Números y civilizaciones clásicas (segunda parte)

16 sep, 2013 por



Viene de Números y civilizaciones clásicas (primera parte)

 

Roma y la tradición cristiana

Pese a la evidente influencia greco-helenística, para los romanos las ciencias (como la matemática) eran artes, una téchne que servía para su aplicación práctica y no para la teorización filosófica. Por eso se dedicaron enteramente a la técnica, utilizando dedos y ábacos para realizar cálculos rudimentarios (gramática) mientras se servían de los adelantos griegos para aplicar la geometría y la agrimensura (famoso en este campo fue Higinio Gromático, en el siglo II) en los trazados de vías públicas, construcciones (religiosas, públicas y privadas), divisiones civiles y fronteras militares. Y sobre todo en sus precisas obras de ingeniería.

Incluso, nuestro ya familiar Vitruvio, en su afamada obra, se confesaba en franca desventaja frente al conocimiento griego:

Si algo no está explicado con arreglo a las leyes de la Gramática, que me sea perdonado, toda vez que no soy un gran filósofo ni un elocuente orador ni un hábil gramático… sino un arquitecto impregnado de esta cultura y que se ha empeñado en escribir esta obra

Marco Vitruvio PoliónDe Architectura”, Libro I.

En el siglo I nacen tanto el Imperio romano como el cristianismo, y ambos llegan a esta fecha con una evidente y atestiguada helenización: la lengua culta en ambos casos es el griego (“es para mi, ó romanos insufrible, vuestra ciudad en Griega transformada”, diría incluso Décimo Junio Juvenal en sus Sátiras III). Con la definitiva implantación en todo el Imperio de la religión cristiano-nicena (católica) con el Edicto de Tesalónica del año 380, son denostadas la matemática, la filosofía y las ciencias griegas en beneficio de la teología y apología cristianas.

Y aunque esto cambiará con el tiempo, desde el último tercio del siglo IV, filósofos y matemáticos paganos (súbditos romanos pero de origen griego y filiación alejandrina, como Pappus, autor de varios teoremas con su nombre) son constantemente atacados por los primeros autores cristianos (en griego, insisto) y perseguidos por sus propios alumnos convertidos.

Tal fue el caso de los neoplatónicos Teón y su hija, Hipatia de Alejandría, muerta a manos de fanáticos religiosos en la Cuaresma del año 415: “Y seguramente nada puede haber más lejos del espíritu cristiano que permitir masacres, luchas y hechos de este tipo” (Sócrates Escolástico, “Historia ecclesiastica”, Libro VII, capítulo 15). Ese es el final de la escuela matemática alejandrina.

Numeración romana en una estela.

Pese a la poca predicación del “arte de la matemática”, los romanos tuvieron una gran afición por el orden numérico y a la proporción aritmética, al menos hasta donde les fue posible con una numeración (romana) que no contaba con el cero. Perfeccionaron, eso sí, el calendario (de doce meses desde Numa Pompilio, en el siglo VII a.C.), y mantuvieron un estricto control numérico en ámbitos como la educación (triviumquadrivium), la composición cívico-política (tribus, curias, triunviratos, tetrarcas, cursus-honorum, magistraturas, consulados, comicios) el ejército (falange, manípulo, centurias, contubernia, legiones, cohortes) y el castrum o campamento militar con sus rígidas medidas.

 

Es con el cristianismo cuando encontramos grupos humanos denominados más propiamente por el número de sus componentes. Ya hablamos en artículos anteriores tanto de la Trinidad cristiana (De triunviratos y troikas), como del número siete (De siete en siete), que está presente en las Siete Virtudes (tres teologales y cuatro cardinales) y en los Siete Pecados Capitales.

Mesa de los pecados capitales (1485, pintura al óleo sobre tabla), de Jerónimo Bosch, el Bosco. Inscripción del centro: Cave, cave, Deus vídet (“cuidado, cuidado, Dios lo ve”).

Fue el papa Gregorio Magno (540-604) quien estableció la lista definitiva de los pecados considerados capitales (vicios que son causantes de otros pecados) por la Iglesia católica, que venían siendo mencionados ya en algunos tratados eclesiásticos de siglos anteriores (Cipriano de Cartago, el monje Evagrio, o Juan Casiano…), y siguieron siendo revisados por pensadores posteriores como Alcuino de York.

Son estos: la lujuria (fornicatio); la pereza, en la que Gregorio Magno incluyó la tristeza, considerada hasta entonces un octavo pecado capital; la gula (y la ebriedad); y los causados por la ira, la envidia, la avaricia y la soberbia. A estos pecados le corresponden siete virtudes, respectivamente: castidad, diligencia, templanza, paciencia, caridad, generosidad y humildad.

Sí. El siete es un número muy recurrente en la tradición cristiana. Además de lo dicho, también son siete los Sacramentos (bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, unción de los enfermos, ordenación sacerdotal y matrimonio), y es el número más mencionado en todo el Antiguo y Nuevo Testamento. Aparece en el Génesis, con asenso expreso a su excelencia: “Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó” (2:1 al 3). Y así hasta en el Apocalipsis: “…había un cordero… tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios enviados a toda la tierra” (5:6).

El siete y sus múltiplos siguen apareciendo en la Biblia relacionándolos con el perdón (“entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”; Mateo 18: 21-22); y con el sermón final de las Siete Palabras, las siete frases pronunciadas por Jesús en la cruz y que empieza con una de perdón, precisamente: “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen…” (Pater dimitte illis, non enim sciunt, quid faciunt, Lucas, 23: 34).

Pero además del siete, el cristianismo guarda una especial relación con otros números.

Del cuatro (“en el número cuatro se significa el cuerpo, pues la naturaleza de éste es cuatripartita”, San Agustín, “Cuestiones sobre los Evangelios”, Libro II) encontramos los Cuatro Jinetes del Apocalipsis (la victoria, la guerra, el hambre y la muerte, en Apocalipsis 6:1-8) y los Cuatro Evangelios Canónicos con sus correspondientes evangelistas: los tres evangelios sinópticos, de Marcos, de Mateo y de Lucas, y el Evangelio de Juan.

Moisés y las tablas de la ley, de Rembrandt.

Con el diez (la tetraktys sagrada de los pitagóricos) se recuerda a las diez tribus perdidas de Israel (Simeón, Dan, Manasés, Isacar, Zabulón, Aser, Neftalí, Rubén, Efraín, Gad), aquellas que quedaron separadas de las doce tribus primigenias cuando en el 722 a.C. Sargón II de Asiria invadió el territorio, expulsó a su población y repobló Israel con colonos venidos de otros lugares de sus dominios. Un proceder que ciertamente me resulta familiar…

El Libro del Éxodo nos habla de los Diez Mandamientos (20:1-17 y 34:10-28), las leyes del Pacto de Dios con su “pueblo elegido” entregados por Yahveh a Moisés en la cima del Monte Sinaí, donde el profeta permaneció cuarenta días y cuarenta noches. Precisamente el cuarenta es otro número importante en la terminología cristiana, pues también cuarenta fueron los días que duró el Diluvio, cuarenta los años que duró el éxodo judío por el desierto y cuarenta los días que Jesús pasó meditando en el desierto mientras era tentado por el demonio. Este episodio es el que conmemora los cuarenta días de la Cuaresma, el tiempo de preparación litúrgica para la Pascua. Comienza el miércoles de ceniza y termina en el jueves santo (el viernes, sábado y domingo siguientes son conocidos como “triduo pascual”).

La agrupación numérica más representativa de la tradición cristiana es el doce. Jacob (llamado Israel por Yahvé), el patriarca cuya historia de la compra de la primogenitura a su hermano Esaú se narra en el Génesis, tuvo doce hijos que fueron el fundamento de las doce tribus de Israel (al parecer de 12.000 miembros cada una, pues según Revelación 7:4-8, los salvados, o “sellados” fueron 144.000, aunque no coinciden los nombres de las tribus).

La Ultima Cena, obra de Leonardo da Vinci (1495-1497), por encargo de su mecenas, el duque Ludovico Sforza. Fresco de la Sacristía del Bramante, en la Basílica de Santa María delle Grazie (Patrimonio de la Humanidad) en Milán.

Hay que recordar que en Grecia existía ya una formación de 12 pueblos llamada Anfictionía, con un carácter más religioso que político (la más importante tenía su sede en Delfos y en el Santuario de Deméter en Antela), que se mantuvo incluso hasta el siglo II a.C. con la dominación romana.

Y que en la misma Roma, existía asimismo una cofradía sacerdotal de orígenes míticos llamada los “Doce Fratres Arvales” (mencionada por Marco Terencio Varrón en el siglo I a.C., en el libro V de su obra “De lingua latina”), al parecer la versión latina de los Titii Sodales sabinos, que se dedicaban a ofrecer sacrificios públicos (Ambarvalia) por la fertilidad de la tierra y los cultivos, en honor a una diosa particular de esta fratría llamada Dea Dia.

A esta cofradía de Arvales pertenecieron emperadores romanos como Augusto o Heliogábalo, y desapareció solo con la implantación del cristianismo. Y volviendo al tema inicial, el cristianismo también mantuvo su propia formación docena, los doce Apóstoles, los hombres que acompañaron a Jesús y fueron enviados por él a predicar el Evangelio:

“Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo, Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó. A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones…  Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado.”

Evangelio de Mateo; Cap.10:1-15

Después de estos doce también son considerados Apóstoles (que vieron a Jesús) Matías, elegido para sustituir a Judas, cuando el grupo quedó reducido a once miembros por su traición y suicidio; y Pablo de Tarso, de cuyas revelaciones se desprende que “vio” a Jesús resucitado en su camino a Damasco por lo que él mismo se definió como “Apóstol de los gentiles”.

Lucas relata cómo se amplían los discípulos: “Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta (Evangelio de Lucas; Cap.10:1-12).

Cuando los Apóstoles fueron once, este número quedó anatemizado en la simbología cristiana, pero con San Agustín encontramos una explicación distinta a la poca predicación que el número once tenía entre la comunidad cristiana. Recordemos que diez son los mandamientos de la Ley de Dios:

“…pues el número undécimo significa la transgresión de la ley. Pues si la ley es el número diez, el pecado es el once. La ley pasa por el diez, el pecado por el once. ¿Por qué el pecado por el once? Porque para llegar al número once has de rebasar el diez. En la ley está fijada la medida; rebasar la misma es el pecado. En el mismo momento en que traspases el número diez vienes a dar en el once…. Cuando dijo setenta y siete indicó todos los pecados, porque once por siete resultan setenta y siete.”

San Agustín, Sermón 83 (El perdón de las Ofensas) Cap.7

No es por lo tanto, el número 13 el de la mala suerte y el pecado en la tradición cristiana, aunque, tal vez no por casualidad, es en el capítulo 13 del Apocalipsis donde se habla de la venida del anticristo, que también tiene su “número”, el 666 o número de la bestia. Y si quisiéramos seguir esta línea, algo nos debe indicar el hecho de que el reciente papa Francisco fuese elegido un 13 de marzo de 2013…

Jaime I de Aragón recibe del jurista y obispo de Huesca Vidal de Canellas la Primera Compilación del Fuero de Aragón, realizada por él en 1247.

Nos faltaría hablar de algunos números significativamente más densos, como el de las 300 doncellas de Valencia, que según el mito, llegaron junto a siete soldados catalanes y sus esposas a requerimiento del “rei conqueridor”, Jaime I, para ser desposadas por otros tantos caballeros y repoblar el territorio tras la conquista en 1238.

Hoy en día, esta crónica del siglo XVI, del Pere Antoni Beuter, que afirma así mismo que los rostros de los 14 fundadores (los siete soldados y sus esposas) son los que están esculpidos en Porta de L’Almoina, la portada románica de la Catedral de Valencia (cuya construcción se inició en 1262), no está avalada por ningún estudio científico, pero se defiende desde el departamento de Historia del Arte de la Universidad de Valencia que los rostros pétreos (fuesen o no de los míticos 14) sí que influyeron en la memoria colectiva de los valencianos como mito fundacional y repoblador.

Otro mito cristiano habla de 11.000 vírgenes, entre las que se encontraba Úrsula, única hija del rey de Britania, que en el siglo VI cayeron en poder de los hunos y al no querer acceder a sus pretensiones de perder la virginidad, acabaron sacrificadas a manos de sus captores. El suceso acabó siendo devocionado por la Iglesia católica merced a Beatriz de Suabia, esposa del rey castellano-leonés Fernando III el Santo (siglo XIII).

Sin embargo nada fue lo que parece. En principio solo una inscripción en piedra en la Iglesia de Santa Úrsula en Colonia (de fecha incierta, aunque pudiera ser del siglo V), menciona el suceso: “Un tal Clematius, un hombre con rango senatorial, que al parecer vivía en el Oriente antes de ir a Colonia, fue guiado por frecuentes visiones para reconstruir en esta ciudad, en tierra de su propiedad, una basílica que había caído en ruinas, en honor de las vírgenes que sufrieron martirio en ese sitio”.

No es hasta el siglo IX o X cuando el romancero alemán cuenta ya la historia de la joven Úrsula aunque con diferentes versiones. Básicamente: viajaba a Roma en peregrinaje por tener que contraer matrimonio (pactado por su padre) con un príncipe bretón, pagano, siendo ella ferviente católica. En la comitiva viajaban diez doncellas de su corte (Martha, Saula, Brítula, Gregoria, Saturnina, Sencía, Pinnosa, Rabacia, Saturia y Paladia) y en el camino de regreso (tras tres años de viaje, aunque otras narraciones hablan de un naufragio), un 21 de octubre, en la agreste Germania fueron capturadas por el rey de los bárbaros hunos, quienes al parecer, sí que acabaron con sus vidas.

Un documento monacal del año 922 relataba el suceso: “Dei et Sanctas Mariae ac ipsarum XI m virginum”.

El error se pudo producir al reproducir la frase como “undécima millia virginum” (once mil vírgenes) en lugar de la forma correcta “undécima mártires virginum” (once mártires vírgenes). O también pudo venir el error por la última de las doncellas de Úrsula, una jovencita a la que llamaban “la úndecimilla”. Cosas del latín o no, el error se mantuvo, se aceptó y se extendió por toda Europa junto con las consabidas reliquias de las mártires santas (nunca han sido canonizadas no obstante) veneradas sobre todo en Colonia.

San Mauricio y la Legión tebana en un manuscrito del siglo IX-X.

San Mauricio y la Legión tebana en un manuscrito del siglo IX-X.

Para acabar con este apartado y con el artículo, faltaría mencionar un episodio recuperado por el escritor portugués José María Eça de Queiroz en su libro Diccionario de Milagros (falleció en agosto de 1900 y se publicó incompleto).

En él cuenta la historia de los 6.666 mártires de la Legión Tebana (Thebaeorum), compuesta por cristianos egipcios (bautizados en Jerusalén) dirigidos por San Mauricio, que se negaron a ofrecer un sacrificio pagano en honor del emperador Maximiano (285-305). Como castigo fueron diezmados (se ajustició a una décima parte de ellos) por tres veces y finalmente todos sufrieron pena de muerte siendo después arrojados a un pozo junto con sus oficiales Mauricio, Exuperio y Cándido.

Sucedió en Acaunum (o Agaune), en Valais (Suiza), al parecer en el año 303, según la “Pasión de los mártires de Agaune” (del siglo V, obra del obispo Euquerio de Lión). Y digo al parecer, porque otra versión, la Passio interpolata (igualmente del siglo V) dice que la Legión acudió a sofocar la revuelta de los bagaudas, que se produjo en el año 286. No obstante, ambas versiones proceden de escritos muy posteriores (del siglo VII la primera y del siglo IX la segunda) y por lo tanto es muy difícil de precisar.

Las dudas históricas del hecho no es óbice para que Queiroz concluya su relato: “Trescientos años después sus espíritus se aparecieron al obispo Teodoro y le dijeron donde yacían. Teodoro hizo desenterrar aquellos restos y los repartió como reliquias”. Hay indicios de que este Teodoro pudo ser obispo de Octodurus (actual Martigny, en el cantón de Valais, en Suiza) a finales del siglo IV (por lo tanto no habían pasado trescientos años, como afirma Queiroz) y que su acción pudo tener intencionalidad política en un momento de crisis por la irrupción de un usurpador al dominio del Imperio.

No obstante, su basílica acabo convertida en un exitoso lugar de peregrinación. Lo que pudieron llegar a lograr unas reliquias…

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