Fernando VI y la España discreta. El rey y el reino (y III)

Por . 26 junio, 2013 en Edad Moderna
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Viene de Fernando VI y la España discreta. El rey y el reino (II)

 

IV. Bárbara y Fernando VI, el símbolo de la España discreta

El primer Borbón español y la primera reina portuguesa desde la madre de Felipe II ocupan un lugar tan discreto en la historia de España que ni siquiera sus sepulcros pueden ser objeto de la curiosidad de los turistas que visitan El Escorial, el panteón real español.

La Visitación, el convento madrileño de las Salesas que guarda sus restos en los bellísimos panteones encargados por Carlos III, no suele ser un lugar demasiado visitado. Es este último apartamiento el símbolo final del sino de los que desde su boda en Badajoz en 1729 aparecerían ante la opinión como la pareja marginada por Isabel de Farnesio, los oscuros, retraídos príncipes que sin embargo un día iban a ser reyes de España, eso sí, uno loco, y la otra… portuguesa.

Quizás por eso sorprende su primer año en el trono. Frente a la opinión de la Corte y los embajadores, que les creen juguetes en manos de Isabel de Farnesio y su tupida red de cortesanos apoyados desde Versalles, Bárbara de Braganza y Fernando VI reaccionan. Antes de nada –un símbolo–, reaccionan contra la madrastra-suegrastra, a la que envían primero a los Afligidos, inmediatamente, y un año después, a La Granja de San Ildefonso. Nunca la volverían a ver.

Después, contra el entorno farnesiano. Caen Villarías, Arizaga, Maceda, San Juan, Montijo; ascienden Carvajal, Huéscar, Rávago –el nuevo confesor, español–, mientras se mantiene Ensenada y “priva Farinello”. Son los hombres nuevos del rey, los que se proponen como primera misión aumentar la autoestima de Fernando VI, convencerle de su papel restaurador de la monarquía española, hacerle creer que su prestigio exterior no es incompatible con una “paz sin humillación” y, luego, ensanchar la Domus Regia hasta que el rey piense en que sus súbditos son la prolongación de su casa. Al menos eso.

Conseguido el primer objetivo, se puso en marcha una segunda operación. El rey es como su padre, propenso a los “vapores”, a la melancolía y a la depresión. Nunca acaba de estar tranquilo ante la doblez que veía en lo que debieran ser sus relaciones de familia y amistad más naturales.

Con su tío Luis XV ya venía sufriendo menosprecios desde tiempo atrás, aunque pudiera atribuirlo a su gobierno; con el Papa había menos disculpa. Él era Su Majestad Católica y, sin embargo, su Iglesia no recibía del Papa los mismos miramientos que las otras, sometida a una dependencia que suplantaba su papel de Real Patrono.

El primer motivo de disgusto se solventó cuando se asentó la neutralidad y el rey comprobó que su tío tenía que solicitar su alianza. El segundo, se acabó cuando se firmó el Concordato. El rey, a la altura de 1753, era un hombre bastante satisfecho, sosegado y tranquilo y, aunque Rávago siempre estuviera temeroso de una posible caída, sus achaques, cuando los había, duraban poco.

Fueron los tiempos en que Fernando VI bailaba –y cansaba al “ganado” femenino–, en que bromeaba con la sirvienta que le traía el chocolate a la cama, derramando unas gotas en su amplio escote, en fin, los felices tiempos de la escuadra del Tajo. Tiempos de la mejor ópera de Europa, de sorprendentes obras artísticas en Aranjuez y el Palacio Nuevo a cargo de Amigoni y Giacquinto, Saquetti, Felipe de Castro o Ventura Rodríguez, de dinamismo en la Real Academia de San Fernando y de evidencia de la protección regia de la Ilustración a través del decreto de Fernando VI que prohibía atacar a Feijoo.

También eran los años de esplendor de Ensenada, de las célebres cenas de don Zenón, del sorprendente auge de la Marina… y de las primeras sombras, las que se iban a proyectar el 20 de julio de 1754. El rey firmó el destierro de Ensenada, pero no pudo dormir durante los meses siguientes. Quizás le habían engañado, lo que más sentía. Pero el ministro caído tampoco le había dicho la verdad. Nada había sabido el rey del complejo problema de la guerra guaraní, del uso del dinero de sus arcas a través del Real Giro, de los planes militares ofensivos en las Antillas.

El duque de Huéscar, ya duque de Alba tras morir su madre, dosificaba ahora la información que le llegaba al monarca, pues era su mayordomo mayor, es decir, el primer vasallo al que veía al despertar y el último que le daba las buenas noches.

Con Alba, al fin gobernaba uno de su facción, una hechura: Ricardo Wall. A partir de ahora, el rey encargaría a Wall, que ganaba crédito cada día en la Corte, “vigilar” a los demás ministros, “pues no quería más Ensenadas”. Fernando VI retornó a sus hábitos tranquilos y confiados, Luis XV volvía a solicitarle cuando empezó la guerra, en 1755; también lo harían Jorge II y la emperatriz, ésta a través de su prima Bárbara, que se mostraba tan orgullosa como el rey de mantener la amistad con toda Europa.

En esas circunstancias, llegó lo peor. Bárbara enfermaba gravemente y moría en meses, sin remedio, a causa de un cáncer de útero. Fernando VI ya no pudo vivir sin ella. Encerrado en el áspero castillo de Villaviciosa de Odón, elegido por Alba, se abandonó irremediablemente a la depresión, se tumbó en un pobre catre y se dejó consumir entre locuras y arrebatos. La neurosis mordió en su constitución física, dejó de alimentarse y finalmente murió loco: solo, sin familia y sin cariño. No tuvo más que el amor de Bárbara y el de sus hermanos Luis I y el infante Felipe, que murieron cuando él era sólo un niño. Los demás habían salido de la Corte española hacía muchos años y nunca les volvió a ver.

El “castillo encantado” de Villaviciosa fue centro de intrigas y rumores como no las había habido en todo el reinado. El testamento de Bárbara, el “bárbaro testamento” por el que todo iba a Portugal, y la locura rabiosa del rey les legaron una fama que no se compagina con la aceptación popular que tuvieron antes del funesto “año sin rey”. Nada pudo reparar el sentimiento de riesgo y abandono del último año, así que todas las esperanzas se dirigieron a Nápoles, de donde llegaría la solución, la “feliz revolución” que esperaba el padre Isla del amigo de juventud de Ensenada, el nuevo rey Carlos III.

 

V. El reinado de las letras y las artes

Quizás sea el mundo de la creación artística, literaria y científica el que ofrece el panorama más brillante y prometedor de la reposada época. Cuando Menéndez Pelayo dijo que la cultura en esta época fue cosa de curas y frailes, olvidó algunos detalles. Por ejemplo, que Antonio de Ulloa había publicado el descubrimiento del platino o que Carvajal aún alcanzó a comprar dos ejemplares del primer tomo de la Enciclopedia, una obra que corrió sin problemas hasta el mismo año de la muerte del rey, cuando el inquisidor Quintano Bonifaz la hizo prohibir.

Fue, sí, cosa de un fraile El Gerundio, pero lo importante es que se convirtió en uno de los best seller del siglo y, desde luego, fue uno de los libros prohibidos que más carcajadas suscitó en los círculos ilustrados, ya contagiados de las ideas antifrailunas. El “Gerundiazo” puso en solfa nada menos que el verbo, la palabra, el instrumento por excelencia de los que, como el padre Calatayud, todavía dirigían las conciencias desde púlpitos y misiones anunciando un Corazón de Jesús en llamas que sorprendía a los que como Mayans no estaban dispuestos a dar culto a una víscera.

La época de Fernando VI es también el momento álgido de Torres Villarroel, el inclasificable que termina de publicar sus Visitas... y su Vida al arrimo de personajes tan importantes como Carvajal, con quien pasea en coche por Madrid, o Ensenada, el anfitrión de sus muchas cenas, o el duque de Huéscar, el que le abre las puertas de la tertulia del Buen Gusto.

Son tiempos de ediciones de libros patrocinadas por el gobierno –muchos llevan la dedicatoria a los ministros–; tiempos de viajes científicos, de vaivén de ingenieros extranjeros y de pensionados en las grandes capitales europeas –los jóvenes científicos enviados por Ensenada, los jóvenes artistas pagados por el protector de la Academia de San Fernando, el ministro Carvajal–. En fin, una de las épocas más cosmopolitas de España.

Los arsenales son una Babel de extranjeros, en la Academia de San Fernando se dan muchas clases en francés o en italiano, Mayans goza al sentir que la cultura española sale fuera como nunca, que lo español es apreciado en Europa por más que los viajeros todavía se fijen en los tipos exóticos y en el gran número de curas y frailes.

Algunos reparan en que el buen gusto está presente en los palacios de ciertos nobles capitalinos, como el que se admira de lo que ve en la casa de la marquesa de Sarria: una decoración “galoclásica” y una biblioteca extraordinaria; también en las obras de los Sitios Reales, del Palacio Nuevo y algunos paseos de Madrid, cada vez más parecidos a una gran ciudad europea y a los palacios que imitan Versalles en todo el continente.

Es cierto que Feijoo siguió haciendo falta, pero incluso más allá del periodo fernandino. El erudito fraile –”nuestro padre que estás en Oviedo”, como le llamaba Isla– continuó publicando sus utilitarios ensayos, ahora en las Cartas eruditas, quizás la obra más emblemática del reinado de Fernando VI con la España Sagrada de Flórez, la Vida de Torres y El Gerundio.

La dedicatoria alborozada de las Cartas al rey, como las palabras que también le tributó Flórez, que nada menos soñaba con conseguir bajo su amparo “la Ilustración”, son prueba de que Fernando VI y sus ministros consiguieron el apoyo entusiasta de los intelectuales más prestigiosos del momento y la subordinación de su pluma a los “grandes proyectos” gubernamentales.

 

VI. Del Rey al Reino

Todo eso fue el reinado de Fernando VI: más que una antesala o una continuación, una verdadera irrupción de novedades de amplio futuro, entre ellas lo que llamaremos luego despotismo ilustrado, una intuición y un intento de traducción libre de lo que se contaba del gran Luis XIV, que en la época nadie desarrolló más lúcidamente que el marqués de la Ensenada, el “secretario de todo”, como le llamó el padre Isla, el hombre que decía querer dinero –”el fundamento de todo es el dinero”–, fuerzas de mar y tierra y no teologías: ni guerras de legistas, ni papeleos inútiles, ni consejos: ministros con el rey, la nueva fórmula política.

Fernando de Silva y Álvarez de Toledo, XII duque de Alba.

Por el país se extendió una confianza en el rey y el gobierno como hacía mucho tiempo no se conocía, lo que permitió que el despotismo se fuera abriendo paso sin estridencias, a la par que se olvidaban los apolillados sistemas polisinodiales y los grandes aceptaban continuar al lado del rey, sí, pero cada vez más lejos del gobierno: intocables en sus privilegios, pero abiertamente calumniados por inútiles y frívolos, por desertar de sus responsabilidades.

Nadie lo ejemplifica mejor que el duque de Alba, don Fernando de Silva, el abuelo de la goyesca Cayetana, el mayordomo real conspirador, pero vago, incapaz de aportar una idea, pero perfecto instrumento para recordar a los ministros plebeyos –tanto en 1754 como en 1766– que la aristocracia seguía estando al lado del rey, es decir, mandando (estuvieron en la sombra hasta el golpe de Estado de Aranjuez, en marzo de 1808, en que ya asomaron la cabeza).

Con todo, el país es pobre aunque las arcas reales estén llenas –el gran logro que exhibirá con orgullo el gobierno que espera a Carlos III–; la monarquía de Fernando VI ha conseguido al fin un saldo muy favorable en la Hacienda, pero los trabajadores españoles  deberán seguir esperando el “todo para el pueblo”, un tópico bastante desacertado, pues el pueblo seguía quedando lejos y a desmano.

El campo no progresa, “parece que las tierras están cansadas”, dice Sarmiento; la demanda está frenada todavía por problemas de infraestructura que no se resuelven en unos años de buen gobierno. Al sentir que los “obstáculos” son excesivamente pesados, se empieza a pedir que el gobierno sea el conductor de las reformas, lo que parece haber sido entendido por Fernando VI y sus ministros, pero los privilegiados no van a colaborar. La lucha está anunciada. El reinado de Fernando VI es, en eso sí, una antesala. Como todo el XVIII.


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Nací en 1953, en Murillo de Río Leza, un pueblo riojano amable y próspero, con buen vino y muy poca cultura. Gracias a una beca pude ir, en 1972, a la Universidad de Zaragoza, donde quedé fascinado por el saber de muchos profesores, pero sobre todo por Rafael Olaechea. Otra beca, la de investigación, me permitió hacer la tesis doctoral y, en 1981, tuve mi primer encargo docente en el Colegio Universitario de La Rioja. Creada la Universidad de La Rioja en 1992, asumí el compromiso total como director de departamento y miembro de la junta de gobierno, saqué mi cátedra y publiqué mis dos mejores libros: El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001; actualizado y ampliamente revisado en dos volúmenes para Punto de Vista en 2013). Pero no olvidé la historia local, el laboratorio, y escribí libros sobre el vino, la guerra civil o el franquismo, con otros doctorandos y profesores jóvenes. Mi predilección por la política en el XVIII me llevó a seguir escribiendo artículos y libros, digitalizados en www.gomezurdanez.com, la página creada en 2000 que recoge también mi relación constante con Polonia desde que, en 1997, conocí a mis amigos Cezary Taracha y Jan Ciechanowski, hoy catedrático en Lublin uno y ministro del gobierno, otro; grandes hispanistas.

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