Rafael de Urbino… la agitación del continuo aprendizaje

Por . 4 septiembre, 2013 en Edad Moderna
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El 6 de abril de 1520 moría en Roma Rafael, según Vasari por extralimitarse en sus tareas amorosas. Sea esta anécdota acertada o no, Vasari no sería el único en atribuirle ciertos dotes sexuales al de Urbino, de hecho Nietzsche en su Teoría de las artes dice:

Los artistas, cuando valen algo, son de constitución fuerte (también físicamente), exuberantes, animales robustos, sensuales; sin un cierto sobrecalentamiento del sistema sexual no cabe pensar en un Rafael…”

Esto lo dice Nietzsche, no yo, que estimo a Toulouse-Lautrec, a la Bourgeois o a Giacometti como grandes artistas a pesar de su complexión débil.

 

Inspiración

Rafael estuvo presente en dos momentos extraordinarios de la historia del arte. El primero lo llevó de Siena a Florencia cuando, estando trabajando en la biblioteca del Duomo, le llegan noticias de que Leonardo da Vinci y Miguel Ángel se ocupaban de sendos trabajos en la misma sala del Palazzo Vecchio sacando a la luz la batalla de Anghiari y la de Calcina, respectivamente. No dudó en dirigirse a Florencia para estudiar los cartones de estas piezas.

La otra gran oportunidad que le brindó la vida fue a través de Bramante. Este, que tenía las llaves de la Sixtina y que bajo las emociones no era muy de fiar, aprovechó la ausencia de Miguel Ángel, quien había huido a Florencia tras un altercado espectacular con el papa Julio II (el cual también había visitado la famosa capilla sin permiso) para abrirle la puerta a Raffaello Sanzio (el verdadero nombre del pintor protagonista de este articulo).

El resultado de estos dos hechos va a marcar la obra posterior de Rafael, quien, habiendo trabajado mucho tiempo con Perugino, no dejó de aprender y estudiar durante toda su vida. Reinventó el grutesco a partir de la Domus Aurea de Nerón, leyó a Virgilio y a Plotino; y entabló amistad con Durero y con Bramante a quien no dudará en representar como Euclides en La escuela de Atenas.

Triunfo de Galatea, en Villa Farnesina.

Las metamorfosis de Ovidio le inspiraron para El triunfo de Galatea en Villa Farnesina y Mantegna, Bellini y Signorelli le marcaron unas pautas que más tarde romperían Leonardo y Miguel Ángel con su autoridad y soberanía. También era conocedor de la obra de Van Eyck y de Van der Weyden, a los que admiraba.

Su proceso era preciso. Trabajaba conforme a modelos, realizando esbozos y cartones con las medidas originales.

La Pala del Altar Oddi (1502-1504) le libera de la orientación de Perugino. Fue encargada por Leandra Oddi para la iglesia de los franciscanos de Perugia, en donde estaban enterrados los miembros de su familia fallecidos tras las luchas por el dominio de la ciudad. El cuerpo de la Virgen no está presente en la tumba abierta, en clara alusión a la idea neoplatónica de que el espíritu debe emanciparse de la materia.

 

En la cumbre

Pala Baglioni.

Los años en Florencia fueron decisivos en su formación, que culminaría en Roma con las estancias del Vaticano. Cuando llegó a la ciudad del Arno, Leonardo ya había regresado tras diecisiete años en la corte de Ludovico Sforza en Milán y después de hacer la guerra junto a César Borgia y el ejército francés.

Para la realización de la Pala Baglioni en 1507, Rafael estudió hasta la saciedad los trabajos anatómicos de Leonardo, mas aun así no logró aclarar ciertos detalles del esqueleto en un boceto anterior para este entierro de Cristo. Es normal, porque teniendo en cuenta que Leonardo había diseccionado más de treinta cadáveres para sus estudios, jugándose el tipo dada la época en la que vivió, lo que pudieron hacer los demás siempre se quedaba en segundo plano, aun tratándose de Rafael.

El tema de la Baglioni dicen que pudo proceder de una escena de un sarcófago romano que se encuentra en el Vaticano, en donde Atalanta llora por su esposo Meleagro, a quien habían matado sus hermanos. El Nicodemo de este cuadro tiene muchísimas similitudes con el San Mateo que pintó Miguel Ángel en 1505 y que se encuentra en el British Museum. Lo mismo ocurre con la Santa Catalina de Alejandría, que presenta el mismo escorzo.

 

Continuando con las semejanzas, es fácil reconocer la influencia de la Madonna Benois de Leonardo (Hermitage 1478-1482) en La Virgen del clavel (1506) o la de la Sibila Délfica en El profeta Isaíasdel convento de San Agustín.

El profeta Isaías.

Con veinticinco años, en 1508, llega Rafael Sanzio a Roma llamado por Bramante, quien estaría finalizando San Pietro in Montorio e inmerso en las obras del Vaticano.

Julio II le encarga la decoración de las estancias y es a partir de este momento cuando el artista se agita y crece. Su obra se hace magnífica y excelente.

La más célebre de las estancias es la de la Segnatura, y dentro de ella destaca el fresco de la Escuela de Atenas, denominada anteriormente por Marsilio Ficino El templo de la filosofía, quien pretendía continuar con aquella discusión entre platónicos y aristotélicos iniciada, por un lado, por Poliziano y Pico della Mirandola (autor de De ente et uno), frente a Ficino y Lorenzo de Médici. Ficino exponía la idea de aunar el pensamiento de San Agustín con las nociones filosóficas de Plotino.

En el fresco aparece Platón, retratado con el rostro de Leonardo, señalando al mundo de las ideas. Aristóteles por su parte, porta La ética e indica con su mano la necesidad de estudiar lo terrenal. Al margen de sus visiones filosóficas y sus paralelismos con el cristianismo (recordemos la carta de San Pablo a los gálatas en donde hace alusión a la unidad e igualdad de todos los hombres fuesen griegos, judíos, libres o esclavos), Rafael destacó en esta obra como gran retratista. Heráclito tiene el rostro de Miguel Ángel, Euclides, a la izquierda, y calvo tiene las facciones de Bramante. Pietro Bembo, a la derecha del espectador, se encuentra junto al autorretrato de Rafael.

Escuela de Atenas.

Es necesario destacar que en la copia que realizó Giorgio Ghisi de esta obra en 1550, los protagonistas son San Pedro y San Pablo.

La sala la completan La disputa del sacramento, inspirado en El juicio final de Fray Bartolomeo; El parnaso, por donde pasean Dante, Virgilio y Homero; y La justicia, que no puede negar en sus figuras la repercusión que tuvieron las sibilas de Miguel Ángel en la obra del de Urbino.

La siguiente estancia, la de Heliodoro, comprende La expulsión de Heliodoro del templo (1511-1512), La liberación de San Pedro y El encuentro de Atila y León Magno. Las ideas cristianas, clásicas y sobretodo políticas se entremezclan en estas obras, que son el resultado del empeño en revitalizar el papel de Julio II en medio de una situación internacional complicada, con un aumento del dominio francés, el cisma provocado por Luis XII y los sucesos de la Liga de Cambrai, panorama político que tuvo como una de sus consecuencias el Concilio de Letrán.

Misa de Bolsena,

En La liberación de San Pedro, la alusión al papa era clarísima, ya que San Pietro in Vincoli en donde se conservan las supuestas cadenas de San Pedro era la iglesia de Della Rovere en sus tiempos de cardenal. En cualquier caso, en esta sala es evidente que lo que Rafael logra representar es el triunfo de la Iglesia. León Magno lucha contra los bárbaros, la forma se convierte en sangre en La misa de Bolsena y Heliodoro es expulsado del templo por intervención divina. Hay que señalar que una copia que se encuentra en el Louvre sobre un boceto del encuentro entre Atila y León Magno tiene mucha más calidad, energía y genio que el original. También es importante constatar la mano de Giulio Romano y Gianfrancesco Penni, amigos y ayudantes de Rafael, en estos frescos.

El incendio del Borgo.

Por su parte, en la estancia del Incendio del Borgo se narran historias del Liber Pontificalis. Eneas y Anquises aparecen en Roma mientras León III apaga las llamas con su bendición. Rafael deja claro sus estudios anatómicos, el acertado empleo de la perspectiva y el dominio del movimiento.

A la vez que trabajaba en las estancias vaticanas, Rafael seguía recibiendo encargos y pintando para su satisfacción personal. De alrededor de 1513 es el retrato de La Velada, una de las mujeres que “amó hasta la muerte” según Vasari. A su esposa dicen que la retrató como a La Fornarina (Roma, Galería Nacional).

De 1513-1514 es La Madonna de la silla, una amable maternidad, un eterno abrazo de brillante colorido e indudable ternura.

La Madonna de la silla.

 

 

Una muerte temprana

Cuando a punto estaba León X de nombrarle cardenal, así andaban ya las cosas por la Iglesia (no olvidemos que César Borgia fue obispo de Pamplona durante quince años), enferma y muere Rafael el Viernes Santo en que cumplía treinta y siete años. Fue llorado por sus amigos y discípulos, Vasari lo llenó de elogios en su Vida y Baltasar Castiglione le dedicó un poema muy emotivo que termina así:

 

“…Y mientras devolvías a la vida su antigua dignidad

moviste la envidia de los de arriba y la muerte se indignó

de que pudieras devolver el alma a lo ya extinguido

y de que tú despreciando su ley de nuevo reparases

lo que el lento paso del tiempo había hecho desaparecer.

Así, infeliz, rota tu primera juventud, ay, caíste

recordándonos que todos nosotros

y lo nuestro ha de morir”    

 

Muere joven Rafael, pues a quien absorbió el genio de los más grandes y lo materializó en obras inmortales se le arrebató la vida cuando aun no se había extraído todo lo que sus manos y su mente podían ofrecer. Sus restos yacen en el Panteón romano, visitado por miles de turistas al año que raramente se fijan en su tumba.


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Nací en Coruña en 1966, me licencié en Filología hispánica en Santiago de Compostela y en Filoloxía galego-portuguesa en la Universidad de A Coruña. En esta misma ciudad realicé la especialidad de Técnicas de volumen en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos Pablo Picasso. En la actualidad imparto clases de dibujo, pintura e historia del arte a niños en mi propio estudio, y lo compagino pintando y exponiendo mi propia obra.

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