Breve historia de Napoleón, de Juan Granados

Por . 13 febrero, 2013 en Reseñas
Share Button

Ediciones Nowtilus publica una nueva obra del escritor e historiador español Juan Granados, autor y asesor de esta revista digital y autor de, entre otros libros de Historia y novelas, otro título de la colección a la que pertenece esta biografía del más conocido general y político de la contemporaneidad, Breve historia de los Borbones españoles.

 

El historiador y también catedrático José Luis Gómez Urdáñez, dice en su brillantísimo prólogo a esta Breve historia de Napoleón:

 

“Un historiador no es un anticuario, ni un coleccionista, ni un curioso. El historiador busca explicaciones, experimenta con el comportamiento del ser humano, quiere ante todo la verdad. Analiza todas las piezas en que la descompone y luego, intenta con todos los medios de expresión, reconstruirla de manera coherente y –lo más difícil– divulgarla, hacerla comprensible a todos. Por eso, al historiador le agrada encontrar al narrador, al buen narrador de historia –y de historias– que es Juan Granados. “

 

A continuación, reproducimos el final del epígrafe Santa Elena, el último acto.

 

El 27 de abril las crisis se reavivaron en forma de constantes vómitos y fuertes dolores. Ocho veces llegó a devolver dos días después, expulsando por su boca un líquido oscuro que recordaba a «los posos de café». Ya sólo restaba una agonía ciertamente cruel, la noche del 4 al 5 de mayo hablaba entre delirios, pronunciando palabras sueltas, pero cargadas de contenido para él: «Francia ejército-vanguardia del ejército-Josefina». Enseguida vinieron fuertes espasmos que obligaron a Montholon a sujetarlo fuertemente. Al alba, pareció serenarse, respirando débil y lentamente, hasta que su ánima se fue agostando en paz, en la ilusión de reunirse en los Campos Elíseos con los héroes de todo tiempo que le habían precedido: Aníbal, Escipión, César, Federico el Grande. «Cómo disfrutaremos» decía.

Napoleón Bonaparte moría, según el cronómetro de Antommarchi, a las cinco y cuarenta y nueve minutos de la tarde del sábado 5 de mayo de 1821; aún no había cumplido los cincuenta y dos años. Sería un tópico afirmar que desaparecía el hombre y nacía la leyenda, pero, al fin, él mismo siempre había sido consciente de que sus obras en el mundo perdurarían. Así lo quiso expresar a sus acompañantes durante sus últimos días en Santa Elena: «En los próximos quinientos años, los franceses sólo pensarán en mí. No hablarán más que de la gloria de mis brillantes campañas. El que hable mal de mí será un desgraciado. Yo mismo me emociono al leer las campañas. Todos los franceses deben sentirse héroes al leer esto. Sólo la República devolvería hoy a Francia alguna energía y libertad».

Napoleón había indicado taxativamente a Antommarchi que deseaba que se le practicase la autopsia por manos no inglesas. Su cuerpo fue depositado sobre la mesa de billar de Longwood y Antommarchi comenzó un trabajo de disección para el que estaba mucho mejor dotado que para el que se le había contratado. En el transcurso de la autopsia descubrió «una úlcera cancerosa muy extendida, que ocupaba sobre todo la parte superior de la superficie interna del estómago, y se extendía desde el orificio de los cardias hasta casi dos centímetros y medio del píloro». Cáncer de estómago, por tanto, tal como el mismo emperador había supuesto. Este ha sido desde entonces el diagnóstico más o menos oficial sobre la causa de la muerte de Napoleón. No obstante, siempre han proliferado las tesis que suponen un envenenamiento programado, destinado a acabar prematuramente con su vida. Desde que Sven Forshufvud hablase en su Napoleón a-t-il été empoisonné? de 1961 de un posible envenenamiento por arsénico tramado por Montholon, al que señala como un «agente realista» a pesar de haber sido la persona más beneficiada por Napoleón en su testamento (dos millones de francos), la teoría del asesinato ha contado con firmes defensores como Hapgood (Qui a tué Napoléon?, 1982) y más recientemente Ben Weider, presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional y autor de numerosas obras sobre el asunto. Para otros, la composición del papel pintado que cubría las paredes de Longwood explicaría la presencia de arsénico en los cabellos de Napoleón: Jones y Ledingham, en Arsenic in Napoleon’s Wallpaper (1982). Hay también quien defiende la muerte por hepatitis y hasta por causa de una rara enfermedad hormonal, el síndrome de Zollinger-Ellison, que lo transformaba poco a poco en una mujer… En todo caso, la historiografía más académica prefiere seguir admitiendo el cáncer de estómago, producto del empeoramiento de una antigua úlcera, como la causa más plausible de la muerte de Napoleón; así, P. Ganière (1971) o Vincent Cronin (2003), que nos dice: «en 1819, de acuerdo con la versión de Bertrand, desapareció completamente el gusto de Napoleón por el rapé, aunque antes había consumido grandes cantidades diarias. El súbito rechazo del tabaco a menudo es un signo temprano de cáncer de estómago». De la misma opinión es Jean Tulard, el más reciente de los biógrafos del emperador (2012).

Napoleón bien habría querido que sus restos fuesen depositados junto al Sena, pero Hudson Lowe tenía órdenes de que el cadáver de Bonaparte no abandonase la isla. Sus allegados recordaron entonces un paraje del gusto del emperador, la fuente de Torbett, de la que se hacía traer agua para rebajar su vino. El 9 de mayo de 1821, su ataúd de caoba fue enterrado en aquel paraje bajo la sombra de los sauces, recibiendo respetuosos honores militares. La lápida quedó sin grabar; Bertrand quería que figurase como única leyenda la palabra «Napoleón», Hudson Lowe exigía añadir «Bonaparte» y, como cabía esperar, ninguno cedió.

Como es sabido, el gobierno de Luis Felipe I de Francia logró la repatriación de los restos de Napoleón, que fueron trasladados en 1840 desde Santa Elena a bordo de la fragata Belle-Poule para ocupar su actual lugar de reposo en Los Inválidos de París. Allí descansa pues el más célebre de los generales, peligroso y contradictorio como todos los «salvadores de patrias», aunque conquistase, al fin, bajo el patrocinio de tres hermosas palabras, «Libertad, Igualdad y Fraternidad», que son las más de las veces anhelos enunciados por corazones generosos, antes que verdaderas conquistas del siempre paradójico género humano. A André Maurois le gustaba decir, y nosotros lo suscribimos, que «si su tumba en la cripta de Los Inválidos se ha convertido en un lugar de constante peregrinación para el pueblo francés, no se debe al recuerdo de Arcole, Austerlitz y Montmirail, sino a que la Francia moderna sabe que fue modelada por la mano de Napoleón». Añádase Europa en lugar de la mera Francia y nadie irá excesivamente desencaminado.


Share Button

Participa en la discusión

  • (no será publicado)