Y ¿por qué ganaron los griegos?

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No se puede negar que la pregunta resulta pertinente. Al comienzo de las llamadas Guerras Médicas, en el 491 a.C., la diferencia de fuerzas entre ambos contendientes era, sencillamente, inmensa. Grecia no podía nombrarse en singular; no constituía de ningún modo una unidad política, sino una miríada de pequeñas ciudades independientes poco o nada acostumbradas a cooperar entre sí, como hemos tenido ocasión de ver.

Y aunque lo hubieran estado, incluso en el caso de que los griegos hubieran sido capaces de allanar sus diferencias seculares y forzar su arisco espíritu particularista para formar una única entidad política, la desproporción habría seguido siendo enorme.

Persia era un imperio de dimensiones colosales. Su territorio se extendía desde Egipto al Danubio, entre el Mediterráneo yla India, a lo largo de más de cuatro mil kilómetros que incluían las tierras más habitadas y fértiles del mundo, como los valles de los ríos Tigris, Éufrates y Nilo. Su población, inmensa, le permitía nutrir potentes ejércitos, y sus riquezas, incalculables, equiparlos con las armas más modernas y eficaces.

¿Cómo fue posible, por tanto, que los humildes griegos, poco numerosos y con ejércitos que se contaban por unos pocos miles, pudieran derrotar a los persas hasta en tres ocasiones, y, a la larga, conquistar todo su imperio?

La respuesta romántica, e incluso eurocéntrica, pero nada histórica, sería aludir a la innata superioridad de la democracia sobre el despotismo, o, peor aún, de los valores occidentales, individualistas y racionalistas, sobre los orientales, gregarios y supersticiosos. Pero nada de esto tiene cabida en el argumentarlo de un historiador que merezca tal nombre. Para responder a la pregunta no nos sirven los valores, sino tan sólo los datos objetivos.

Veamos, por ejemplo, lo que sucedió en la batalla de Maratón, en el año 490 a.C., la primera gran victoria de los griegos.

El ejército persa era inmenso. Lo componían, según los historiadores griegos y romanos, entre 100.000 y 500.000 infantes, aunque hoy se tiene a reducir la cifra a menos de 100.000 y no más de 10.000 jinetes. Frente a ellos, los atenienses y sus aliados de la ciudad de Platea no pudieron reunir sino unos 10.000 hombres en total.

Pero el número no lo es todo. Los griegos se sentían como tales, aunque no fueran ciudadanos de un Estado único, hablaban la misma lengua y llegaban al campo de batalla espoleados por la poderosa motivación de defender su independencia y su modo de vida, que sabían amenazados por el invasor persa.

Frente a ellos, la enorme masa del ejército de Darío constituía una heterogénea amalgama de individuos de todos los rincones del imperio, gentes que hablaban lenguas distintas y no se entendían entre sí ni estaban habituados a combatir juntos.

El armamento tampoco es un dato despreciable. Los griegos estaban bien pertrechados para el combate cuerpo a cuerpo. Las armas de sus hoplitas, un escudo redondo, una lanza de casi tres metros de longitud y una espada corta, todo ello de bronce, así como su espesa formación, los convertían en especialmente aptos para las batallas cortas y sangrientas donde todo se jugaba a la ruptura de las líneas enemigas.

Por el contrario, el armamento de la infantería persa, basado en un escudo de mimbre y una lanza corta, la convertía en muy vulnerable y poco eficiente frente a ejércitos bien pertrechados y entrenados.

Las diferencias se agudizaron en la época de Alejandro Magno, en la segunda mitad del siglo IV a.C. La genialidad táctica y estratégica del joven monarca macedonio, sumada a su clarividencia política, multiplicó las ventajas griegas y colocó a su pequeño ejército, apenas cuarenta mil hombres, en condiciones de derrotar en repetidas ocasiones a tropas muy superiores en número.

Los sátrapas persas formaban una estructura política ajena e impuesta por la fuerza a una multitud de pueblos –jonios, fenicios, egipcios, babilonios y muchos otros- que recibían con los brazos abiertos al joven conquistador a poco que les prometiera unas condiciones más ventajosas que las que padecían bajo los persas y un poco más de respeto por su fe y sus tradiciones.

En pocas palabras, los griegos fueron capaces de derrotar a los persas como resultado de su mayor cohesión interna, un ejército mejor entrenado y equipado, y un liderazgo más cualificado y en posesión de una idea clara sobre sus objetivos: la mera supervivencia como pueblo libre primero, la venganza después.

Nunca las guerras han sido ganadas por quienes acuden a ellas divididos, mal preparados y sin metas claras. En esto, como en tantas cosas, la Historia parece tener sus propias leyes.


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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