Uso y saqueo de templos en la República romana

21 ago, 2013 por



En la antigua Roma los templos cumplieron otras funciones además de las rigurosamente religiosas. En numerosas ocasiones fueron museos, lugares de reunión de los magistrados o bancos de depósito sin límite alguno.

 

El funcionamiento del templo romano

Como norma general, en los templos se custodiaban dos tipos de bienes: los bienes privados (res privatae) y los bienes consagrados a los dioses (res divi iuris).

Desde el primer momento, los sacerdotes consideraron que los bienes consagrados a los dioses eran sagrados y por ende inviolables. Por consiguiente, cualquier amenaza que pusiera en peligro dichos bienes, ya fuera robo o daño, era considerada un sacrilegio. Sin embargo, para Roma los bienes depositados en los templos de otros pueblos no eran considerados bienes sacros, si bien el comportamiento del Estado romano respecto a los dioses de los enemigos no fue siempre el mismo.

Roma tuvo que adoptar una serie de medidas para evitar cualquier tipo de amenaza sobre sus bienes. En este sentido, el historiador Valerio Máximo (siglo I a.C.–siglo I d.C.) aclara que el individuo que hiciera un uso impío de los bienes conservados en los templos para beneficio propio sería castigado por los dioses.

Para que la apropiación de los bienes consagrados a los dioses, como tierras, capitales o joyas de todo tipo, fuese considerada un sacrilegio se precisaba que se tratase de un hecho material que fuese seguido de la toma del objeto y que existiese la intención de obtener algún tipo de beneficio –conviene distinguir entre objetos sacros y objetos religiosos, siendo estos últimos aquellos que no contaban con una estricta y oficial aplicación de la normativa jurídica y autorización del poder romano–.

Las condenas de aquellos que atentaban contra este tipo de bienes iban desde el pago de cuantiosas cantidades de moneda hasta el exilio e incluso la pena de muerte dependiendo siempre de la condición social del acusado.

Si bien es cierto que los templos romanos no alcanzaron en ningún momento el esplendor, la riqueza y la autonomía lograda por los templos egipcios o griegos, los magistrados romanos no tenían potestad para limitar los bienes muebles e inmuebles de los mismos.

No obstante, los templos romanos no podían heredar ni recibir ningún tipo de bien si no era a través de un senadoconsulto o por voluntad expresa del emperador –con la Iglesia ocurriría lo contrario; uno de los mejores ejemplos lo podemos observar en el año 321 cuando Constantino dejó bienes en beneficio de la Iglesia–. Por el contrario, se podían dejar en herencia bienes religiosos para el beneficio y disfrute del pueblo.

No fueron los sacerdotes del templo sino los ediles y los censores los que administraron en todo momento las propiedades del santuario. Eran competencias suyas la administración de los ingresos derivados del alquiler de los bienes sacros, la retirada de los exvotos o el alquiler de los bosques sacros.

En Roma cada sacerdocio contaba con una caja que, además de contener los ingresos procedentes de la venta o de los alquileres de los bienes sacros, presentaban también otros ingresos como los procedentes de las propias rentas de los sacerdotes, de las matrículas pagadas por ingresar en el sacerdocio –en ocasiones elevadísimas–, de los donativos necesarios para la entrada de civiles en los templos y en los lugares de sacrificio, así como para realizar sacrificios o consultar el oráculo, de los múltiples donativos de los fieles, o de las numerosas multas impuestas por sacrilegio y ofensa.

Templo de Hércules Portumnus.

En estos templos, junto a los magistrados ciudadanos y a los sacerdotes existía, además, un personal auxiliar, es decir, los apparitores, encargados de elaborar los inventarios de las pertenencias de los templos.

Los bienes conservados permitían el mantenimiento del templo y del sacerdocio e incluso eventuales restauraciones y ampliaciones. Asimismo, cabía la posibilidad de que el templo fuera mantenido gracias a los bienes e impuestos procedentes de otras regiones recién conquistadas –a partir del siglo IV, con el avance del cristianismo la afluencia de los ingresos en los templos paganos fue cada vez menor; por eso, de forma progresiva la Iglesia cristiana se fue haciendo cada vez más rica y lujosa en detrimento de los antiguos templos y asociaciones sacerdotales.

La riqueza principal de los templos, como los de Juno, Fortuna, Hércules o Diana, estaba fundamentalmente compuesta por las donaciones capitales o votivas realizadas por los miembros de la aristocracia. Era frecuente que algunos personajes, como Marco Licinio Craso (115-53 a.C.), donasen la décima parte de su fortuna al templo, práctica heredada del mundo griego.

Además, muchos templos contaron con grandes fortunas gracias a las donaciones que hacían comerciantes y publicanos enriquecidos. Entre los templos que destaquen por la riqueza de los exvotos donados se encuentra el templo de Juno Moneta, en Roma.

En raras y excepcionales ocasiones los templos, como el de la Fortuna Primigenia, en Praeneste (hoy Palestrina), también podían enriquecerse por medio de la actividad comercial que mantenían con comerciantes y sociedades de publicanos en Oriente.

Por otro lado, el templo romano, como el mesopotámico, también guardaba en sus arcas bienes capitales ajenos. De este modo, los templos funcionaron desde un primer momento no sólo como lugares de culto sino también como bancos de depósito de capitales y bienes preciosos.

En ocasiones los templos que funcionaron como bancos de depósito contaron con un número muy amplio de dependencias donde poder albergar el tesoro y que éste quedara fuera de todo peligro. Igualmente, numerosos tesoros capturados en distintas campañas militares eran custodiados por colegios sacerdotales para una mayor seguridad.

A diferencia del templo griego, el romano podía aceptar donaciones pero no concedía préstamos. Además, existieron santuarios, como el de Cástor, que funcionaron como verdaderos centros de cambio.

 

Necesidad e incidencia económica de los templos en la Roma tardorrepublicana

Durante la conocida como crisis de la tardía República romana fueron varias las ocasiones en las que los generales romanos necesitaron ingentes cantidades de moneda y tierras para poder pagar a sus ejércitos.

Contamos ya con uno de estos casos en el año 91 a.C., cuando se pusieron en venta tierras sacras del área capitolina pertenecientes a los colegios sacerdotales. Tres años más tarde, se adoptaron medidas similares con motivo de las campañas contra Mitrídates.

A finales de la década de los 80 a.C., Quinto Antonio Balbo, pretor de Sicilia en el año 82 a.C., para poder pagar a sus soldados con moneda, tuvo que fundir las estatuas votivas de oro y plata presentes en los templos, práctica que al parecer era bastante común entre los egipcios y los cartagineses en tiempos de crisis.

Con las guerras civiles, y con el único objeto de poder pagar a las tropas, el recurso a los bienes conservados en los templos se fue incrementando sobre manera. Destacan de esta manera las medidas adoptadas por Julio César (100-44 a.C.) quien, además de vaciar el erario custodiado por el Senado, requisó los bienes del templo de Saturno, sirviéndose, asimismo, de los bienes requisados de los templos de los pueblos derrotados:

 

“En la Galia saqueó César santuarios y templos de dioses repletos de ofrendas” (Suetonio Iulius Caesar 54, 2-3).

 

“Algunos opinan que se había apoderado de él el hábito del mando y que, tras haber sopesado atentamente sus propias fuerzas y las de sus enemigos, aprovechó la ocasión de hacerse con el poder absoluto, que había deseado desde su más temprana juventud. Ésta era también, al parecer, la opinión de Cicerón, pues en el libro tercero de su obra Sobre los deberes escribe que César siempre tenía en la boca unos versos de Euripides, que Cicerón tradujo del siguiente modo: ‘Pues si hay que violar el derecho, debe hacerse para reinar; en los demás casos se ha de practicar la rectitud’” (Suetonio, Iulius Caesar, 30, 5).

 

Tras robar 3.000 libras de oro de los tesoros del Capitolio, curiosamente las reemplazó por un peso igual de lingotes de bronce bañados en oro. Este sacrilegio terminó por ser olvidado sin que Julio César fuera sometido a ningún tipo de condena. Asimismo, procedió de igual manera con la apropiación del Campus Stellatis.

En tiempos de crisis, frecuentemente se recurrió también a los bienes custodiados por las vírgenes vestales.

Pero la práctica más común fue el expolio de los templos de los pueblos derrotados por Roma. No sólo se servían de los bienes monetales, sino que también se apoderaban de aquellos esclavos que estaban al servicio del templo para su correcto funcionamiento.

 

“Cuando los lugares son tomados por los enemigos, todo deja de ser religioso o sacro” (Digesto, II, 7, 36).

 

 

En este sentido, uno de los casos más singulares fue el protagonizado por Octavio tras desempeñar sus campañas militares en Oriente.

No obstante, las primeras prácticas de esta índole se remontan a mediados del siglo IV a.C. cuando Roma saqueaba los templos de las ciudades enemigas y vencidas para contentar social y económicamente al pueblo romano y para poder sufragar así las numerosas campañas militares.

En un primer momento, las tierras no sólo eran tomadas para pagar a los veteranos de guerra, sino que también eran tomadas por la excelente fertilidad de las mismas –sirva de ejemplo los casos de Tívoli, Praeneste o Aricia.

Pero no todo fue saqueo durante la tardía República romana, pues es necesario tener presente que Octavio, una vez nombrado Augusto y, por ende, primer emperador de Roma, emprendió una serie de medidas para reparar las actuaciones adoptadas anteriormente. De esta manera, para ganarse la voluntad del pueblo restauró una gran cantidad de templos devolviendo, en la medida de lo posible, a los colegios sacerdotales parte de sus propiedades. En este sentido, destaca, por ejemplo el caso del templo de Diana Tifanita, en Capua.

Paralelamente, del mismo modo que los bienes de los templos fueron restaurados con Octavio, en mayor o en menor medida los bienes del estado también lo fueron.

 

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