El reino de la nada

Por . 13 mayo, 2013 en Reseñas
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En el año 2011, la editorial Menoscuarto sacó a la luz un libro de relatos titulado El reino de la nada, escrito por Emilio Gavilanes.

Desde que leí esa obra no cejé hasta que pude conseguir publicar en la revista que dirijo al menos uno de ellos, nada más y nada menos que el que le da título, un extraordinario cuento que podrás leer en unos momentos.

 

Emilio Gavilanes

Elsa Osorio, Manuel Chaves Nogales, José Ovejero, Javier Cercas, Camilo José Cela, Antonio Muñoz Molina, Rafael Chirbes, Jordi Soler, Mercè Rodoreda, Almudena Grandes, Andrés Trapiello, Max Aub, Miguel Delibes, Eduardo Zúñiga, Arturo Barea, Juan Pedro Aparicio, Ramiro Pinilla, Juan Benet, Manuel Rivas, Ernest Hemingway.

Y Emilio Gavilanes. Sí, Emilio Gavilanes se une al distinguido elenco que acabas de leer. ¿Qué tienen en común todos estos grandes autores? Que todos ellos han escrito literatura, auténtica literatura, sobre la Guerra Civil española. Y el relato El reino de la nada, como alguno más de los que componen ese libro de cuentos, es una espléndida obra que se desarrolla, se nutre y transpira aquellos tiempos de encrucijada.

Emilio Gavilanes nació en Madrid en 1959 y se licenció en Filología Románica. De 1991 es su La primera aventura (Seix Barral; Círculo de Lectores 1992), novela que tuvo una magnífica acogida entre la crítica y el público. Además del libro que es objeto de este artículo, ha publicado también las novelas El bosque perdido (Seix Barral, 2001), Una gota de ámbar (Ediciones de La Discreta, 2007), las colecciones de cuentos La tabla del dos (premio de relatos NH 2003 al mejor libro de relatos inédito) y El río (Ediciones de La Discreta 2005), así como el libro de haikus Salta del agua un pez. 101 haikus (Comares, 2011). Actualmente trabaja como lexicógrafo en la Real Academia Española.

 

¿Qué es El reino de la nada?

Nada mejor para responder a esa pregunta que reproducir parte de la entrevista que otro autor de Anatomía de la Historia, el escritor Francisco Rodríguez Criado, le hizo a Gavilanes para su web Narrativa Breve. (Recomiendo a quien no quiera saber de qué va El reino de la nada, se abstenga de leer y pase directamente al relato.)

FRC: El reino de la nada acoge varios relatos ambientados en “manicomios”, que son citados tal cual, sin eufemismos. ¿Cómo surgió la idea de convertir la locura y su circunstancia en material narrativo?

EG: Bueno, realmente solo uno de los relatos gira en torno a un “manicomio” (hay otro en el que un personaje es internado en un psiquiátrico durante un tiempo, pero es un detalle menor, sin apenas importancia). Quería hacer dos cosas en ese cuento que da título al libro. Por una parte, quería saber cómo se desenvolvería un grupo tan vulnerable como una comunidad de enfermos sin ayuda, especialmente en el marco hostil de una guerra. Y la única manera de conocer los detalles era escribirlos. Por otra parte quería ejemplificar –y no es la primera vez que lo hago en algún cuento– cómo en medio del caos y de las fuerzas más adversas, destructoras, no solo es posible, sino que es inevitable oponer un anhelo de orden, de conciencia, de vida, aunque esté condenado al fracaso. Cómo, aunque al final se imponga la nada, estamos condenados a luchar con ella, heroica e inútilmente. Eso era lo realmente importante para mí.

                                                                        José Luis Ibáñez Salas, editor de Anatomía de la Historia

 

 

El reino de la nada

Durante la noche del 29 al 30 de julio de 1936, las monjas que dirigían y atendían el hospital para enfermos mentales de San Esteban Lapidado, en el páramo de Soria, ante el rumor de que había partidas de anarquistas incontroladas por la zona, fueron desalojadas por un grupo de curas y requetés, algunas por la fuerza, pues se negaban a abandonar la institución. A pesar de la resistencia, la operación se llevó a cabo sin ruido.

Por la mañana, todos los locos estaban solos.

Los más despejados, o los que recibían menos medicación, madrugaron y se prepararon para acudir al desayuno apenas sonase la campana. Pero cuando pasó la hora y la campana no sonaba, repararon en el extraño silencio que los envolvía y fueron saliendo de sus habitaciones poco a poco. Atravesaron salas y pasillos, desiertos, y en pocos minutos llegaron a la puerta de la calle, completamente abierta, justo en el momento en que el sol asomaba tras un pequeño cerro.

Muchos no se movieron de sus habitaciones, mientras los más atrevidos se decidieron a explorar las distintas dependencias, incluso las habitaciones de las monjas. Pasaban de una pieza a otra sin hacer ruido, pensando que seguían dormidas. Y comprobaban que todas las habitaciones estaban vacías, abandonadas sin signos de violencia, y se limitaban a extrañarse, sin saber qué hacer, convencidos de que las monjas aparecerían en cualquier momento. Hasta media mañana reinó un silencio transparente. Entonces se oyó el primer grito. El organismo de un perturbado daba el aviso de que comenzaba una nueva jornada de sufrimiento. A partir de ese instante el ruido fue en aumento. A veces sobresalían, como espinas, voces destempladas.

A lo largo de la mañana la mayoría de los casi cincuenta enfermos se acercaron a la puerta principal. Se mostraban curiosos, pero apenas se atrevían a traspasarla. Se asomaban, como si saliesen a la cubierta de una embarcación en medio del mar, miraban con indiferencia, incluso con desinterés, el campo calcinado y se volvían adentro entre cansados y aburridos. Tan solo faltaron por asomarse a la puerta los peligrosos, que dormían atados y que cada cierto tiempo lanzaban unos espantosos gritos con los que no conseguían que nadie se ocupara de ellos. Agotados por el esfuerzo que harán por desatarse, y sobre todo por la sed y por el hambre, en unos días irán dejando de gritar y languideciendo hasta extinguirse, en un nido de heces y de orines.

Pasaba la mañana y por todas partes se oían voces, pero no había conversaciones. Todos hablaban solos. A mediodía, cuando el sol llegó a lo más alto, el zumbido de los insectos del jardín se sumó al rumor humano.

El hospital era un antiguo monasterio, abandonado tras la desamortización y rehabilitado a principios del siglo XX como manicomio, aprovechando que la desertización de los alrededores lo había dejado en una situación de completo aislamiento. De la antigua fábrica solo se habían vuelto a poner en pie la iglesia, reduciendo las tres naves a una y la altura de esta considerablemente, y las habitaciones de los frailes —el hospital propiamente dicho—, dejando en el interior un pequeño patio —un eco del primitivo claustro— en el que se llevaban a cabo labores de jardinería. Ni el huerto ni los almacenes ni cuadras ni bodegas se habían restaurado, y por ello, aunque disponía de una regular despensa, dependía enteramente del abastecimiento exterior.

En el jardín crecían tres manzanos. Al principio de la tarde en la rama más alta de uno de ellos apareció el primer ahorcado. En días sucesivos se colgarían en él más enfermos, que irían apareciendo como si brotaran frutos.

A medida que avanzaba la tarde las visitas de los enfermos a la puerta principal se hicieron más frecuentes, lo que se tradujo en un constante entrar y salir que hacía pensar en la boca de una madriguera a la que se asoman las crías impacientes ante la tardanza de la madre.

La mayoría de los que se asomaban mostraban la cara amable de la locura. Pero a veces aparecía un rostro blanco, con los cabellos revueltos y una expresión trastornada tras la que no se adivinaba un alma, sino una fuerza de la naturaleza, impersonal, no humana.

Antes de oscurecer, en las mentes menos apagadas quedó claro que las monjas no iban a volver. Entonces, algunos enfermos, que llevaban todo el día esperando el alivio de las pastillas que se les administraban diariamente, y a las que ya se habían habituado, se decidieron a abrir el botiquín, un armario empotrado en una pared de la sala de curas. No fueron capaces de saltar los sólidos cerrojos, y por ello optaron por violentar las puertas, de madera maciza, por las bisagras, operación que la impaciencia les impidió llevar a cabo con la delicadeza que querían.

Para servirse, cada uno revolvió y abrió a su antojo todo tipo de frascos, que tratados sin cuidado caían y se desparramaban, lo que en unas horas produjo un caos en el que se mezclaron todos los productos. Y como nadie, o casi nadie, sabía el nombre de sus medicinas —por otra parte, casi todos eran analfabetos—, solo eran capaces de reconocerlas por el color del frasco, o por la forma, pero muchas eran iguales, o muy parecidas, y se confundían. Esto, y que muchos no recordaban si ya las habían tomado y las volvían a tomar, seguramente no las mismas, causó muchas intoxicaciones e indujo nuevos trastornos. Antes de llegar la noche, por todo el hospital había un alboroto de voces y ruidos de golpes, de cosas que caían y se hacían añicos. Si normalmente para ninguna actividad encontraban caminos despejados y siempre tropezaban con algo, lo mismo para abrir un cajón que para ponerse unos pantalones que para hacer sus necesidades en su sitio que para recuperar un recuerdo, no es difícil imaginar en qué se convirtió el hospital bajo los efectos de fármacos equivocados.

Avanzada la noche, y cuando esos efectos inesperados comenzaban a remitir, un reducido grupo de enfermos, después de todo un día para reparar en ello, cayó en la cuenta de que llevaban más de veinticuatro horas sin comer.

Con la experiencia adquirida en forzar puertas, ya no les resultó difícil entrar en la despensa, donde encontraron una modesta reserva de provisiones. En cuanto los autores de la iniciativa fueron vistos saboreando golosinas, los demás corrieron a imitarlos. Y no tardaron en producirse los primeros altercados, pues muchas veces se disputaban varios una misma cosa de la que no quedaba más. Como nadie se ocupó de organizar una especie de reparto o cosa semejante, hubo artículos, como por ejemplo el chocolate, que se agotaron enseguida, y muchos enfermos se quedaron sin probarlos.

Afortunadamente no había bebidas alcohólicas.

Durante la noche, los insomnes, que ahora eran libres de abandonar su habitación, no cesaron de hacer visitas a la despensa, en una actitud no de abastecimiento, sino de saqueo.

La desorganización hizo que a la mañana siguiente todo estuviese revuelto y que muchas de las cosas que quedaban (galletas, conservas, legumbres, embutido…) se encontrasen en un estado inutilizable, pisoteadas o desmenuzadas y esparcidas por el suelo.

Toda la noche estuvieron las luces encendidas.

Esa mañana fue una repetición de la anterior, con todos errando de una habitación a otra, hablando solos, gritando algunos, saliendo a la puerta o al jardín, sin hacer caso de los que se habían colgado, como si fuesen invisibles, pero con la salvedad de que en los erráticos itinerarios ahora se incluía la despensa, cuya desolada vista les recordaba el hambre que tenían y que engañaban llevándose a la boca alguna píldora rescatada del suelo del botiquín o de sus inmediaciones, por donde estaban desparramadas las de colores más vistosos, los botes más solicitados, los que invariablemente acababan en el suelo.

El único lugar en el que no entraba nadie era la iglesia, adonde solo pasaban acompañados de las monjas.

Al principio de la tarde, cuando comenzó a dar la sombra en la puerta principal, hubo un momento en que se congregaron allí todos los enfermos, de una manera indeliberada. Miraban el paisaje, el infinito secarral bajo el sol, como si fuera una escena que no entendían. Aún se oían los gritos de algún atado, cada vez más espaciados y exhaustos. A veces llegaba un aire abrasador, que parecía buscar refugio en la sombra.

De repente, de la masa inmóvil, concentrada, se destacó un hombre, Ismael Sacaluga, un hombre con episodios de lucidez intermitentes, que se internó en el campo, avanzando hasta donde daba el sol, y allí extendió los brazos y giró sobre sí mismo como para comprobar que no estaba lloviendo. Los demás lo miraban con atención, con ojos muy abiertos, un tanto horrorizados, como si hubiese entrado en un territorio desconocido y peligroso. Sacaluga se volvió hacia ellos y les sonrió, para mostrar que no pasaba nada.

—El mundo es inofensivo —dijo, con una expresión de triunfo mientras se volvía hacia la sombra.

Y se subió a uno de los poyetes de piedra de la entrada, como si se dispusiese a dar un largo discurso. Quizá todos pusieron el oído atento, pero nadie se volvió para mirarle. Todos siguieron mirando al frente.

—La mala noticia es que somos libres. Debemos irnos. Volver al pasado. Hay que salir a buscarlo.

Y se calló, ahora con un gesto sombrío, se bajó del poyete y entró en el hospital, decidido, como si fuese a hacer preparativos de algo, y tal vez convencido de que todos le iban a seguir. Nadie se movió.

Pasados unos minutos, entre lo que parecían estatuas, una se movió, Baltasar de Urrea, que a veces presumía de ser el que estaba más loco. Se asomó con sigilo a la puerta por la que se había ido Sacaluga y, tras comprobar que no había nadie, se subió al mismo lugar y habló con furia:

—Arrepentíos, hijos de la gran puta. Va a estallar una gran guerra.

Urrea disfrutaba asustando a los enfermos, que no entendían el futuro. Para ellos, todo lo que se anunciaba irrumpía en el presente, se volvía real. Las monjas solían vigilar todo lo que hablaba Urrea.

—Ay del que se mezcle con el mundo. La sangre que va a correr ya está buscando una salida. Los crímenes avanzan sobre nosotros. Ya se acercan.

Y se calló, como si del fondo llegase un ruido. Le gustaba ver cómo se imprimía el pavor en los rostros de los dementes. Le hacía sentirse poderoso. Podía manejarlos a su voluntad, como a muñecos.

—Esta es nuestra salvación. —Y dio dos palmadas en una de las piedras del dintel—. Nuestra única salvación.

Desde fuera, los confusos ruidos que llegaban del interior parecían proceder de un edificio en obras. El sol miraba el campo con lupa para abrasar hasta la más pequeña brizna.

Dentro, Sacaluga organizaba la salida con los enfermos que encontraba por las habitaciones. Iba haciendo parejas, entre las que distribuía los escasos víveres que iba rescatando en sucesivos viajes del montón de desperdicios en que se había convertido la despensa. Les explicaba que hacía a cada uno responsable de su parte y trataba de hacerles comprender que debían racionarla al máximo para que les durase todo el viaje, que no sabía cuánto iba a durar, pero que podían ser incluso días. No veía que en cuanto se alejaba todos se comían lo que les acababa de entregar.

Afuera, Urrea seguía profetizando atrocidades, que no imaginaba hasta qué punto la realidad estaba superando.

De pronto, allá en el campo, se produjo una escena que captó la atención de todos y Urrea tuvo que dejar de hablar. Un aguilucho cayó a plomo desde gran altura, como desvanecido. Se le perdió de vista unos instantes, se elevó una nube de polvo y volvió a aparecer remontando pesadamente el vuelo, con un conejo enorme entre las garras. Un conejo que aún daba patadas en el aire y desestabilizaba a la rapaz, que con el esfuerzo por aguantar las sacudidas no acababa de ganar altura. Aunque el águila daba grandes golpes con las alas, el vuelo era lento, fatigoso. Quizá porque el sol que reflejaban las piedras del hospital calentaba el aire que había encima y formaba un chorro ascendente, el animal avanzaba hacia él, intentando alcanzarlo. Pero su vuelo apenas superaba la horizontal. Tal vez el conejo pesaba demasiado. A medida que se acercaba se veían sus ojos muy abiertos, quietos y aterrados. Cuando quedó claro que no iba a poder alcanzar la altura del tejado, el águila comenzó a corregir la dirección para apartarse del edificio. Iba a pasar por encima de los hombres que estaban en la entrada. El conejo volvió a patalear, y el águila, que no quería soltarlo, amortiguó los golpes perdiendo velocidad. Cuando pasaba por encima, un hombre levantó la mano, agarró las patas del conejo y, como quien arranca un racimo de una parra, tiró y bajó al animal. Y con toda delicadeza lo posó en el suelo y dejó que se alejase. Los primeros saltos fueron cortos y las gotas de sangre que tenía en el lomo no se le resbalaron. El águila, como si hubiese estado al extremo de una goma, libre del peso recuperó su altura y no tardó en ser un pequeño punto en el cielo.

Los que estaban a la puerta contemplaban las imágenes sin emoción. A menudo acontecían escenas tan irreales como esta en su mente.

Cuando todos estaban mirando hacia arriba salió Sacaluga, seguido de las parejas que había organizado dentro, en disciplinada fila, como escolares. Miró a los que estaban fuera, sorprendido de que aún no se hubiesen movido.

Urrea saltó al suelo, se colocó junto a la puerta y gritó: «¡Adentro!». Y todos los que antes le habían escuchado entraron deprisa, sin estorbarse, como animales amaestrados. Tras el último entró Urrea, que, sin dar tiempo a los que acababan de salir a entender lo que estaba pasando, cerró la puerta con llave y lanzó un grito de alegría.

Se acababan de formar dos bandos, y, con la excepción de Ismael Sacaluga y de Baltasar de Urrea, nadie se había integrado en ellos de una forma activa, por propia voluntad. Había sido el azar quien había hecho la distribución.

Sacaluga tardó en reaccionar, como si no entendiese lo que había ocurrido. Los que habían quedado fuera le miraban. Por fin golpeó la puerta con la palma de la mano.

—Qué estás haciendo. Abre. —Estuvo a punto de decirle si se había vuelto loco—. Tienes que dejar que salgan. Hay que buscar ayuda.

—La salvación no está en el mundo, no está fuera. Vete. Pasa de largo. La tierra permanece.

—Sin auxilio estamos perdidos. ¿Tú sabes cómo salvarnos?

—Eres malo, Sacaluga. Dios está aquí dentro.

Sacaluga se sorprendió de que el otro supiese su nombre. No sabía quién era.

—Está bien. Quédate, si quieres. Pero déjalos salir.

—Qué risa. Los locos estáis fuera. Los cuerdos estamos encerrados.

Y se oía cómo la voz se iba alejando.

Sacaluga se dio por vencido.

La hora era buena para caminar bajo el sol, que caía y su calor ya no atormentaba.

Sacaluga fue mandando a cada pareja por un sitio distinto. Las desparramó en todas direcciones, con la esperanza de que alguna encontrase ayuda y alguien acudiese a rescatarlos. Eran parejas unidas arbitrariamente, sin ningún criterio, salvo en el caso de dos viejos, a los que juntó porque los dos iban desnudos de cintura para abajo, para hacer más libremente sus necesidades. Los organizó por parejas para que se ayudasen, pero ya no fue testigo de cómo, apenas los perdió de vista, no tardaron en separarse y cómo todos acabaron solos. O casi todos, ya que hubo una pareja que no se iba a romper. La formaban el doctor Durán, un médico de Zaragoza, y el ingeniero don César Lobo, al que habían traído de Burgos.

La historia del doctor Durán era bien triste. Su mujer le había abandonado por otro hombre. Un día la hija, que trabajaba de enfermera en un hospital, cuando llegó a casa se lo encontró en el suelo, amontonando piezas de madera de un juego infantil. Y desde ese día no había vuelto a ser él mismo. La hija, agotada como venía del hospital, en cuanto llegaba a casa se sentaba en el suelo y se ponía a jugar con su padre. Tiempo después, la mujer que atendía al padre recordaba cómo la hija jugaba con él en silencio, levantando torres y derrumbándolas con disimulo, pues era lo único que hacía reír al médico. A veces ella llegaba especialmente sensible (se decía que había un novio, o un joven que quería ser su novio, al que ella quería, pero del que se acabó separando) y le acariciaba y le decía: «Ya verás, papá. La vida no es muy larga. Ya verás qué pronto nos morimos. En la otra vida todo volverá a ser como antes. No llores, papá». Y era ella la única que lloraba, porque el padre seguía jugando con las maderitas y no le hacía caso. Lo más increíble es que un día murió ella y el padre quedó solo. La mujer que lo cuidaba, que llevaba muchos años en la casa y era como de la familia, al verse sola, quiso informar a las autoridades, que fueron quienes decidieron el ingreso del doctor en el hospital de enfermos mentales, donde iba a estar mejor atendido. Cuando exponía el caso, la mujer no dejaba de repetir lo injusto que era que aquella mujer joven, guapa, inteligente, y desgraciada, que tanto consuelo necesitaba, se esforzase en consolar a un pobre viejo ido que no necesitaba consuelo.

Don César Lobo, el ingeniero, nunca paraba de hablar. «En el siglo XII la bóveda celeste era de medio cañón.» Se veía que era un hombre con estudios. A veces, en aquel campo de tierra blanca, estéril, crecía, solitaria, una única retama. «Esta planta antes no tenía forma de fuego. Era un arbusto rastrero, que crecía desparramándose. Era el nenúfar de estos campos. Pero a fuerza de arder en los hogares, para combatir los fríos invernales, fue tomando esta forma de planta que está ardiendo. Es un fuego verde.»

Caminaban sin detenerse, el ingeniero sin dejar de hablar y el médico con una expresión completamente ausente. Ninguno prestaba atención al paisaje que los rodeaba.

«¿Sabe? Yo vi las primeras resurrecciones. Todo el mundo estaba muy contento. Claro, la cosa empezó con los muertos más recientes, los que aún tenían familiares vivos. Pero, amigo, a medida que volvía gente muerta hacía más tiempo, surgían los conflictos. Muchos volvían a sus casas y las encontraban ocupadas y había discusiones y peleas, y a muchos volvían a matarlos.»

El ingeniero espaciaba sus discursos con pausas de diferente duración, según quisiese colocar una coma, un punto y coma, un punto y seguido o un punto y aparte. No conocía el punto final.

A veces, si llegaban a un camino, se quedaban un tiempo en él, mirando fascinados, y esperando, como si los fuese a transportar a alguna parte. Y cuando se cansaban de esperar, lo atravesaban y volvían a internarse en el desierto.

«Usted sabe que los ingenieros han descubierto que, en algún lugar, el futuro ya existe, ya está ocurriendo, y que interfiere con el presente y que a veces hay objetos del futuro que caen a nuestro mundo. Y como ahora ya sabe que tienen un método infalible para fecharlo todo, se han puesto a buscar esos objetos. ¿Sabe cuál es el primero que han encontrado? Un cuerno de una vaca que vivirá en el año 2116.»

El médico solo miraba el suelo que pisaban. Cada vez que avanzaban un paso, durante un instante el pie privaba de luz a una porción del suelo, donde se hacía una súbita y fugaz noche.

«Yo he acabado aquí por culpa de un colega alemán. Yo sabía que él estaba equivocado y hasta que lo demostré no descansé. Al fin descubrí su trampa. Verá usted. Todo problema proporciona varias soluciones. Al menos una de ellas es correcta. Todo problema falso proporciona soluciones falsas. De todas las soluciones de un problema falso hay una que cumple todas las condiciones del problema y que de acuerdo con ellas es correcta. Pero sigue siendo falsa. Los problemas falsos se pueden enunciar igual que los verdaderos. Pero no se pueden plantear. Que se pueda enunciar no quiere decir que se pueda plantear. Que en una olla se pueda echar tierra y heces no quiere decir que se puedan cocinar. Por ejemplo: “Lo que estoy diciendo es falso” dicen que admite una solución correcta: si la proposición es verdadera, lo que dice es falso; y si es falsa, lo que dice es verdadero. Por tanto, es una proposición indeterminable, creo que las llaman, o algo así. Pero “Lo que estoy diciendo es falso” es la enunciación de un problema. No es un planteamiento. Es un problema falso y cualquier solución será falsa. La frase no está diciendo nada. Esa frase no es una frase. O no es una oración. Está incompleta. Es equivalente a decir: “Es falso”. Es falso, qué. ¿Entiende? Toda su obra es un problema falso. Todo lo triste es falso.»

Un poco antes de ocultarse el sol, cuando aún había suficiente luz, cruzaron una acequia, de la que no se veía principio ni fin, labrada en un suelo de piedra, por la que corría un agua tan transparente que una hoja de manzano que arrastraba, prematuramente seca, parecía que viajaba por el aire. Debía de venir de muy lejos, pues en todo el tiempo que habían estado andando no habían visto, ni en la lejanía, un solo árbol.

Atravesaron un campo segado hacía poco, que dejaba a la vista un suelo lleno de surcos. «¡Paralelas! Ya sabe que se encuentran en el infinito. Veamos si es verdad.»

Después de caminar dos días completos, con sus noches, erráticamente, muchas veces en círculo, sin ser conscientes de lo agotados que estaban, porque en todo el tiempo no comieron ni bebieron, ni de que seguían en pie, como autómatas, porque alguien los había puesto a andar, llegaron deshidratados, con grandes quemaduras en la cara, a una población en medio de la estepa. El médico seguía sin apartar la mirada del suelo. El ingeniero aún seguía hablando. «Lo mejor del mundo sería no nacer. Pero una vez aquí, lo mejor sería no morir. Aunque no sé. A lo mejor sin la muerte esto sería intolerable. Imagínese siempre en el desierto. Aún no estamos muertos, ¿verdad? ¿O sí?»

En el pueblo, en un primer momento se les auxilió. Pero luego se intentó, inútilmente, determinar con exactitud su identidad. Su comportamiento, su conversación, los hicieron sospechosos. Los tomaron por huidos, odiada gente del otro bando. Acabaron en un calabozo. Ellos ignoraban que en aquel pueblo ya se había fusilado a mucha gente. Que incluso las autoridades habían puesto vigilancia junto a las casas de los represaliados para impedir que se oyera el llanto de los familiares y a veces entraban y los callaban a culatazos.

Se les acusó de espías, actividad poco conocida en el campo, para que no supiesen cómo defenderse y poder fusilarlos lo más deprisa posible, como finalmente se hizo, sin más averiguaciones. Solo unas semanas después se supo que procedían del lejano hospital, que todos creían que seguía en funcionamiento. Quienes los mataron estaban en el mismo bando que quienes hasta unos días antes habían cuidado de ellos.

De todos los hombres que partieron del hospital, tan solo tres llegaron a alguna población: el doctor Durán, don César Lobo y un joven tuerto aquejado de cretinismo que desde que salió del hospital no cambió de rumbo y que no reparó en su compañero y no habría sabido decir cuándo se había quedado solo. Sin cambiar de dirección, llegó al pueblo del que procedía. Atravesó el desierto orientándose como un ave migratoria, como si hubiese tenido el cerebro lleno de magnetitas que le indicaban el camino. Llegó exhausto y su organismo, como una bestia malherida, sin la intervención de su intelecto, le llevó a su casa, el lugar en el que había nacido, delante de la que murió apaciblemente.

Sacaluga, perdido y solo desde la primera noche (al despertar a la mañana siguiente, su compañero, que cada diez segundos preguntaba dónde estaban, había desaparecido), sintió el pánico de afrontar sus brotes de demencia en solitario, y volvió al hospital, siguiendo sus propias huellas. Pero ni le abrieron ni consiguió escalar el muro del patio, demasiado alto.

Los demás se disgregaron y erraron por los campos, avanzando sin rumbo, sin saber adónde iban, perdidos en un laberinto sin paredes. Y si alguien los vio, nadie se acercó a ofrecerles ayuda. Fueron muriendo —primero aquellos cuyas vidas dependían más de resistencia física que de obsesiones o manías—, incapaces de cuidar de sí mismos, y quedando diseminados por todo el campo, como si la guerra ya hubiese pasado por allí. Alguno murió en un camino. Desde la distancia parecían manchas en el suelo. No tardaron en despedazarlos las alimañas y en dispersar sus restos.

Sacaluga giró durante una semana en torno al edificio para no salirse de las sombras de los muros, escondiéndose del sol, que caía casi vertical.

A veces el olor a excrementos y a materia descompuesta saltaba la tapia y le alcanzaba, y entonces se alegraba de estar fuera.

A veces se oían golpes en la puerta procedentes del interior, como pidiendo que abriesen, pero un grito enérgico, que se oía amortiguado a través de la madera, los interrumpía bruscamente. Llegó un momento en que la debilidad y la demencia no le dejaban salir de un estado de estupor. No entendía por qué querían salir cuando él quería entrar. Ni siquiera sabía dónde quería estar, si dentro o fuera. Es más, estaba confuso sobre qué era dentro y qué era fuera. Le parecía que dentro estaba el mundo, despejado, luminoso, rico, y que él estaba encerrado en un oscuro, estrecho espacio. Apenas recordaba que había una avería en su cabeza.

Un día pidió agua y oyó voces que cuchicheaban. Casi inconsciente, se puso a trepar por uno de los muros, hasta que cayó y se rompió una pierna. Entonces la voz de aquel hombre que le conocía gritó: «Sacaluga, nunca conseguirás entrar», lo que le sumió en un profundo abatimiento. Poco después volvió a oír aquella voz, que esta vez profetizaba: «Nuestras madrecitas están a punto de volver». Y con ese consuelo se dejó morir.

No se sabe por qué medios, pocos días después la joven hermana Federica consiguió escapar de su convento y regresar al hospital, vestida como una humilde campesina. No supo que un amasijo de materia pútrida del que procedía un zumbido siniestro y que estaba a la puerta eran los restos de Sacaluga. Antes de que tocase el llamador, la puerta se abrió sola, sin hacer ruido, y la hermana Federica pensó que el cielo le mostraba que la estaban aguardando. Apenas se internó en el patio se dio cuenta de que las cosas no marchaban como se esperaba. La puerta se cerró tras ella y cuando se dio la vuelta encontró a un Urrea muy desmejorado que no dejaba de hacer reverencias, sonriente. Trató de hablar con él, pero no consiguió sacarle una palabra, ni pudo impedir que la arrastrase tras él hacia el interior del hospital, agarrándola de la muñeca con una fuerza que parecía imposible que naciese de un cuerpo tan delgado.

No tardaron en oírse sus primeros gritos, que despertaron un eco de lejanas voces, muy debilitadas, que trataban de imitarlos. Antes de llegar la noche todo estaba de nuevo en silencio.

Algunas semanas después pasaron por allí las primeras tropas, una columna motorizada de alemanes que, procedente de Pamplona, se dirigía campo a través al frente de Aragón. El capitán hizo un alto. Como no hubo respuesta a las llamadas, mandó forzar las puertas. Los recibió un hedor difícil de vencer. Recorrieron todas las dependencias y solo encontraron cadáveres y destrucción. No quedaba nadie vivo. Era una miniatura de la guerra. Solo la iglesia no presentaba daños. Antes de irse la saquearon, no tanto por las riquezas que contenía, pues era muy modesta, como por un vago sentimiento de justicia, de equilibrio, de simetría con lo que les rodeaba. No tuvieron tiempo de enterrar a nadie. Tenían que llegar al frente.

 

Emilio Gavilanes

El reino de la nada

Menoscuarto, 2011

144 páginas

 


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Emilio Gavilanes nació en Madrid, en 1959. Realizó estudios de Geológicas y de Físicas, y se licenció en Filología Románica. Ha desempeñado una buena variedad de oficios y desde hace años trabaja en el Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española. Ha publicado las novelas La primera aventura (Seix Barral, 1991), El bosque perdido (Seix Barral, 2001), Una gota de ámbar (Ediciones de La Discreta, 2007) y Breve enciclopedia de la infancia (XVI Premio Tiflos de Novela, Edhasa/Castalia, 2014), los libros de relatos La tabla del dos (Premio de relatos NH 2003), El río (Finalista del III Premio Setenil, Ediciones de La Discreta, 2005), El reino de la nada (Menoscuarto, 2011) e Historia secreta del mundo (Ediciones de La Discreta, 2015), y las colecciones de haikus Salta del agua un pez. 101 haikus (La Veleta, 2011) y El gran silencio (La Veleta, 2013). También ha preparado la edición de la obra de Camilo Bargiela Luciérnagas (Renacimiento, 2009) y ha escrito numerosos artículos y colaboraciones en diversas publicaciones.

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