¿Qué es la Historia hoy?

Por . 20 mayo, 2013 en Discusión histórica
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Con motivo de nuestro segundo aniversario, le preguntamos al catedrático de Historia Juan Granados, autor y asesor de Anatomía de la Historia −así como autor de entre otras obras de España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX−, qué era para él la Historia. Lo que puedes leer a continuación es lo que nos respondió.

                                                                                 José Luis Ibáñez, editor de Anatomía de la Historia

 

 

“El historiador es un experto, no un físico. No busca la causa de la explosión en la fuerza expansiva de los gases, sino en la cerilla del fumador”.

Raymond Aron

“El historiador es un físico, no un experto. Busca la causa de la explosión en la fuerza expansiva de los gases, no en la cerilla del fumador”.

Pierre Vilar

 

La Historia como problema

 

“No hay cosa que más me mortifique que adivinar, en un auditorio joven, la expectativa siguiente: ‘Tenemos aquí el profesor de Historia; va a enseñarnos que Francisco I ganó la batalla de Marignano en 1515 y perdió la de Pavía en 1525’. Hace mucho tiempo que me sublevé públicamente, por vez primera, contra esta imagen.”

Pierre Vilar (1980).

 

En estos momentos de tribulación para las llamadas ciencias sociales en general y para la Historia en particular, parece más necesario que nunca repensar, aunque sea brevemente y casi a vuelapluma, cuáles son el oficio y las funciones del historiador en la sociedad actual.

Cuando se pregunta a alguien qué entiende por Historia, se suele responder con alguna variante de la frase: “Conocer los hechos del pasado para aplicarlos a nuestra realidad actual y entender en lo posible lo que ocurrirá en el futuro”. El problema que surge a continuación es saber qué hechos son esos, o dicho de otra manera, qué acontecimientos podemos considerar de rango histórico y cuáles son irrelevantes para nuestros fines.

Conocer, por ejemplo, la fecha del descubrimiento de América, parece imprescindible para hacer la historia del Nuevo Mundo, sin embargo, hasta hace bien poco, conocer la situación demográfica de la Corona de Castilla en 1500 no se veía tan necesario y, mucho menos, aspectos tan olvidados como el análisis de las mentalidades colectivas que favorecieron en la sociedad del Renacimiento la inquietud suficiente para superar los miedos que despertaba el Océano.

Por eso, los caminos de la Historia son muchos y dependen en gran medida de las necesidades de la sociedad donde se asienta el historiador. Hace falta, por tanto, salir a buscar a la Historia a los linderos del pasado en su camino hasta nuestros días y acompañarla por la senda del conocimiento al fin de dar cuenta de su evolución y analizar los cambios propiciados en sus fines.

Las primeras formas de la Historia, el mito, la crónica y la literatura, que cumplieron y aun cumplen su papel, fueron poco a poco superadas por un deseo de profundización y rigor que en gran parte es hijo, como tantas otras cosas, del humanismo renacentista.

La preocupación crítica del historiador, el deseo de construir teorías para comprender problemas planteados por el pasado, fue tomando forma a través de la crítica de textos y de la selección de hechos que pudieran correlacionarse entre sí. De esa manera, precursores como Jean Bodin (Los seis libros de la república) en el análisis de las formas de gobierno y de los procesos económicos o William Petty en la demografía histórica, dieron paso a una nueva forma de tratar la documentación, basada en el rechazo de una historia meramente narrativa, lo que Voltaire llamaba bagatelas ilustres, para iniciar la búsqueda de una ciencia útil que pudiese fundamentar teóricamente sus interpretaciones del pasado.

Los tiempos eran apropiados para ello, el triunfo de la burguesía con el que remató el Antiguo Régimen a finales del siglo XVIII, concedió al historiador espíritu crítico frente a la forma habitual de escribir la Historia, fabricada demasiado a menudo desde lugares muy cercanos al poder.

Así, el siglo XIX es presentado por muchos como el triunfo o inflación de los valores históricos. Se puso de moda hacer grandes recopilaciones de fuentes para fundamentar los nacionalismos en auge. La justificación de la idea de nación es la responsable de los monumentos históricos de Leopold von Ranke para Alemania, Thomas Macaulay para Gran Bretaña o Jules Michelet para Francia.

Una Historia “historicista”, que recoge el cientifismo positivista de Auguste Compte pero también defiende lo espiritual y lo subjetivo, ya que estaba destinada a legitimar a la nación y al Estado burgués hijos de la Revolución Francesa.

Junto a ello, se potencia en gran manera el desarrollo de las técnicas al servicio del historiador, la arqueología, la filología de las lenguas orientales y la lectura de los clásicos permitieron, por ejemplo, los descubrimientos de Schliemann en Micenas o los éxitos de la egiptología tras el hallazgo de la piedra trilingüe de Rosetta.

De tal forma que el éxito de la erudición y de la historia evenemencial, recopiladora de hechos singulares, fue casi total en el XIX, solamente cuestionada por los deseos de cambio social expuestos en el materialismo histórico de Marx y Engels. que no pretendían solamente interpretar el mundo, sino transformarlo.

 

La Historia en los siglos XX y XXI, de la construcción teórica a la “Historia en migajas”

La reacción frente al historicismo ahonda sus raíces en pleno siglo XIX a través de los intentos del materialismo histórico de proporcionar una explicación global y científica a la evolución de las sociedades humanas. Esta teoría general de las sociedades en movimiento de Marx y Engels suscitó la idea de la Historia como ciencia de lo social, susceptible de ser estudiada de manera objetiva, entendiéndola como un proceso natural dotado de lógica interna.

Desde entonces, el recurso al análisis económico y sociológico es algo habitual en la historiografía. Este sentido globalizador de la Historia fue retomado desde principios de siglo por escuelas no marxistas, pero partidarias de la idea de una historia única entendida más como un proceso de masas que como una serie de hechos y personajes notables ordenados de manera cronológica.

Así, gran parte del siglo pasado estuvo dominado por el trabajo de historiadores economistas que siguieron la senda de la revista Annales, fundada por los franceses Marc Bloch y Lucien Febvre en 1929, donde apareció casi por vez primera el tratamiento serial y estadístico de la documentación, con objetivos tan ajenos hasta entonces al historiador como el estudio de la evolución de los precios y los salarios.

Tras ellos, tendencias como la de la historia cuantitativa, representada por economistas como S. Kuznes, o la estadounidense New Economic History de R. W. Fogel y S. Egerman, condujeron a la Historia a caminos donde el estudio de las estructuras económicas era esencial para entender el comportamiento social.

En la actualidad, nada parece ya extraño al trabajo historiador. Se tratan hoy en día aspectos tan específicos de las sociedades humanas que, a veces, las últimas tendencias nos obligan a hablar, como defendía Julio Valdeón, de una “historia en migajas”.

Por citar algunas de las recientes líneas de investigación, se estudian las mentalidades colectivas ante la muerte, el origen social de los administradores públicos, la actitud cultural, a través de la lexicología, de cada clase social, la vida privada a través del tiempo e incluso la relación de las ciudades con sus alcantarillados.

Un espectro amplísimo e interesante, basado en la utilización multidisciplinar de las ciencias auxiliares que alargan y amplían el territorio del historiador. Multidisciplinariedad que presenta el único peligro de que tantos árboles no dejen, al final, apreciar al historiador el bosque social e impidan el desarrollo de cualquier propuesta que ayude a mejorar nuestro futuro.

Peligro sobre el que ya se ha reparado a menudo, baste citar, por ejemplo, las reflexiones del profesor Josep Fontana en su crítica la escuela de Annales:

 

Esos “hombres de izquierdas sin empeño ni por los socialistas ni por los comunistas” —que es como se autodefinía Braudel— se limitarán a recoger su modesta participación en los beneficios y a seguir con la tarea de conducir a los jóvenes por los senderos luminosos de la ciencia, donde la palabra “explotación” no tiene sentido, porque no es sino una de esas estructuras permanentes, “natural” e inevitable como la sucesión de la lluvia y la sequía.”

 

 

Un ejemplo de metodología histórica aplicada I. El materialismo histórico

El pensamiento de Karl Marx y Friedrich Engels, desarrollado básicamente entre los años 1847 y 1867, con obras de la trascendencia del Manifiesto comunista o El capital, presentó desde un principio un carácter eminentemente finalista.

Se trataba de adquirir los instrumentos necesarios para entender la evolución histórica de las sociedades humanas a fin de conocer los elementos capaces de mejorarlas en el futuro. En palabras del mismo Marx: “Los filósofos no hicieron más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

Partiendo de estos presupuestos, trataron de desentrañar algunas realidades objetivas comunes a toda sociedad que permitirían analizarla con detenimiento. De esta manera, enunciaron algunos principios considerados científicos como que “la historia de todas las sociedades existentes hasta el presente es la historia de la lucha de clases” (Manifiesto, 1848).

A partir de aquí, subrayaron  que la estructura económica presidía todas las relaciones humanas, ya que los hombres se vinculan por el sistema productivo en el que se sostienen, estableciendo entre sí relaciones de producción que condicionan el conjunto del proceso social, político e intelectual el que llamaron superestructura.

Es así que las sociedades evolucionarían por el agotamiento del proceso productivo debido a la dialéctica o contradicción que de forma periódica se produce en el débil equilibrio entre población y recursos, inaugurándose un período de cambio que daría lugar a una nueva estructura económica o modo de producción.

Así, podría explicarse adecuadamente el paso del modo de producción esclavista de la Antigüedad al modo de producción feudal y de éste al actual sistema capitalista, es decir, por ejemplo, cómo y porqué los esclavos fueron sustituidos como fuerza de trabajo por los siervos y éstos por el proletariado industrial.

Se inauguró así una nueva manera de hacer la Historia que ha influido decisivamente en los historiadores posteriores, fuesen marxistas o no. El cuidado por el estudio de las variables económicas y los procesos de masas, es, desde entonces, premisa esencial para encarar con rigor el pasado.

Naturalmente, el materialismo histórico tenía un fin, la búsqueda de una sociedad no alienada que vendría como inevitable consecuencia de la caída del capitalismo.

La misma Historia ha demostrado las dificultades y los sonoros fracasos que sufrieron los intentos de aplicación práctica del marxismo, hoy nada popular por considerarse lleno de buenas intenciones pero utópico como proyecto social, lo que no quita que su metodología histórica proporcionase, y aun continúa haciéndolo, excelentes y rigurosos resultados una vez superada una fase un tanto esclerótica y academicista bajo los presupuestos del dogmatismo impuesto por la política de bloques posterior a la Segunda Guerra Mundial.

 

Un ejemplo de metodología histórica aplicada II. La escuela de Annales

La escuela francesa, de enorme influencia entre los historiadores del siglo XX, toma su nombre, como es bien sabido, de la revista Annales d´Histoire Économique et Sociale, fundada como se dijo en el año 1929 por Lucien Febvre y Marc Bloch.

Desde un principio, esta publicación se caracterizó por su combate contra la Historia estrictamente política, defendiendo la idea de Historia Total, en la que cualquier aspecto de la vida humana es susceptible de ser contemplado por el historiador para ser integrada en un contexto global. Junto a esta diversificación de intenciones, se observa un especial cuidado por el dominio del utillaje estadístico-matemático que permita hacer Historia Serial o la Historia en cifras cuantificables.

Frente a los historiadores estrictamente cuantitativos o economicistas, defienden una fuerte crítica de las fuentes que se van a utilizar, que deben estudiarse con prudencia, y cierta prevención contra las formulaciones teóricas globales propias del marxismo. Así, siempre se mostraron firmes partidarios del estudio de un gran número de casos particulares y monográficos, reseñando antes las especificidades del objeto de estudio que las cómodas generalizaciones.

El peligro de esta forma de hacer las cosas reside en que, como dice Guerreau, tal amalgama de estudios regionales y de aspectos particulares convierta a la Historia en un “baratillo abigarrado”, lleno de información pero carente de conclusiones que posean utilidad para todos.

Tan sólo algunos esfuerzos dentro de la escuela, como el realizado por Fernand Braudel con su obra monumental El Mediterráneo y el mundo Mediterráneo en la época de Felipe II, intentaron facilitar metodologías y hipótesis explicativas de carácter globalizador, justificativos de la deseada Historia Total, por otra parte no muy alejadas del método marxista, contraponiendo la permanencia en la larga duración (estructura) con los movimientos conflictivos del esquema social (coyuntura).

Sin embargo, estas propuestas son siempre mucho más difusas y particularistas que las sugeridas por el materialismo histórico. De hecho, el propio Braudel abandonó su propio guión metodológico cuando realizó Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII, la obra siguiente al Mediterráneo en su producción.

Tal vez, la aportación más valiosa de Annales sea su utilización sistemática y rigurosa de las fuentes y sus intentos de conocer y utilizar los avances tecnológicos, en especial la informática y las nuevas tecnologías, para aplicarlos en la investigación histórica, aunque fuese sin saber, en muchas ocasiones, a dónde querían llegar.

 

¿Hacia qué lugar se dirige, pues, la Historia?

 

“Si son Ustedes historiadores, no pongan el pie aquí: esto es campo del sociólogo. Ni allá: se meterían Ustedes en el terreno del psicólogo. ¿A la derecha?, ni pensarlo es del geógrafo y a la izquierda, es del etnólogo. Pesadilla, tontería, mutilación, ¡abajo los tabiques y las etiquetas! Donde el historiador debe trabajar libremente es en la frontera, sobre la frontera, con un pie en el lado de acá y otro en el de allá. Y con utilidad.”

Lucien FebvreCombates por la Historia

 

 

Llegados hasta este punto, hay que señalar algunas de las potencialidades y líneas de actuación de la ciencia histórica hacia el futuro. Siguiendo a Pierre Vilar, parece claro que la finalidad actual de la Historia es el estudio de la dinámica de las sociedades humanas a través del análisis de tres categorías de hechos:

 

1) Hechos de masas o estructurales: es decir, la constatación de los procesos y tendencias en la larga duración. Procesos que atañen a los hombres (demografía), a los bienes (economía) y la mentalidad y al pensamiento colectivos.

2) Hechos institucionales: aquellos que fijan las relaciones humanas en marcos desde los cuales actuar, tales que el Derecho, las constituciones políticas o los tratados internacionales. Hechos destinados a cambiar en el tiempo debido al desgaste y a las contradicciones sociales qué conllevan.

3) Hechos coyunturales: los acontecimientos puntuales, protagonizados por personas o grupos de acción u opinión, que influyen en los cambios y explican la realidad.

 

Ante este bullente mosaico de acontecimientos y realidades, el trabajo del historiador debe centrarse en buena medida en plantear problemas para intentar comprender las causas últimas de las cosas, es decir, poder partir del análisis para llegar a una historia razonada que no pretenda “verdades eternas” sino mantener un cierto espíritu crítico que se muestre útil a la sociedad y permita proponer alternativas de cambio y progreso social.

Es vital para todos nosotros comprender que la pobreza, el hambre, el paro, la degradación del medio natural, el racismo y otros tantos males de nuestra época, no son realidades inevitables, tienen sus causas y razones, que debemos encontrar realizando una visión crítica del pasado.

Por eso, la tarea del historiador es esencial también para comprender el presente. Retomando a Vilar: “Comprender es imposible sin conocer. La Historia debe enseñarnos, en primer lugar, a leer un periódico”. Es decir, a situar cosas detrás de las palabras.


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Nací, muy afortunadamente, en la luminosa ciudad de A Coruña en 1961. Aunque la pasión por la Historia la viví desde siempre al lado de mi padre, soy formalmente historiador desde mi licenciatura en Historia Moderna por la Universidad Compostelana (1984), luego amplié estudios de doctorado en Madrid y obtuve la especialidad en Historia Económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia), donde tuve la dicha de conocer al gran Fernand Braudel el año de su muerte. Mi labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII y, últimamente, en su relación con el desarrollo de la construcción naval en ese período, fruto de lo cual han sido un buen número de artículos y colaboraciones que han visto la luz a lo largo de estos años. Paralelamente soy catedrático de instituto e inspector de Educación. Desde que en 2003 publiqué en la editorial Edhasa la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, lo cierto es que centro buena parte de mi esfuerzo en la literatura. En 2006, he publicado en la misma editorial El Gran Capitán, mi segunda novela. El pasado año 2010 , publiqué, nuevamente en Edhasa, Sartine y la guerra de los guaraníes, segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine, y la versión en pocket de El Gran Capitán, además de una Breve historia de los Borbones españoles y, ya en 2013, Breve historia de Napoleón, como la anterior para la editorial Nowtilus, y España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX, para Punto de Vista Editores.

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  1. gravatar Alejandro Lillo Responder
    enero 10th, 2014

    Aunque veo que el artículo es de hace algún tiempo, ayer mismo (10 de enero de 2014) Julián Casanova publicaba un artículo sobre este mismo asunto, también, como éste del profesor Granados, muy interesante. Es un tema sobre el que podría debatirse largo y tendido. No tengo claro, por ejemplo, el uso actual del concepto de “mentalidades colectivas”. También me hubiera gustado conocer la opinión del señor Granados sobre el pensamiento posmoderno, que representa todo un reto, todo un desafío a las prácticas historiográficas actuales. De eso precisamente hablaba Casanova, y sobre eso mismo también me manifesté yo.

    Aquí está el enlace, aunque no sé si lo pondré bien

    https://www.facebook.com/julian.casanova.9237

    • gravatar Juan Granados Responder
      enero 10th, 2014

      Estimado Alejandro:

      Mil gracias por darme a conocer un artículo excelente. Hay muchas claves ahí sobre este asunto,el territorio de la Historia siempre entre la reformulación de unos y el menosprecio de otros. Buena pluma, buena cabeza, buenas herramientas y la mayor honestidad de la que seamos capaces, sabiendo que aún así y con todo, nunca será suficiente, el objeto de estudio no se deja.

      Un fuerte abrazo

      • gravatar Alejandro Lillo Responder
        enero 10th, 2014

        No, Juan, gracias a ti. Por aclararme todas las dudas.

        Un saludo

  2. gravatar Ignacio Merino Responder
    mayo 20th, 2013

    Soberbio artículo de Juan Granados. Magistral planteamiento, sólido desarrollo, citas brillantes y sugerencias/conclusiones muy a tener en cuenta. Impecable en su conjunto, enriquecedor y tan cierto como la palma de la mano.

    Muchas felicidades al autor y también a los amigos de Anatomía de la Historia por tan feliz acontecimiento. Dos años con una web sobre Historia, y creciendo, sí son para tirar cohetes.
    Y especial enhorabuena a ti, míster José Luis Ibáñez Salas, ínclito muñidor y tenaz cómitre de este bajel que surca raudo el océano de la Red, ea!

    Me quedo con el mensaje final del artículo de Granados, parafraseando a Lucien Febvre: La Historia (la verdadera) consiste en el conocimiento crítico del pasado.
    Genial la cita doble y paradójica del comienzo.

    Y ahora, una visión crítica personal, ya que estamos en ello, o más bien un par de puntos:

    -el autor habla de los grandes “monumentos” históricos decimonónicos europeos, es decir las grandes obras de Ranke en Alemania, Macaulay en Gran Bretaña y Michelet en Francia. Nada sobre nuestro rincón, España, tan rica y primera potencia histórica como las anteriores. O como Italia, otra olvidada en el oligopolio cultural. En Italia podría haber más de un monumento, pero en Spain está, sin duda, la obra de Menéndez Pelayo por más que nos espante, o el hiper-proyecto de Pidal seguido por Jover.

    Es una pena que a menudo seamos los españoles quienes colaboremos a cavar la fosa del olvido de nuestra tierra en la cultura universal.

    -Se habla del triunfo de la burguesía con la Revolución francesa como si desde entonces esta llamada clase (que es más bien un universo variado) hubiera logrado imponerse. Se trata, a mi entender, de una visión un poco frívola y anticuada. Como triunfo fue efímero, más bien habría que hablar de una “puesta de largo” o entrada chillona en escena (parlamentos y gobiernos) para volver al fondo a esperar tiempos mejores. Napoleón inauguró una época de imperios y arrogantes aristocracias que duraron exactamente hasta el fin de la I Guerra Mundial.

    La burguesía, como presencia hiistórica, se fragua en el XIX y triunfa en el XX. Al menos ése es mi criterio.

    Otro apunte más, para que no queden ni los posos de criticismo en este brindis:

    -Se sigue adorando el becerro de oro del materialismo “ciéntifico”, adjetivo éste muy de márketing para vender una utopía social disfrazada de Historia, tan reduccionista que desprecia la Psicología, y que que sería otra corriente filosófica más, a seguir o pasar por alto, de no ser porque su dogma estricto ha causado no sólo fracasos sonados sino un memorial de crímenes y agravios gigantesco. Más o menos como la Iglesia Católica, vamos. Y que me perdonen ambas feligresías.

    Y ahora un regalito, mira tú, una idea que pensé el otro día leyendo a Foucault (en realidad no tiene que ver directamente con él), desarrollada a modo de cita, para ti Jose, querido editor, que para eso ya nos conocemos y trabajamos juntos:

    “El historiador es caminante y peregrino. Halla los hitos del camino; disfruta con el transitar del paisaje; comprende el afán de lo cotidiano; escucha la cruda realidad de la existencia humana; asiste al prodigio de los fenómenos naturales y humanos. Y siempre encuentra algo que lo conmueve e ilumina”.

    Por eso la Historia -más que entendimiento del presente, enseñanza para el futuro y demás zarandajas utilitaristas- es herramienta de conocimiento con la que la Humanidad, o sea todos, podemos conocernos mejor y sentirnos más humanos.

    Abrazos

    • gravatar Juan Granados Responder
      mayo 21st, 2013

      Muchas gracias Ignacio, pues te digo lo mismo, muy sugerente tu comentario, muy a tener en cuenta, me gusta la nota de Menéndez Pelayo, muy cierto y las frivolidades burguesas, el colofón…pues claro, no puedo estar mas de acuerdo.

      Un abrazo

  3. gravatar Juan Granados Responder
    mayo 20th, 2013

    Muchas gracias querido amigo, consuela, no obstante, conocer a profesionales de tu fuste implicados con sus alumnos.

    Un fuerte abrazo

  4. gravatar Aitor Pérez Blázquez Responder
    mayo 20th, 2013

    Querido Juan:

    Gran articulo el que has escrito y que sintetiza a la perfección lo que han sido las principales corrientes historiográficas en los dos últimos siglos. Una pena que muchos profesores, supuestos expertos en Historiografía, no tengan la facilidad de transmisión de conocimientos que acabas de demostrar en estas líneas.

    Un fuerte abrazo.

    Aitor Pérez.