El Principado de la Fortuna, una utopía medieval en las Canarias

Por . 27 febrero, 2013 en Edad Media
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El 28 de noviembre de 1344, el papa Clemente VI concedía a don Luis de la Cerda, o de España, la posesión como feudo de las Islas Afortunadas, también llamadas Canarias. La concesión implicaba la entrega al Papado de una suma de cuatrocientos florines de oro al año y el compromiso de evangelizar a los isleños.

En la pomposa ceremonia, celebrada en la sede papal de Aviñón, se otorgó a don Luis el título de Príncipe de la Fortuna, con corona y cetro incluidos. Un imprevisto aguacero frustró las celebraciones. Observado desde el presente parece premonitorio, pues don Luis no llegó a disfrutar de su principado. Murió el 25 de agosto de 1346 en la batalla de Crécy, y aunque sus derechos sobre las Islas pasaron a sus herederos, éstos tampoco hicieron uso de ellos.

La coronación de don Luis, episodio puntual y casi anecdótico, fue recogida por Petrarca en una de sus obras, De vita solitaria. Petrarca, quien decía preferir viajar repetidas veces en un mapa, con la ayuda de los libros y la imaginación, en lugar de emprender un único largo viaje en barco, a caballo o a pie, seguía de cerca las exploraciones que por entonces marinos y comerciantes emprendían hacia los lugares descritos por los autores clásicos. Consciente de que vivía en las vísperas de la que después sería llamada ‘era de los descubrimientos’, el autor probablemente no dejó de notar el hecho de que la fugaz existencia del Principado de la Fortuna representó, en ese contexto, un punto de inflexión.

El nombramiento de don Luis implicaba el reconocimiento de la existencia de unas islas hasta entonces fuera del ámbito de influencia de la Cristiandad. Las Afortunadas, conocidas por los romanos y exploradas desde el siglo X por los árabes, quienes tradujeron para designarlas su nombre latino, llamándolas Al Djezir al Khalidah, estuvieron prácticamente fuera de la mente de los cristianos hasta fines del siglo XIII. En esos momentos, y habiéndose conquistado ya el suroeste de la península Ibérica, comenzaron las visitas a las Islas. Las primeras fueron esporádicas y accidentadas; las posteriores a 1344 frecuentes y, con el tiempo, sistemáticas.

En el año 1292 se dio por perdida la nave que los hermanos Vivaldi comandaban dentro de la expedición enviada por el armador genovés Jacobo Doria hacia Canarias; pero poco después una embarcación de Cherburgo volvió a Francia con noticias de haber hallado, en un desvío involuntario, las Islas.

En 1312, el genovés Lancelotto Malocelli se instaló en la isla a la que daría nombre, Lanzarote. El mismo año una expedición de catalanes y mallorquines llegaba al archipiélago en busca de esclavos. Emmanuele Pesagno y Niccoloso da Recco, genoveses, y Algolino del Tegghia de Corbizz, florentino, viajaron en 1341 en tres carabelas enviadas por Alfonso IV de Portugal, y regresaron a Lisboa transportando esclavos y dando cuenta de la existencia de trece islas.

Treinta años después partió de Bayona una nueva expedición, capitaneada por Francesc de Valers.

Franceses, portugueses, italianos y aragoneses comenzaban a hacer de las Afortunadas un destino. Las noticias de estos viajes se expandían por Europa. La navegación a las Islas aún era posible con las técnicas del momento, pensadas para el cabotaje; pero abría el camino que, con el tiempo, llevaría a explorar la costa africana, atravesar el Ecuador y, más tarde, cruzar el océano. La obtención de esclavos, la búsqueda de nuevos productos comercializables en Europa y la puesta en funcionamiento de rutas mercantiles a gran escala fueron sus motores.

Aunque los comerciantes protagonizaban la empresa, don Luis de la Cerda vio en esas tierras oceánicas la oportunidad de acceder a la soberanía de un nuevo territorio y, en ese sentido, las Canarias debieron abrirse ante sus ojos como la proyección de una utopía.

Bisnieto de Alfonso X el Sabio por ser hijo de su nieto Alfonso de la Cerda, y también bisnieto por parte de su abuela materna de San Luis de Francia, las posibilidades de don Luis de heredar cualquiera de las dos coronas, castellana o francesa, eran muy remotas. Con todo, vivía ligado a los dos reinos pues, aunque se había criado en Francia, allí era conocido como Luis de España.

La propuesta fue bien recibida por el Papado. Para la Santa Sede la creación de un nuevo reino, o principado, materializaba la idea de expandir la Cristiandad bajo la tutela pontificia.

La bula de la concesión, Tue devotionis sinceritas, promulgaba la primera norma que habilitaba la presencia cristiana en el ámbito atlántico. En ella se expresaba el deseo de Clemente VI de hacer de don Luis príncipe y señor de todas las islas Afortunadas –Facere dominum Ludovicum de Hyspania Principem et dominum quarundam insularum que dicutum Fortuanate–, once en total –quarum omnium prima Canaria, alia Ninguaria, tertia Pluviaria, cuarta Capraria, quinta Iunonia, sexta Embronea, septima Atlantica, octava Hesperidum, nona Cercent, decima Gorgones, et illa quae est in mari Mediterraneo, Goleta.

Los seis primeros nombres son los que Plinio el Viejo dio a las Islas; el resto, los que utilizó para referirse a otras que don Luis y el papa debieron suponer próximas. Papado y navegantes tomaban como base los textos antiguos para definir una geografía aún inexplorada.

La noticia de la concesión causó un cierto revuelo en la península Ibérica. Las misivas enviadas por los monarcas portugués y castellano son, hoy, casi un preludio de lo que acabaría plasmándose un siglo y medio más tarde en el Tratado de Tordesillas.

El 12 de febrero de 1345, el rey Alfonso IV de Portugal reclamaba sus derechos como primer gobernante que había respaldado un viaje de exploración a las Afortunadas. Poco más tarde, el 13 de mayo del mismo año, Alfonso XI de Castilla zanjaba la cuestión exponiendo que, como legítimo heredero de los visigodos, al monarca castellano correspondía cualquier derecho sobre el territorio africano: acquisitio Regni Africae ad nos nostrumque jus regium nullunque alium dinoscitur pertinere.

Se desconoce si don Luis pisó las Canarias; aunque parece que llegó a emprender el viaje, e incluso se entrevistó con Pedro IV de Aragón, quien le prestó su apoyo. Con su prematura muerte en combate, menos de dos años después de recibir la corona, murieron también, en la práctica, el principado y el título.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XIV, las expediciones se multiplicaron, y se emprendió una labor evangelizadora de los nativos. A principios del siglo XV, los normandos Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle llevaron a cabo la conquista de las Islas, actuando ya no como nobles protegidos por el Papado, sino como vasallos del rey Enrique III de Castilla.


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Resulta muy difícil escribir en primera persona cuando se está acostumbrado a hacerlo en tercera. Si pudiese presentarme a mí misma como si hablase de otra diría que Covadonga Valdaliso (Torrelavega, 1973) tiene un recuerdo vago del momento en que comenzó a darse cuenta de que le gustaba la Historia (¿en séptimo u octavo de EGB?), y uno más nítido de aquel en el que decidió dedicarse a su estudio, a principios de los noventa. A partir de ahí, los datos curriculares son los que mejor sintetizan el recorrido: Licenciatura en Historia en la Universidad de Cantabria (2000) y Doctorado en Historia Medieval en la Universidad de Valladolid (2007), tareas de investigación, trabajos de divulgación y una debilidad confesa por el siglo XIV y por las crónicas medievales. En el año 2009 publiqué en La Esfera de los Libros Vivir en un castillo medieval y en Rizzoli los textos que acompañan a las fotografías de Fernando Moreles en el libro Uomini di Dio (Hombres de Dios, La Esfera de los Libros, 2009). Desde el año 2003 colaboro en la revista Historia National Geographic.

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