¿Por qué los persas odiaban tanto a los griegos?

16 ene, 2013 por



La venganza es un plato que se come frío, dice el adagio. Y que a veces se indigesta, cabría añadir… Ambas máximas se aplican con sorprendente idoneidad al caso concreto de la ardua relación entre persas y griegos, que se remonta mucho más atrás de lo que el común de los aficionados ala Historia suele conocer.

Por lo general, las personas cultas han oído hablar de las célebres Guerras Médicas, que enfrentaron a griegos y persas a comienzos del siglo V a.C., como consecuencia del deseo de los segundos de incorporar a las polis griegas a su vasto imperio. Pero lo que mucha gente no sabe es cuándo dio comienzo en realidad tan acendrada enemistad, que iba mucho más allá de lo político y lo estratégico.

A griegos y persas no eran los meros intereses, sino una visión del mundo por completo opuesta lo que les separaba. Más pronto o más tarde, ambos habían de enfrentarse.

El primer choque ocurrió a mediados del siglo VI a.C., casi a la vez que el Imperio persa daba sus primeros vahídos de la mano de Ciro II el Grande, su fundador. Ansioso de conquistar cuantas tierras se hallaran a su alcance, y tras someter a asirios y babilonios, el soberano persa derrotó primero a Creso, rey de Lidia, señor de la parte occidental de la actual Turquía, y se apoderó algo más tarde de las ciudades de Jonia, en la costa, un racimo de polis griegas independientes que habían tolerado bien el dominio de Creso, un filoheleno declarado, pero no lo iban a hacer tanto con el de los persas, que no sentían admiración alguna por su cultura.

Así las cosas, la llama de la sublevación prendió pronto entre las polis jonias. Aunque durante un tiempo los tiranos colocados pos los persas al frente de ellas colaboraron con los designios de sus señores, enviando sus barcos y sus tropas allí donde se les demandaba, llegó un día en que trataron de aprovechar la oportunidad que se les ofrecía para arrojar de sí el dogal que les aprisionaba. Fue ese día aquel ―corría el año 502 a.C.― en que los nobles de la isla de Naxos, cerca de la costa de Jonia, pidieron ayuda a Aristágoras, tirano de Mileto, para recuperar el poder que les había arrebatado una rebelión popular. Aristágoras aceptó y solicitó para ello la ayuda de Artafernes, sátrapa o gobernador persa de la provincia, que le envió doscientos buques con la promesa de añadir al Imperio las posibles conquistas.

Sin embargo, la frágil concordia entre ambos se reveló efímera, y cuando las primeras disputas acabaron con ella, el tirano griego optó por cambiar de bando: no sólo avisó a los habitantes de Naxos del ataque que se preparaba contra ellos, sino que levantó en armas contra Persia a todas las ciudades jonias, seduciéndolas con la promesa de abolir a un tiempo en ellas la tiranía y el dominio extranjero.

Así, en el año 500 a.C., daba comienzo la sublevación de Jonia, y es ahora cuando sucede algo que Darío I, el soberano persa, no va a olvidar jamás y que explica el terrible deseo de venganza que más tarde va a apoderarse del ánimo del monarca. Aristágoras, consciente de la magnitud de los ejércitos que sus antiguos amos pueden enviar contra él, marcha a Grecia en busca de ayuda. Esparta, orgullosa o prudente, se la niega, pero Atenas, quizá más imbuida de solidaridad hacia sus hermanos amenazados por el odiado déspota oriental, le concede veinte buques. Con esta ayuda, Aristágoras marcha sobre Sardes, la capital de la satrapía, y la incendia.

De poco sirvió la sorpresa. Los persas reunieron enseguida un gran ejército y pusieron en fuga a los griegos. Atenas, al saberlo, hizo regresar de inmediato a sus naves, y los jonios hubieron de continuar solos con su imprudente revuelta, que no podía tener otro destino que la derrota.

Tras cuatro años de lucha a la desesperada, se jugaron los jonios su última carta en una batalla naval. Reunieron con gran esfuerzo una gran armada que subía de los trescientos cincuenta barcos y la lanzaron contra los persas que sitiaban Mileto, esperando así romper el asedio. Pero los persas se defendieron llamando en su auxilio a la flota de sus súbditos fenicios, que derrotaron con facilidad a los jonios, muchos de cuyos barcos habían desertado en plena refriega.

Nada pudo ya parar a los persas. Mileto fue tomada al asalto y su población pasada a cuchillo o esclavizada, y tras ella, una tras otra, todas las ciudades de la Joniay las islas que las habían acompañado en la rebelión fueron reconquistadas y sometidas a espantosas masacres y vejaciones. El dominio persa se había restablecido a sangre y fuego, y el pueblo jonio, más dado al orgullo y los placeres mundanos que al sacrificio y la unidad que habrían sido necesarios para ganar una guerra como aquélla, sometido a una terrible humillación.

Pero en el ánimo de Darío, el susceptible emperador de los persas, la guerra había dejado un asunto pendiente. Según cuenta Herodoto, el más grande de los historiadores griegos, tanto le ofendió la ayuda ateniense a los rebeldes que, tras haber preguntado a uno de sus consejeros quién era esa gente que se hacía llamar atenienses, clamó en alta voz: ¡Oh, Ormuz, dame ocasión de vengarme de los atenienses!, y enseguida ordenó que cada vez que se sentara a la mesa uno de sus servidores le repitiera tres veces al oído ¡Señor, acordaos de los atenienses!

Y a fe que se acordó. No mucho después, en el 491 a.C., un embajador persa llevaba a las ciudades griegas la petición de su señor: la tierra y el agua, o, en otras palabras, la sumisión incondicional. Atenas se limitó a ofrecer una contestación, por supuesto, negativa; los espartanos, según se dice, no se conformaron con tan diplomática respuesta y optaron por una más contundente: arrojaron a un pozo al embajador persa y le dijeron con sorna: ahí tienes ambas.

No cabe duda de que en aquellos tiempos sabían cómo empezar una guerra.

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