Breve historia de Cleopatra, de Miguel Ángel Novillo

Por . 9 enero, 2013 en Reseñas
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Ediciones Nowtilus publica una nueva obra del historiador español Miguel Ángel Novillo López, uno de los autores de esta revista digital y autor de, entre otros, dos títulos de la colección a la que pertenece esta biografía de la reina más famosa de todos los tiempos. La obra en cuestión es Breve historia de Cleopatra, y las anteriores de la misma colección Breve historia de Julio César y Breve historia de Roma.

La historiadora Rosa María Cid, especialista como Novillo en la Edad Antigua, dice en el prólogo del libro:

 

“Comparto con Miguel Ángel Novillo la fascinación por la biografía de un personaje, sobre el que se ha escrito y merece la pena seguir escribiendo, para disfrute del gran público y para enriquecer nuestro conocimiento sobre la convulsa historia del Mediterráneo. Pero prefiero pensar en Cleopatra como la reina que recogió la herencia greco-macedonia para gobernar Egipto, mostrando notables habilidades en su labor política, que se han intentando minimizar al exagerar con notable maledicencia sus actitudes de ser sensual. Probablemente, si Cleopatra no hubiese disfrutado realmente de parcelas de poder, ni hubiera reinado en Egipto, se hubieran contado otras historias sobre su vida. La que nos ofrece el autor se suma a esa lista de recreaciones del mito, porque otra cosa no puede hacerse con esa legendaria reina, y debemos congratularnos de que pueda contribuir a suscitar el interés por Cleopatra y Egipto, pero también por conocer la sociedad antigua

 

 

A continuación, reproducimos uno de sus epígrafes perteneciente al capítulo dedicado a la batalla de Accio.

 

CAPÍTULO 7

ACCIO

 

La batalla

La propaganda oficial de Octavio, unida a las incorrectas actuaciones de Marco Antonio y a la deserción y huida de los cónsules y de trescientos senadores partidarios de este último a comienzos del año 31 a. C., acentuó sobremanera las hostilidades entre ambos triunviros.

Si bien es cierto que Octavio buscó desde el principio el enfrentamiento directo con Marco Antonio, la guerra, como decíamos, se declaró oficialmente contra Cleopatra, a la que se acusó de querer ser la reina de Oriente y dominar todo el Imperio romano. Así se evitaba el estallido de una nueva guerra civil.

Para evitar que el conflicto se desenvolviera en Italia, Octavio y Agripa decidieron trasladar a sus tropas al otro lado del mar Adriático. Las diferencias entre Octavio y Marco Antonio se resolverían finalmente en la batalla naval de Accio, en la costa occidental de Grecia, el 2 de septiembre del 31 a. C. En esta ocasión, las fuerzas de ambos bandos eran notablemente dispares: Octavio tenía preparadas cuatrocientas trirremes o naves ligeras con tres o, como mucho, seis filas de remos, dirigidas por Agripa, quien en todo momento sabría sacar el mayor provecho de las indecisiones y los errores de Marco Antonio. Asimismo, disponía de setenta mil soldados de infantería y doce mil jinetes experimentados reclutados en Italia y en las provincias occidentales. Por otro lado, Marco Antonio contaba solamente con doscientas embarcaciones de guerra, aunque con un calado muy superior. Dichas naves presentaban seis o nueve filas de remos dispuestas en tres niveles y, además, estaban dotadas de una torre de varios pisos en la popa. A los setenta y cinco mil legionarios habría que añadir también veinticinco mil auxiliares –muy probablemente simples mercantes sin adiestramiento militar– y doce mil jinetes. Cleopatra, a bordo del Antonia –una de las pocas embarcaciones del periodo helenístico cuyo nombre se conoce–, su nave insignia con velas de color púrpura, dirigía su personal escuadra de guerra formada por sesenta navíos. Paralelamente, Marco Antonio y Cleopatra contarían con el apoyo de los estados clientes de Libia, Cilicia, Capadocia, Paflagonia, Comagene, Tracia, Ponto, Arabia, Judea y Galacia.

A pesar de las ventajas iniciales conseguidas por las tropas de Marco Antonio, fueron varios los errores estratégicos que cometió el general a lo largo de todo el conflicto. En este sentido, había dado la orden de atacar con las velas a bordo, aparentemente para poder perseguir al enemigo, pero tal vez para preparar la retirada.

La toma de Metona en la primavera del 31 a. C. amenazó el conjunto de las posiciones antoninianas y la ruta del abastecimiento egipcio. Tras apoderarse con cierta facilidad de la isla de Corfú, Octavio pudo desembarcar a sus tropas sin ningún impedimento e ir ocupando metódicamente la costa y las islas hacia el golfo de Ambracia, al sur del Epiro, donde estaba fondeando la mayor parte de la flota de Marco Antonio. Este, acompañado por la reina de Egipto, salió precipitadamente de Patrás e instaló seguidamente su campamento en la orilla sur del estrecho que daba acceso al golfo, en las proximidades del templo de Apolo en Accio.

En poco tiempo, los dos ejércitos llegaron finalmente al golfo de Ambracia. Tanto Marco Antonio como Octavio habían instalado sus campamentos sobre el promontorio de Accio, en Acarnania, donde permanecieron frente a frente durante varias semanas. Las primeras escaramuzas no se producirían hasta bien entrada la primavera. En estas refriegas, Agripa pudo tomar la mayoría de las bases de su retaguardia, la isla de Leúcade y sobre todo Patrás, lo que hizo absolutamente insostenible la situación de las tropas antoninianas.

En lugar de abandonar las naves y de forzar al enemigo a librar una batalla terrestre, Marco Antonio, siguiendo ciegamente el consejo de una Cleopatra incapaz de decidirse a hundir la totalidad de la flota, optó por forzar el bloqueo. El ejército de Marco Antonio, rodeado, presentaba serias dificultades para el abastecimiento. Sus fuerzas disminuían precipitadamente, pues los reyes de Tracia y de Paflagonia, conscientes de que la pareja estaba condenada al fracaso, se unieron sin ninguna vacilación a Octavio buscando con ello la confirmación de sólidos lazos de fidelidad con Roma. Asimismo, el legado Quinto Delio también abandonó la causa de Marco Antonio, llevándose consigo los nuevos planes de batalla.

La flota antoniniana se encontraba dividida en cuatro escuadras listas para el combate. Paralelamente, la pequeña escuadra de Cleopatra, que incluía el conjunto de las naves mercantes junto con el cofre del tesoro, permanecía en la retaguardia.

Agripa embarcó a cuarenta mil soldados y tentó a Marco Antonio para que saliera a luchar a mar abierto. Sin embargo, este intentó llevar a cabo un combate cerca de la costa, donde no era posible que sus naves fueran rodeadas por el enemigo. Se produjo, por consiguiente, una situación de estancamiento.

Finalmente, al mediodía del 2 de septiembre del 31 a. C., debió empezar a soplar una ligera brisa que permitiría a las naves de Marco Antonio poder escapar del alcance de las tropas de Agripa, que había dejado las velas en la costa. De esta manera, Marco Antonio avanzó rápidamente mar adentro para aprovechar el viento. En primer lugar tomó posición el ala izquierda de su flota, y ambos efectivos navales se encontraron frente a frente. Agripa comenzó a extender las líneas para desbordar a Marco Antonio por el flanco. El ala derecha de la flota antoniniana debía desplazarse al norte para evitar esta maniobra, y empezó a separarse del centro. Las naves de Marco Antonio, grandes y lentas, dirigidas por el entonces cónsul Cayo Sosio, fueron finalmente derrotadas por las naves más pequeñas y maniobrables de Agripa y su superior armamento. El pequeño contingente naval de Cleopatra, en vez de luchar, huyó por el centro de la línea de Agripa a través de las naves combatientes.

La única solución para poder escapar con vida era romper el bloqueo de Agripa con una flota reducida al mínimo. El tesoro fue colocado en el Antonia. Las velas de las naves antoninianas no fueron retiradas, como se solía hacer para el combate, sino que se llevaron a bordo listas para ser izadas y agilizar la huida. En este sentido, en la historiografía tanto clásica como moderna existen claras diferencias a la hora de valorar el enfrentamiento, pues por un lado se encuentran aquellos que postulan que Marco Antonio buscaba una retirada completa y por otro lado se alzan aquellos que sugieren que lo que buscaba era un enfrentamiento con una parte del ejército que encubriese lo que en realidad era una huida.

Únicamente quedaron en pie doscientas cuarenta naves frente a las cuatrocientas de Octavio. Todo estaba preparado para huir por mar, mientras que el ejército de tierra era confiado a Publio Canidio Craso, quien debía llevar las tropas por Macedonia y Tracia hasta Asia Menor, donde Marco Antonio tenía la intención de continuar el combate. Sin embargo, por desgracia para él, unos emisarios de Octavio lograron convencer a la tropa y a los suboficiales, cuya moral estaba a un nivel muy bajo después de lo sucedido, de que abandonaran la causa de un jefe que parecía haberlos dejado solos. Todavía más que el desastre naval, esta defección masiva de su ejército sellaba el destino de Marco Antonio, que a partir de ese momento carecía de cualquier medio para invertir la situación.

La propaganda octaviana y la tradición historiográfica clásica presentaron la victoria de Octavio como un triunfo total, pues los dioses y la propia naturaleza así lo habían decidido. Esta guerra sería presentada como una guerra justa y no como una guerra civil, puesto que, como había aclamado Octavio antes de la batalla, Marco Antonio ya ni siquiera era romano. Se trataba, por tanto, de la victoria aplastante de Occidente sobre Oriente, de la virtud sobre la lujuria, de la republica romana sobre la monarquía oriental.


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