Breve historia de la utopía, de Rafael Herrera

Por . 23 septiembre, 2013 en Reseñas
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Ediciones Nowtilus publica Breve historia de la utopía, una obra escrita por uno de los autores de esta revista, Rafael Herrera.

Rafael Herrera, que escribió ya aquí sobre sus queridos maestros lo siguiente:

 

La mayoría de mis maestros tienen el mal gusto de no estar vivos hace siglos, y en cuanto a mis contemporáneos, creo que no debo comprometerles públicamente haciendo una profesión de fe discipular que les señalaría a ellos indefectiblemente como máximos culpables de los errores y atrevimientos que como una plaga llenan de verdad mi obra.

Sobre el mueble del salón un busto miró fijamente al niño. Tenía el cuello hendido por la torpeza del tiempo, que alguna vez lo dejó abandonado a la gravedad, con fatales consecuencias degolladoras –a tenor de los restos de pegamento que dibujaban una línea que rompía la tersura mortecina del noble material.

“¿Quién es éste, papá? ¿El abuelo?”

“No hijo. Es Platón.”

Más tarde supe que mi padre y yo estábamos en lo cierto. Aquel pequeño busto del salón de la casa paterna era Platón, pero también era mi abuelo, pues sin duda en todo filósofo hay una línea de parientes seculares que, si aspira a la seriedad, tiene que tener en Platón al ancestro. Platón es el maestro sempiternamente contemporáneo, pero si a alguien pudiera interesarle el mío, diré que mi maestro es Sócrates. Y sólo después Kierkegaard y Michelstaedter, aunque casi nada me aburre más que el existencialismo. A menudo tomo café con Nietzsche y ante el escritorio siempre me siento vestido con la dignidad de un funcionario florentino que, tras descargar leña con el populacho, se pone las sedas propias de quien va a leer un libro importante. Maquiavelo, entonces, comprueba la tersura del tejido y la dureza irredenta de las letras. Junto a ellos escribí libros de filosofía política como Un largo día. Globalización y crisis política o Adiós al orden. Una historia sobre la deriva del Estado europeo o Sendas liberales.

Pero como no sólo de pan con morcilla vive el homo hispanicus, no quiero dejar de señalar entre mis queridos maestros a McCartney, Johnny Ramone, Johnny Marr, La noche transfigurada y Martín-Santos-Tiempo-de-silencio-Tiempo-de-destrucción, y sobre todo Cervantes, siempre Cervantes, santo, héroe, guía y maestro absoluto… y recaudador de impuestos, vive Dios. Vale.

 

A continuación, reproducimos el epígrafe titulado La República guaraní con el que se abre el capítulo 4 (La diosa Razón).

 

 

Capítulo 4

 

La diosa Razón

 

 

La República guaraní

 

Vamos a adentrarnos ahora en una aventura utópica que ya no es literaria ni filosófica, sino que fue el resultado de un proyecto real que se llevó a cabo durante más de un siglo. Y, como todos los proyectos sociales de este tipo que se han llevado a la práctica, tuvo sus defensores y sus detractores. En cualquier caso, debe tener su lugar en una historia de la utopía, porque se puede considerar el primer intento moderno de llevar a la práctica real una utopía comunitaria.

Ocurrió hacia el año 1610, en los territorios españoles de América, fundamentalmente en tierras que hoy pertenecen a los Estados de Argentina, Paraguay y Brasil. La Compañía de Jesús fundó unos pequeños Estados o ciudades llamadas «reducciones», que en el castellano de la época podría traducirse como ‘comunidades’. Las reducciones jesuíticas fueron un proyecto de construcción de una sociedad cristiana, justa y equitativa, habitada exclusivamente por indios mayoritariamente de la etnia guaraní. La base de este proyecto utópico-político y evangelizador radicaba en la creencia de que los indios guaraníes eran puros, porque no habían padecido la mácula de la civilización europea. Esta idea del buen salvaje pasará a Rousseau, quien articulará filosóficamente la idea de que el salvaje y el niño son espíritus puros y buenos, que pueden ser educados en los mejores valores, antes de que caigan en las garras de la civilización.

Pues bien, antes de estas célebres ideas rousseaunianas, hubo un experimento que hoy calificaríamos de ingeniería social, en el que un grupo de religiosos jesuitas quisieron fundar un nuevo Estado perfecto, compuesto de hombres puros, sin maldad, salvajes en sentido positivo, sin civilizar, esto es, sin corromper. Europa estaba todavía inmersa en los terribles sufrimientos de la guerra de los Treinta Años (1618-1648). El único lugar posible donde instaurar un orden nuevo y más acorde con los valores de paz y justicia era el Nuevo Mundo, América, donde el hombre podía renovarse y reconducir su existencia, lejos de la sangre y el acero que ahogaban a Europa por culpa, paradójicamente, de guerras en buena medida justificadas en la religión.

Los primeros cimientos de la República guaraní se pusieron hacia el año 1610. Esta aventura tuvo su final hacia 1768, año en el que Carlos III ordenó la expulsión de los jesuitas de todos los territorios españoles. A partir de entonces otras órdenes religiosas se encargaron de la administración de las reducciones hasta deshacerlas, quedando hoy sólo la huella de unas ruinas declaradas Patrimonio de la Humanidad.

Aunque hubo diversos tipos de reducciones jesuíticas, para facilitar la lectura del texto, nosotros vamos a denominarlas aquí en conjunto bajo el nombre de República guaraní.

 

Pues bien, la República guaraní se organizaba en tres niveles de gobierno. Dependía del rey de España, pero era administrada por la Compañía de Jesús. Además de con funcionarios españoles, contaba con caciques guaraníes y otros funcionarios de origen étnico. El rey de España delegaba su poder en el padre provincial, que era quien ejercía verdaderamente el gobierno sobre las diferentes comunidades de la república.

Cada reducción o comunidad de la República guaraní tenía a su vez un padre superior, que rendía cuentas al provincial. Este padre superior de la comunidad contaba a su vez con la ayuda de dos sacerdotes: el doctrinero, que se encargaba de velar por los asuntos espirituales de la comunidad, y el compañero que administraba la esfera temporal. Asimismo, los jefes de familia dirigían con autonomía la vida de sus hijos y esposas.

Dado el carácter religioso de los gobernantes de esta república, la vida giraba mayoritariamente alrededor de la esfera espiritual de la vida. La jornada laboral era de seis horas, con un altísimo nivel de producción, algo inaudito en la época, y mucho menos en Europa, donde los campesinos trabajan de sol a sol. De hecho, Moro soñó con una jornada igual en Utopía.

Cada tarde repicaban las campanas para que los miembros de la comunidad acudieran a la Iglesia, pues la misa era el acto comunitario central. La iglesia se encontraba en el centro de la reducción. Todas las calles desembocaban en la gran plaza donde se encontraba el templo. En esta misma plaza estaba la escuela, donde recibían formación los guaraníes. Esta institución era mixta, pues servía también como hogar de los sacerdotes. Como se aprecia, esta centralidad urbana y social, facilitaba a los gobernantes religiosos su labor misional de adoctrinamiento religioso y construcción político-social.

Los jesuitas, además del trazado regular de las reducciones, aportaron a la vida de los indígenas otras instituciones de tipo social, como hogares comunales, en los que se acogía a los huérfanos, viudas y ancianos, o modernos sistemas higiénicos y de agua corriente. Pero sobre todo fue muy importante el sistema de enseñanza.

Conocían los jesuitas el idioma guaraní y las tradiciones de este pueblo. Su método fue el de evangelizar conservando. De este modo, enseñaron el castellano, nociones de lengua y matemáticas a los indígenas, pero fomentaron la conservación de la lengua y usos culturales guaraníes. En este sentido, publicaron diccionarios y libros adaptados a la tipología de los educandos, que salían de sus imprentas, sin necesidad de recurrir a los libros y las casas de libreros europeos. Esto les daba una autonomía enorme, pues el mundo cultural que iban fraguando nacía en y para la región guaraní, lo que daba lugar a una cultura y un cristianismo hispano-guaraní únicos.

Esta idea de evangelizar conservando el patrimonio y las costumbres ancestrales del pueblo fue aplicada por los jesuitas en todos los órdenes, porque además algunas de sus tradiciones parecían casar bastante bien con la idea de pureza original del indio. Lo importante era que los indígenas asimilaran de modo natural las novedades introducidas por los gobernantes jesuitas. Así, por ejemplo, los jesuitas implementaron un sistema económico basado en el trueque y en la propiedad mixta. En los intercambios comerciales, por tanto, no se usaba la moneda.

El pueblo guaraní no era nómada, pero su forma de vida ancestral lo impulsaba a moverse por sus territorios permanentemente en busca de lo que llamaban la Tierra sin mal, que eran los terrenos fértiles y de buen clima, donde se asentaban por períodos hasta que, o bien las condiciones climatológicas, o bien la desecación de los terrenos, los impulsaba a comenzar una nueva singladura a la búsqueda de una nueva tierra sin mal.

Los jesuitas cambiaron esta costumbre seminómada, para hacer posible la implantación estable de las reducciones. Para ello, enseñaron a los guaraníes a hacer que sus tierras fueran siempre tierras sin mal, es decir, provechosas. Los aborígenes dominaban desde siempre el cultivo de determinados vegetales, la caza y la pesca. Los jesuitas conservaron estos conocimientos ancestrales, pero añadieron la especialización de cada reducción en un determinado producto económico. De este modo, cada comunidad era autónoma, pero a la vez, a través del trueque, intercambiaba con otras reducciones los bienes de consumo especializados que ella no producía. Esto dotaba a la República guaraní de prosperidad y estabilidad, porque el comercio no se basaba en el enriquecimiento de un grupo sobre otro, sino en el intercambio común de bienes entre todas las reducciones.

Asimismo, una economía de carácter mixto permitía que, por una parte, cada jefe de familia administrara su propiedad privada con independencia. La propiedad privada se denominaba Tierra Familiar. Cada jefe decidía qué tipo de plantaciones y cosechas eran las más adecuadas para el sostenimiento de sus familias.

Por otra parte, la propiedad pública fomentaba el trabajo en común de todos los miembros de la reducción, que contribuían a la producción y almacenamiento de bienes básicos. Esta propiedad colectiva pública se dividía en dos: la Tierra del Pueblo, cuyas rentas se dedicaban al pago de tributos reales y para el mantenimiento de las infraestructuras, y la Tierra de Dios, cuyos rendimientos se destinaban a sufragar la iglesia y las instituciones de caridad, como los asilos y cuidados de los más desfavorecidos.

Este sistema económico y social además fue posible porque el rey prohibió expresamente la servidumbre del pueblo indígena ante los encomenderos españoles. Esta protección llegó incluso a la exclusión de los blancos del territorio de la República Guaraní, a excepción de sus gobernantes jesuitas. Se trataba de proteger la pureza natural de sus pobladores originales, quienes, con las enseñanzas del Evangelio, se convertirían en el pueblo de Dios.

Esta autonomía política y económica les permitió establecer un sistema penal muy avanzado, en el que, por primera vez, se prohibía la pena de muerte y la cadena perpetua, siendo de diez años el máximo tiempo que se podía ser condenado: «En las misiones existía también una legislación penal, que excluía la pena de muerte, con lo que las reducciones probablemente pasaron a ser la primera sociedad occidental que abolió la pena capital» (Zaj, 147). Los jesuitas adaptaron su máximas de caridad cristiana al «mismo carácter primitivo de la sociedad indígena, que todavía conservaba un fuerte sentido comunitario, [con] medidas que disminuían las oportunidades para la agresividad, como por ejemplo un estricto horario del día o la prohibición de la salida nocturna, salvo en casos de absoluta necesidad» (Zaj, 147).

Como decíamos más arriba, esta aventura utópica terminó paulatinamente a partir de 1768, cuando sus fundadores jesuitas fueron expulsados de la Monarquía Hispánica, y fueron sustituidos por gobernantes de otras órdenes religiosas. Estos ya no pudieron mantener el «feliz» aislamiento en que se encontraban las reducciones respecto de las guerras de intereses europeas en tierras americanas. No obstante, desde su nacimiento, la República guaraní estuvo amenazada por diversos intereses, como el esclavismo que el reino de Portugal llevaba a cabo desde Brasil para surtir a las naciones europeas que hipócritamente condenaban la trata de esclavos, mientras llenaban de ellos sus barcos. De aquel episodio utópico hoy sólo quedan como testimonio imponentes ruinas.

La historiografía se debate entre quienes consideran aquel proyecto un modelo de etnocentrismo hispano-europeo y quienes defienden que, a pesar de todo, fue el modelo de sociedad cooperativa más exitoso de la historia. En lo que a este libro respecta, consideramos que todo modelo utópico requiere para su implementación de la aplicación de lo que hoy llamaríamos ingeniería social. Y parece evidente que la aplicación de un modelo social en mayor o menor medida puede implicar la lesión de la libertad de los pueblos y de las personas en la construcción de su propio camino. Esto es inevitable, como decimos, pero toca valorarlo a cada lector.


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