Las Navas de Tolosa, 1212; de Martín Alvira Cabrer

Por . 23 enero, 2013 en Reseñas
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Sílex Ediciones publica Las Navas de Tolosa, 1212. Idea, liturgia y memoria de la batalla, una obra del medievalista español Martín Alvira Cabrer de la que te adelantamos a continuación uno de sus más emotivos epígrafes.

(Hemos eliminado aquí las notas para no incumplir la habitual presentación de nuestros artículos.)

 

La víspera de la batalla

A primera hora del domingo 15 de julio, estando los cristianos acampados en la cima de la Mesa del Rey, el califa al-Nāşir formó de nuevo a todo su ejército para forzar la batalla. Lo hizo con mayor boato aún que el día anterior, pues hizo montar su gran tienda roja, símbolo de la soberanía califal. Por la reina Berenguela sabemos que los arqueros y fundibularios cristianos dispararon su armas contra los musulmanes, obligándoles a mover la tienda del Miramamolín del lugar en el que se había plantado hasta [una distancia de] tres tiros de flecha, circunstancia que los cronistas más tardíos interpretaron como un buen augurio.

El califa, haciendo sonar sus instrumentos y sus ruidostrompetas y timbales, dice Lucas de Tuy–, lanzó a los jinetes árabes y a los arqueros montados kurdos y turcos contra el campamento cristiano para forzar la salida del enemigo, pero tampoco esta vez pudo arrastrar a los reyes a la batalla. Por un lado, los omnes de la nuestra hueste eran canssados en la graueza de sobir el monte –dice la Estoria de España–; traýan los cavallos cansados del puerto [que tenían] armados, añade con realismo la Crónica de Castilla. Por otro, los jefes cristianos querían observar el número y la disposición del ejército musulmán para encontrar la mejor forma de combatirlo.

La batalla tampoco se libró el 15 de julio de 1212 porque ese día era domingo. Violar el descanso dominical con el trabajo, el manejo de dinero, las prácticas sexuales o el derramamiento de sangre era un asunto grave para los cristianos plenomedievales. En los relatos de Las Navas, sin embargo, hay pocas alusiones a la condición sagrada del domingo para explicar la decisión de posponer el combate. Ni siquiera se menciona en la Carta de Alfonso VIII al papa, algo que resulta bastante chocante. Lo que todas sí dicen, en cambio, es que el día de la batalla era lunes.

Dos testimonios aluden abiertamente el carácter sagrado del domingo. El primero es la Carta de la reina Berenguela:

“El domingo por la mañana, los sarracenos plantaron sus tiendas y el Miramamolín su tienda muy cerca de la de nuestro padre: estaban preparados los sarracenos para la batalla ese mismo día; nuestro padre, en cambio, no quiso ese día por respeto al día sagrado”.

 

El segundo es el Chronicon de Albéric de Trois-Fontaines:

“Los sarracenos […] presentaron enseguida batalla a los reyes, pero los reyes no quisieron luchar el día domingo”.

 

Por mucho que los testimonios sean escasos, en un ejército cruzado plagado de hombres de religión, algunos de enorme talla, que se disponía a combatir en una empresa de Dios avalada por el Papado, debía tenerse conciencia de la sacralidad del domingo. Por ello, es razonable pensar que la decisión de combatir el lunes fue motivada por el “escrupuloso respeto” al “día del Señor”, es decir, por unas razones espirituales que complementaban las de orden militar. La ausencia de esta idea entre las fuentes cronísticas principales quizá se deba a que sus autores, todos eclesiásticos, la dieran por supuesta y no vieran necesario explicitarla.

Además de descansar y estudiar a sus enemigos, los cristianos aprovecharon ese domingo para preparar espiritualmente la batalla. Los oratores sí cumplieron entonces la función que se esperaba de ellos en el contexto de la guerra santa. En palabras de Siberry, “el clero que acompañaba al ejército señalaba las lecciones a extraer de las derrotas y la conexión entre el arrepentimiento y la victoria, y exhortaba a los cruzados a rogar el perdón de Dios a través de un ritual penitencial”. Estos rituales fueron presididos por el arzobispo de Toledo, quien no dudó en situarse en estos instantes en el primer plano de los acontecimientos:

“Et ell arçobispo de Toledo et los otros obispos que y eran, andidieron por las posadas de las compannas de cada unas de las çibdades que alli eran, et por cada una de las posadas otrossi de los prinçipes, predigandoles et auiuandolos et esforçandolos a la batalla, et perdonandoles todos sus peccados muy omillosamientre et muy con Dios”.

La versión tardía de la Crónica de Castilla añade que mandaron que comulgasen e se guisasen para otro día lunes cómmo entrassen en la batalla.

En este clima de gran excitación religiosa y previendo un destino fatal en la inminente batalla, algunos combatientes aprovecharon para dictar sus últimas voluntades. Del 14 de julio es un traslado del testamento del ricohombre aragonés y mayordomo real Miguel de Luesia, el hombre de mayor confianza del rey de Aragón Pedro el Católico, aunque en el texto no hay alusión alguna a la batalla. Más interesante es el testamento dispuesto el domingo 15 por Arnaldo de Alascún, otro ricohombre aragonés que acompañó a su rey a Las Navas. Está datado ad portum de Muradale super exercitum Sarracenorum. Arnaldo se entregó en cuerpo y alma a la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, y, junto a otra serie de bienes y disposiciones, donó, en caso de morir, mi caballo y mis armas de madera y de hierro, y mi escudo y toda la demás ropa que llevara sobre mí a los freires hospitalarios, para que lo enviasen todo a Ultramar, es decir, para que lo dedicaran a la defensa de la Tierra Santa. Es cierto que resulta difícil encontrar a caballeros hispanos en las Cruzadas de Oriente. Pero este testimonio, y más aún si lo relacionamos con la prohibición de viajar a Jerusalén prescrita por el arzobispo de Toledo a finales de 1211, confirma la importancia de Jerusalén en el imaginario religioso y guerrero de los caballeros hispanos de la Plena Edad Media.

Además de los rituales religiosos oficiados por los clérigos, la víspera de una batalla era también una ocasión propicia para las ceremonias caballerescas. Algunas habían tenido lugar en Toledo con motivo de la entrega de armas a hombres en condiciones de luchar y de la investidura de otros cuya dignidad nobiliaria exigía la ordenación como caballeros. Mayor solemnidad revistió la celebrada ese domingo 15 de julio. Tuvo como protagonista a otro hombre del rey de Aragón, su primo Nuno Sanç, conde de Rosselló, Cerdanya y Conflent. El joven Nuno había acudido a la batalla junto a su padre, el conde Sanç, tío del rey. La investidura de armas era un ceremonial con una gran carga sentimental y motivadora en el mundo caballeresco, por lo que seguramente la de Nuno Sanç sirvió de acicate psicológico a muchos de los caballeros cristianos que la presenciaron.

El ejército almohade pasó buena parte de esa jornada dominical sobre el campo de batalla en formación de combate. Finalmente, tras una larga espera, levantaronsse dalli dond estavan, et tornaronse pora sus tiendas. Contemplando cómo los musulmanes malgastaban sus fuerzas al sol, los reyes y caudillos cruzados ya sabían que la batalla se libraría al día siguiente, el lunes 16 de julio de 1212.


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