Flora Tristán, la mujer redentora

Por . 30 septiembre, 2013 en Siglos XIX y XX
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El veredicto de la posteridad no siempre es justo. Flora Tristán postuló un partido internacional de los trabajadores antes que Marx y Engels, pero ha permanecido extrañamente olvidada.

En el mejor de los casos, se la recuerda por ser la abuela del pintor Paul Gauguin o, a todo estirar, la protagonista de El paraíso en la otra esquina, la novela que le dedicó Mario Vargas Llosa. Tal vez la clave de este relativo ostracismo se halle en lo difícil del personaje, en su insólita desmesura.

Algunas heroínas deslumbran por la perfección de sus virtudes. Flora, en cambio, seduce y repele al mismo tiempo. Fascina por su empeño en liberar a la mujer, pero su dogmatismo irritante la vuelve, muchas veces, poco simpática. No en vano, sin caer en la tentación de la humildad, pretende convertirse en el mesías que traiga al proletariado la ansiada liberación.

 

Cenicienta mal casada

Todo en ella tiene un cierto sabor melodramático. Viene al mundo un 7 de abril de 1803, en París. Su padre, Mariano Tristán y Moscoso, es un coronel de dragones al servicio de España, hijo de una poderosa familia peruana. Su madre, Anne Laisnay, pertenecía a una familia de exiliados monárquicos, que llegaron a Bilbao huyendo de la Revolución Francesa. Pronto contrajeron matrimonio, pero en enlace no fue legalizado por razones que se nos escapan.

Mariano, por su calidad de militar, tenía la obligación de pedir permiso al rey para tomar esposa, pero nunca dio este paso. Su falta de previsión resulta asombrosa, ya que su familia podía quedar en una situación delicada si cualquier día él llegaba a faltar. Y eso fue precisamente lo que sucedió: tras su muerte prematura, Anne, nuevamente embarazada, carece de documentos que acrediten que ha estado casada. Ello impide el derecho a la herencia, pero hay algo peor: Flora y su hermano se convierten en bastardos, con el consiguiente estigma social.

La pequeña, por tanto, crecerá dentro de un ambiente de estrecheces económicas, por lo que lo que no tendrá acceso a una educación refinada .De ahí las faltas de ortografía que la atormentarán toda su vida. Ante la necesidad de obtener ingresos, se emplea como aprendiza en el taller de un pintor de segunda fila, André Chazal.

Su patrón, un hombre poco atractivo y corto de miras, comienza a cortejarla, movido por lo que años más tarde llamaría “una pasión violenta”. Ella se deja querer, seguramente porque ve en esa relación, alentada por su madre, un medio de ascenso social. Lo que significa evitar el triste destino que la espera, el de obrera o prostituta.

Se convertirá, en efecto, en la señora Chazal. Pasa de ser una joven pobretona a mandar en su propia casa, pero el matrimonio se degrada con rapidez. No puede soportar la mediocridad de su esposo, seguramente porque lo compara con los héroes románticos de las novelas que, más que leer, devora. Él, ilusionado con la perspectiva de una esposa sumisa, entregada a las tareas del hogar, advierte su tremenda equivocación.

Pese a todo, la pareja tendrá tres hijos, objeto de durísimas disputas cuando ella, cansada de convivir con un hombre al que odia, huye del domicilio conyugal. Flora ha escogido la libertad, pero ha de pagar su precio.

Para mantenerse y alimentar a su hija Aline, ha de aceptar trabajos mal pagados, bien como dependienta en una confitería, bien como doncella. Chazal, mientras tanto, se aprovecha de que la ley le ampara para perseguirla sin piedad. Hace todo tipo de averiguaciones con tal de dar con su paradero. Legalmente sigue siendo su mujer y no ha posibilidad de divorcio, inexistente en el ordenamiento legal francés tras la caída de Napoleón y la restauración borbónica.

 

La huella peruana

¿Cómo salir de tantas penurias? Con la esperanza de cambiar de vida, nuestra protagonista toma la pluma y escribe a su tío Pío Tristán y Moscoso, presentándose como la hija de su difunto hermano. Su pariente, un poderosísimo magnate, había sido el último virrey de la administración española, pero su habilidad política le permitió medrar bajo la República y proteger su fortuna. Al recibir su respuesta en términos cordiales, Flora viaja al Perú en 1833 resuelta a pelear por su herencia.

Esta será una experiencia de carácter iniciático, que cambiará para siempre su modo de situarse en la vida: la pequeña burguesa deja paso a la rebelde, a la mujer que descubre lo que significa la auténtica desigualdad, con fenómenos como la esclavitud y la trata, una realidad que la escandaliza en lo más íntimo aunque se le escape un comentario estúpido sobre el olor fétido de los negros.

Se plantea entonces qué hacer para cambiar el mundo y se le ocurre una idea novelesca: seducirá a un militar, al que utilizará para alcanzar el poder y consagrarse al bien del pueblo. El proyecto puede sonar descabellado, pero tiene ante sus ojos el ejemplo de Francisca Zubiaga, la mítica “Mariscala”.

Esposa del mariscal Agustín Gamarra, “Pancha” se había hecho famosa no sólo por sus intervenciones en temas políticos, también por su habilidad con la pistola y la espada, a la par que por su carácter soberbio.

Por suerte, Flora no encuentra ningún candidato que le parezca adecuado. Con una excepción, el coronel Escudero, un hombre que la hace sentir que junto a él todo es posible. Con una imaginación desaforada, ya se imagina al frente del país… Pero entonces tiene miedo de sí misma, de convertirse en una figura tiránica que abuse de sus privilegios. Como más tarde explicará, prefiere renunciar a su sueño.

En Arequipa disfruta de un buen recibimiento, pero un exceso de ingenuidad da al traste al con sus planes. Comete el error de confesarle a don Pío que no puede demostrar que sus padres estuvieran legalmente casados. Su tío, zorro astuto, no necesita más para aferrarse a la letra de la ley. Le pasará una pensión para que cubra sus necesidades, pero de ninguna manera la fortuna que ella reclama. Aunque Flora, indignada, estalla, no hay nada que hacer. Su pariente lleva las de ganar, por su influencia de potentado y porque además tiene la ley de su parte.

 

Escándalo

A su regreso a Francia escribe Peregrinaciones de una paria, que se publicará en 1838. Como ha dicho Evelyne Bloch-Dano, la autora mezcla la novela de aventuras con la autobiografía, dos géneros por entonces en auge, presentándose a sí misma como heroína y víctima a la vez.

En el relato de su viaje no faltan, claro está, interesantes observaciones sobre la sociedad peruana, con las contiendas civiles que se multiplican, el dominio de la Iglesia o la contradictoria situación de las mujeres.

Una feminista como ella no puede permanecer insensible ante la gran libertad que disfrutan las limeñas, con muchas más posibilidades de ser ellas mismas que las europeas de la época. El vestido tradicional favorece su libertad de movimientos, con un manto que cubre sus cabezas y deja a la vista sólo un ojo. De esta manera, las míticas “tapadas” van y vienen sin ser reconocidas ni siquiera por sus maridos. Sin embargo, el entusiasmo por tal emancipación se halla matizado por la crítica a dos defectos femeninos, la nula instrucción y el desinterés por cuanto pasa en el mundo.

Peregrinaciones se convierte en un best-seller. En Perú, sin embargo, produce el efecto de un rayo, hasta el punto de que la obra se quema públicamente junto al retrato de la autora. Pío Tristán, indignado, retira la pensión a su revoltosa sobrina. ¿Exceso de amor propio? Lo cierto es que tal arrebato de dignidad herida no carece de motivos.

Flora, desde una posición de superioridad, se dirige a sus ciudadanos como una especie de salvadora. Tiene razón en señalar defectos reales, como la corrupción de la clase dominante o la desigualdad económica. El problema es su falta de tacto. Desde su punto de vista de francesa progresista, lo que ve en América le inspira le inspira el horror de una nueva Edad Media. Cree hallarse entre seres primitivos que aún profesan creencias irracionales.

Su nueva condición de escritora de éxito es algo que Chazal, legalmente aún su marido, no puede soportar. Su obsesión con ella va a tener trágicas consecuencias, ya que en septiembre de 1838 toma una pistola e intenta matarla. Flora sobrevive al disparo, pero los médicos no consiguen extraerle la bala, por lo que a partir de entonces vive bajo una permanente espada de Damocles. Sabe que morirá si el proyectil se desplaza lo más mínimo.

Tras un duro juicio, su marido será condenado a veinte años de trabajados forzados, conmutados más tarde por veinte años de prisión.

 

La reportera de los obreros

Poco después publica una novela olvidable, Méphis, en las coordenadas del romanticismo entonces en boga. Hay que esperar dos años para que se descuelgue, en 1840, con sus Paseos en Londres, un libro extraordinario en el que disecciona la capital británica, sacando a la luz todo el sufrimiento humano que se oculta bajo el esplendor del emporio comercial. Donde otros sólo ven barcos y más barcos, ella percibe una ciudad deshumanizada, “la ciudad monstruo”, una especie de moderna Babilonia.

A diferencia de lo que sucede con otras autoras de su tiempo, reivindicadas sólo porque fueron mujeres, ella escribe muy bien. Con garra y agudeza, huye de los tópicos de los relatos turísticos para adentrarse en territorios prohibidos a una dama, se trate de la fábrica, de la prisión o de los lugares que frecuentan las prostitutas. Cualquier cosa con tal de conocer la verdad de primera mano.

Lo mismo se disfraza de hombre para entrar en el Parlamento, que proporciona una escalofriante descripción de los finishes, los clubs de los hombres de clase alta van a terminar sus juergas, entreteniéndose en humillar a pobres mujeres a las que han embriagado.

De vivir en el siglo XXI, los Paseos, igual que Peregrinaciones, hubieran caído dentro de un nuevo género, el de la “ficción real”, por el tratamiento literario que reciben los hechos, en un viaje sin concesiones hacia el lado más oscuro de la miseria social.

Una vez más, cualquier sentimiento parecido a la empatía brilla por su ausencia. De la capital británica parece irritarle todo, desde el clima exasperante a las costumbres incomprensibles. En cierta ocasión se queja de los prejuicios antifranceses de los británicos… ¡Sin darse cuenta de que los suyos constituyen la otra cara de la moneda!

Tan sensible como siempre a las discriminaciones de género, dedica un capítulo a las inglesas, víctimas de una educación absurda y embrutecedora, capaz de anular sus cualidades innatas. La ley, al privarlas de derechos civiles y políticos, las hace depender del esposo, una suerte de señor feudal que exige completa obediencia. Nadie parece recordar que Mary Wollstonecraft, a la que Flora dedica un sentido elogio, había publicado medio siglo antes, en 1792, la Vindicación de los derechos de la mujer.

Su reportaje londinense consolida su prestigio, pero a cambio pierde libertad de expresión. Ahora es una celebridad y está en el punto de mira, así que las editoriales se lo piensan dos veces antes de publicar a una subversiva tan notoria. De ahí que vea rechazado el manuscrito de Unión Obrera, donde propone su remedio a las miserias del proletariado. Conseguirá editar el texto en 1843, gracias a una suscripción.

 

Arriba, parias de la tierra

En esos momentos, la cuestión social ha estallado con fuerza inusitada, a la vista de los estragos que provoca la revolución industrial en las condiciones de vida de los más humildes. Las extraordinarias riquezas que genera el libre mercado encuentran un reverso amargo, el del incremento brutal de la jornada de trabajo, acompañado de una caída en picado de los sueldos. No es extraño, pues, que se extiendan los movimientos de protesta. Como la insurrección protagonizada doce años antes por los obreros de la seda de Lyon, los célebres canuts.

La idea de la lucha de clases se abre paso y sus defensores más acérrimos son las autoridades, valga la paradoja. No en vano, organizan preparativos militares para controlar a las masas más propios de la guerra contra un enemigo exterior. Un socialista, Louis Blanc, anota esta deriva hacia la represión: “cañones para remediar los males de la competencia”.

¡Horror! La burguesía triunfante ha descubierto que debe protegerse contra la invasión de los nuevos bárbaros, los obreros que habitan en los suburbios de las ciudades industriales. El proletariado representa la mayor amenaza para la el mundo capitalista, basado en la maximización de los beneficios a cualquier precio.

Aún faltan muchos años para la fundación, en 1864, de la I Internacional, pero ya se plantea la solidaridad entre los trabajadores de todos los países.

Flora demuestra su lado más visionario con una propuesta pionera, la constitución de una gran asociación que una a todos los proletarios sin distinción de oficios. Por eso, el historiador francés Michel Winock considera que ella fue la auténtica inventora de la clase obrera.

Su intención no es otra que articular en un todo coherente a los desfavorecidos, convencida de que los capitalistas se benefician de la atomización de los humildes. Si éstos toman conciencia de la fuerza de su número, nada podrá detenerlos. A condición de que abracen la vía legal, puesto que la experiencia ha evidenciado que la rebelión violenta no conduce a ninguna parte.

Su carácter resuelto la empuja a pasar a la acción. Sabe que, de otro modo, los graves problemas sociales permanecerán irresueltos. Por eso no entiende a los socialistas románticos, discípulos del utopista Charles Fourier, como Victor Consideránt. Le parecen simples teorizantes, incapaces de insertarse allí donde se juega el porvenir de la Historia.

Por desgracia, los sueños van por un lado y la dura realidad por otro. Ella puede tomarse totalmente en serio su misión mesiánica, segura de guiar a la humanidad hacia un futuro mejor, pero eso no significa que los trabajadores la comprendan. Más bien lo contrario.

Para la mayoría de aquellos a los que ha de redimir, la voluntariosa e inflexible Flora es poco menos que una extraterrestre. Bloch-Dano da en el clavo al señalar la raíz del problema: pese a sus buenas intenciones, se halla en una especie de tierra de nadie. Esa es su tragedia.

A ojos de los obreros sigue siendo una burguesa. Los burgueses, mientras tanto, recelan de su inequívoca apuesta a favor de las clases populares.

Busca apoyos financieros en todas partes, dirigiéndose al rey Luis Felipe, a la Iglesia y a los empresarios. Necesita dinero para un proyecto grandioso, los Palacios Obreros, concebidos para atender las necesidades de la clase trabajadora: educación para los niños, atención para los viejos y enfermos. Como era de esperar, los privilegiados ni se dignan responder.

Mientras tanto, no cesa en su labor de agitación política, con la energía de quién realiza un auténtico apostolado. Entre abril y noviembre de 1844 emprenderá una agotadora gira por Francia, organizando reuniones con los trabajadores mientras vende ejemplares de Unión Obrera y procura evitar la vigilancia de la policía, atenta a los pasos de una activista que reproduce “la quimera del comunismo y de la rehabilitación de la mujer”.

Pero el tremendo esfuerzo físico acaba por pasarle factura y muere con apenas cuarenta y un años, exhausta. Más que una líder obrera ha sido una francotiradora, siempre celosa de su independencia.

La memoria histórica retendrá su imagen de revolucionaria, sin que muchos adviertan que Flora no se veía a sí misma como tal sino como la defensora de proyectos realistas, propios del sentido común. Su socialismo pretendía reconciliar la justicia social y la libertad personal, desde una perspectiva ajena por completo a la lucha armada. Tal vez por ello, el marxismo iba a ningunearla olímpicamente.


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Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

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  • (no será publicado)

  1. gravatar Carlos Salinas Responder
    octubre 1st, 2013

    Efectivamente, en el medio social habitual, y en las aulas, no es frecuente en España el conocimiento sobre Flora Tristán. No obstante, algunas propuestas y experiencias didácticas tratan de difundir su relevancia histórica. Por ejemplo.- http://www.lavirtu.com/noticia.asp?idnoticia=43683