El Empecinado. Epopeya de un guerrillero liberal

Por . 3 julio, 2013 en Edad Moderna
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Una mañana de 1793 llegaron dos emisarios reales a Castrillo de Duero, un villorrio acostado entre el Duratón y el Duero que fue fortín romano en la bronca frontera lusitana y atalaya cristiana contra las huestes musulmanas.

Pedían voluntarios para la guerra que la monarquía española había declarado a la república francesa. El valido Godoy quería demostrar así su lealtad a Su Majestad Católica Carlos IV, muy ofendido porque los jacobinos habían guillotinado a su primo Luis XVI.

Un joven labriego de 18 años, llamado Juan Martín Díez, se alistó. El recluta conoció la vida esforzada de la infantería y lo cierto es que no le gustó demasiado. Sólo cuando fue nombrado ordenanza del general Ricardos, pudo respirar el aire del Alto Mando y demostrar, de paso, que era un excelente jinete.

Juan era un hombre de cuerpo hercúleo y mirada ceñuda, parco de palabras, obstinado. De aquella guerra fallida aprendió que los grandes ejércitos tienen muchos puntos débiles cuando están en campaña, flancos desguarnecidos por donde pueden perder su efectividad. Cuando los españoles se retiraron del Rosellón pidió permiso a su general para formar una partida y combatir a los franceses que habían cruzado la frontera catalana.

Allí, en el Ampurdán, el joven castellano puso en práctica la táctica de la guerrilla con excelentes resultados y en poco tiempo fue conocido por sus acciones espectaculares. Le llamaban Empecinado, porque así se conocía a los de su pueblo, pero a partir de él la palabra entró en el idioma castellano con derecho propio, para designar a quienes demuestran un tesón admirable, más allá de lo razonable.

 

El caudillo guerrillero

Pasada la guerra del Rosellón, el chico volvió a la comarca de Peñafiel, donde se casó y se dedicó a la labranza. Cuenta la leyenda que fue por defender el honor de una amante con la que andaba enamoriscado lo que le hizo echarse al monte, un mes antes del 2 de mayo de 1808. Le siguieron sus hermanos, sus primos y poco después cientos de voluntarios llegados de las comarcas de Cuéllar, Aranda y Peñafiel.

Consumados jinetes, excelentes tiradores, atacaban los convoyes de avituallamiento, interceptaban correos y desbarataban la retaguardia de los imperiales.

España, por primera vez en muchos siglos, estaba sola frente a su destino. Aparcados los rencores regionales y las rivalidades políticas, los españoles se alzaron en masa contra la tiranía napoleónica para recuperar su dignidad y levantar la libertad de la patria sobre bases más justas. Pero tras la inicial victoria de Bailén, todo se diluyó en la antigua apatía. En otoño de 1808 Napoleón decidía intervenir personalmente en la Península.

Volvieron las pugnas locales. Cada provincia hacía la guerra por su cuenta, amurallada en sus límites y llegando al borde del heroísmo como ocurrió en Zaragoza, Gerona y otros lugares. La nación que humilló las águilas napoleónicas por primera vez en Europa, la patria que se levantó en armas siguiendo el bando del alcalde Móstoles, desde La Coruña a Cádiz y de Barcelona a Cáceres, se entregó, resignada y abatida. Ya nada parecía posible. Los muertos pesaban a la espalda. Los franceses saqueaban y fusilaban en una orgía de destrucción que superaba las campañas de Italia o Prusia.

El 4 de noviembre, Napoleón Bonaparte cruzaba los Pirineos. El diez, ocurrió la desastrosa batalla de Gamonal. Al día siguiente, el general Blake era derrotado en Espinosa y el 23 el mismísimo Castaños, vencedor de Bailén, era batido en Tudela.

Los ejércitos españoles quedaron diezmados, su despliegue destruido y la moral destrozada. Napoleón franqueó Somosierra a finales de mes y acampó en Chamartín, exigiendo que los madrileños le rindieran pleitesía.

El Empecinado por Goya, 1809

Cuando abandonó la Península, Napoleón pensaba que España estaba dominada y pacificada, pero nuevamente se equivocó. Era la hora de las guerrillas. Mina en Navarra, Merino en Burgos, El Charro en Salamanca, Chaleco, el Médico, el Abuelo y tantos otros, no daban respiro a los imperiales. Entre todos sobresalía El Empecinado, un nombre a cuya mención temblaban los mariscales del imperio.

Hugo, el general napoleónico padre del poeta Victor Hugo, persiguió al guerrillero por la zona de Guadalajara sin lograr nunca darle alcance. Tanta admiración le inspiraban su valor y genio militar que le escribió varias cartas tratándole de ganar para la causa afrancesada. El Empecinado contestaba cortés y burlón, invitándole a su bando.

En 1810, el guerrillero fue nombrado brigadier. Mandaba una tropa de varios miles de hombres que daban cuenta al Estado Mayor, aunque actuando a menudo por su cuenta. Por entonces, la mayoría de sus acciones se concentraban en Guadalajara, pues estaba al servicio de su junta local.

Estableció su cuartel general en Sigüenza y desde la imponente fortaleza medieval de aquella hermosa ciudad, dirigía sus ataques. En Alcalá de Henares hizo una heroica defensa de la ciudad que le valió la Laureada de San Fernando, el nombramiento de hijo predilecto y la erección de un monumento por suscripción popular.

Su fama había atravesado ya las fronteras españolas. En Londres, las damas llevaban prendidas en la pechera insignias con su efigie. Hasta el rey Jorge le envió una espada como prueba de su admiración.

La resistencia fue dando sus frutos. A los primeros reveses de los franceses en Europa se sucedió una cadena de derrotas en España durante 1813 y 1814. El Empecinado conquistaba poblaciones sin descanso, algunas hasta tres y cuatro veces. En Madrid, llegó a presentarse en El Pardo con un grupo de 50 jinetes y desafió al rey José invitándole a merendar. Otra vez, interceptó un correo con la hija del mariscal Moncey, que se quedó un mes con él.

Nadie se explicaba su impresionante capacidad de maniobra. Una mañana desalojaba la guarnición de La Granja, al día siguiente estaba en Ávila y dos días después atacaba Ciudad Rodrigo. Cuando al final de la guerra de la Independencia entró en Madrid, fue aclamado como el gran héroe libertador, por encima incluso de Wellington.

 

Liberal convencido

Con la paz llegó Fernando VII y quienes se quedaron con él en su dorado exilio. Las promesas de justicia e igualdad se frustraron y la esperanza que despertó la Constitución del 12 quedó ahogada por la perfidia de aquel monarca felón que sólo buscaba la tiranía del poder absoluto. Los liberales fueron perseguidos y la Inquisición, aquel tribunal de siniestro recuerdo, volvió a campar por las sufridas tierras de España.

Muchos de los antiguos jefes guerrilleros se pasaron al bando absolutista, el cura Merino entre ellos. Como El Empecinado seguía en sus trece, fiel a la Constitución, el rey trató de sobornarle mediante la concesión del condado de Burgos y una suma de un millón de reales. El antiguo guerrillero contestó indignado que se guardara sus dádivas y que si no quería constitución que no la hubiera jurado, que él no pensaba faltar a su juramento.

Como el rey aún respetaba demasiado a quien fue su mayor valedor, no lo encarceló, desterrándole a Valladolid.

Más tarde, cuando en el año 20 triunfó el levantamiento liberal de Riego, fue enviado a Zamora como gobernador militar. Allí, Juan Martín rescató la memoria de los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado. Hizo desenterrar sus cuerpos en Villalar y les honró con un homenaje que les devolvió al altar de los héroes ibéricos. Por entonces pertenecía a una logia -“torre” más bien- masónica llamada, precisamente, Los Comuneros, que hizo de aquellos castellanos independientes su ejemplo moral y político.

Poco habría de durarle su libertad recobrada. En 1823, con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, el absolutismo derrocó a los liberales y derogó de nuevo la Constitución. El Empecinado fue el último resistente, el que jamás se rindió. Sólo, el liberal cercado por sus antiguos compañeros, se dirigió a su tierra natal en la comarca de Peñafiel. Allí lo sorprendieron una noche en Olmos de Duero y lo detuvieron. Entonces comenzó un largo suplicio que duró dos años en la ciudad de Roa.

Encarcelado en pésimas condiciones, exhibido en una jaula infame para que los habitantes de la ciudad le tiraran boñigas y hortalizas podridas, sufrió un proceso insidioso por alta traición, a manos de dos antiguos enemigos que le guardaban rencor: el regente de Roa y el corregidor.

El 19 de agosto de 1825 fue llevado al patíbulo. Cuando el debilitado prisionero vio la horca que se elevaba en el centro de la plaza de Roa, su indignación le devolvió la fuerza brutal de otra época. “¿Es que no hay balas en España para fusilar a un general?”, dijo rompiendo los grilletes que sujetaban sus muñecas.

Antes de que pudieran reaccionar los soldados que lo llevaban custodiado, arrancó el sable al capitán y se abrió paso hacia la colegiata para ponerse a salvo. Luchó contra todos hasta que una mano aviesa echó un saco sobre su cabeza y consiguieron reducirlo a garrotazos.

Al final, el que fuera héroe admirado y luego víctima de la ferocidad fernandina, consiguió lo que quería. Cuando lo subieron a la horca, sólo pudieron colgar su cadáver.


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He publicado 16 libros, la mayoría relacionados con la Historia y casi todos novelados. He colaborado para el diario El Mundo como columnista con la serie Polos opuestos sobre personajes antagónicos de la Historia, el arte, la política y la literatura; he sido crítico literario en La Esfera de los Libros (1998-2000), he escrito cerca de 200 artículos en Historia y Vida, La Aventura de la Historia, Época y Tiempo. Director del programa Claves de la Historia en Radio Intercontinental, asimismo soy colaborador asiduo de Radio Nacional y Radio5 y esporádico de otras cadenas. Otros libros míos son Los dominios del lenguaje, Elogio de la amistad, Amor es rey tan grande, La Ruta de las Estrellas, Por El Empecinado y la libertad, El druida celtíbero, Biografía de la Gran Vía y Alma de juglar. De 2013 es Serrano Suñer, valido a su pesar.

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