¿Cómo surgió la democracia?

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La pregunta se las trae. La democracia no es, ni mucho menos, la norma en la Historia de la humanidad, ni siquiera en los tiempos más recientes, si no antes bien una excepción. Y si esto es así aún en nuestros días, tanto más había de serlo cinco siglos antes de nuestra era, cuando la inmensa mayoría de los hombres, con excepción de quienes no habían conocido aún el Estado, vivían bajo el yugo de terribles despotismos.

Aun así, en la Hélade, esa pequeña y no demasiado acogedora región del extremo oriental de Europa de la que venimos hablando, el despotismo se encontraría pronto con poderosos frenos que dificultaron su arraigo y terminaron por hacerlo imposible.

Al principio, nada parecía anticipar tan poco habitual destino. En la polis, la ciudad-estado que constituía el marco de convivencia más habitual entre los griegos, el poder estaba también en manos de unos pocos, una cerrada camarilla de señores que asentaban en el pasado las razones de su poder, se sentaban solos en el consejo que regía los destinos de todos y se reservaban para sí los cargos públicos. La asamblea, donde todos, poderosos y humildes, se reunían, nada decidía.

Pero aquel sistema, a diferencia de lo que sucedía en el resto del mundo, llevaba en su seno un poderoso germen de cambio. El árido clima de Grecia y la pobreza de su suelo no recomendaban una agricultura basada en los cereales como la de sus vecinos del despótico Creciente Fértil. El olivo y la vid, en consecuencia, acabaron desplazando al trigo y la cebada.

Pero los nuevos productos servían poco para el autoconsumo y mucho para la venta en el mercado, lo que acabó por arruinar a los pequeños cultivadores incapaces de competir en precio con los grandes terratenientes, que fueron quedándose poco a poco con sus tierras.

La tensión entre unos pobres aún más pobres y unos ricos todavía más ricos llegó enseguida a hacerse insostenible, tanto que los poderosos temieron por su posición y buscaron allende los mares una solución capaz de aliviar el descontento.

Entre los siglos VIII y VI a.C., las colonias griegas se extendieron sin cesar, primero por las costas del mar Negro; luego por el norte de África, el sur de Italia e incluso las lejanas playas de Iberia. Pero la colonización, lejos de asegurar las posiciones de la oligarquía tradicional, no hizo sino comprometerlas aún más.

Los nuevos asentamientos, que no orientaron su economía a la artesanía, compraban en su patria de origen cuanto necesitaban para subsistir. La invención de la moneda en el siglo VI a.C. intensificó aún más el ritmo de los intercambios. Las viejas polis griegas, alentadas por la demanda de las nuevas colonias, vieron cómo se desarrollaba su artesanía y su comercio. Una nueva clase social integrada por artesanos y comerciantes, ricos, pero apartados del poder, hizo su aparición en la Hélade, mientras los aristócratas, incapaces de sumarse son éxito a las nuevas actividades, veían deteriorarse la base de su poder económico.

Por otra parte, la aparición, a principios del siglo VII a.C., del hoplita armado con casco, coraza, escudo redondo, lanza, espada y defensa para las piernas, hacía obsoletas las formas de lucha típicas de la aristocracia, descritas por Homero en la Iliada, minando aún más los cimientos sobre los que se asentaba el poder de los nobles.

Los nuevos ricos tenían a su favor el dinero que llenaba sus arcas, pero eran pocos en comparación con los aristócratas que detentaban el poder; los campesinos pobres eran numerosos, pero carecían de una organización eficaz. Cada uno tenía lo que le faltaba al otro, y las nuevas tácticas de lucha basadas en los hoplitas favorecían a la multitud, al contrario de las viejas basadas en carros de guerra, hechas a imagen y semejanza de los aristócratas.

De este modo, era cuestión de tiempo que campesinos, por una parte, y comerciantes y artesanos, por otra, se unieran para cambiar las cosas, y eso fue lo que sucedió en la mayoría de las polis griegas, aunque la forma y los resultados inmediatos de esta alianza fueron distintos.

En algunas ciudades, un aristócrata desesperado por su escaso éxito en sus aspiraciones políticas personales o, en otras ocasiones, un plebeyo enriquecido por el comercio volvieron esperanzados su rostro hacia las masas, buscando en ellas la fuerza que necesitaban para conquistar el poder.

Cuando lo lograron, no dudaron en beneficiar al pueblo que los elevó, pero tampoco en reprimir con dureza a quien se les oponía, formara o no parte de sus filas. Los tiranos se extendieron así por la Hélade, cubriendo sus ciudades de monumentos y de sangre. Cipselo de Corinto, Fidón de Argos y, sobre todo, Pisístrato de Atenas pasaron a la Historia, condenados por la democracia como sinónimos de una forma de gobierno por completo ajena a la que el tiempo sancionaría, no sin notable voluntarismo, como propia del espíritu griego.

Pero, en el fondo, esa democracia no habría sido posible sin ellos, pues su política, orientada a halagar a las masas de las que dependía su poder, allanó diferencias económicas y cambió para siempre la estructura social, preparándola para servir de sólido cimiento al nuevo régimen político.

Pero la tiranía no fue la única senda hacia la democracia. Los aristócratas a veces aceptaron compartir el gobierno con los demás grupos sociales y permitieron que un respetado legislador concibiera una nueva constitución y la escribiera para que nadie volviera a ampararse en la costumbre como pretexto para el abuso.

Dracón, Solón y Clístenes en Atenas; Fedón y Filolao en Corinto, o Pítaco de Mitilene fueron grandes legisladores. De su mano, el Consejo, en el que se sientan ahora por turno todos los ciudadanos, es el que delibera y propone, pero es la Asamblea, de la que todos sin excepción, forman parte, la única que decide.

Las magistraturas se tornan electivas o se sortea su desempeño. Incluso la justicia se imparte por turnos. Tres principios básicos, la eleuthería o libertad personal, la isegoria o libertad de expresión y la isonomía o igualdad ante la ley, se graban a sangre y fuego en el alma de los griegos. Contra todo pronóstico, ha nacido la democracia.


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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