Las raíces ideológicas del antisemitismo fascista (II)

Por . 25 febrero, 2013 en Siglos XIX y XX
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Viene de Las raíces ideológicas del antisemitismo fascista (I)

 

“La lucha histórica contra los judíos”

 

“ES NECESARIO HACER UNA DISTINCIÓN NETA ENTRE LOS MEDITERRÁNEOS DE EUROPA (OCCIDENTALES) DE UNA PARTE Y DE LOS ORIENTALES Y LOS AFRICANOS DE OTRA.

Por lo tanto, Deben considerarse peligrosas las teorías que sostienen el origen africano de algunos pueblos europeos y que incluyen en una común raza mediterránea a pueblos camitas y semitas, estableciendo relaciones y simpatías ideológicas absolutamente inaceptables.”

(Texto del Manifiesto de la raza, publicado en la revista La Difesa della Razza, año I, número 1, 5 de agosto de 1938)

 

 

Dos destacados artículos de La Difesa della Razza subrayan cómo los judíos fueron a menudo adversarios de la pax romana.

El primero,“Rebeliones y sediciones de los judíos en el Imperio romano”, de Antonio Trizzino, apareció en el número de marzo de 1939, y el segundo, “El judaísmo y el Imperio romano”, de A. M. de Giglio, es del 5 de octubre del mismo año. En sus respectivos textos, ambos autores plasman los grandes momentos de conflicto entre los judíos y las autoridades romanas: la rebelión de los judíos de Cirene durante la guerra de Mitrídates , rey de Ponto, en el 87 a. C.; los levantamientos de las comunidades judías de Seleucia y Alejandría en el 38, bajo el gobierno de Calígula; la gran insurrección de Judea en los años 66 al 70, que acabó con la toma de Jerusalén por las tropas de Tito y la destrucción del Templo; los disturbios de Palestina bajo Domiciano; la rebelión judía que prorrumpe al final del reinado de Trajano en Cirenaica, en Egipto y en Chipre; la nueva gran insurrección en Judea liderada por Bar Kocheba durante el imperio de Adriano, en 132-135; los disturbios de los inicios del reinado de Septimio Severo; y la rebelión de los judíos de Diocesarea bajo Constancio Galo.

Por supuesto, los autores fascistas no se contentan con enumerar las luchas de los judíos contra Roma. Recurren a la “autoridad”, en materia antisemita, de los autores antiguos. Así en el número de septiembre de 1938 de La Difesa della Razza, el mismísimo Giorgio Almirante (futuro heredero del fascismo mussoliniano) cita varias fuentes de intelectuales de la Roma antigua: Juvenal, Sátira, 6 (543-549); Tácito, Historias, 5 (5);y  Plinio el Viejo, Historia natural, 13 (9).

Por otra parte, Almirante hace mención a una actitud antijudía de Cicerón recogida por Plutarco. Se trata de lo que relata Plutarco a propósito de Cicerón en el momento del juicio contra Verres en el 70 a. C. Frente a la intención de un liberto del nombre Caecilius (Cecilio), sin duda convertido al judaísmo, de encargarse de la queja de los sicilianos contra su antiguo pretor Verres, Cicerón reacciona haciendo un juego de palabras sobre la palabra Verres (‘carne de cerdo’, en latín):

 

 

“Siendo su hacienda no muy cuantiosa, aunque la suficiente y proporcionada a sus gastos, causaba admiración que no recibiese ni salario ni dones por las defensas, lo que aun se hizo más notable cuando se encargó de la acusación de Verres. Había sido éste pretor de la Sicilia, donde cometió mil excesos, y persiguiéndole los sicilianos, Cicerón hizo que se le condenara, no con hablar, sino en cierta manera por no haber hablado; porque estando los pretores de parte de Verres, y prolongando la causa con estudiadas dilaciones hasta el último día, como estuviese bien claro que esto no podía bastar para los discursos y el juicio no llegaría a su término, levantándose Cicerón, expresó que no había necesidad de que se hablase y, presentando los testigos y examinándolos, concluyó con decir que los jueces pronunciaran sentencia. Con todo, en el discurso de esta causa se cuentan muchos y muy graciosos chistes suyos. Porque los romanos llaman Verres al puerco no castrado; y habiendo querido un liberto llamado Cecilio, sospechoso de judaizar, excluir a los sicilianos y ser él quien acusara a Verres, le dijo Cicerón: “¿Qué tiene que ver el judío con el puerco?”

(Plutarco, Vidas paralelas, Cicerón, 7(6))

 

 

Almirante concluye que “la voz de Cicerón es la voz de Roma, es decir de nuestra raza y de la civilización que creó”. Por otra parte, el escritor fascista utiliza a Suetonio como fuente cuando evoca la expulsión de los judíos de Roma por el emperador Claudio en el año 49.

Por medio de este recurso de acudir a la autoridad de los autores antiguos, Almirante intenta dar peso a su argumentación, mostrando que ya en la época romana los judíos no eran un “elemento fiable” de la sociedad, y que estaban al margen de ésta por su comportamiento, sus costumbres e incluso su “negación de su patria” según la fórmula de Tácito.

En esta misma línea, la política severa de Vespasiano y de Tito hacia los judíos a consecuencia de la rebelión de 66-70 es aprobada por Ottorino Gurrieri en su artículo de septiembre de 1941, titulado “Destructores de Israel”.

El de Emilio Canevari, “Los Judíos y la guerra”, fechado en noviembre de 1938, es ilustrado por el arco de Tito, símbolo de la derrota judía del año 70. Y la portada del número de junio de 1942 de La Difesa della Razza tiene como fotografía una reproducción de una moneda de la época de Vespasiano con la mención Judea Capta.

Dicha utilización de la Antigüedadromana le permite a Paolo Guidotti concluir su artículo de diciembre de 1940, “El pueblo más antisocial del Imperio romano”, de esta manera: “los judíos, como mil otros pueblos del Imperio romano, habrían podido vivir en la paz, en la tranquilidad y en la prosperidad bajo las insignias de Roma pero su sangre les empujaba hacia los sueños frenéticos y áridos fanatismos de un Bar Kocheba o de un Simeon Bar-Ghior, intolerantes hacia un orden jerárquico y una colaboración social, y recae sobre ellos la responsabilidad de una historia secular trabada de desprecio y sufrimiento”.

 

Los emperadores romanos decadentes y culpables fustigados por el fascismo

 

 

“LA POBLACIÓN ACTUAL DE ITALIA ES EN SU MAYORÍA DE ORIGEN ARIO Y SU CIVILIZACIÓN ARIA.

Esta población de civilización aria habita desde hace varios milenios nuestra península; bien poco ha quedado de la civilización de las gentes prearias. El origen de los italianos actuales parte esencialmente de elementos de aquellas mismas razas que componen y compondrán el tejido perpetuamente vivo de Europa.”

(Texto del Manifiesto de la raza, publicado en la revista La Difesa della Razza, año I, número 1, 5 de agosto de 1938)

 

 

A los ojos del antisemitismo fascista,la Antigüedad romana proporciona también ejemplos vergonzantes y despreciables.

En el primer número de La Difesa della Razza de 1938, Giorgio Almirante redacta un largo artículo titulado “El edicto de Caracalla. Un semi-bárbaro que allanó el camino a los Bárbaros”. Las ilustraciones del artículo no ofrecen ambigüedad alguna: un busto de Caracalla es comparado con un busto de Augusto. El primero es comentado de la manera siguiente: “Los rasgos burdos del semi-bárbaro Caracalla ilustran el principal móvil de su edicto desastroso.” A la inversa, el de Augusto, “que no quiso contribuir a la barbarización del Imperio, refleja en su rostro la nobleza de la raza itálica.”

En su requisitorio contra la política de Caracalla, Almirante utiliza un párrafo de Dión Casio en el cual Augusto desaconseja a Tiberio otorgar la ciudadanía romana en una amplia escala. Almirante también recurre a la Apocolocyntosis divi Claudii (La calabacificación del divino Claudio) de Séneca, en donde se crítica la política de “apertura” a los extranjeros.

El gobierno del emperador Claudio fue bastante generoso en materia de ciudadanía romana, como lo confirma Tácito cuando transcribe el discurso de Claudio ante el Senado en el año 48 anunciando la admisión al Senado de los notables galos (Anales, 11 (24)). En la lógica de la política racial emprendida por el fascismo mussoliniano a finales de los años 1930, la política de Claudio sólo podía ser considerada como un “mal ejemplo” y desacreditada del todo por el régimen.

Para la propagandista fascista, el principio de la decadencia romana se sitúa con los denominados emperadores provinciales del siglo II. El emperador hispano Adriano concedió demasiada importancia a la contratación regional y a los cuerpos militares extranjeros en el seno de las fuerzas armadas del Imperio.

Sin duda, los fascistas de aquellos años del siglo XX se referían a los numeri, que constituían tropas especializadas, como los jinetes moros, a los arqueros palmirianos y a las tropas germanas. Si es cierto que la contratación regional fue la regla para las legiones, que los contingentes auxiliares a menudo constaron de bárbaros, no obstante parece que no gozaron habitualmente de la ciudadanía romana.

Podemos apreciar la misma crítica fascista hacia el emperador Marco Aurelio, un itálico de origen pero “imbuido de espíritu griego” (un emperador “malo” para los fascistas), que concedió la ciudadanía romana a numerosos provinciales.

El caso es que sí, la ciudadanía romana fue cada vez más difundida en el Imperio, particularmente mediante la naturalización concedida a los soldados de los cuerpos auxiliares en el momento de su desmovilización. Sin embargo, para evitar los fraudes, lo cierto es que Marco Aurelio creó un verdadero estado civil haciendo obligatoria la declaración de los nacimientos en un lapso de treinta días.

En lo que respecta al reinado de Septimio Severo, solo hubo un comandante originario de Viena, enla Narbonense ,que formaba parte de las tres legiones de Partia, en tanto que los demás mandos eran todos oriundos de Roma o de la península Itálica.

Para la interpretación histórica de los fascistas esta nefasta política de los “malos emperadores” desembocó en el Edicto de Caracalla del año 212 que concedía la ciudadanía romana a todos los habitantes (libres) del Imperio.

Almirante explica la decisión de promulgar este edicto por tres razones esenciales: primero, por el deseo de someter a más ciudadanos a los impuestos, en particular el impuesto sobre las herencias. En esto, Almirante sigue el análisis de Dion Casio, muy desfavorable a Caracalla. Segundo, que el edicto fue el medio de obtener el apoyo de los provinciales contra los italianos y de hacer olvidar el homicidio de su hermano Geta, cometido en febrero del 212.

Y tercero: Almirante critica a Caracalla por conceder sus favores a los cultos orientales de Isis y Serapis, considerados contrarios a la religión romana. Y sí, en efecto, Caracalla hace figurar a Serapis sobre el revés de sus monedas a partir del 212, emprende una peregrinación al Serapeum de Alejandría y manda edificar un templo a Serapis sobre el Quirinal.

Almirante concluye su artículo con un ataque antifrancés en un momento en el que las relaciones eran tensas entre Roma y París: “Esta fue la obra desastrosa del emperador Caracalla, nacido en Lyon y así llamado por su manera ridícula de vestirse como los galos. El mal francés, como se ve, es de factura muy antigua.”

Esta crítica galófoba, por cierto, se comprende tanto mejor si se sabe que se estaba a algunas semanas de una crisis franco-italiana, que se inició por la sesión del 30 de noviembre de 1938 en el palacio de Montecitorio en el curso de la cual los diputados fascistas gritaron, durante una manifestación sabiamente orquestada, reivindicaciones sobre Túnez, Saboya, Niza y Córcega.

 

Italia restituta versus la memoria histórica fascista

 

 

“ES UNA LEYENDA LA CONTRIBUCIÓN DE MASAS INGENTES DE HOMBRES EN TIEMPOS HISTÓRICOS.

Tras la invasión de los lombardos, no hay otros movimientos importantes de pueblos en Italia que pudiesen influir en el aspecto racial de la nación. De ello se desprende que, mientras que en otros países europeos la composición racial ha cambiado considerablemente hasta los tiempos modernos, en Italia, en líneas generales, la composición racial de hoy es la misma que hace mil años: los cuarenta y cuatro millones de italianos de hoy se remontan en su gran mayoría a las familias que han vivido en Italia durante al menos un milenio.”

(Texto del “Manifiesto de la raza” publicado en la revista la Difesa della Razza, 5 de agosto de 1938)

 

 

Los responsables de la revista La Difesa della Razza quisieron asimilar al fascismo la herencia antigua para sostener “con bases históricas” la política del régimen, en este caso la política racial. En el análisis fascista, que tendió a italianizar la romanidad, existe sin duda una utilización abusiva de el concepto de la romanidad extendido al conjunto de Italia. Hizo falta la cruenta guerra social de 91-88 a. C. para que progresivamente se difundiese la ciudadanía romana al conjunto de la península Itálica y su concesión a todos los itálicos en el año49 a.C.

Si Cicerón pudo afirmar que Roma era la patria común de los italianos (De legibus, 2 (2, 5)), la concesión de la ciudadanía no creó sin embargo sentimientos unitarios, sino solamente la convergencia en Roma de los intereses de grupos limitados: en ausencia de una identidad nacional italiana, las élites de la península, privadas de sus antiguas identidades culturales, adoptaron una identidad romana e imperial, en detrimento de Italia.

En el siglo II, Apiano escribía que Italia estaba sujeta a Roma. Las monedas de Trajano con la leyenda Italia restituta (‘Italia restaurada’) suponen una forma de subordinación, al igual que las de Septimio Severo y Caracalla, y evocan el indulgentia Augustorum in Italia, la ‘benevolencia de las emperadores hacia Italia’.

Sin embargo, Roma fue un organismo asimilador que integró a los pueblos extranjeros otorgándoles la ciudadanía romana, una dimensión que sin duda distorsiona la revista La Difesa della Razza.

Podemos imaginar sin mucho esfuerzo que los redactores fascistas no tenían como lectura de cabecera El elogio de Roma de Aelius Aristides, en el cual se muestra que los romanos supieron asegurar la paz, el orden y la libertad de cada pueblo del imperio.

Más allá de estos debates históricos, lo inequívoco es que la política de expansión de la Italia fascista procuró encontrar su justificación en la Antigüedad.

El 20 de abril de 1940, La Difesa della Razza reproduce el cartel “Natale di Roma. Festa della razza italica”, donde, frente a frente, se puede ver a un legionario de la época de César y un legionario del tiempo de Mussolini.

No obstante, las ambiciones imperiales del Duce se perdieron en las arenas del norte de África, en las montañas balcánicas y en las llanuras rusas. En cuanto a los judíos italianos, la pesadilla se transformó en tragedia cuando a partir de octubre de 1943, el antiguo aliado alemán emprendió redadas en toda la península Itálica ocupada por los nazis.

El 16 de octubre de 1943, 1.259 judíos romanos fueron arrestados en el antiguo gueto, a algunos pasos del teatro de Marcelo y del pórtico de Octavia, monumentos que el emperador Augusto había dedicado a su sobrino y a su hermana, testimonios de una grandeza romana tan alabada por el fascismo italiano.


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Mi pasión por los libros, por el saber, y más precisamente por la Historia, la Filosofía y la Literatura. Aquel primum movens de la necesidad de saber me llevó por múltiples sendas. Estudios de Filosofía y Letras y luego de Historia en la Universidad de Toulouse, programa de doctorado luego donde me especialicé en Historia Medieval, con particular interés en el mundo religioso, la historia de las mentalidades y la historia del pensamiento. Estos últimos años tuve la oportunidad de publicar algunas obras, esencialmente sobre historia medieval de Francia, cosa que sin duda alguna alienta a uno a seguir indagando y trabajando en futuros proyectos. Se me brindó la oportunidad de participar como colaborador en Anatomía de la Historia…Y aquí estoy. Aportando mi granito de arena a esta “disección del pasado-presente”.

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