El poderío naval de Roma (I)

10 abr, 2013 por



“Si para construir una casa se debe escoger con gran cuidado la calidad de la arena y las piedras, con más razón deben ser escogidos con cuidado los materiales para la construcción de las galeras, pues es mucho mayor el riesgo de navegar un mal navío que el de habitar una casa mal construida. Se construyen principalmente con ciprés, pino cultivado o salvaje, alerce y abeto; y es preferible usar clavos de cobre para unir las piezas que clavos de hierro. Por grande que parezca el gasto, todo eso se gana sin embargo en duración del barco. Los clavos de hierro, expuestos al aire y a la humedad, son rápidamente destruidos por el óxido; en vez de los de cobre, que se mantienen enteros incluso en el agua.”

(Flavio Vegecio Renato: Recopilación sobre las instituciones militares. Libro IV. XXXIIII)

 

 

 

I

De la República al Imperio

 

Los romanos y el mar

La marina siempre había ocupado un lugar destacado en las preocupaciones políticas de Grecia, sobre todo después de Salamina. Sin embargo en Roma era diferente: para el ciudadano la marina desempeñaba un papel secundario. Fue en líneas generales despreciada en comparación con los servicios gloriosos prestado por las legiones.

En tiempos de la Repúblicay del Imperio, pocos fueron los romanos que consideraron la importancia de la marina. Augusto fue el primero que fomentó una estrategia naval a escala del imperio.

El capítulo de la historia de Roma que concierne a la marina ha sido descuidado por los historiadores de la Antigüedad, que sólo nos proporcionaron unas parcas informaciones.

El único autor que habría podido informarnos sobre los aspectos del poderío naval romano es Polibio (200-125 a.C.), pero desgraciadamente la parte de su obra que trata de la conquista del mar Mediterráneo por Roma se ha perdido. En cuanto a Tito Livio (64 a.C.-17 d.C.), su Historia aporta escasas informaciones.

Hay que subrayar que los autores de la época imperial apenas se interesaron por la creación de las flotas de Miseno y de Rávena, cuya concepción se debe a Augusto. Pero, curiosamente, el primer emperador no comenta nada al respecto. Dión Casio (155-229 d.C.) tampoco menciona estas flotas.

Fue Estrabón (63-19 d.C.) quien forjó el concepto de talasocracia (Geografía, 48). No obstante la pérdida de sus escritos históricos impide apreciar la importancia que concedía a la marina.

Suetonio (69-122 d.C.) cuenta por su parte que los romanos consideraban la existencia de estas dos flotas como un hecho de segundo orden.

En cualquier caso, Roma no ignoraba la actividad de las marinas mercantes de las ciudades griegas de Campania y de la Magna Grecia (Nápoles y Tarento), así como los éxitos de las escuadras siracusanas contra Cartago.

El acontecimiento más antiguo de la historia de la marina romana se remonta a una anécdota fechada en el 394 a.C. La embarcación de una embajada religiosa romana que se dirigía a Delfos fue capturada por marineros de las islas Eolias. En un primer momento, la gente de Lipari había creído que esta embarcación era de piratas etruscos. Una vez aclaradas las cosas, los romanos pudieron proseguir su viaje, escoltados por embarcaciones de guerra de Lipari hasta Delfos y luego emprender el viaje de regreso a Roma (Diodoro Sículo, XIV, 93).

En los inicios del siglo IV, Roma emprendió una colonización de las islas cercanas a la península Itálica. ¿Es esta la expedición que según Teofrasto llevó a cabo Roma “en otro tiempo” hasta Córcega con 25 embarcaciones? No lo sabemos con exactitud.

Por su parte, Diodoro Sículo (XV, 27, 24) habla de 500 colonos enviados por Roma a Cerdeña en el 377 a.C.

 

Adaptarse o morir

En el 349 a.C, piratas griegos atacaron la costa del Lacio. Roma, que no poseía fuerzas navales en aquella época, se contentó con enviar tropas que se opusieron con éxito al desembarco; y los griegos, escaso de víveres y sobre todo de agua, abandonaron la operación (Tito Livio, VII, 25, 3-4; 26, 10-15).

El episodio de la conquista de Anzio (Antium), al sur de Roma, en el 348 a.C, es muy significativo de la carencia de los romanos en materia naval. Anzio era una guarida de piratas etruscos que los romanos lograron reducir en parte mediante una ofensiva naval; sin embargo fueron los legionarios quienes se apoderaron de la flota enemiga. En el siglo IV a.C, Roma aparece pues como una pequeña potencia marítima si acaso naciente.

La renovación del tratado de alianza con Cartago en el 348 a.C, el reclutamiento de los piratas de Anzio, la fundación de una colonia en Ostia en la desembocadura del Tíber (ostium Tiberis), de la que Roma hará un puerto en el 335 a.C; y la ocupación militar de la isla de Ponza a la altura de las costas de Campania configurarían la importancia de la marina de guerra romana.

A partir del 311 a.C, Roma nombra cada año a dos magistrados (duoviri) navales encargados cada uno de una pequeña escuadra de diez embarcaciones de guerra para luchar contra la piratería en el mar Tirreno. Ignoramos los tipos de embarcaciones de estas escuadras de guerra. Solo podemos suponer razonablemente que debían ser trirremes (con tres filas de remos).

Dichas escuadras no tuvieron mucho éxito: una de ellas intentó un desembarco contra Nuceria, cerca de Nápoles, y fracasó en el intento. La ciudad hubo de ser finalmente conquistada por legionarios.

Durante el conflicto entre Roma y Tarento, una de estas dos escuadras fue severamente maltratada por las fuerzas navales tarentinas en el 282 a.C.

En el 264 a.C, en la Primera Guerra Púnica, Roma no disponía de una marina de guerra. Tuvo pues que  acudir a sus aliados, las ciudades dela Magna Grecia y de Campania: Tarento, Locres, Vélia, Nápoles, que pusieron a su disposición trirremes y quinquerremes que permitieron a los legionarios atravesar el estrecho de Messina.

En definitiva, en los años que preceden la Primera Guerra Púnica, Roma carecía de una importante marina de guerra, y sus conocimientos marítimos eran bastantes escasos. Los intereses navales de Roma se confirmaron en los años 306-302 a.C por varios hechos diplomáticos importantes; es en aquella época cuando Polibio sitúa la amistad entre Roma y Rodas.

Por estas fechas se estableció también un tercer tratado concluido con Cartago en el 306 a.C que definió las zonas respectivas de ambas partes: Roma quedaba excluida de Sicilia y Cartago de Italia. Hubo otro tratado entre Roma y Tarento en el 302 a.C que estipulaba que Roma se comprometía a no sobrepasar hacia el norte el cabo Lacinio.

La victoria de Roma sobre Pirro en el 275 a.C y su alianza con Tarento tres años más tarde convirtió a Roma ya sí en una potencia mediterránea. Además Tarento se comprometía, en tiempos de guerra, a abastecer a Roma de embarcaciones y tripulaciones.

Los quaestores classici fueron creados en e l267 a.C con la función de controlar la movilización de las escuadras en las ciudades aliadas de Roma y los aliados.

Polibio comenta que los romanos construyeron una flota de 100 quinquerremes y de 20 trirremes tomando como modelo un quinquerreme púnico que había caído entre sus manos. Nos presenta ese autor la captura de un quinquerreme púnico como el acontecimiento que determinó a los romanos a combatir a los púnicos (cartaginenses) en el mar, y ello porque según Polibio después de la captura del barco púnico, los ingenieros de Roma se pusieron a estudiar la concepción de dicha nave para copiarla y, así, los romanos pudieron combatir con éxito en el mar a los cartaginenses.

Es evidente que el relato de Polibio era más bien un panegírico a la gloria de Roma.

La idea que resaltan los estudios de los historiadores contemporáneos es que los inicios de la marina romana no deben ser exagerados ni minimizados.

 

Victoria y derrota en el mare Nostrum

“En una batalla marítima se usan, además de todos los tipos de armas que usan en batalla los ejércitos en tierra, algunas de las máquinas e instrumentos que se usan para atacar o defender las plazas. Nada es tan cruel como una batalla naval, donde los hombres mueren por el fuego o por el agua. Por esto, la primera precaución debe ser dotar a los soldados de protección suficiente, armaduras completas o medias corazas, con cascos y grebas, más si tenemos en cuenta que no pueden quejarse por el peso de las armas dado que el combate se realiza en los navíos, sin moverse del lugar.”

(Flavio Vegecio Renato: Recopilación sobre las instituciones militares. Libro IV. XVIIII)

 

En el 259 a.C., un año después de la victoria de Milas sobre los cartaginenses, los mandos del ejército romano se plantearon desembarcar en África. No obstante esto les resultó imposible porque Roma necesitaba una nueva flota más numerosa que la precedente. El Senado no pudo convencer a los romanos poco conocedores de los asuntos navales. La construcción de una nueva flota después de una victoria les habría aparecido algo absurdo, de tal manera que, sin el apoyo de la opinión pública romana y de las ciudades italianas, el Senado era impotente.

El mar estaba lejos de serle familiar a los romanos, que temían al combate naval. Construir una nueva flota suponía un enorme gasto para Roma. Además, los romanos tenían que servir como soldados de marina en los barcos de la flota , si bien los aliados italianos de Roma abastecían con tripulaciones y remeros las naves romanas.

Cartago, por su parte, ejercía su hegemonía sobre el estrecho de Gibraltar, en Sicilia y en Cerdeña, y explotaba los minerales del sur de España. Era fundamentalmente una ciudad de comerciantes y sobre todo de experimentados navegantes. Tan es así que, por supuesto, disponía de una flota de guerra poderosa.

Entre el siglo III a.C y mediados del siglo II a.C , Cartago constituía la principal amenaza para Roma y el mayor obstáculo a su imperialismo.

No obstante, en 257-256 a.C, los romanos construyeron una flota mucho más poderosa que la del año 260, lo que representa el segundo gran programa de construcción de toda la guerra que duraría del 264 al 241 a.C. Esta nueva flota, que consiguió la victoria de las islas Egadas ( 241 a.C), fue confiada al mando de un almirante excepcional, el cónsul Cayo Lutacio Cátulo.

Pero, Roma tuvo que pagar un alto precio para asentar su dominio en el mare Nostrum. Las pérdidas enormes en vidas humanas y en naves, debidas a las acciones militares o a las tempestades, diezmaron literalmente a la población adulta varonil de Roma: algunos historiadores hablan del 20 % entre el 264 y el 246, es decir 50.000 hombres. Desde el año 249 a.C hasta el 243 a.C., Roma no reapareció en el mar.

Respecto a Cartago, podemos decir que poseía una flota poderosa y eficaz y almirantes hábiles y valientes.

Cartago, no hay que olvidarlo, era no obstante una ciudad de mercaderes apacibles que deseaban evitar la guerra por todos los medios posibles.

Por otro lado, Cartago no podía mantener a la vez una gran flota y un ejército de numerosos mercenarios; una consecuencia desastrosa fue de hecho la derrota de una flota púnica mal armada, sobrecargada, con tripulaciones pocas adiestradas frente a las fuerzas navales romanas en excelente condición, como bien puso de manifiesto la ya citada victoria romana de las isla Egadas en241 a.C.

Al término de la Primera Guerra Púnica, Roma era la única potencia naval del Mediterráneo occidental. Aunque carecía de una voluntad organizada de expansión marítima, Roma constituyó en el mar Tirreno un embrión de mare Nostrum alrededor de Córcega y de Cerdeña, para proteger su territorio.

 

Roma Victrix

“La habilidad del piloto consiste en conocer bien los mares que navega, para poder evitar los arrecifes, los bancos de arena, los bajíos y otro peligros. Cuanto más profunda es la mar, más seguro se está. Si se pide vigilancia al capitán y sabiduría al piloto, los remeros necesitan fuerza, porque las batallas navales ocurren en tiempo de calma, cuando no se dispone del soplo de los vientos para mover las grandes masas de las galeras. Necesitan de toda la fuerza de los remos para golpear violentamente con los espolones contra los barcos enemigos, o para evitar que los enemigos choquen contra ellas. En estas maniobras, la victoria depende en gran parte del brazo de los remeros y de la destreza del timonel.”

(Flavio Vegecio Renato: Recopilación sobre las instituciones militares. Libro IV. XLIII)

 

A partir del 200 a.C., Roma delega su defensa marítima a sus aliados griegos y a las fuerzas navales de Rodas. Las ciudades aliadas de Jonia, de Fenicia, de Panfilia y de Siria abastecieron a la inmensa mayoría de las naves de las escuadras romanas. Hay que resaltar que Roma se venía beneficiando ya de los conocimientos marítimos de griegos y etruscos y que las técnicas navales griegas y orientales se impusieron cada vez más en la marina romana durante la época de la guerra civil (90-88).

No obstante, los comandantes de estas flotas, que a veces eran griegos, se encontraban subordinados a los comandantes de las legiones, prueba de que Roma no había asimilado aún la importancia de una fuerza naval.

Durante la primera de las guerras en que combatió contra Roma, entre el 89 y el 85 a.C., Mitrídates VI, rey del Ponto, se apoderó del mar Egeo. Probablemente en el 85, ese conflicto determinó la voluntad del dictador de Roma Lucio Cornelio Sila de configurar una estrategia de defensa de las costas de Asia Menor: las ciudades marítimas de esta región debían construir naves de guerra y conservarlas en reserva para una eventual utilización; lo cual permitió a Roma tener el dominio del mar durante la tercera y última de las Guerras Mitridáticas ( 75-65 a.C).

En el 84 a.C, después de la derrota de Mitrídates VI, Roma creará una flota permanente, un hecho insólito hasta entonces. Esta evolución dio lugar a un embrión de la futura marina imperial.

Evolución que prosiguió cuando Pompeyo, ya en el 67 a.C., venció en tres meses a los piratas que infestaban casi todas las aguas mediterráneas. Plutarco nos cuenta que los piratas habían incluso tenido la audacia de hundir una flota consular en el mismo puerto de Ostia (Plutarco, Pompeyo XXXVIII-XLIV). En definitiva, como asegura Plinio el Viejo (Historia natural, VII, 98), Pompeyo “habría devuelto el dominio del mar a Roma”.

Es en esta época cuando la marina romana va a desempeñar un papel capital en las guerras civiles y después en el Imperio. Las guerras contra Mitrídates VI y la rápida campaña contra los piratas habían mostrado la importancia de la fuerza naval, olvidada desde las Guerras Púnicas. Durante la guerra civil, las flotas se hicieron cada vez más poderosas. Pompeyo, que acudió a las ciudades marítimas de Asia, consiguió reunir una fuerza de cerca de 300 navíos al principio del año 48 a.C.

Su hijo, Sexto Pompeyo, amenazará al abastecimiento de cereales de Roma y llevará a cabo operaciones de saqueo contra las costas italianas entre el 42 y el 40 a. C., después de asentar su dominio en el Mediterráneo occidental.

Octavio (el futuro Augusto) y Marco Vipsanio Agripa, su consejero militar y técnico (y el inventor del famoso harpax, una catapulta que disparaba garfios que se enganchaban a los barcos enemigos para su posterior abordaje), al mando de una flota de 400 navíos, derrotaron a la flota de Sexto Pompeyo en Nauloco en el 36 a.C.

En Actium, en el 31 a.C., aplastaron a la flota de Marco Antonio y Cleopatra con una fuerza naval constituirá el núcleo de la futura flota imperial.

El desarrollo naval embrionario de la época republicana tuvo como consecuencia la concepción racional de la división de las tareas militares en un conflicto; dejaba a los aliados de las ciudades marítimas el cuidado de las operaciones navales mientras que las operaciones militares terrestres competían a los romanos. La misma división de las tareas estratégicas aparecerá mucho después, en el siglo XX, en los conflictos donde las hegemonías marítimas de Gran Bretaña o de Estados Unidos se encuentren implicadas.

Finaliza en El poderío naval de Roma (y II).

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