De siete en siete (más números en la Historia)

Por . 10 julio, 2013 en Discusión histórica
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En un par de artículos anteriores se habló del número tres en forma de triunviratos y troikas. Pero si el tres era popular, el siete es de capital importancia. El siete es un número muy significativo en el pensamiento y en la sociabilidad de la humanidad. Es un número sagrado, místico, perfecto, es “el número” por excelencia para muchas religiones, incluida la cristiana.

El siete está presente en nuestra cultura popular en muchos aspectos: los siete días de la semana, que se relacionaron en la antigüedad con los siete planetas conocidos; las siete vidas de un gato (en algunos países son nueve, no obstante); los siete pecados capitales y las siete virtudes; siete son los años de mala suerte por romper un espejo; siete son Las Pléyades (llamadas “las siete hermanas”); Y siete son también las estrellas de la bandera de la Comunidad de Madrid, en referencia a las que forman la constelación de la Osa Mayor, algo que ya relacionara en 1923 Pedro de Répide, cronista madrileño, con su obra “La villa de las Siete Estrellas”.

Ilustración de Frederick Richardson (1862-1937).

Y por supuesto, el siete cuenta con una importante presencia en los cuentos infantiles: Blancanieves y los siete enanitos, Los siete cabritillos y el lobo; El Matasiete (ya sea sastre, zapatero o muchacho); o Un padre y siete hijas, con siete sacos…, que es una progresión geométrica en razón de 7 muy conocida por el Liber Abaci (1202), pero que ya estaba presente en el papiro egipcio de Ahmes del siglo XVI a.C.

La Historia también ha conocido agrupaciones nombradas por su composición de siete miembros. Las más recientes son el G-7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido), el grupo de países más industrializados y con más peso e influencia en el mundo, entre 1977 y 1998 (después, con la participación de Rusia, se convirtió en el G-8); y la Unión Europea, que cuenta con siete altas instituciones: Parlamento Europeo, Consejo de la Unión Europea y Comisión Europea (toma de decisiones); Consejo Europeo (o Consejo, órgano director de la unión, sin potestad legislativa); Tribunal de Justicia de la UE, Tribunal de Cuentas y el Banco Central Europeo (instituciones no políticas).

Pero hay otros muchos más ejemplos, y este artículo quiere mostrar algunos de ellos. Para empezar a descubrirlos hay de volver la vista hacía los mismísimos orígenes de la humanidad.

 

Las siete hijas de Eva

El genetista y profesor del Instituto de Medicina Molecular de Oxford, Bryan Sykes, las llamó Tara, Helena, Katrine, Xenia, Jasmine, Velda y Úrsula, y no se trata de siete tornados o destructivas tormentas tropicales en femenino, sino que son, nada más y nada menos, que las mujeres de las cuales desciende toda la población europea.

En realidad, serían las “nietas” de Eva, como explica Sykes en su libro Las siete hijas de Eva (2001, Oxford). Se trataría de siete linajes que proceden de uno de los tres clanes genéticos que partieron de África (el clan de Lara), de los 13 que proceden de ese continente. Y esos son solo una parte de los 33 “clanes” o linajes, únicos en todo el mundo, descendientes de una sola Eva (esta sí, la primera) mitocondrial común.

Venus de Willendorf (de entre hace 20.000 y 22.000 años) hallada en Austria en 1908.

Su trabajo revolucionó el panorama científico internacional al trabajar con el ADN mitocondrial, que es exclusivamente femenino (solo se transmite por línea materna) y cuyas alteraciones se sabe que se producen cada 10.000 años.

Este estudio desveló que Europa cuenta con una genética más homogénea de lo que se podría pensar. De los siete “clanes” o herencias femeninas directas, la más antigua vivió hace unos 45.000 años (Úrsula, ‘osa’ en latín, grupo genético “U”, y así sucesivamente con todos los demás nombres) en la actual Grecia, desde donde se diseminaron por toda Europa. Ya ven. No sólo de allí vinieron la filosofía y la democracia, sino que también fue griega la primera mujer que pobló Europa.

No es hasta veinte mil años después, aún sin entrar en la edad glacial, cuando nace en el Cáucaso la segunda Eva mitocondrial, Xenia. Esta rama, con el tiempo, se decidió a emigrar más allá del estrecho de Bering y hoy el 1% de la población americana actual desciende de ella.

Helena (otro nombre con reminiscencias griegas que significa ‘luz’) vivió cinco mil años más tarde en las altiplanicies francesas, al sur de los hielos que cubrían buena parte de Europa. Es el linaje más exitoso de todos, ya que el 47% de los europeos forman parte de él.

Entre un 5 y un 6% de la población de Europa desciende de cada una de las Evas siguientes: Tara vivió en el norte de Italia hace unos 17.000 años, pero acabó cruzando el continente e instalándose en Irlanda; de la misma época es Velda, que “vivió en el norte de España, en las montañas de Cantabria” y pintó en las cuevas de Altamira; y hacia el final del último periodo glacial (hace 15.000 años), en las llanuras alpinas de Italia, vivía Katrine, de la estirpe que acabaría domesticando a algunos lobos hasta que derivaron (hace unos 8.000 años) en el perro doméstico. Se extendió por el norte de Italia y hasta más allá de los Alpes, donde uno de sus descendientes, muchos miles de años después (en la Edad del Hierro), se conservaría congelado en el valle de Otzal.

Jasmine ya vivía en una aldea tras el final del periodo glaciar, en Mesopotamia, cerca del Éufrates, en el Neolítico (hace unos 10.000 años). Son los descendientes de este linaje, al que pertenece menos de una quinta parte de la población europea moderna (un 17%), los que viajaron por toda Europa enseñando sus conocimientos sobre agricultura y ganadería. Sin embargo, el estudio mitocondrial permitió a Sykes realizar una afirmación sorprendente: la mayoría de la población europea procede de ancestros más antiguos (paleolíticos) y no como se creía hasta ese momento, producto de una expansión neolítica posterior (es un tipo muy raro de encontrar en el País Vasco por ejemplo).

Gracias a nuestras células de ADN, sabemos que todos descendemos de un grupo de homos en el que solo había 33 mujeres que lograron reproducirse con éxito y derivar en siete Evas en Europa. La moraleja según Bryan Sykes es que “el pasado está dentro de cada uno de nosotros.

 

Siete príncipes electores

Los príncipes electores. Bildatlas der Deutschen Geschichte (1895), Paul Knötel.

El 25 de diciembre del año 800 la coronación de Carlomagno, rey de los francos, como Augustus Imperator (en clara alusión a la continuación del Imperio romano) por el papa León III, marcó un hito en la historia de Europa y del mundo conocido. Como defensor del Papado, extendió sus dominios desde la Marca Hispánica hasta el limes del Danubio, ocupando prácticamente todos los territorios que fueran de Roma en el continente, incluyendo la mitad de la península Itálica.

El carácter patrimonial de los reinos de la época y los enfrentamientos militares posteriores entre los descendientes de Carlomagno, conformaron una división de Europa que perduraría en el tiempo: el lado occidental (que heredó Carlos el Calvo) ocupó lo que aproximadamente sería después Francia; y el lado oriental (de Luis el Germánico, que se anexionó la Lotaringia en el 870), mantuvo los territorios de Germania, de donde siglos más tarde surgiría Alemania. Su enemistad también trascendería el tiempo histórico.

Antes de esa coronación imperial, los grupos germánicos que desde el siglo III fueron ocupando paulatinamente el territorio romano (a decir de Tácito, “Ingevones, los que habitan cerca del Océano, y Herminones los que viven la tierra adentro, y los demás Istevones… así los Marsos, Gambrivios, Suevos, Vándalos… se llamaban entonces Tungros, y ahora se llaman Germanos”), se gobernaban por una suerte de monarquía electiva resultante de las victorias guerreras: “Eligen sus reyes por la nobleza, pero sus capitanes por el valor. El poder de los reyes no es absoluto ni perpetuo” (Tácito).

El Sacro Imperio Romano Germánico lo fue desde Otón I el Grande, quien le otorgó unidad territorial al anexionar al reino germánico (coronado en Aquisgrán), el reino de Italia (coronado en Pavía) tras derrotar a los lombardos de Berengario en el 951. Expulsados de Italia una década más tarde, Otón I fue investido como emperador en Roma por el papa Juan XII (en el 962), al tiempo que el Diploma Ottonianum confirmaba a los germanos Otónidas como herederos del Imperio franco-carolingio: defensores de la Iglesia y del Papa, quien no podía ser nombrado sin el consenso del emperador. En compensación, solo la coronación en Roma otorgaba la dignidad imperial.

La monarquía hereditaria (que se fue imponiendo en el reino franco-occidental al tiempo que caminaba hacia la construcción de un Estado moderno) nunca se asentó del todo en el Imperio, aunque el trono si se fue asociando paulatinamente a un sucesor con el fin de perpetuar la corona imperial dentro de una dinastía: Carolingios, sajones, otónidas, salios, Hohenstaufen, Luxemburgo y Habsburgo.

A Otón I le asoció su padre (Enrique I) al trono en el 930, y él hizo lo propio con su hijo, el futuro Otón II, en el 961. Pero desde la conquista de Borgoña y su anexión al imperio (en el 1033) el emperador designaba ya un heredero en vida al que nombraba rey de romanos. Así, tras su muerte, existía un sucesor de su dinastía aspirante al trono imperial. Solo en el caso de interregno intervenían, al fin, los príncipes electores.

 

“Los príncipes resuelven las cosas de menor importancia, y las de mayor se tratan en junta general de todos; pero de manera que, aun aquellas de que toca al pueblo el conocimiento, las traten y consideren primero los príncipes.”

De las costumbres, sitios y pueblos de la Germania, Tácito (aprox. 98 d.C.)

 

Después de solventado el conflicto que enfrentó a Imperio y Papado en la llamada Querella de las Investiduras (1073-1122), vino el Gran Interregno de 1250 a 1273 (entre Federico II y Rodolfo I), periodo en el que los príncipes electores tuvieron mucho trabajo.

Por ejemplo, en 1257, sus designios afectaron a un rey castellano, Alfonso X el Sabio. Al ser hijo de Beatriz de Suabia y por lo tanto miembro de la familia Hohenstaufen, fue postulado como candidato a emperador en 1256 a la muerte de Guillermo de Holanda (1247-1256) que nunca llegó a ser coronado. El nuevo papa Alejandro IV (desde 1254) se mostró favorable a esta propuesta.

Alfonso X realizó una importante campaña diplomática (envió a Alemania como plenipotenciario a García Pérez, arcediano de Marruecos) y económica (pidió dineros en las Cortes de Segovia y posiblemente empréstitos a almojarifes judíos o banqueros italianos) con el fin de recabar apoyos para su nombramiento. Se sabe, por ejemplo, que el soberano concedió 10.000 libras a Federico II de Lorena (otros favorecidos pudieron ser el obispo Enrique de Spira, el duque Enrique de Brabante, Hugo de Borgoña o el conde Guido de Flandes a quien se le concedieron por diploma 500 marcos anuales), y que pudo enviar a Alemania “abundantes maravedises, a fin de ablandar las conciencias de los electores” (como recogiera en 1918 Antonio Ballesteros), llegando a ofrecer hasta veinte mil marcos por cada voto.

Solo tres de los príncipes electores votaron por Ricardo de Cornualles, el otro candidato: los arzobispos de Colonia y Maguncia y el conde palatino del Rhin (al tiempo que el Papa trocó su preferencia por la causa de Ricardo); frente a los cuatro que lo hicieron por Alfonso: el elector de Brandenburgo; Alberto, duque de Sajonia; Arnaldo de Isenburg, arzobispo de Tréveris; y Ottakar de Bohemia (quien en principio apoyaba a Ricardo).

Aunque Alfonso X fue declarado rey de romanos por Arnaldo de Tréveris (el 1 de abril de 1257), el inglés se había adelantado (se hizo nombrar igualmente rey de romanos en Frankfurt en enero, a las puertas de la ciudad) y fue proclamado emperador en Aquisgrán el 17 de mayo de 1257. Mientras, Alfonso X aún seguía recabando el consentimiento de las Cortes castellanas para culminar tamaña empresa.

La Declaración de Rhens (1338, en la Dieta de Frankfurt) primero, y la Bula de Oro (1356, en la Dieta de Nuremberg) después, fijaron definitivamente las normas electorales para no volver a incurrir en problemas de ese calibre: quien fuera elegido rey por mayoría de los príncipes electores germanos, podía ejercer directamente su soberanía sin necesidad de la coronación papal. Además, la Bula fijaba la ciudad de Frankfurt como sede de la elección y confirmaba a los siete príncipes electores (Kurfürsten), encargados de la misma: los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia; el rey de Bohemia; el conde palatino del Rhin; el duque de Sajonia; y el margrave de Brandeburgo.

Esta composición se modificó muy poco mientras existió el Sacro Imperio: Entre 1621, cuando se incorpora el duque de Baviera, y 1777 cuando el elector palatino hereda este territorio, hubo ocho; el duque de Brunswick-Luneburgo (elector de Hanover) ingresó en 1692, aumentando a nueve; con Napoleón Bonaparte el número se incrementó a diez pero no ejercieron como electores ya que no hubo necesidad de votación alguna hasta la abolición definitiva del Sacro Imperio (en 1806 con Francisco II Habsburgo-Lorena).

Coronación de Carlos V en Bolonia, de Juan de la Corte (c. 1585-1662), pintor barroco flamenco, natural de Amberes.

Carlos V había sido siglos antes el último emperador a quien coronara un papa: Clemente VII (enemigo de Carlos desde Pavía y el saco de Roma), el 24 de febrero de 1530, en Bolonia. Los siete electores que intervinieron en su designación (que se produjo en 1519, frente a su rival el rey francés Francisco I) fueron: Alberto, arzobispo de Maguncia; Hertnao, arzobispo de Colonia; Ricardo, arzobispo de Tréveris; Federico, duque de Sajonia; Luis, rey de Bohemia y Hungría; Joaquín marques de Brandeburgo; y Luis, conde palatino en el Rhin.

 

Llamados estos príncipes por el arzobispo de Maguncia, a quien toca hacer este llamamiento, se juntaron en la ciudad de Fráncfort; y el arzobispo de Maguncia, con largas y elegantes oraciones persuadía a los electores se hiciese la elección en el rey de España. El arzobispo de Tréveris hacía la parte del rey de Francia”.

Historia del Emperador Carlos V, Rey de España (tomo I pag. 401), Prudencio de Sandoval, obispo de Pamplona (1846-1847)

 

Carlos V también tuvo que pedir dinero en las Cortes castellanas: Doscientos quentos de maravedís en cuatro años, obtuvo en Valladolid (1518); y 600.000 ducados en las de Santiago (1520). No siendo suficiente para trocar voluntades, al igual que Alfonso X, hubo de requerir préstamos extranjeros, esta vez de banqueros alemanes, a quienes solicitó “la entonces fabulosa suma de 850.000 florines para asegurarse la elección” (José Luís Comellas, 1993).

El Imperio quedó disuelto en 1806 y los Estados Imperiales dejaron de existir. En 1803, merced a las disposiciones de la Reichsdeputationshauptschluss (Conclusión Principal de la Delegación Imperial Extraordinaria) firmadas en la Dieta Imperial de Radstadt (de 25 de febrero), una comisión (Reichsdeputation) de ocho miembros nombrados por la Dieta, con poderes y firma, sancionaban la secularización y mediatización en el mejor de los casos, o la cesión de los territorios (los situados al oeste del Rin) a la Francia de Napoleón, vencedora de la Guerra de la Primera Coalición (1792-1797), en virtud del Tratado de Campo-Formio del 17 de octubre de 1797 y la Paz de Lunéville (9 de febrero y 7 de marzo) de 1801.

Con ello desaparecían también los electores. Por ejemplo, Frederick Charles Joseph von Erthal, el último elector de Maguncia, murió durante las negociaciones previas de la Dieta, en 1802. Mejor suerte tuvo el último elector de Tréveris, Clemens Wenceslaus Wetting de Sajonia, que aunque perdió su estatus (su territorio se secularizó y entregó a Francia), pudo retirarse a Augsburgo con una pensión de 10.000 florines.

 

Los Siete Niños de Écija

Después de hablar de siete Evas y de siete príncipes, ahora toca el turno de siete niños. Pero no de unos niños cualquiera, sino de los bandidos más famosos de la España decimonónica, los Siete Niños de Écija: “Si no se conociera por multitud de pruebas la existencia real de aquellos célebres bandidos, se les creería personajes inventados de una leyenda popular” (Manuel Fernández y González, 1863).

Al parecer sus andanzas se conocen desde 1812 (llamados entonces “los ladrones ecijanos”) aunque el folklore popular les asocia a 1808, el mismísimo primer año de la “francesada”, sin duda para imbuirles de la connotación de “héroes” contra el invasor.

Pero tras la marcha del ejército francés, los bandoleros siguieron bajando de la sierra para asaltar carruajes, robar en los cortijos y cometer todo tipo de fechorías por los caminos y las villas de Écija, Osuna, Carmona, Fuentes de Andalucía, Lora, Marchena, Córdoba, Sevilla… sin que las fuerzas de la justicia, “que no bajaban de mil y quinientos hombres entre infantería y caballería” (Garay y Conde, 1851) pudieran darles caza, pues se refugiaban en las montañas de Sierra Morena, donde se conocían todos los pasos y escondites.

 

“[…] Y estos siete hombres recorrían aquellos campos con la mayor tranquilidad, nunca se ocultaban, desaparecían hoy de un sitio para mostrarse a la mañana siguiente en otro muy distante de donde estuvieron el día anterior, y para ellos no había migueletes ni soldados de línea, ni escuadrones de caballería…”

Los Siete Niños de Écija, Manuel Fernández y González (1863)

“Bandoleros”, grabado de Gustave Doré.

Aún en 1825 se creaban “escuadras de campo” para luchar contra el bandolerismo serrano, “partidas de facinerosos, oprobio de la civilización” (Ramón Freire, 2004), que seguían existiendo en la zona.

Los Siete Niños de Écija en realidad siempre fueron varios y casi nunca los mismos. Había, eso sí, un número muy cercano a siete en las partidas de asaltantes, pero posiblemente superaran (o no alcanzaran) ese número en ocasiones.

Se conocen en estos primeros años los nombres de la cuadrilla de Padilla: Antonio Padilla (su primer jefe, muerto a principios de 1815, posiblemente el conocido como Juan Palomo), Antonio Carillena, Rafael Malecho, Juan Romero Peña, Francisco Muños, Felipe Romero Molero, José Piña, Juan Alaya, Diego García Martín (El Hornerillo), y los conocidos como El Mesa, El Pintado y Carmona (o Carmonilla). Casi todos ellos de Écija o de los alrededores, fueron apresados (algunos enviados a penales de África) o muertos antes de 1816.

No obstante, las crónicas mencionan a siete míticos bandoleros al menos desde 1815 (según un documento procesal del Archivo Municipal de Osuna): Pablo Aroca Ojitos, sustituto de Padilla, “atractivo, sibilino, indómito y temerario”; Juan Antonio Gutiérrez El Cojo; Diego Meléndez; Francisco Narejo El Becerra; José Martínez El Portugués; Antonio de Cegama (o de la Grama) El Fraile; y Salvador de la Fuente, Minos. También se tienen noticias de que José Ulloa Tragabuches, cantaor, torero y contrabandista, perteneció a la banda en algún momento. Todos ellos “bravos por naturaleza, feroces por educación y desalmados por instinto” (Ramón Freire).

Finalmente, fueron apresados gracias a las recompensas que ofrecía la autoridad (hasta 11.000 reales de vellón se pagaron), y así tras ser condenados por “salteadores de caminos, incendiarios, asesinos, forzadores de vírgenes y mujeres honradas y otros delitos”, fueron ahorcados (o sufrieron garrote) entre 1817 y 1818; y “sus restos fueron descuartizados y repartidos por caminos, para que sirvieran como ejemplo” (Rafael Cerrato). Del único del que no se supo fue del Tragabuches, quien al parecer pudo huir, probablemente por su harto conocida ruta del contrabando de Gibraltar.

Hasta aquí la crónica de la España negra, de afrancesados y señoritos de cortijo, de mozos galanes y gitanas de tronío, que escribieron algunas de las páginas más folkloristas de nuestra historia. Hasta Prosper Mérimée (el escritor e historiador francés famoso en la segunda mitad del XIX) encontró en esta España el argumento perfecto para su Carmen.

Pero ¿fue solo folclore? El historiador Eric Hobsbawm vio en el bandolerismo mucho más que eso. Para él era una forma de respuesta social particular, de resistencia grupal de una determinada clase frente a un sistema (en este caso tanto al foráneo francés como al caciquil propio) que ni se preocupaba por ellos ni les representaba.

Pero no se trata de una respuesta revolucionaria, dice Hobsbawm, sino de una forma rápida y efectiva de mantener un orden considerado tradicional que protege al bandolero en una suerte de retroalimentación con el pueblo que le teme y le ensalza al mismo tiempo: “Los niños de Écija eran admirados, adorados por todos los habitantes de la tierra baja… su sangre era de la patria, y regaban continuamente el suelo con sangre enemiga… Necesario es confesar que estos buenos mozos se permitían excesos de todo género… Siete hombres solos tenían aterrada la baja Andalucía” (Manuel Fernández y González).


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Soy una vallisoletana de la generación del 63 y de vocaciones tardías. Mi nombre es Pilar López Almena, pero adopté un nombre “mediático” que ahora me identifica en la red como Alma Leonor López. Me diplomé en Educación Social y ejercí como voluntaria en una ONG impartiendo charlas en colegios y asociaciones y organizando cursos sobre Educación para el Desarrollo en el Centro de Profesores y Recursos de Valladolid. No tengo nada publicado. Para no mentir del todo, un querido amigo de la Universidad de Puerto Rico tuvo a bien publicar en la revista de su Departamento un artículo mío sobre la victoria de Obama. Pero eso es todo. Y tampoco tengo nada escrito. Para no faltar de nuevo a la verdad, sólo lo que publico de vez en cuando en mi blog HELICON, un lugar de ilusión donde todo tiene cabida, y en Pa Lo Que Hemos Quedao, un proyecto divulgativo y de compromiso social de la red.

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  1. gravatar KRISTINA, PRINCESA DE NORUEGA E INFANTA DE CASTILLA | HELICON Responder
    noviembre 5th, 2015

    […] (era hijo de Beatriz de Suabia), había empezado una férrea campaña publicitaria gastando “abundantes maravedises, a fin de ablandar la conciencia de los electores” , y entablando conversaciones para emparentarse con otras realezas europeas a fin de recabar sus […]

  2. gravatar Alejandro Responder
    agosto 6th, 2013

    Hola, las siete maravillas del mundo antiguo, las siete maravillas de la edad media, las siete maravillas modernas y las siete maravillas naturales del mundo. Un abrazo