Chávez, el venerador de héroes

Por . 13 marzo, 2013 en Mundo actual
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A veces, las palabras se retuercen hasta perder todo atisbo de significado. Lo demostró el recientemente fallecido Hugo Chávez al hacer bandera de una supuesta “revolución bolivariana”, sin dejar claro la pertinencia del adjetivo para la misma.

Simón Bolívar, el modelo indiscutido de su régimen, se convertía en un icono omnipresente. En las calles de Caracas se contemplaban murales con su retrato, con el de Francisco de Miranda, otro prócer de la independencia, y con el del Che Guevara.

No hace mucho, el mandatario venezolano presentaba una reconstrucción del rostro enjuto y nervioso del Libertador, seguramente bastante fiel, a juzgar por los retratos conservados. En esto, no hacía más que continuar el culto bolivariano que ha caracterizado a su país desde sus inicios. El padre de la patria viene a tomar el lugar de Dios, ofreciendo no sólo un relato consolador del pasado, también una promesa de futuro con la que espolear a los ciudadanos-creyentes, a quienes se propone un guía infalible como fuente de inspiración.

Así, los subordinados de Chávez, en los ejercicios militares, empezaban el día con una reflexión extraída de un libro de citas de Bolívar, convertido, por extraño que parezca, en un equivalente tropical del Libro Rojo de Mao. Es decir, en el libro sagrado de una religión política.

 

¿Historia o invención?

Sin embargo, más allá de los ditirambos oficiales, ¿hay un conocimiento real de la vida y la obra de Bolívar por parte del chavismo?

Que su figura aparezca junto a la de Miranda resulta ya, de por sí, bastante chocante. Sobre todo si tenemos en cuenta que en 1812 no dudó en traicionarlo, entregándolo a los españoles, por lo que el viejo luchador acabaría sus días en prisión. Obviamente, tratándose de personajes de tal magnitud, semejante episodio, vergonzoso y traumático, ha de resultar incómodo por fuerza.

Por eso, el discurso oficial pretende eliminar de la memoria histórica esa mancha en el currículum del constructor de la nación. Así, en la película Miranda regresa (2007) de Luis Alberto Lamata, patrocinada desde las instancias del poder, Bolívar… ¡incluso intercede para evitar el fusilamiento de su antiguo jefe! En realidad, cuando se dirigía a prenderlo, no deseaba otra cosa que colocarlo ante un paredón.

Igualmente asombroso resulta el paralelismo entre el Libertador y el Che Guevara. Como si hubiera alguna similitud entre un liberal cada vez más conservador, cuya idea de presidencia vitalicia no se diferencia mucho de una monarquía, y un revolucionario social.

La mezcla de ambos refleja la poca seriedad ideológica del chavismo, basado en un collage de elementos dispares sin que preocupe la coherencia del conjunto. Se intenta armonizar a Bolívar con Marx, sin tener en cuenta que éste último fue el crítico más feroz del sudamericano. Es muy conocido el artículo biográfico que Marx escribió para The New American Cyclopaedia, donde lo tilda, entre otras lindezas, de palurdo, hipócrita y botarate. Con una saña que, a decir de intelectuales latinoamericanos como Enrique Krauze, evidencian una actitud racista en el artífice de El Capital.

 

Mar de contradicciones

La izquierda sudamericana quedó así en una situación apurada. ¿Cómo explicar que Marx, el profeta infalible, vomitara tal cantidad de dicterios contra el libertador del continente? El camino elegido fue el de reivindicar que Bolívar no constituía un patrimonio de la derecha, por lo que se fabricó la imagen de un héroe antiimperialista, un referente para el socialismo del siglo XXI.

Se olvidaba convenientemente que toda su vida fue un hombre aristocrático, al que las masas populares le inspiraban profundo horror. En especial las integradas por esclavos, por lo que dedicó muchos esfuerzos a evitar una guerra racial al estilo de lo que había sufrido Haití. Por eso no vaciló en fusilar al general mulato Manuel Piar, del que temía sus ascendiente entre la población de color.

El pasado se convierte en una herramienta de la que se puede usar a discreción, en función de las necesidades del presente, sin que importe el alcance de la tergiversación.

Ahí esta el juramento del Movimiento Bolivariano Revolucionario, en el que sus miembros prometen no descansar hasta romper las cadenas que oprimen al pueblo “por voluntad de los poderosos”. El texto se inspira en un momento legendario de la mitología del Libertador: cuando éste proclama, en Roma, que no se dará tregua hasta romper las cadenas que oprimen a los venezolanos “por voluntad del poder español”.

El acento, como podemos ver, es completamente distinto. Lo que busca Bolívar es expulsar de su patria a una potencia extranjera, no trastocar el orden social. En su proyecto, una vez alcanzada la independencia, los ricos continúan siendo ricos.

No obstante, a Chávez la exactitud histórica debía importarle poco. Él no se aproximaba al pasado con el ansia de conocimiento de un erudito, sino con el pragmatismo de un político que busca una herramienta movilizadora.

Si la leyenda del padre de la patria facilitaba que sus compatriotas aceptaran su liderazgo, el objetivo se veía cumplido de sobra. Lo confesó con sinceridad, al admitir que “si el mito de Bolívar sirve para motorizar ideas y pueblos, está bien”.

No se trata, pues, de que una idea se corresponda con la realidad, sino de que demuestre su funcionalidad al servicio de un designio determinado. El de finiquitar la democracia liberal, despreciada por burguesa, en beneficio de un caudillismo en el que la masa reconoce a su líder sin necesidad de un procedimiento formal. Todo para garantizar que las fuerzas opositoras o vendepatrias no regresaran nunca al poder, “ni por las buenas ni por las malas”.

Chávez se movía dentro de una tradición política autoritaria. En El poder y el delirio (Tusquets, 2008), Enrique Krauze hizo notar que apenas utilizaba la palabra libertad. Todo lo contrario que Bolívar, su supuesto modelo y padre simbólico. Y es que el Libertador, pese a sus debilidades y tentaciones más o menos dictatoriales, no dejaba de ser un hijo de la Ilustración.

Alguien que, por eso mismo, renunció a coronarse rey y ejercer el poder absoluto. No parece muy apropiado, pues, que el escenario de su descanso eterno albergue también a un controvertido populista que demostró un talento inigualable como comunicador, pero no solucionó los graves problemas de Venezuela. Y que contribuyó a radicalizarlos, al suscitar una grave polarización social a partir de la lógica perversa de que quién no está conmigo, está contra mí.


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Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

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