Verano de 1909. La Semana Trágica

Por . 15 mayo, 2013 en Siglos XIX y XX
Share Button

En el año 1909 tuvieron lugar unos acontecimientos que han sido dados en llamar en su conjunto Semana Trágica.

Porque esa es la denominación que recibieron los sucesos de carácter insurreccional acaecidos en diversas localidades catalanas, pero principalmente en Barcelona, en el verano de 1909, entre el lunes 26 de julio y el domingo 1 de agosto de aquel año, durante el reinado de Alfonso XIII.

 

Los antecedentes

El jefe del dinástico Partido Conservador, Antonio Maura, presidía, desde el 25 de enero de 1907, el que historiográficamente recibiría el nombre de Gobierno largo de Maura, que vería su fin, precisamente, como consecuencia de estos hechos.

La comprensión de la Semana Trágica solo es posible si el hecho puntual que los desencadenó se contextualiza en un marco histórico estructural muy concreto: el de una secular potencia colonial a la que el desastre de 1898 había prácticamente privado de sus antaño vastísimos territorios de ultramar; el de un Estado constreñido en su política doméstica a un régimen, el del turnismo bipartidista de la Restauración, resquebrajado y ya insostenible, pero que tampoco encontraba alternativas válidas en las diversas propuestas reformistas, revisionistas y regeneracionistas, y que cada vez se agrietaba más por la aparición o consolidación de nuevas fuerzas políticas y sociales que el citado régimen restaurador, el del caciquismo, el encasillado y el fraude electoral, no toleraba o marginaba.

Para entender qué ocurrió en el trágico verano de 1909, no se puede olvidar que, en diciembre de 1905, un grupo de militares había asaltado en Barcelona la redacción de la publicación catalanista ¡Cu-Cut!; que los liberales habían logrado, en marzo de 1906, la aprobación de la Ley de Jurisdicciones (otorgando carta de naturaleza a tal tipo de actos, al derivar a la jurisdicción militar los ataques contra la unidad de la patria o la institución castrense); y que, como reacción a todo ello, ese mismo año de 1906 había nacido Solidaritat Catalana, estructura que llegó a actuar como alianza electoral (logró 41 escaños en 1907) aglutinando en su seno a la Liga Regionalista, al Partido Republicano Federal, a los republicanos nacionalistas del Centre Nacionalista Republicà y al sector de la Unión Republicana dirigido por Nicolás Salmerón, dispuesto a colaborar con el nacionalismo catalán (no así a los miembros de dicho partido, fundado en 1903, que se negaban a tal pacto, con Alejandro Lerroux al frente).

Tampoco puede soslayarse el nacimiento, también en 1907 y en Barcelona, de Solidaridad Obrera, organización sindical de orientación anarquista (que le impregnaron algunos de sus promotores, como Salvador Seguí y Josep Prat), pero a la que también se unieron los nombres de los socialistas Antoni Badia y Antoni Fabra (en 1910, Solidaridad Obrera daría paso a la Confederación Nacional del Trabajo, CNT).

Ni, por último, que la Ley contra el Terrorismo promovida por Maura en 1908 había facultado a las autoridades para, sin intervención judicial, clausurar determinados centros y publicaciones, una vulneración de libertades fundamentales que había propiciado la formación del llamado Bloque de las Izquierdas, que unió a los sectores más importantes del dinástico Partido Liberal (liderados por Segismundo Moret y José Canalejas) y aciertos republicanos (con estelar desempeño de Benito Pérez Galdós y Melquíades Álvarez), quedando incluso abierta la posibilidad de un futuro entendimiento con el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Pablo Iglesias.

 

El detonante

Así pues, existía hacia el final de la primera década de la pasada centuria un caldo de cultivo absolutamente idóneo para que un acontecimiento puntual se erigiera en el fulminante de la primera gran crisis política y social española del siglo XX.

El detonante se produjo en la “zona de influencia” española en Marruecos, el área territorial que la Conferencia Internacional de Algeciras de 1906 concedió al Estado español. El 9 de julio de 1909, como consecuencia de un ataque de cabileños, murieron cuatro obreros que trabajaban en la construcción de un ferrocarril entre Melilla y las minas de Beni BuIfrur.

Ante este hecho, que desencadenó la denominada guerra de Melilla, y para poner fin a la rebelión en el Rif, el Gobierno de Maura dispuso el envío de diversos contingentes y unidades; y, el 10 de julio, publicó el decreto de movilización de determinados cupos de reservistas.

De inmediato, se multiplicaron las protestas (contra la guerra misma, contra el sistema de reclutamiento, contra los impuestos de consumos…), principalmente en los puntos de partida de las tropas, como las estaciones de tren de Madrid y Zaragoza, y el puerto de Barcelona, donde la tensión se desbordó el domingo 18 de julio.

 

Los hechos

Las desalentadores noticias de África motivaron que proliferaran las protestas, entre ellas, en el ámbito catalán, las de Solidaritat Catalana y Solidaridad Obrera, acalladas por el gobernador civil de Barcelona, Ángel Ossorio y Gallardo, al igual que lo fueron en el resto de España las promovidas por el PSOE y la Unión General de Trabajadores (UGT). Pese a todo, desde la clandestinidad, un comité en el que figuraba Fabra, convocó un paro de 24 horas en Barcelona para el lunes 26 de julio, la que sería primera jornada de la Semana Trágica.

La huelga desembocó pronto en altercados, y estos en revuelta espontánea y generalizada (que se extendería a otras localidades catalanas, alcanzando su mayor virulencia en Sabadell), hasta el punto de que el capitán general de Cataluña, Luis de Santiago, declaró el estado de guerra por orden del ministro de Gobernación, Juan de la Cierva y Peñafiel, mientras Ossorio dimitía.

Los enfrentamientos con las fuerzas del orden, las barricadas, los incendios de edificios religiosos, etc., se incrementaron tras tenerse conocimiento del desastre del Barranco del Lobo (en el que, el 27 de julio, perdieron la vida centenares de barceloneses embarcados días antes).

Para intentar dominar la situación, se desplazaron hasta Barcelona tropas desde Valencia y Zaragoza. Pese a la práctica ocupación militar de la ciudad, la insurrección se prolongó hasta el domingo 1 de agosto, cerrándose con un balance aproximado de 80 muertos y más de 500 heridos, además de más de 100 edificios incendiados, la mayoría religiosos, fruto de una violencia anticlerical explícita.

La represión emprendida por De la Cierva tuvo como resultado millares de arrestos y detenciones. Los aproximadamente 2.000 procedimientos judiciales incoados precedieron a un auténtico aluvión de sentencias condenatorias: casi 200 destierros, más de 50 cadenas perpetuas y 17 penas capitales. De estas últimas, finalmente solo se cumplieron cinco.

La ejecución que alcanzó mayor repercusión fue la de Francesc Ferrer i Guardia, pedagogo racionalista vinculado al anarquismo y fundador de la Escuela Moderna, sobre el que no existían pruebas incriminatorias pero que, considerado el inspirador y organizador de lo ocurrido, pasó a la historia como principal chivo expiatorio. Su fusilamiento tuvo lugar el 13 de octubre de aquel mismo año, en la prisión militar de Montjuïc, en un contexto de numerosas protestas, manifestaciones y campañas de la prensa internacional para evitarlo.

Si fuertes fueron las presiones recibidas por Alfonso XIII desde el exterior, no menos poderosa fue la oposición suscitada en el interior. Provino tanto del Partido Liberal (lo que se ha considerado la ruptura definitiva del régimen acordado por conservadores y liberales en el Pacto de El Pardo de 1885, pilar fundamental de la Restauración), como de las fuerzas democráticas de izquierda, que en septiembre de 1909, bajo el lema común de “Maura, no”, erigieron la que dieron en llamar Conjunción Republicano Socialista.

Todo ello motivó que el monarca, finalmente, optara por retirar la confianza a Maura, encomendando la conformación de un nuevo Consejo de Ministros al liberal Segismundo Moret, quien lo constituyó el 21 de octubre de aquel mismo año de 1909.


Share Button

Soy madrileño. Estudié Geografía e Historia en mi entrañable Complutense, especializándome en Historia Contemporánea. Desde 1995 hasta 2008, fui editor de Ciencias Sociales, y luego de Historia, de la Enciclopedia Encarta; allí fui formado en el oficio por profesionales de la talla de José Luis Ibáñez Salas y Miguel García del Río, gracias a los cuales, en ese pequeño patio de vecinos que es el mundo editorial, efectué también años después diversas colaboraciones para Santillana Educación y Ediciones SM. Hasta que recalé en el puerto de CTO Editorial. Pero un espíritu inquieto vive de emociones y retos; y hay sueños pendientes, que se identifican con los de Anatomía de la Historia. Sueños que han de ver la luz (¡ah!, aunque no lo crean, el viejo flexo rojo todavía funciona…).

Participa en la discusión

  • (no será publicado)