Pero, ¿era de verdad democracia?

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Aunque quizá cualquiera de nosotros podríamos formularnos esa misma pregunta respecto a los regímenes que hoy nos gobiernan, no cabe duda de que resulta aún más pertinente en el caso de la democracia griega.

Como ya escribiera en su momento Vladimir Ilich Iulianov, más conocido por Lenin, tan sonoro apelativo ocultaba un sistema de gobierno en el que la inmensa mayoría de la población se encontraba por completo excluida del proceso de toma de decisiones.

Tomemos como ejemplo a la más acabada de las democracias griegas, que pasaba por ser modelo de todas las demás: la Atenas del llamado Siglo de Pericles, durante la segunda mitad del siglo V a.C. En esta sociedad idealizada, en la que incluso los ciudadanos inválidos o indigentes reciben ayuda del Estado, y el pueblo, reunido en asamblea, se gobierna a sí mismo, sin intermediario alguno, son muy pocos los que, en realidad, pueden considerarse ciudadanos de pleno derecho.

Si tomamos como referente una población media de unas 500.000 personas a lo largo del siglo V a.C., un número muy elevado, en torno a los 300.000, eran esclavos. Estos, que, a diferencia de lo que luego sucedería en Roma, trabajaban en su mayoría para el Estado, carecían de derecho alguno, y no eran sino herramientas parlantes cuyos amos, ya se tratara del Estado, ya de un particular, podían tratarlos como un bien mueble más, algo que se compraba, se vendía o se entregaba como fianza, o incluso se enviaba a la guerra a luchar por una ciudad que en tan poca consideración le tenía.

Otro grupo numeroso, libre, pero igualmente apartado de la vida política de la ciudad, lo integraban los llamados metecos, esto es, los extranjeros a los que Atenas permitía generosamente vivir en su territorio, aunque no adquirir en él bienes inmuebles. Lo formaban unas 20.000 personas, casi por completo entregadas a las actividades económicas como el comercio, la artesanía, las finanzas o la construcción naval que interesaban poco a los atenienses, más inclinados al cultivo de la tierra. Pagaban impuestos, eso sí, y no dejaban de ser útiles para prestar a la ciudad servicio de armas, pero no formaban parte de la asamblea ni podían desempeñar cargos públicos, y sus derechos civiles eran también inferiores a los que disfrutaban los ciudadanos.

También estaban excluidas de la política las mujeres, quizá unas 50.000 o 60.000, que, además de encargarse de las actividades domésticas y asegurar a sus poco amorosos maridos —el matrimonio era un contrato, no una cuestión de sentimientos— descendientes legítimos que heredasen el patrimonio familiar, desempeñaban un papel activo en la vida religiosa de la polis, pero no en la política, que se consideraba monopolio de los atenienses varones.

Si restamos también del total a los menores de edad, que podían alcanzar una cifra de 100.000 o más, el total de atenienses que disfrutaban de plenitud de derechos políticos no superaba con toda probabilidad los 40.000 individuos, todos ellos varones, libres y, desde los tiempos de Pericles, hijos de padre y madre oriundos de la propia ciudad.

¿Puede denominarse con propiedad democracia a una sociedad en la que, dejando de lado los menores de edad, sólo participaba en la toma de decisiones en torno a un diez por ciento de la población adulta?

Es cierto, no obstante, que esta participación superaba con creces aquella a la que en nuestros días estamos acostumbrados.

El ciudadano ateniense, fuera rico o pobre, que en nada afectaba eso a sus derechos políticos, tenía derecho a asistir a las sesiones de la Asamblea que votaba las leyes, e incluso cobraba por ello; podía tomar allí la palabra sin que nadie se lo impidiera, y, a la hora de tomar decisiones, emitía un voto que valía tanto como el de cualquier otro ciudadano, por rico que fuera.

Los cargos públicos, elegidos en su mayoría por sorteo, tampoco le estaban vedados, con excepción del generalato y la dirección de las finanzas públicas, que requerían, como es lógico, cierta cualificación, y tampoco se le exigía condición alguna para formar parte del Consejo de la ciudad, elegido por sorteo entre los ciudadanos, que preparaba las leyes sobre las que había de decidir la Asamblea.

Sin embargo, el sistema exhibía en su funcionamiento limitaciones manifiestas. Muchos ciudadanos eran demasiado pobres o en exceso ignorantes para participar con un cierto conocimiento de causa y una aceptable autonomía en la vida política de la ciudad. La ignorancia los convertía en presas fáciles de la manipulación; la pobreza, en víctimas del soborno.

La democracia directa, además, en contra de lo que pueda pensarse, allana el camino de los demagogos. Un buen orador, aunque sea un pésimo gestor, puede conquistar el poder sin más condición que halagar los instintos de las masas, y, al contrario, un mal retórico, por competente que resulte como administrador, nunca conquistará el aprecio del pueblo llano.

Y en esas circunstancias, la oclocracia, el gobierno de las masas, se convierte enseguida, y con gran facilidad, en la verdadera realidad que subyace tras la democracia asamblearia, y el gobierno de las masas, conviene recordarlo, no es sino la tiranía de quien las manipula.


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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  1. gravatar wenndy Responder
    enero 26th, 2018

    Hola me gustaria una sugerencia de sitios web confiables para realizar trabajos de la universidad , me gusta mucho tu punto de vista me me gustaria encontrar mas opiniones para realizar la mia misma y asi hacer mi trabajo .
    Agradeceria tu gentil sugerencia.

  2. gravatar José Antonio Pérez Responder
    noviembre 16th, 2014

    Excelente y clarificador.

  3. gravatar Daniel Reboredo Soria Responder
    agosto 28th, 2013

    Sr. Luis Enrique Íñigo Fernández:
    Concuerdo con su enfoque. De hecho lo llevo a la práctica en las aulas de Educación Media como Profesor de Historia de adolescentes con 12 a 14 años de edad.
    Es una falacia plantear que el sistema político ateniense fue “democrático”; una cosa fue la “isonomia” y el gobierno basado en el “demo” como distrito y otra la “democracia”: en todo caso, más que “poder del pueblo” fue “poder del distrito” (con base distrital, local).
    También hay que tomar en cuenta los conflictos entre “el demos hoplítico” de campesinos acomodados y “el demos sub-hoplítico”, este último de raíz urbana-portuaria, ligado a los barcos como remeros de las flotas mercante y bélica.
    La guerra del Peloponeso y la estrategia llevada adelante por Pericles, tensionó al máximo las relaciones entre las clases del “demos”, hacinadas en la asediada Atenas (y sus puertos).
    Me remito al excelente trabajo de PLÁCIDO, Domingo: “La sociedad ateniense. La evolución social en Atenas durante la guerra del Peloponeso.”, editorial Crítica, 1997.

  4. gravatar MIGUEL ÁNGEL NOVILLO Responder
    julio 31st, 2013

    Sólo se me ocurre una palabra para definir este artículo: excelente. Un artículo verdaderamente claro, conciso y ameno.Enhorabuena Luis!