Los secuestros de Clío

Por . 18 febrero, 2013 en Reseñas
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Ricardo García Cárcel, uno de nuestros mejores modernistas, defiende que la memoria es una materia de la Historia para historiar. Así lo hace en La herencia del pasado. Las memorias históricas de España, la obra que, con todo merecimiento, acaba de conseguir el Premio Nacional de Historia.

Como señala Luis Ribot, “el libro es una profunda y ampliamente documentada reflexión sobre los periódicos secuestros o manipulaciones interesadas de la Historia por parte de los guardianes de la memoria, de cualquier signo que éstos fueren”.

En los últimos años se ha producido una reivindicación de la memoria (memoria histórica) impulsada por los que defienden la justa reivindicación de los perdedores de la Guerra Civil y por el deseo de restañar el obligado olvido público que impusieron los vencedores.

Se suele asimilar “memoria histórica” a reivindicación de los sectores democráticos de izquierda, por lo que la derecha más carpetovetónica se ha lanzado en tromba contra las propuestas de revisar el pasado reciente.

Pero la utilización de la memoria histórica no es solamente privativa de la izquierda. Los franquistas fueron rotundos invocando “su memoria” como recuerdo de su triunfo sobre el régimen democrático que derrocaron y como arma de combate sobre las ideas que lo sustentaban.

Pero es cierto que se ha usado y abusado del concepto memoria histórica, provocando una tergiversación del tiempo histórico, como si el pasado anterior y sus mitos fueran todos productos ideológicos de la dictadura franquista. Como indica Stanley George Payne: el “Gran Relato” del franquismo no es nuevo, ya que existe desde mucho antes. La memoria histórica como concepto tiene una larga trayectoria y fue reivindicada desde los siglos XVI y XVII. El conde-duque de Olivares ya intentó, sin demasiado éxito, construir una “historia” que sustentase su interpretación de la España Imperial. Se lamentaba diciéndole a Felipe IV: “son muchos los descuidos que tenemos y entre los demás no es menos consideración lo poco que se cuida la Historia”.

Desde siempre, los secuestros de la diosa de la Historia han sido una constante. La Monarquía y la Iglesia, casi siempre de la mano, fueron los creadores del “Gran Relato” de la Historia oficial, fundamentalmente castellano-centrista y goticista.

En el siglo XIX y principios del XX se construyeron otras memorias. Los liberales contraponían la historia oficial, trono-iglesia, a la de la nación emergente en las Cortes de Cádiz. La nación-España tenía que liberar a Clío de la servidumbre monárquica y eclesiástica. Los nacionalismos sin Estado también construyeron y siguen construyendo su propia mitología, revisando acríticamente su propio pasado con el fin de utilizar la historia como aval de sus reivindicaciones políticas.

La herencia del pasado de García Cárcel intenta penetrar en las entrañas de todas estas memorias, construidas por unos y otros. Pretende descodificar el conjunto de mitologías históricas y desvelar a qué responden y qué defienden.

 

Como escribe Enrique Gil Calvo, el libro “contrasta las opuestas memorias históricas con que los españoles han venido reinterpretando su pasado, desde sus orígenes fundacionales (en que algunos comenzaron a reconocerse como nosotros los españoles, nosotros los catalanes, etc.) hasta sus desenlaces provisionales en el presente actual (cuando las memorias están divididas en función del nosotros y ellos ocupados en torno al clímax de la Guerra Civil)”.

 

Distinguir entre memoria e Historia y establecer sus relaciones son tareas urgentes de los historiadores. Juan Sisinio Pérez Garzón lo tiene claro cuando escribe: “La memoria y la Historia ya han quedado definitivamente entrelazadas como formas de relacionarse con el pasado y, por más que sature en algún momento, esas relaciones ya forman parte de las tareas propias del historiador”.

La memoria histórica es un combustible para la caldera de la Historia, ya que si la Historia solo fuese memoria, ya no sería Historia. Para serlo debe combinar los planos individuales, épicos y personales, con planos sociales, temporales e incluso seculares. Hay que reivindicar, nos dice García Cárcel, “la necesidad de una historia crítica, metodológicamente rigurosa, que exorcice mitos y leyendas, que aborde el pasado sin complejo”.

Así lo entienden los mejores historiadores que vienen denunciando la intromisión política en la construcción del recuerdo colectivo. Como expresa el manifiesto Libertad para la Historia: “En un país libre no es competencia de ninguna autoridad política definir la verdad histórica ni restringir la libertad del historiador”. Entre los firmantes se encuentran Pierre Nora, Jacques Le Goff y Eric Hobsbawn.

Tony Judt defendía la necesidad de mantener vivo el horror pasado, sí, pero —matizaba—“como Historia, porque si lo haces como memoria, siempre inventas una nueva capa de olvido”.

En esta línea, La herencia del pasado ofrece la respuesta más rigurosa y fundada que la Historia puede ofrecer en el debate de la memoria histórica hispana. Descubre y explica los sucesivos secuestros de Clío superando los exagerados presentismos que inundan nuestros debates públicos, políticos y sociales.

El libro de García Cárcel constituye, en palabras de Luis Ribot: “una vibrante defensa de la independencia de la Historia y del trabajo del historiador”. Frente a la alternativa entre recordar u olvidar, plantea la Historia como conocimiento; es decir, saber o no saber.


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Nací en el mes de marzo de 1949 en Valencia. Soy investigador principal de DHIGECS (Didáctica de la Historia, la Geografía y otras Ciencias Sociales), un grupo de investigación consolidado por la Generalitat de Cataluña. Doctor en Historia Moderna y Catedrático de la Universidad de Barcelona, estoy especializado en didáctica de la Historia, en el estudio de los sistemas educativos y en la historia de las universidades. Actualmente dirijo entre otras cosas, como veréis, el Programa de Doctorado de Didáctica de las Ciencias Sociales y del Patrimonio (Geografía, Historia y Patrimonio) de la Universidad de Barcelona.

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