El amante uruguayo, de Santiago Roncagliolo

Por . 25 enero, 2013 en Reseñas
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Punto de Lectura publica El amante uruguayo, una obra donde el escritor nacido en Lima Santiago Roncagliolo narra la relación entre el también escritor Enrique Amorim y el inmortal Federico García Lorca, de la que te adelantamos a continuación su introducción.

 

 

 

A finales de 1953, una extraña ceremonia se realizó en la ciudad de Salto, a orillas del río que separa Uruguay de Argentina. En apariencia se trataba de un homenaje al poeta Federico García Lorca, asesinado diecisiete años antes, en los primeros días de la Guerra Civil Española. Pero no era un homenaje cualquiera.

Cientos de personas habían sido llevadas en autobuses, y decenas de efectivos armados custodiaban el lugar. Además de controlar a la multitud, su función era rendir honores militares al homenajeado, como si se tratase de un funeral de Estado. El tono fúnebre fue subrayado por una repre­sentación de los fragmentos más oscuros de la obra teatral Bodas de sangre, a cargo de Margarita Xirgú, y resultó tan convincente, que incluso los pescadores de la zona, atraídos por la curiosidad, se acercaron a darle el pésame a la actriz.

Presidía el acto una especie de lápida de tres metros por dos, con un poema inscrito en letras de bronce pidien­do una tumba para García Lorca:

 

Labrad amigos

de piedra y sombra en el Alhambra

un túmulo al poeta

sobre una fuente donde llore el agua

y eternamente diga: el crimen fue en Granada

en su Granada.

 

Bajo la lápida, siguiendo las instrucciones del poema, corría el agua de una fuente.

El anfitrión de todo ese despliegue era un hombre de­macrado, visiblemente enfermo, con la piel en los huesos, que evidentemente había reunido fuerzas de flaqueza para dirigir la ceremonia, emocionado y tembloroso. Durante su discurso, sin embargo, el hombre demacrado anunció que su homenaje aún no estaba completo. Que solo el tiempo se ocuparía de darle el toque final:

—El tiempo —dijo— será el auténtico escultor, el tiempo que nos dará la razón será el último y definitivo autor del homenaje, cuando nuestros nombres se borren como escritos en la arena y el musgo acompañe con el ver­dor de la esperanza, los versos del gran poeta y el nombre siempre tembloroso de Federico García Lorca.

Aunque García Lorca era ya una leyenda, no tenía un memorial, ni siquiera un sepulcro. Su cadáver nunca había sido encontrado y, de hecho, su paradero se convertiría en uno de los grandes misterios de la Guerra Civil. El monu­mento de Salto, el primero que se erigía en su honor, debía suplir esa carencia. Para ello, contó con el apoyo financie­ro de numerosos habitantes de la ciudad. En su agradeci­miento a esas personas, el hombre demacrado pronunció unas enigmáticas palabras:

—Pueblo salteño que hiciste posible sin una sola voz adversa este silencioso y sencillo acto justiciero, gracias. Gracias por lo que intuyes, por lo que adivinas y por lo que sostienes en el ámbito de mi patria…

A continuación, a una orden del mismo hombre dema­crado, los albañiles abrieron una fosa detrás de la lápida y enterraron en ella una caja, una caja blanca, de las pro­porciones de un osario de cementerio, cuarenta por cin­cuenta por sesenta centímetros, sobre la cual, el hombre demacrado declaró:

—Aquí, en un modesto pliegue del suelo que me ten­drá preso para siempre, está Federico…

A pesar de toda la pompa del evento, ningún periódico dio noticia de él. Algunos de los intelectuales, políticos y artistas más importantes del momento estaban invitados, pero no asistieron. Ninguno de ellos se dignó enviar si­quiera unas palabras para excusarse. No le concedieron la menor importancia. Hasta hoy, ignoramos incluso la fecha exacta de ese entierro. Tan solo podemos deducir que ocurrió en diciembre de 1953.

Durante las siguientes décadas, un reducido grupo de personas —hoy todas muertas— llevó flores a ese lugar, pero ninguna de ellas divulgó jamás qué había en la caja. Se llevaron el secreto a sus propias tumbas.

Cincuenta y ocho años después, el monumento y su misterioso contenido siguen ahí. Intactos.


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