La Ley de Lynch

Por . 25 marzo, 2013 en Reseñas
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Charles Lynch fue un coronel virginiano que durante la Guerra de Independencia estadounidense (1775-1783) se distinguió por detener a conciudadanos sospechosos de ser leales a la corona británica y juzgarles bajo su propia y privada ley. Su nombre se convirtió en epónimo de una pseudojusticia sumaria y bárbara. Durante el siglo siguiente a la Guerra Civil estadounidense, la conocida como Guerra de Secesión (1861-1865), más de 5.000 personas fueron linchadas en Estados Unidos acusadas de crímenes supuestos o reales por turbas que no les reconocieron su derecho a un proceso penal regular.

El linchamiento se define actualmente como un delito federal en Estados Unidos, el cometido cuando “una masa de personas (mob) se reúne con el propósito premeditado de infligir actos de violencia contra otras personas sin proceso legal (due process) con resultado de muerte”. A estos efectos se considera masa una reunión de dos o más personas, la premeditación puede producirse durante el linchamiento y la referencia al proceso legal es una alusión directa a la Decimocuarta Enmienda que garantiza que cualquier ciudadano estadounidense conservará su vida, bienes y libertad, salvo sentencia judicial en contrario. En esta definición se enfatiza el carácter tumultuario y pseudolegal del linchamiento, que fue defendido a menudo como una suerte de justicia paralela y popular.

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Mi primer amor fue la filología. Por razones administrativas que no viene al caso detallar, después de cursar cinco años de carrera, me impidió licenciarme una de las divertidas reformas educativas que han afligido a nuestra Universidad a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años. Me vi en la tesitura de empezar otra vez la misma carrera, con los mismos profesores y las mismas asignaturas, barajadas de diferente forma, o escurrir el bulto y acogerme en sagrado en el último reducto del Plan del 72, la UNED. A mis treinta y tantos, ganándome más mal que bien la vida desde los diecinueve, sin perspectivas de mejorar mi suerte por abanicarme con un título devaluado, preferí que me llamaran porfiado a desanimado, regresé a mi alma mater, la Complutense, me saqué un doctorado en Ciencias de las Religiones y ya embalado comencé una tesis sobre una cruzada acaecida hace ochocientos años.

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