La España del siglo XIX según Juan Granados

Por . 19 junio, 2013 en Reseñas
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España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX es la nueva obra de uno de los autores y asesores de esta revista, Juan Granados. Con ella, Punto de Vista Editores apuesta por la alta divulgación desde sus comienzos.

Aunque en la historiografía reciente parezca estar de moda la defensa de España como un país de evolución histórica “normal” dentro del ámbito europeo de las cosas, pareciendo querer presentarse la historia de un país que efectuó el tránsito desde las profundidades del Antiguo Régimen a la contemporaneidad sin mayores ambages y con una esperable sucesión de los acontecimientos, tal aserto parece difícil de sostener tan gratuitamente.

Por ejemplo, cuando alguien se toma el trabajo de releer el discurso liberal de las Cortes de Cádiz, descubre sin mucho esfuerzo que éste tiene más que ver con la tradición de campanario del Derecho hispano, lleno de religiosidad, fueros, excepciones y particularismos locales que con el igualitarismo legal y ciudadano de los revolucionarios franceses, hecho que explica, al menos en parte, el palmario fracaso del ideal nacional de España.

Y es que nuestro siglo XIX siempre ha rebosado de cuentas pendientes y cuestiones sin resolver. No tenemos más que recordar, por ejemplo, la debilidad del liberalismo decimonónico español, significativamente siempre en manos de militares −Espartero, Narváez, O’Donnell, Prim, Pavía, Serrano y tantos otros son ejemplo de lo que queremos decir−, también el predominio de una clase política de ínfima catadura moral que elevó la figura del cacique a sus máximas posibilidades.

Junto a ello pervivió el carlismo, movimiento en esencia ultramontano y antiliberal, extraordinariamente pertinaz en el tiempo, causante de nada menos que tres guerras y sus corolarios, paradójicamente apoyado por amplias capas campesinas como consecuencia de una injusta y apresurada desamortización.

Aquí no acaban las peculiaridades, podríamos subrayar además que en el tránsito al liberalismo España tuvo que enfrentarse con la dramática realidad de verse transportada casi de la noche al día de imperio colonial a nación de nimia importancia en la política europea, con un crecimiento industrial desigual, globalmente insuficiente y descompensado, con el florecimiento del nacionalismo más reivindicativo en las áreas precisamente más prósperas y desarrolladas económicamente (Cataluña y País Vasco). Nada de esto, en opinión del autor, resulta especialmente normal en el referente de Europa Occidental, como se pretende mostrar al lector a lo largo de la obra.

 

España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX

Juan Granados

Punto de Vista Editores, 2013

 

A continuación te reproducimos su último epígrafe.

 

 

Algunas conclusiones a vuelapluma

Recuerdo vivamente que hace no muchos años contemplé en la ciudad de Salamanca la exposición Erasmo en España que se mostraba al público en el célebre Patio de las Escuelas Menores de la Universidad, testigo de tantas polémicas doctrinales en nuestro primer Renacimiento. Recordé entonces que pese al enorme influjo que Erasmo de Rotterdam ejerció sobre los dueños del poder temporal y espiritual en la Monarquía Hispánica de aquel tiempo, tal fue el caso del cardenal Cisneros, el obispo de Compostela Alonso Fonseca o el propio emperador Carlos, defensor a ultranza como se sabe de la “universitas cristiana”, o a los ríos de tinta que el gran Marcel Bataillon vertió sobre las relaciones de Erasmo con España, éste nunca pisó nuestro país.

Más aún, cuando en 1517 fue emplazado por el propio Cisneros a visitarle, Erasmo respondió con un escueto y enigmático “Non placet Hispania”, sin ofrecer nunca mejor razón de su negativa. Una negación especialmente incomprensible viniendo de un humanista de natural peregrino cuya vida transcurrió en permanente viaje por toda Europa: Utrecht, Deventer, Bois-le-Duc, Steyn, Cambrai, todos los Países Bajos en realidad, París, Orleans, Londres, Basilea y Friburgo, Roma y Venecia, de nuevo Basilea para morir… Alguien que además siempre defendió el carácter universal de su propio pensamiento, no en vano dejó dicho en una ocasión: “más que de una ciudad, prefiero sentirme ciudadano del mundo entero”. En fin, la respuesta a semejante negativa nadie la supo dar. Las claves se presienten como variadas, desde el clima cálido o los malos caminos, hasta el miedo y la prevención que la Santa Inquisición podía causar en alguien que se atrevía a proclamar con sorna: “Sancte Sócrates, ora pro novis” en un esfuerzo sincero y valiente por reconciliar religión y humanismo.

La cuestión no es baladí, y solicita reflexión. Erasmo no era especialmente miedoso ni tampoco pusilánime, su dialéctica poderosa hizo callar a los papas y se mantuvo siempre a la altura de los jóvenes evangélicos, Martín Lutero incluido. Sin embargo, no quiso venir a España. Puestos a buscar explicaciones, se puede pensar que esta era por entonces una monarquía dominada en lo subterráneo por fuerzas aún oscuras y particularmente peligrosas para la salud de un filósofo.

Algo se debía oler el de Rotterdam sobre cómo nos las gastamos por aquí y eso que aún no había llegado la época de la “leyenda negra”, que fue cosa como se sabe del tiempo del rey Felipe, consecuencia tal vez de sus andanzas por territorio de Flandes o del encono personal de su díscolo secretario Antonio Pérez, o más probablemente de todo a la vez. Desde luego dominaba ya en España, si no domina todavía hoy, una dialéctica del enfrentamiento difícil de tolerar para alguien cuyo valor supremo era la paz, como le escribió al joven Carlos I en su Educación del príncipe cristiano datada en 1516: “No puede verse como justa ninguna guerra, grata sólo para los que no la tienen que sufrir”. Desde entonces a esta parte parece que la opinión y la discrepancia ideológica siguen teniendo mal acomodo en el suelo patrio y pueden acarrear serios inconvenientes a quienes defienden, sobre todo en según qué lugares, la libertad de pensamiento.

Así, aunque en la historiografía reciente parezca estar de moda la defensa de España como un país de evolución histórica “normal” dentro del ámbito europeo de las cosas −en este sentido no hay más que leer, por ejemplo, la exitosa obra de Juan Pablo Fusi y Jordi Palafox España: 1808-1996. El desafío de la modernidad para comprender hasta qué punto se quiere presentar un país que efectuó el tránsito desde las profundidades del Antiguo Régimen a la contemporaneidad sin mayores ambages y con una esperable sucesión de los acontecimientos−, en nuestra opinión tal aserto parece difícil de sostener tan gratuitamente. Por ejemplo, cuando uno se toma el trabajo de releer el discurso liberal de las Cortes de Cádiz, descubre sin mucho esfuerzo que éste tiene más que ver con la tradición de campanario del Derecho hispano, lleno de religiosidad, fueros, excepciones y particularismos locales que con el igualitarismo legal y ciudadano de los revolucionarios franceses, hecho que explica, al menos en parte, el palmario fracaso del ideal nacional de España.

Y es que nuestro país siempre ha rebosado de cuentas pendientes y cuestiones sin resolver. No tenemos más que recordar, por ejemplo, la debilidad del liberalismo decimonónico español, significativamente siempre en manos de militares −Espartero, Narváez, O’Donnell, Prim, Pavía, Serrano y tantos otros son ejemplo de lo que queremos decir−, también el predominio de una clase política de ínfima catadura moral que elevó la figura del cacique a sus máximas posibilidades. Junto a ello pervivió el carlismo, movimiento en esencia ultramontano y antiliberal, extraordinariamente pertinaz en el tiempo, causante de nada menos que tres guerras y sus corolarios, paradójicamente apoyado por amplias capas campesinas como consecuencia de una injusta y apresurada desamortización.

Aquí no acaban las peculiaridades, podríamos subrayar además que en el tránsito al liberalismo España tuvo que enfrentarse con la dramática realidad de verse transportada casi de la noche al día de imperio colonial a nación de nimia importancia en la política europea, con un crecimiento industrial desigual, globalmente insuficiente y descompensado, con el florecimiento del nacionalismo más reivindicativo en las áreas precisamente más prósperas y desarrolladas económicamente (Cataluña y País Vasco).

Nada de esto resulta especialmente normal en el referente de Europa Occidental y revela por sí mismo la miseria teórica en que nos toca vivir. Cerrazón intelectual hay desde luego en todas partes, no cabe duda sobre esto, pero tampoco se puede negar que en nuestro solar patrio la cosa, leyenda negra aparte y si se mira con la necesaria perspectiva, resulta ya preocupante y hasta molesta. En fin, que a menudo le dan a uno ganas sobradas de proclamar con Erasmo aquello de “Non placet Hispania”, o al menos suscribir, como suscribimos, el aserto con el que finalizó Woody Allen uno de sus célebres monólogos: “En suma, me gustaría tener algún tipo de mensaje positivo que dejarles. Pero no lo tengo. ¿Aceptarían dos mensajes negativos?”


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  1. gravatar Juan Granados Responder
    enero 7th, 2014

    Estimado amigo; desconozco a qué historiografía actual se refiere, en todo caso, no se debe tomar la parte por el todo. Le invito a leer el libro y luego si le parece lo discutimos. En todo caso, la tozuda realidad actual parece confirmar que en España, fuera de la sociedad civil, queda muy poco en lo que creer.

    Un saludo cordial

  2. gravatar Sergio Responder
    enero 5th, 2014

    Se abona usted a esa “Leyenda negra”, que precisamente la historiografía actual está desmontando. Ni fuimos los mejores, ni fuimos los peores. Su análisis es descontextualizado en términos espaciales más allá de cuatro anécdotas interesadas. Deje de compararse con Francia, que no es modelo arquitípico sino prototípico y dígame dónde se dio una constitución como la Pepa (?) Tiene una concepción demasiado limitada de la realidad, marcada por el presentismo, debería analizar desde el siglo XIX, y no mirando desde la actualidad hacia atrás. Los militares copaban la política? Cierto. Supongo que Napoleón, Boulanger, Welligton, Von Bismarck y un sinfín de nombres que se le puedan ocurrir eran civiles… Lo dicho, derrumbe las paredes de su mente y ábrala y se dará cuenta que España no fue peor. Necesitaría cien páginas quizá para rebatirle con ejemplos sólidos su tesis general, pero básicamente es un problema de miras, hasta que no analice España en consonancia con la realidad media(y no lo que deslumbre en cada momento)europea no entenderá que está colaborando en esa Leyenda Negra de la que dice querer desmarcarse.

    Sergio

  3. gravatar Aitor Pérez Blázquez Responder
    junio 20th, 2013

    Querido amigo:

    Enhorabuena por tu penúltimo libro, que seguro sera un referente para conocer el XIX español.

    Un fuerte abrazo.

    Aitor.