De bancos y confianza. La historia del duque de Arkansas

Por . 2 septiembre, 2013 en Edad Moderna
Share Button

Confianza. Una palabra bastante usada (y desgastada) en los últimos años. Oímos, repetido como un mantra, la necesidad de restaurar la confianza en los mercados, en el sistema financiero,… al parecer no hay confianza en los bancos, en el euro o en los gestores de política económica ¿Tal vez estábamos mal acostumbrados? ¿No es natural tenerla? Es posible, porque la confianza en el dinero y quienes lo manejan es algo infrecuente.

No hay nada tan fascinante en la historia de la economía como la constatación de que los episodios especulativos son recurrentes, hasta el punto de que no me atrevo a decir cuál es el primero. Si la curiosidad os puede, recomiendo la Breve historia de la euforia financiera, de John Kenneth Galbraith (Ariel).

Me limitaré a rescatar un caso que podría ser perfectamente actual, con aristócratas, banqueros, políticos de todo pelaje y constantes llamamientos a la confianza, pero es de comienzos del siglo XVIII.

 

Unas pinceladas sobre el origen y el desarrollo de los bancos

No sabemos quién lo inventó, pero el dinero es una clara ventaja de la civilización. En todo caso, como todo gran invento, creó una serie de problemas que, de no ser por él, no hubieran aparecido. El primero, la confianza.

Al parecer, fue en la Lidia del siglo VIII a.C. donde se acuñaron las primeras monedas, y fue Alejandro Magno, rey de Macedonia, el primero que puso su efigie en una moneda, vinculando para siempre el dinero con el poder. Y fueron los romanos, que tuvieron tiempo de hacer todos los experimentos monetarios, los que realmente desarrollaron la banca, aunque no tenemos más que indicios. La existencia de un sistema monetario y una estructura política estables (con todos los reparos que se le quiera poner) permitió su desarrollo.

El hundimiento del Imperio romano tuvo como consecuencia un largo periodo de poco tráfico comercial y financiero. Hacia el siglo XIII la banca renació en las activas repúblicas italianas, y en particular en Venecia.

Entre los siglos XVI y XVII los españoles hicimos nuestra gran aportación a la economía europea introduciendo grandes cantidades de metales preciosos, básicamente plata, lo que tuvo como consecuencia directa un proceso inflacionista generalizado en toda Europa.

El procedimiento de transferencia, basado en gastos militares, fue otra innovación con gran éxito desde entonces. El proceso permitió beneficios extraordinarios para cierto tipo de actividades, y en particular una primera acumulación de capital de las actividades mercantiles a costa de los trabajadores y campesinos de todo el continente. Y en cuanto hay suficiente capital acumulado, florecen las finanzas.

En 1608 empezó a operar en Ámsterdam el primer banco con garantía pública. Su aportación a la historia fue la garantía oficial de los depósitos realizados, lo que de hecho permitió un salto cualitativo en la actividad bancaria. Dado que anotaba los depósitos según el peso del metal precioso, neutralizaba el efecto del envilecimiento, y la garantía estatal animaba al uso de transferencias en lugar de operaciones en metálico, en especial si eran cuantiosas.

Aunque nada de esto fuera una novedad, si lo era que no se discutieran los importes y que el metal no se moviera. A lo largo del siglo siguiente este modelo se extendió y profundizó, de forma que la actividad financiera se fue consolidando, y maduraron las condiciones que permitieron un nuevo salto en la civilización: el papel moneda.

 

Una nota de economía

La operativa del Banco de Ámsterdam hizo evidente algo que más de un banquero italiano ya debió de haber intuido, y es que los bancos crean dinero. Para entender el éxito del papel moneda hay que entender primero cómo sucede eso, y nótese el sutil matiz: dinero, no moneda.

Un banco recibe depósitos de sus clientes. Cada uno de ellos utiliza su depósito bien para limitarse a cobrar un interés, bien para hacer otras operaciones como transferencias a otros depositantes, por lo que cuanta mayor confianza en la solvencia de la entidad, menos intenciones de retirar los fondos y de seguir empleándolos como simples anotaciones. El banco, por su parte, presta el dinero por un interés. En teoría, la diferencia entre lo que cobra por prestar y lo que paga por los depósitos es el beneficio.

Ahora bien, lo cierto es que en un momento determinado del tiempo, se encuentra en circulación todo el dinero que los depositantes tienen, más todo lo que los prestamistas han obtenido. Y esta cantidad puede ser mayor si el banco, en lugar de prestar monedas, presta dinero en papel. Al hacerlo, el prestamista concede una promesa de pago en metálico al prestatario, que éste podrá utilizar para afrontar sus deudas, de modo que un tercero, que posiblemente no tiene ni depósitos ni créditos en el banco, recibirá ese papel. Si ese tercero no reclama el depósito original y lo vuelve a utilizar, la cantidad de dinero en circulación será aún mayor, y eso sucederá si se establecen las condiciones para hacer innecesaria esa recuperación y el banco en cuestión inspira la suficiente confianza.

Y con esta sencilla explicación, o una muy parecida, un aventurero escocés que se decía discípulo de Locke y Newton, embaucó en 1715 al regente de Francia, Felipe de Orleans.

 

Cómo crear una corporación financiera

En septiembre de 1715 moría Luis XIV, dejando un heredero de apenas cinco años, el futuro Luis XV, y una situación económica lamentable. Tras la larga Guerra de Sucesión española, el Tesoro francés estaba algo más que exhausto y la economía del reino profundamente estancada. Felipe, duque de Orleans, que se había hecho con la regencia tras unas cuantas maniobras políticas, se enfrentó a una situación endiablada, con un déficit corriente del 100% y una montaña de deudas pendientes derivadas de la guerra.

El responsable del Tesoro, Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon, proponía directamente declarar la quiebra, pero por cuestiones de prestigio político el regente no estaba dispuesto. En esas circunstancias, apareció John Law con una solución al problema. Dadas las aficiones de uno y otro (el regente y el aventurero), es probable que se hubieran conocido antes en algún tugurio, no necesariamente en Francia.

John Law poseía formación en materia económica, y aunque en alguna enciclopedia de Internet aparezca como una especie de pensador en esta ciencia entonces incipiente (con libro y todo) lo cierto es que sus ideas no eran nada originales. Manejaba conceptos que ya circulaban en los círculos económicos británicos y franceses, sus aportaciones hacían confusas esas ideas, y de hecho si no fuera por el affaire de la Banque Royale, del que hablaremos ahora, su nombre se hubiera olvidado completamente.

En todo caso, el 2 de mayo de 1716 el regente le concedió por real decreto el derecho a fundar un banco con un capital inicial de seis millones de libras. El banco tenía concedido el monopolio de la emisión de billetes, lo que debía hacerse en forma de préstamos sobre el capital monetario depositado. Además, se reconocía la validez de los mismos para todo tipo de transacciones, y en especial ante la Administración.

Como cabe suponer, la mayor parte de los fondos se destinaron a préstamos al Estado, que lógicamente debería devolverlo en papel, y para lo cual debería recaudar también en papel.

Law debía ser consciente de la necesidad de afianzar su banco, por lo que destinó los primeros meses en forjarse una imagen de sensato hombre de negocios poco aficionado a la especulación monetaria. Alguna crítica a la política previa defendiendo una divisa estable, y otras propuestas realmente innovadoras y sensatas (como la eliminación de los aranceles interiores o la supresión de los peajes y pontazgos) le convirtieron en el prescriptor del regente en materia económica, lo que no debió de hacer demasiado feliz a Saint-Simon.

John Law condenó las prácticas de degradación de la ley de la moneda, y asumió las consecuencias del Banco de Ámsterdam: los depósitos se contabilizaban por el contenido metálico, por lo que los depositantes se encontraban al abrigo de las futuras (y previsibles) devaluaciones monetarias, e hizo más atractivo el papel como forma de defensa de los ahorros.

La combinación de seriedad financiera y propuesta innovadora cautivó a los ahorradores, que terminaron haciendo depósitos y empezaron a usar los billetes del banco. Y lo cierto es que esto ayudó realmente a la Corona y a Francia, pues ese año se eludió el riesgo de quiebra, y a un año vista la situación financiera era sensiblemente mejor.

Los préstamos del banco durante 1716 y 1717 sirvieron para pagar a los acreedores, que a su vez pudieron atender sus compromisos, la economía se reactivó y poco después las arcas del Tesoro empezaron a recuperarse. En otras palabras, incrementando el endeudamiento se consiguió reducirlo.

Esto fue una especie de rescate sin condicionalidad, por decirlo en términos más actuales. A finales de ese año, John Law era una autoridad en materia financiera y sus opiniones no sólo eran muy consideradas, sino que a la vez permitían consolidar la confianza en el nuevo banco.

El regente estaba encantado, como cabía esperar, pues en año y medio había salido airoso de un atolladero considerable, así que concedió al banco más ventajas. A comienzos de 1718 el banco se convirtió en la Banque Royale, incorporando privilegios adicionales (entre ellos, el monopolio de la acuñación de moneda y el cobro de impuestos) y abriendo sucursales en toda Francia. Si en ese momento Law y él hubieran frenado, la historia financiera de Europa hubiera sido diferente.

Pero el duque de Orleans tenía otros planes, y entendía que si con los billetes emitidos las cosas iban bien, con una dosis mayor irían mejor. Law encontró una fórmula para satisfacer las demandas del regente: una compañía por acciones dedicada a explotar las increíbles riquezas que se esperaban encontrar en las tierras de Luisiana (forma elegante de decir que se creía que había oro), la Compañía del Mississippi.

Esta sociedad poseería el monopolio del comercio con Luisiana, así como el arrendamiento monopolístico de sus riquezas. La compañía se constituiría como propiedad de la Banque Royale, que vendería las acciones al público posteriormente, y para iniciar su actividad podría pedir crédito a la propia Banque.

La jugada era genial, y de hecho se ha repetido una gran cantidad de veces después. Los finales también han sido más o menos parecidos. Pero en ese momento de gloria, el duque de Orleans colmó a Law de honores, y como no hubiera quedado elegante darle un título nobiliario vinculado a Nueva Orleans, le nombró duque de Arkansas. El primero y el último.

 

El hundimiento

El lanzamiento de la Compañía del Mississippi fue un acontecimiento memorable: la primera emisión de títulos se cubrió en pocas horas, y los compradores revendieron sus títulos a precios muy elevados, obteniendo cuantiosas ganancias. Como suele pasar en estos episodios especulativos, todo el que tenía recursos quería tener títulos para ganar dinero con la misma facilidad, con lo que la presión compradora no cedió. De hecho, cada especulador con éxito era un propagandista indirecto que alimentaba más la caldera de la demanda.

Obviamente, la Banque Royale empezó a prestar para comprar los títulos, y si en la primavera de 1719 había circulando billetes por valor de 100 millones de libras, en el verano se lanzó una emisión de 300 millones y en otoño una adicional de 800 millones. Ese verano, la Compañía recibió privilegios adicionales en el comercio con India, China y el Pacífico Sur y amplió el capital, lo que recalentó de nuevo la demanda y justificó la última gran emisión de billetes.

Como cabía suponer, el dinero no iba a ninguna aventura ultramarina, sino a la caja de la Corona, en forma de nuevos préstamos, con lo que a la explotación de Luisiana sólo se destinaban los intereses, pero… ¿a quién le importaba eso? ¡Todos estaban ganando cantidades enormes de dinero!

A la derecha, John Law. A la izquierda, el fatídico momento del desastre, en julio de 1720.

 

El acto final es el clásico en todo episodio especulativo: un incidente menor desencadena el pánico. Según Saint-Simon, única fuente y no demasiado neutral, a comienzos de 1720 el príncipe de Conti quería comprar títulos de la Compañía, pero había perdido la ocasión en los primeros momentos y el precio que le ofrecían le debió parecer un escándalo. Probablemente Law le aseguró que eran las señales adecuadas de los mercados, y que no podía hacer nada dada la presión alcista de los precios: si él no compraba, otro lo haría en su lugar. El aristócrata decidió que hasta ahí había llegado, y mandó a sus lacayos a recuperar todos sus depósitos. Al parecer, llenó tres carretas con oro y atravesó París con ellas, desde la Banque Royale hasta su palacio.

Law supo enseguida que eso podía ser el fin y recurrió al regente, que obligó a Conti a redepositar una parte de los fondos, pero el daño ya estaba hecho, y empezó una lenta agonía de retiradas de depósitos.

En un desesperado intento de recuperar la confianza, reclutó masivamente a los mendigos de París, organizó una ruidosa salida de la ciudad hacia la costa y les suministró herramientas, haciendo ver que se iban todos a trabajar en las hipotéticas minas de oro. Los mendigos no llegaron a Calais, se fueron dispersando y poco a poco volvieron a París.

La maniobra funcionó algunas semanas, pero cuando los parisinos volvieron a ver a sus mendigos, volvieron las peticiones de rescate de fondos y Law hizo lo único que podía hacer, y que a la vez confirmaba la estafa: restringió las devoluciones (lo que ahora llamamos corralito). Esto evidentemente soliviantó a los que aun no se habían concienciado de los hechos.

La última maniobra de Law fue la que precipitó su caída. En su calidad de interventor general de Francia prohibió la tenencia de oro y plata salvo en pequeñas cantidades, lo que incluía también las joyas. La respuesta fue el pánico: una constante demanda de reembolsos, que culminó en julio de 1720, cuando la muchedumbre congregada en la puerta de la Banque Royale fue tan enorme que se produjeron 15 muertos por asfixia.

La cifra seguramente es una exageración, pero el regente tuvo que ocultar a Law, quien cuando tuvo ocasión huyó a Venecia, donde murió diez años después, al parecer en la pobreza.

 

Socializar las pérdidas privadas

Los episodios especulativos son tristemente recurrentes, todos tienen el mismo patrón y terminan lamentablemente igual: una ingente cantidad de arruinados y unos pocos enriquecidos. Tal vez el mérito apriorístico y acrítico que se les da a quienes manejan dinero, con independencia de sus capacidades y méritos reales, hace que les envolvamos en esa capa mágica que es el éxito (recordemos a Mario Conde) y seamos propensos a creer en el mismo tipo de cuentos una y otra vez, lo que es aplicable a este caso, al episodio de los tulipanes de un siglo antes en Holanda, o al crack de 1929.

Aunque habrá voces que llamen a la cordura, siempre oiremos eso de que “esta vez es distinto” incluso en boca de personas de intachable rigor académico como Luis Ángel Rojo o Alan Greenspan. Este último, por lo menos, tuvo la honradez intelectual de reconocer que se había equivocado.

Que las cosas no han mejorado mucho en siglos puede reconocerse también en un aspecto singular del caso Law: para evitar que la Corona se viera afectada, se declaró la quiebra de la Compañía del Mississippi y por extensión de la Banque, haciéndose incobrables los depósitos, con lo que hábilmente el duque de Orleans privatizó completamente una deuda que tenía su origen en la Hacienda Pública. Es significativo que nuestros actuales gobernantes funcionan ahora exactamente al revés, socializando las pérdidas privadas.


Share Button

Participa en la discusión

  • (no será publicado)