El desafío de Burdeos: Pedro III el Grande vs Carlos de Anjou

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El nuevo rey de Sicilia, Carlos I de Anjou (1266-1285), dominaba el Mediterráneo central una vez superada la primera mitad del siglo XIII. No obstante, pronto sus intereses expansionistas chocarían con los de otra potencia naval emergente, la Corona de Aragón con su soberano, Pedro III, a la cabeza. Ambos monarcas decidieron poner solución al conflicto a través de una justa en una época en la que los reyes eran también caballeros.

 

Antecedentes

Carlos de Anjou, hermano y tío de los reyes de Francia, Luis IX (1226-1270) y Felipe III el Atrevido (1270-1285), respectivamente, gozaba, al igual que los anteriores, del favor que la Santa Sede brindaba a su dinastía, es decir, a la familia de los Capeto. Prueba de ello es que su patrimonio personal no sólo había mejorado sensiblemente tras su matrimonio en 1246 con Beatriz, la heredera del próspero condado de Provenza, enlace que había sido propuesto por el sumo pontífice, Inocencio IV, sino que, además, el papa le ofrecía también el trono de Sicilia en 1253, una vez que la dinastía normanda que dominaba esta isla desde el siglo XI había sido privada de sus derechos sobre dicha corona.

Pero la ambición de Carlos I de Anjou no se detendría aquí. En 1268, año en el que logró apagar los últimos focos de resistencia sicilianos, era dueño y señor de un amplio territorio costero que se extendía por el sureste de la actual Francia, la mitad meridional de la península Itálica y Sicilia, motivo por el cual contaba con una flota considerable.

Esta armada se encontraba en 1282 preparada para emprender una gran campaña en el Mediterráneo oriental, empresa que contaba, cómo no, con la aprobación papal. Carlos se disponía en esta ocasión a atacar territorio bizantino, cuyo emperador era practicante de un credo, el cristianismo ortodoxo, en cisma con el papado romano.

No obstante, cuando las naves de Carlos de Anjou se hallaban en el mar Adriático, nefastas noticias le llegaron procedentes de su reino insular: los sicilianos se habían alzado en armas contra el “ilegítimo” monarca. La insurrección, conocida como las Vísperas Sicilianas, no tardaría en permitir que Pedro III el Grande (1276-1285), rey de Aragón, aspirara a ceñirse la corona a la cual tenía derecho su esposa, Constanza, por ser miembro de la dinastía normanda.

Con ello tendría lugar una guerra que acabaría a la larga involucrando a la Corona de Aragón y Sicilia, por un lado, y a Provenza, Nápoles, Francia y la Santa Sede, por otro.

En medio del conflicto, en una época en la que el ideal caballeresco aún seguía vigente, tuvo lugar el suceso conocido como el desafío de Burdeos, reto mediante el cual Carlos de Anjou y Pedro III el Grande pactaban resolver sus diferencias manteniendo una justa en territorio neutral, concretamente en esta ciudad del oeste de la actual Francia, por entonces territorio perteneciente a la realeza inglesa. El resultado de este singular combate decidiría, a su vez, el resultado definitivo de la guerra y, por lo tanto, quien se ceñiría la corona de Sicilia de manera legítima.

No obstante, como iremos desvelando, tal reto acabaría no siendo más que una farsa, aunque no es menos cierto que Carlos de Anjou había calculado perfectamente su baza cuando se planteó desafiar a su rival. Es preciso señalar que para cuando se pactaron las condiciones de celebración de la justa, en diciembre de 1282, los ejércitos de los Anjou, o Angevinos, habían sufrido ya dos estrepitosas derrotas. Uno de estos reveses militares tendría lugar en Mesina, donde los rebeldes sicilianos lograron el 27 de septiembre de ese mismo año romper el sitio al que las tropas de Carlos I sometían a dicha ciudad. Mientras que la otra derrota se produciría en la batalla naval de Nicotera, el 14 de octubre de 1282, contienda en la que los barcos catalanes, aún a pesar de estar en inferioridad numérica, causarían estragos en la flota de Carlos de Anjou.

Sendos fracasos militares provocaban que el de Anjou ya no tuviera el control absoluto del Mediterráneo central, lo que parecía indicar que a la larga acabaría por perder la guerra. Tras los ya mencionados triunfos de la alianza siciliano-aragonesa, sus naves surcaban con plena libertad las aguas que rodeaban Sicilia, isla que el monarca de Aragón, coronado ya rey en la capital, Palermo, dominaba por completo, así como también sus tropas ocupaban incluso porciones de la Italia continental. No obstante, Pedro III no tardaría en recibir un gran mazazo cuando, ante su negativa a someterse a la voluntad pontificia y devolver a Carlos de Anjou las tierras conquistadas, el papa Martín IV le excomulgaba el 9 de noviembre de 1282.

 

Lanzamiento del desafío

Jaime I y Pedro III.

Según el cronista catalán del siglo XIII Bernat Desclot, tras las ya comentados reveses militares sufridos por los ejércitos de Carlos de Anjou, el monarca Capeto enviaba a Mesina a dos sacerdotes de su séquito para que éstos acusaran a su enemigo, Pedro III, de haberle arrebatado de manera deshonesta sus tierras. Con dicha denuncia se ponía en duda el honor que el rey de Aragón debía poseer como caballero, acusación que únicamente podía resolverse a través de una justa.

Es probable que Pedro III el Grande fuera muy consciente que a pesar de gozar de una amplia ventaja en el campo de batalla sus conquistas no contaran con la aprobación pontificia, motivo por el cual éstas quedaban deslegitimadas. Puede que este fuera el motivo por el cual el excomulgado rey de Aragón se arriesgara a “recoger el guante” lanzado por Carlos de Anjou y aceptara el desafío, aún a riesgo de perder todo lo ganado hasta la fecha por sus ejércitos con tanto esfuerzo.

La cuestión de quién reinaría sobre Sicilia sería por lo tanto sometida al “juicio de Dios”. En consecuencia, hacia finales de 1282 se establecerían los términos del torneo. La justa se celebraría el 1 de junio de 1283 en territorio neutral, para lo cual se acordó que el evento tuviera lugar en Burdeos, ciudad bajo dominio Eduardo I de Inglaterra, suegro del futuro Alfonso III el Liberal, hijo de Pedro III. El monarca inglés sería quien ejercería de árbitro en dicho torneo.

Los pactos alcanzados establecerían, además, que los contendientes podrían presentarse al combate con un número de cien caballeros cada uno y no podrían acceder a Burdeos escoltados por ningún otro ejército. Si alguno de los dos contendientes no se presentaba a la justa, dejaría de ser considerado rey e incluso caballero.

 

Una justa nunca celebrada

El historiador Ferran Soldevila realizó en su obra de los años sesenta del pasado siglo una reconstrucción de lo que debió ser el diario de ruta de Pedro III en su lago viaje desde Sicilia a Burdeos. Separaban al monarca de Aragón de su destino unos mil quinientos kilómetros de navegación hasta las costas peninsulares y otros ochocientos kilómetros de cabalgada para cubrir la distancia entre Valencia y Burdeos. Pedro el Grande debió partir de Sicilia el 6 de mayo de 1283 y Desclot nos informa acerca de la auténtica odisea que significó la travesía marítima, desplazamiento en el que los vientos de proa y las malas condiciones meteorológicas dificultaron enormemente el avance.

Finalmente, el rey tomaba tierra en Cullera (Valencia) el 16 de mayo y dos días después partía a caballo en dirección a Burdeos. Durante el trayecto se reuniría con su hijo Alfonso en Tarazona (Zaragoza), encuentro que serviría al infante para informar a su padre que Eduardo I de Inglaterra se negaba a arbitrar en la justa y que había permitido, muy probablemente para evitarse conflictos con Francia y la Santa Sede, la entrada en Burdeos de las tropas de Felipe III, una hueste de ocho mil caballeros. Tales noticias provocaron que Pedro III se mostrara muy cauto, aunque, como veremos, no por ello se amilanaría.

El rey de Aragón no podía irrumpir en Burdeos con un ejército por dos motivos. Por un lado porque violaría lo pactado, de otra parte porque ello le arrastraría a mantener una guerra en dos frentes muy distantes, uno en Sicilia y otro en la frontera entre Francia y Cataluña. Pero, al mismo tiempo, Pedro III tampoco podía arribar a la justa con la hueste estipulada de cien caballeros, ya que con toda probabilidad sería fácilmente descubierto por los franceses y apresado.

La única solución era viajar de incógnito y con poca compañía, para, de esta forma, hacer su comparecencia en el lugar de la convocatoria. Por ello, Pedro y tres de sus caballeros se disfrazaron de criados de un rico mercader aragonés, Domingo de la Figuera. La pequeña expedición aragonesa arribaba de esta guisa a Burdeos el 31 de mayo y, al día siguiente, fecha señalada para la justa, Desclot mantiene que, ante la presencia de los contingentes armados del rey de Francia, Pedro III redactó ante notario una carta en la que daba fe de su comparecencia.

Sepulcro de Carlos de Anjou.

Pedro el Grande reclamaba para sí la victoria, dado que su rival había violado uno de los apartados del acuerdo signado, recordemos la presencia del ejército francés, al tiempo que se retiraba apresuradamente de la ciudad. Paralelamente, Carlos de Anjou hizo lo propio. Al no percibir la presencia de su adversario en el campo de justas reclamaría también por escrito la victoria.

Dos combatientes. Ningún combate. Dos comparecencias en el lugar convocado, aunque éstas se producirían por separado. Dos reclamaciones de victoria. Por lo tanto, el resultado fue nulo y la guerra continuó, ahora ya con Francia metida de lleno en el conflicto. La lucha no cesaría hasta octubre de 1285, una vez que los ejércitos de Felipe III el Atrevido se retiraron derrotados tras un intento frustrado de invasión de Cataluña.

En el frente siciliano la situación se hallaba bajo pleno control de la Corona de Aragón ya desde junio de 1284, momento en el que la flota de Carlos de Anjou sería prácticamente aniquilada en el golfo de Nápoles. La victoria fue por lo tanto para Pedro III el Grande, aunque, como bien sabemos, no la obtuvo en el palenque de justas, sino en el campo de batalla.


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David Barreras Nací en París tres meses después de fallecer el dictador Francisco Franco. De padres y abuela emigrantes. Mi abuelo, un exiliado republicano. Nos trasladamos a España en plena transición, a un lugar maravilloso en medio de la huerta valenciana, donde tuve una infancia feliz rodeado de buenos amigos, exactamente los mismos que ahora. Y libros, muchos libros. Sobre todo de Historia. Tocó ir al instituto y luego a la universidad y, ante todo, fui práctico. La Historia era mi pasión pero las ciencias no se me daban nada mal. Finalmente me licencié en Tecnología de Alimentos, empecé a trabajar como investigador científico, siempre en biotecnología y, más tarde, me hice escritor. Lo cierto es que nunca me lo propuse. Cristina Durán De la mezcla de la herencia familiar y de lo que una recolecta en su vida universitaria nace lo que soy hoy, preocupada por el sustento de todos estos saberes un tanto olvidados en nuestro actual mundo. Fue aquí, terminados mis estudios cuando conocí al que es hoy mi marido y coautor de mis libros, con el que comparto mi interés e inquietud por la Historia, David Barreras, por él me trasladé a Valencia. Hoy en día es un lugar en el que no quisiera dejar de vivir, una tierra con un pasado histórico glorioso, con reyes ilustres y vestigios muy palpables de un pasado musulmán, algo que ha pesado sobremanera en nuestros libros, todos ellos relacionados con la Edad Media. Aquí, además, se me ha brindado la oportunidad de colaborar y revisar obras de otros autores valencianos y seguir desarrollando mi faceta como historiadora.

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