Números y civilizaciones clásicas (primera parte)

11 sep, 2013 por



Los números han fascinado a todas las culturas y en todos los tiempos. Contar es un acto consustancial a la evolución humana y es muy posible, aunque no hayamos encontrado aún pruebas de ello, que desde lo más antiguo de nuestra existencia se utilizasen signos convencionales para contar y enumerar, ya fuese con los dedos de la mano, ya con guijarros, ya con marcas en una rama.

No en vano calcular viene del término calculus, que significa ‘piedra’ en latín (‘piedrecita’, en referencia a la de los ábacos).

Los signos numéricos nacerían al tiempo que la escritura, entre el 4000 y el 3000 a.C., y todas las civilizaciones han contado con un sistema numérico propio, ya fuese aditivo (egipcio, sumerio, griego, romano, judío, árabe), híbrido (chino, arameo, tamil) o posicional (babilónico, maya, indio).

Notaciones numéricas (escritura hierática) en el Papiro Rhind (4000 a.C.) de Tebas (Egipto). Actualmente en el Museo Británico.

El gran avance en la historia de los números fue el cero. Los mayas lo utilizaban desde aproximadamente el 400-300 a.C., aunque el sistema numérico contaba con alguna deficiencia derivada de la necesidad de adaptarlo a su calendario.

Habría sido en la India, alrededor del 570 a.C., donde se desarrollaría el sistema matemático en base diez (0 a 9) que hoy conocemos con el nombre de sistema arábigo,  ya que fueron los árabes quienes lo introdujeron en Europa.

En todas las culturas y civilizaciones encontramos ejemplos de cómo los números vertebran su sabiduría y forman parte intrínseca de su pasado. Este es un nuevo artículo sobre los números en la Historia, más concretamente, recordaremos algunos números protagonistas en las civilizaciones clásicas: Grecia y Roma (específicamente en el cristianismo romano).

 

Un poco de sabiduría griega

Pitágoras de Samos.

Grecia es la cuna de Pitágoras (de Samos, siglo VI a.C.), el sabio a quien debemos el término matemática, y que fundaría en Crotona (actual Italia) una escuela que sus discípulos pitagóricos convertirían en filosofía de vida, casi una religión, en la que se quería explicar toda la realidad, física y metafísica, a través de los números.

Los llamados pitagóricos, que fueron los primeros en cultivar las Matemáticas, no sólo hicieron avanzar a éstas, sino que, nutridos de ellas, creyeron que sus principios eran los principios de todos los entesy que todo el cielo era armonía y númeroAfirma que el Uno es Dios”.

Aristóteles, Metafísica, Libro I, Cap.5.

Los griegos fueron extremadamente puntillosos con las proporciones y las medidas. Todo estaba regido por un orden numérico basado en cálculos concretos sancionados por la tradición y los dioses: desde los órdenes arquitectónicos (recogidos más tarde por el romano Marco Vitruvio Polión en el siglo I, en su obra De Architectura en diez volúmenes); hasta las proporciones escultóricas, cuya máxima expresión la encontramos en Polícleto (siglo V a.C.).

Influido por Pitágoras, Polícleto llegó a escribir un tratado, El Canon (perdido, pero ejemplificado en sus obras escultóricas como el Doriforo y el Diadumeno), en el que pormenorizaba, a través de relaciones numéricas, la armónica distribución de la representación del cuerpo humano: Partiendo de la medida de la falange distal del dedo meñique, y en base a su longitud y anchura, se establece el módulo de medida para el resto del cuerpo, en el que la altura total equivale a siete cabezas.

“Para enseñarnos en un tratado toda la proporción del cuerpo, Polícleto apoyó su teoría en una obra, haciendo la estatua de un hombre de acuerdo con los principios de su tratado y llamó a la estatua, como al tratado, Canon [el Diadumeno]…. Es necesario —afirma Polícleto— que la cabeza sea la séptima parte de la altura total de la figura, el pie dos veces la longitud de la palma de la mano mientras la pierna, desde el pie a la rodilla, deberá medir seis palmos, y la misma medida habrá también entre la rodilla y el centro del abdomen.”

Galeno, De Temperamentis (siglo II).

Su esquema de perfección perduró incluso en época romana, aunque otro gran escultor de la antigüedad griega, Lisipo (de Argos, 370-316 a.C.), modificó la proporción a ocho cabezas utilizando criterios estéticos y no matemáticos. Ahora la figura resultaba más esbelta.

Estos cánones griegos de simetría y armonía humana serían utilizados y perfeccionados muchos siglos después por Leonardo da Vinci en 1487 para la elaboración de su Hombre de Vitruvio (tomando el nombre del ya mencionado arquitecto), en el que se ha querido ver, por extensión, una representación de la armonía matemática del Universo al modo pitagórico.

La mitología griega también contiene referencias numéricas recurrentes. Empezando por la misma composición del Olimpo, los dioses principales eran doce: Zeus, Hera, Apolo, Afrodita, Atenea, Poseidón, Hefesto, Hermes, Ares, Artemisa, Deméter y Hestia. Y doce fueron los trabajos que Euristeo encomendara a Heracles para expiar sus culpas.

“Los Siete Sabios de Grecia” en un Mosaico de Pompeya. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

El número siete tiene nutrida representación en la Grecia clásica. Los Siete contra Tebas son los personajes de una tragedia del mismo título que Esquilo escribiera sobre el 467 a.C. (formaba parte de una tetralogía compuesta para las Dionisias, que se han perdido) en la que Polinices de Tebas, ayudado por Adrasto de Argos (su suegro), se lanzan a reconquistar su trono perdido. Formaron una expedición para atacar Tebas que estaba compuesta por siete paladines.

Además de los mencionados formaban parte de ella: Anfiaro (adivino y cuñado de Adrasto, con quien estaba enemistado además), Hipomedonte (su sobrino), Capaneo, Partenopeo de Arcadia, y Tideo de Calidonia.

Pero los siete más conocidos son los Siete Sabios de Grecia, denominación utilizada entre los años 620 y 550 a.C., refiriéndose a diferentes personajes.

A los cuatro principales, Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Bías de Priene y Solón de Atenas, se les solía añadir, según las crónicas, un número variable de eruditos versados en estadística, oratoria, legislación o filosofía, tales como: Cleóbulo de Cnidos (o Lindos), Periandro de Corinto, Quilón de Esparta, Pitágoras, Pisístrato, Misón de Khenas, Epiménides, Ferécides, Anarcasis, Teognis, Focílides, Acusilao, Aristodemo, Lasos de Hermión, Leofanto, Orfeo y Lino… Y así hasta 23 según el historiador alemán Johannes Engels, autor de un libro titulado, precisamente, Los Siete Sabios de Grecia.

Esta extraordinaria confluencia de sabiduría humana pudo deberse, según Carlos García Gual, a la existencia de un momento de transición en el que a causa de una crisis de valores y dolosas convulsiones económicas y sociales, los ciudadanos piden apoyarse en la razón para construir un nuevo orden. “Todavía son aceptados como guías de la comunidad por su saber”, dice García Gual, algo que más tarde no sucedería (al menos no como guías de la ciudadanía).

Hoy en día con una Grecia quebrada por la crisis de la deuda soberana, los recortes sociales, el paro, la pobreza y el auge de sentimientos de carácter ultranacionalistas (y neonazis, como el partido Amanecer Dorado), se ha recurrido a gestores económicos para sacar adelante un gobierno y un país debilitado. Sin embargo, en las calles de Atenas los indignados siguen gritando, hoy como entonces: Necesitamos sabios, no tecnócratas.

Seguimos en Grecia para mencionar otra serie de agrupaciones numéricas de envergadura, como la Boulé, o Consejo de los Quinientos, tal y como fuera conformado por Clístenes (570-507 a.C.). En su origen fue una asamblea de ciudadanos que debatía sobre asuntos menores hasta que Solón, en el 594 a.C., la dotara de mayor número (Consejo de los Cuatrocientos) e importancia.

Muchas centurias más tarde, ya en 1495, y en la República de Florencia, Girolamo Savonarola haría construir el Salón de los Quinientos en el Palazzo Vecchio para albergar las sesiones del Gran Consejo, el órgano de gobierno de la República, que estaba formado por quinientos ciudadanos con derechos políticos.

Su funcionamiento habitual se realizaba a través de un órgano representativo llamado Consejo de los 80, auténtico grupo de poder, formado, naturalmente, por ochenta miembros del Gran Consejo pertenecientes a la banca, el (gran) comercio y artesanado y la industria. En Venecia este Consejo de gobierno estaba formado por una decena y era llamado Consejo de los Diez.

Leónidas en las Termópilas, por Jacques Louis David.

Más famosos y conocidos fueron los 300 de Esparta, los valientes lacedemonios que hicieron frente al ejército persa de Jerjes I en el paso de las Termópilas, en el 480 a.C., durante la segunda Guerra Médica. Sin embargo, ni fueron solo trescientos, ni fueron solo espartanos los que estorbaron el avance de uno de los ejércitos más temibles de la antigüedad (cuyo cuerpo de élite, de unos 10.000 hombres, eran llamados los Inmortales), tal y como el propio Heródoto de Halicarnaso (484-425 a.C.) lo cuenta en sus Historias (Libro VII): “Contra tres millones pelearon solos aquí, en este sitio, cuatro mil Peloponesios”.

La coalición de polis griegas, liderada por Esparta, estuvo conformada por miles de hombres hasta que Leónidas, el rey espartano, viéndose traicionado por el tesalio Efialtes, optó por quedarse al mando de un reducido número de combatientes entre los que se encontraban los famosos y aguerridos 300 hoplitas espartanos. Pero también se quedaron sus ilotas (según Plutarco, seis o siete por cada lacedemonio), y algunos cientos de soldados tebanos y tespienses. Todos ellos murieron en aquella mítica batalla que duró tres agónicos días.

La heroicidad espartana fue así sobre alabada por Heródoto para quien “la Grecia es una nación criada siempre sin lujo y con pobreza, pero hecha a la virtud, fruto de la sabiduría, y de la severa disciplina… y se defiende de la servidumbre”.

No mejor suerte sufrieron los 10.000 de Jenofonte, el último grupo humano de la antigua Grecia del que se ocupará este artículo. Esta expedición, descrita por el ateniense aunque filoespartano Jenofonte (431-354 a.C.) en su libro La Anábasis (o ‘Expedición de los 10.000’), constituye uno de los episodios más fascinantes de la Historia. Narra las desventuras de un grupo de mercenarios griegos (peloponesios en su mayor parte pero también peltastas y arcadios entre otros) reclutados por el sátrapa persa Ciro el Joven (424-401 a.C.) para su guerra particular contra su hermano y rey aqueménida, Artajerjes II Memnon (soberano persa desde el 404 al 358 a.C.).

Tras la muerte de Ciro en la batalla de Cunaxa (401 a.C.), estos 10.000 hombres, cansados y denostados, lejos de su patria y sin recursos, emprenden la vuelta a casa bajo el mando del espartano Clearco y más tarde del propio autor. En el relato de este viaje, Jenofonte exhibe una gran claridad expositiva (no exenta de apasionado dramatismo en no pocas ocasiones) que dota a la obra de una importancia capital para historiadores.

 

Finaliza en Números y civilizaciones clásicas (segunda parte).

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