgo fundamental del pensamiento médico y filosófico de Galeno de Pérgamo es el hipocratismo. Galeno trató de realizar en su obra un compendio o síntesis de todas las escuelas médicas y filosóficas que había frecuentado. Por ende, si se examina su obra se observa que su medicina no sólo posee una base científica, sino que también posee una intensa base filosófica, por lo que la medicina y la filosofía siempre irían unidas.

Es por ello por lo que ha sido designado como el padre de la filosofía médica al haber mostrado la base naturalista y racional de la medicina. En este sentido, su máxima principal era que la naturaleza nada hacía en vano, lo que le indujo a buscar las utilidades de la fisiología.

Para Galeno la enfermedad era un estado del cuerpo contrario a su naturaleza por el que padecen inmediatamente las funciones vitales. Para que hubiese enfermedad era necesario que el dolor fuese permanente y no algo momentáneo. La enfermedad era un estado del cuerpo y por eso fuera del cuerpo no existía enfermedad alguna. Siguiendo los principios hipocráticos, Galeno sostuvo que eran tres los periodos de la enfermedad: inicio, incremento y conclusión.

Era necesario examinar la condición social del enfermo y su entorno social para poder determinar un diagnóstico.

Galeno utilizó fundamentalmente la palabra para determinar el diagnóstico. Por medio de la palabra interrogaba al paciente o a sus familiares. Al igual que la condición social del enfermo, también tenía en consideración su edad. Por consiguiente, la condición social y la edadcondicionaban en buena medida el contenido y la estructura del diagnóstico.

Relieve romano en el que se representa al médico y el instrumental utilizado por él.

Galeno no se desentendió en ningún momento del paganismo al defender que los poderes divinos eran muy similares a los que proporcionaba la propia naturaleza. Para Galeno la mayor parte de las enfermedades contaban con un diagnóstico conjetural convirtiendo la analogía en criterio de verdad.

Es fácil observar en Galeno un eclecticismo al haber recibido influencias de distintas escuelas filosóficas y médicas. Al igual que Hipócrates, Galeno defendió la existencia de cuatro humores –sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra (aire, fuego, agua y tierra)–, siendo la mezcla de estos cuatro humores lo que constituía la composición orgánica de cada órgano vital y, en extensión, de cada individuo. Sería la mezcla desproporcionada la responsable de las patologías y de las enfermedades.

Aunque Galeno fundamentaba sus conocimientos en una base racional y metodológica, en él se puede apreciar también una clara devoción por Asclepio, pues llegó a decir de dicho dios que le salvó de la muerte en más de una ocasión –generalmente, se recurría a la divinidad en aquellos casos en los que la razón y el sentido común no eran capaces de sanar al paciente.

 

 

Principios terapéuticos en la medicina galénica

Galeno se confesó heredero de la terapéutica hipocrática basada en el agua como elemento purificador y sanador. Empero, sostuvo que Hipócrates se fundamentó no en el razonamiento sino en la experiencia. Para el de Pérgamo el buen terapeuta era aquel que trataba de mejorar en sumo grado la condición física del enfermo.

En la terapéutica galénica se puede comprender que en realidad algunas enfermedades sanan a otras de menor grado –la disentería, la enfermedad que afecta al intestino grueso, permitía sofocar los síntomas de la esquizofrenia–. Con Hipócrates la terapéutica contaba ya con la siguiente división: dietética, farmacología y sangría/cirugía.

En su obra Sobre el examen de los médicos, Galeno otorgaba un valor primordial a la dietética al considerar que un médico es hábil y experimentado cuando es capaz de curar con dieta y drogas las enfermedades que los cirujanos trataban mediante la escisión –la dieta consistía en un régimen de vida, es decir, el modo en que el hombre, mediante su actividad, se hallaba en relación viviente y constante con el mundo; el tratamiento farmacológico y el quirúrgico no hacían más que reforzar y favorecer la fundamental acción sanadora de la dieta–.

En este sentido, la dietética se encontraba condicionada por la condición social del enfermo al ser los miembros de la aristocracia los únicos que tenían tiempo y recursos para poder recurrir a las dietas especializadas. Por ende, los individuos con menos recursos acudían a la farmacopea y a la cirugía.

El médico no sólo se ha de servir de la terapéutica para sanar al enfermo, sino que ha de utilizar ésta junto con las facultades curativas de la propia naturaleza. Sostiene que es en la fuerza expulsiva de la naturaleza donde radica la facultad sanadora de la naturaleza.

La terapéutica galénica se fundamentaba en el diagnóstico científico, que permite definir el tratamiento que sanará al enfermo; en el hecho de que en función de la condición y grado de sensibilidad del órgano enfermo, se aplicará la dieta, la farmacopea o la cirugía; en que la condición física del enfermo resulta crucial a la hora de tratar el órgano afectado; y en considerar además que el aire y el sueño permiten al médico determinar la terapia apropiada.

En cierto modo, Galeno defendió que el único remedio para acabar con las enfermedades consistía en cuidar la higiene y la dieta.

En la farmacología galénica también se puede apreciar una clara influencia hipocrática, ya que Galeno concibió los medicamentos como sustancias que, a diferencia de los alimentos, provocan alteraciones en el organismo.

La farmacología moderna debe a Galeno la clasificación de todos los fármacos en tres categorías: fármacos que actúan sobre cualidades fundamentales, fármacos que actúan sobre varias cualidades y fármacos de acción específica o antídotos.

Todo fármaco debía ir acompañado de una correcta posología. Entre los fármacos más comunes utilizados por Galeno en infusiones, pastillas, píldoras, polvos, colutorios, enjuagues, cosméticos, cataplasmas o supositorios se encontraban los purgantes –aguamiel, coloquíntida, escila, aceite y sal, aceite de ricino, aloe–, los laxantes –escamonea para la bilis amarilla y tomillo ático para la bilis negra–, vomitivos, astringentes y diuréticos.

Paralelamente, Galeno practicó la farmacopea mítica, que se fundamentaba en remedios empleados por la medicina empírica cuyo descubrimiento se debía a revelaciones en sueños o en oráculos –no hay que olvidar que en la farmacopea las drogas tuvieron una gran importancia en el tratamiento de las cefaleas.

Otorgó una gran importancia a las sangrías, pues las utilizaría como remedio para las afecciones respiratorias y coronarias, si bien es cierto que no las practicó con frecuencia. En el siglo II se llamaba sangría a la flebotomía, es decir, el sangrado por las venas. Las sangrías fueron escasamente practicadas entre los hipocráticos, si bien su práctica aumentó considerablemente en época alejandrina.

En lo que respecta a la cirugía, Galeno tan sólo la practicó como médico de los gladiadores de Pérgamo –la existencia de especialistas y de una sociedad contraria a la cirugía limitaron a Galeno a la teoría–. Igualmente, practicó en contadas ocasiones las disecciones humanas, pues tan sólo eran los esclavos difuntos por accidente los que le permitirían llevar a cabo las disecciones.

Por otro lado, concibió el alma desde una perspectiva platónica. En este sentido, la enfermedad del alma aparece cuando hay un conflicto o discordia entre las partes racionales e irracionales del alma. Además, las afecciones del alma se podrían contrarrestar por medio de la buena palabra o la perversión.

 

La epilepsia

Tradicionalmente, la epilepsia fue interpretada como una enfermedad divina en la que el epiléptico fue concebido como un individuo que por razones desconocidas había contraído un efluvio maligno, razón por la que era marginado por toda la sociedad como títere de la divinidad maligna. De esta manera, la sociedad romana despreciaba al enfermo de epilepsia por inmundo.

Los romanos utilizaron con bastante frecuencia los amuletos. Entre estos destacaba un medallón conocido como bulla, una pequeña caja redonda u ovalada formada por dos láminas metálicas abombadas que contenía en su interior un amuleto contra el mal de ojo.

Desde el siglo IV a.C. se concibió la epilepsia como la posesión del cuerpo por un daimon o genio benigno o maligno, es decir, un espíritu intermediario entre el hombre y la divinidad.

Los primeros médicos de Roma recurrieron al exorcismo como solución para contrarrestar los ataques epilépticos. Éste contaba con un protocolo básico: invocación, expulsión, magia concomitante y profilaxis apotropaica. Una vez que el exorcista lograba expulsar al demonio del cuerpo afectado, debía evitar que no volviese a entrar utilizando para ello amuletos o transfiriendo el demonio a algún animal.

Fue Galeno de Pérgamo quien demostró científica y razonadamente que enfermedades como la epilepsia o la catalepsia se debían a alteraciones nerviosas y no a la posesión de seres demoniacos. Es por ello por lo que la epilepsia, al igual que el resto de enfermedades y patologías del aparato nervioso permiten poner en relación las enfermedades y patologías del aparato psicomotriz con el conocimiento médico del siglo II, es decir, la terapéutica y los recursos propios de la tradición popular como la magia.

Además, fue Galeno quien confirmó que no era el corazón sino el cerebro el órgano que regía las funciones del cuerpo humano.

El de Pérgamo concibió la epilepsia como la convulsión a intervalos de todas las partes del cuerpo. Durante el ataque epiléptico se producía la lesión de la conciencia y de los sentidos con claras manifestaciones externas. Todo ello indicaba que la raíz de la epilepsia se encontraba en el encéfalo. Así pues, es un ‘humor’ viscoso y espeso lo que obstruye el encéfalo provocando los ataques epilépticos.

Galeno, que observó esta enfermedad en varios pacientes, sostuvo que comenzaba en una parte concreta del cuerpo y que rápidamente ascendía hasta el encéfalo del individuo provocando la pérdida de la consciencia.

La apoplejía, la parálisis y los espasmos nerviosos son enfermedades que no se pueden percibir a través de los sentidos y por ello requieren de un procedimiento fundamentado en la razón. Galeno descubrió por medio de la disección que es la médula espinal la que rige los nervios por medio del encéfalo. Igualmente, descubrió que es el encéfalo donde se encontraba la afección de la parálisis.

Para Galeno, la desaparición de la apoplejía va seguida muchas veces de la llamada paraplejía, mientras que la salud suele volver tras el cese del sueño profundo, que no es sino un síntoma de la función del lugar pensante. En éste, el encéfalo y las funciones mentales se dañan aunque la respiración continúa siendo normal.

La catalepsia es un estado nervioso que se manifiesta con ataques durante los cuales se interrumpen la sensibilidad y el movimiento intencionado. En este estado existe la rigidez muscular, enfriamiento y palidez del cuerpo, así como ralentización del pulso y de la respiración. Estos ataques pueden durar desde unos minutos hasta varios días: en numerosas ocasiones se han dado por muertos a enfermos de catalepsia.

Tradicionalmente, para sanar al enfermo de epilepsia se recurrían a las prácticas catárticas, a las restricciones alimenticias, a las dietas y al empleo de amuletos –para Suetonio era muy común que los enfermos de epilepsia bebieran la sangre de los gladiadores–.

En este sentido, Galeno desaconsejaba el coito al considerarlo el factor principal en la transmisión de la epilepsia e incluso, influido por el estoicismo, llegó a considerar el orgasmo como un pequeño ataque epiléptico.

Para contrarrestar los síntomas de la epilepsia, Galeno recomendó las unciones con aceite y las inhalaciones de pequeñas cantidades de azufre. Asimismo, aconsejó al enfermo de epilepsia que bebiera una mezcla realizada con vino y cenizas de vértebras humanas.

Por otro lado, según nuestro protagonista, la epilepsia infantil se erradicaría cuando los niños entrasen en la pubertad, y, además, las mujeres que menstruasen de forma regular raramente padecerían ataques epilépticos.

 

La memoria, la demencia y otras enfermedades mentales

A Galeno le sorprendió que Arquígenes de Apamea aplicase remedios en la cabeza para sanar la memoria, al sostener éste que la sede de la memoria no se encontraba en la cabeza sino en el corazón. Influido por Arquígenes, Galeno desaconsejó la flebotomía, el uso de ventosas, las lociones o el afeitado del cráneo como tratamientos. Al contrario, optó por remedios calefactores y desecantes como el sinapismo, un preparado irritante elaborado con la mostaza, o la sosa.

Galeno definió la demencia como una enfermedad o lesión cerebral consistente en la pérdida progresiva de la memoria y la capacidad de poder razonar. Este fenómeno se experimentaba igualmente en el letargo y en el carus o sueño profundo.

Según sus palabras, los calentamientos producían insomnios y los enfriamientos letargos. Asimismo, las enfermedades biliosas y calientes causaban insomnio, delirio y frenitis.

Buena muestra de que Galeno dedicase una gran importancia a la observación es que sostuvo que se debía vigilar el sueño de los enfermos mentales y las sustancias expulsadas para poder facilitar un remedio oportuno. Existen enfermedades mentales en las que se manifiesta la fiebre, como el letargo o la frenitis, y otras, como la manía o la melancolía, en las que no se hace presente.

Galeno defendió que todas las afecciones de las funciones dirigentes se producen en el encéfalo. Por ende, concluyó que para abordar todas estas enfermedades el médico ha de estar bien formado y ser observador, y en ningún momento recurrir a los dioses a través de la adivinación para obtener un remedio apropiado.

En este sentido, criticaría a todos aquellos médicos que consideraban que el corazón, y no el encéfalo o la médula, era el principio rector de los nervios al no saber diferenciar un ligamento de un nervio.

 

Galeno en la posteridad

Galeno escribió fundamentalmente en griego y, según sus propios testimonios, empleó a veinte escribas para ello. En el año 191 un incendio destruyó algunas de sus obras. Su producción literaria se basó en la tradición hipocrática a la que unió elementos del pensamiento de Platón y de Aristóteles que había recibido a través del estoicismo de Posidonio, dando gran importancia a los métodos de conservación y preparación de fármacos.

La obra de Galeno perduró como la principal fuente del saber médico hasta bien entrado el siglo XVII. Su obra fue, por ende, empleada como obra clave tanto en la Antigüedad como en la posteridad.

Sus tratados médicos fueron de los primeros títulos reproducidos con la imprenta. La obra médica más popular hasta finales del siglo XIII fue De locis affectis. Además, los jesuitas realizaron una importante labor de difusión de la obra científica de Galeno, aunque, eso sí, con elementos de la cultura científica china del siglo XVI.

Médicos de la posteridad utilizarían y traducirían la obra de Galeno. Tal fue el caso de Teodoro Prisciano, médico africano del siglo V que emplearía los fundamentos neurológicos de Galeno para escribir su tratado sobre la epilepsia. Pero sin duda fue el francés Andrés Vesalio (1514-1564), autor renacentista, el autor en el que más influyó Galeno. Vesalio corrigió su obra en todo lo relativo a cuestiones anatómicas al estudiar directamente la anatomía humana.

Finalmente, sería desde finales del siglo XVII cuando se produjese la decadencia de la medicina galénica como consecuencia de los nuevos avances científicos y las nuevas corrientes de pensamiento. No obstante, y en muchos casos, se seguiría tomando como obra de referencia la obra de Galeno. Por consiguiente, junto con Hipócrates, sería considerado como uno de los pilares del saber médico a lo largo de los siglos.


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Soy formalmente historiador desde que me licencié en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid en 2004. En 2009 conseguí el título de doctor europeo por el Departamento de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid con la defensa de la tesis doctoral La Hispania de Cneo Pompeyo Magno y Cayo Julio César: modelos de gestión territorial y clientelar, obra publicada en 2012 por Sílex. He orientado mi labor investigadora a las relaciones sociales, a los movimientos migratorios y a la organización del territorio en la Antigüedad, así como a todo lo concerniente a la romanización y a la arqueología de España. Asimismo, tengo un gran interés por la antropología social y la etnoarqueología, colaborando en este sentido con varios organismos y plataformas. He realizado varias estancias como investigador en Italia, donde he completado mi formación como historiador y arqueólogo, y he participado en varias excavaciones arqueológicas en todo el territorio nacional.

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