Space Oddity, la soledad cósmica

Por . 18 septiembre, 2013 en Reseñas
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David Bowie tuvo su primer éxito discográfico en 1969, cuando aún era toda una promesa. Esa pieza, Space Oddity, sigue radiándose, escuchándose. En su letra y en su inspiración está en forma embrionaria prácticamente toda la carrera musical de Bowie. Lo espacial, lo extraterrestre, el futurismo, la soledad, la muerte, las llamadas de auxilio, la juventud que se pierde, la tecnología chic, el ancestro originario.

 

Uno

A finales de los sesenta, Bowie había quedado deslumbrado por 2001. An Space Odisey, de Stanley Kubrick. Le fascinaba la aventura interestelar, la carrera metafísica, la evolución y destrucción humanas, la conciencia, el monolito, la belleza y la psicodelia de las imágenes.

Disfrutaba con la ciencia-ficción, con la fantasía de otros mundos posibles, con la quimera de otras realidades virtuales. Pero el cantante y compositor también se interrogaba sobre el dominio de los cacharros tecnológicos (Hal 9000), la debilidad humana (Dave). Fue justamente por esos meses cuando la NASA puso en funcionamiento la primera misión tripulada con dirección a la Luna.

“David relata que la canción se le ocurrió casi de repente, después de haber visto 2001: Una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick”, señala su biógrafo Paul Trynka. “Fui a ver la película puesto hasta las cejas y me dejó alucinado, sobre todo la parte del viaje”, admite Bowie. Esa parte propiamente psicodélica. De ahí nació una canción de melodía sencilla y de estructura compleja.

 

Dos

Hay en aquella película secuencias memorables que retengo desde que la vi por primera vez con nueve o diez años. Para mí, de menor edad que Bowie, el film era un relato majestuoso e indescifrable, como un cuento enigmático. Veía una película de ciencia-ficción, sí, pero hermética y bella, o quizá oscura y premonitoria.

Con astronautas en hibernación; con tripulantes enfundados en sus trajes blancos moviéndose con lentitud sideral; con comida en cápsulas o en patés de colorines. Era el futuro.

El porvenir no estaba en una población de la Tierra, con adelantos que podríamos ver, sino en una estación espacial o en la nave Discovery, no-lugares convertidos en alojamiento humano. Recuerdo los atavíos de los pasajeros o de la tripulación de la estación espacial: una moda muy pop, de un primer pop prehippy, con pantalones aún estrechos.

Pero recuerdo sobre todo la vida en el Discovery. Era una aventura en el sentido más literal de la expresión: un viaje más allá de las estrellas, con un destino que no se conoce bien y con unas metas que la tripulación verdaderamente ignora. Pero quien lo sabe todo es ese otro miembro de la tripulación que desde entonces nos fascinó: Hal 9000.

Las computadoras de entonces, de los años sesenta, se llamaban así: computadoras. O al menos eso era lo que oíamos en pantalla. Y su aspecto externo no era como los ordenadores de hoy: su parte decisiva no era una pantalla o teclado, sino el ojo que te ve, una especie de objetivo con el diafragma bien abierto.

Hal era como Polifemo, pues disponía de un solo ojo, sí, pero, a diferencia de aquel, tenía un dominio panóptico sobre la nave: en todos los rincones del Discovery había terminales que le facilitaban el control de lo que pasaba. Porque, como nos recuerdan Joan Bassa y Ramon Freixas en su libro dedicado al cine de ciencia-ficción, “es necesario precisar ante todo la existencia de dos tipos diferentes de computadora: la máquina programada, archivo de memoria y suministrador de datos, y el cerebro electrónico, categoría máxima de máquina dotada de una inteligencia propia, capaz de razonamientos de todo tipo y, sobre todo, no sólo capaz de responder, sino también de preguntar”. Hal es memoria y razonamiento, capaz de averiguar lo que pasa.

Pero lo que pasaba no sólo lo advertía con su único ojo. También sus redes neuronales le permitían acoplarse a la nave, solaparse con ella, de modo que un desperfecto técnico era captado o percibido inmediatamente.

La historia de 2001 puede ser interpretada de modo diverso y hay, desde luego, distintos problemas que allí se nos muestran: el dominio espacial, sí; pero también los misterios de la existencia, la ambición y la soledad; el poderío de las máquinas y la pequeñez del hombre; las persistentes necesidades humanas de amor, de comprensión, que aquí las expresa Hal, un cacharro concebido para ser perfecto pero cuyo desarreglo neuronal empieza cuando debe enfrentarse a los hombres; las promesas, en fin, de superación que nos depara el futuro (con ese superhombre que vemos nacer).

Cuando Dave Bowman, el único astronauta que sobrevive, empieza a desconectar la computadora, el cacharro tiene miedo. Just what do you think youre doing, Dave?, le dice Hal. Es una pregunta literal pero es también la expresión de un miedo, pues su vida se apaga, cosa que puede producir serios daños en esas redes cerebrales.

Justo en ese momento empezamos a oír ruidos electrónicos, chasquidos metálicos (así lo recuerdo) y un tarareo de Hal. No es el vals de Strauss, sino una cancioncilla infantil. Daisy, Daisy…” Esa canción nos muestra la infancia de la computadora: le fueron introducidos recuerdos y sentimientos, recursos de la existencia humana que siempre se expresan bajo la forma de relatos. Ruidos, valses y sonsonetes.

Siendo niño, la primera vez que vi aquella película no la entendí (insisto), pero quedé definitivamente fascinado por la mezcla de imágenes y sonidos. Admití que el futuro era así y que, por supuesto, el espacio exterior (qué bien sonaba aquello: el espacio exterior) era exactamente igual al visto en 2001. Era una película pomposa, cierto, pero qué película, señores.

No puedo volver a verla (o a oírla) sin sentir una punzada de nostalgia por el futuro.

 

Tres

“La sensación de aturdimiento y alienación que desprende Space Oddity ha desatado elucubraciones que involucran la heroína en la génesis de la canción”, dice el biógrafo de Bowie. No parece cierto, al menos en aquel momento. Por lo que se sabe, a David le iba más el vino blanco…

Sobre estos supuestos y sobre estos datos está concebido Space Oddity: expresa la necesidad de buscar en el mundo exterior una realidad ya desaparecida y expresa sobre todo el fracaso de esta pesquisa. Egregio fracaso. En una lata no hay aire y “en la Luna no hay viento que desdibuje las huellas”, leo en El viento de la Luna, de Antonio Muñoz Molina.

Los rastros que quedan permanecen congelados, como tiempo detenido, y pregonan un pasado ausente. A la vez son una materialidad que se almacena metafóricamente. Tres astronautas norteamericanos, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, deslumbran a los jóvenes y adolescentes de todo el mundo.

“Independientemente de toda opinión política, desde un simple punto de vista imaginativo, pienso que la mayoría de nosotros preferiría que fueran los americanos los primeros en llegar a la Luna. En efecto, a los americanos en la Luna nos los imaginamos”, había dicho Umberto Eco en un artículo de 1959, recogido después en Diario mínimo. ¿Que por qué nos los imaginábamos? Porque para aquellas fechas toda una literatura de ciencia-ficción había facilitado esa posibilidad aún pasmosa e irrealizable.

¿Y los rusos? También los soviéticos podían llegar a la Luna. Al fin y al cabo, el lanzamiento del Sputnik en 1957 había sido una proeza en plena Guerra Fría. ¿Un satélite artificial alrededor de la Tierra? Aquello abatió a los estadounidenses: esa afrenta tecnológica dio origen al programa Explorer y, después, a la misión Apollo.

Diez años después de que Umberto Eco escribiera ese artículo, los norteamericanos llegaban a la Luna, consumando un sueño y sobre todo unas fantasías propiamente literarias.

Pero regresemos a 1959, a ese artículo de Umberto Eco. ¿Y los rusos?, se preguntaba el ensayista italiano. “Los rusos… Hay que hacer un esfuerzo para imaginárselos allí”, se respondía.

Situémonos. Estamos a finales de los años cincuenta. La literatura de la que habla Eco ha creado una experiencia de lo imaginario (la llegada a la Luna) y una expectativa de lo posible: el triunfo de los americanos en lucha contra la amenaza roja o contra el ataque exterior. O dicho en otros términos: las novelas –el cine y el curso histórico– han creado un espacio de experiencia y un horizonte de expectativas de lo que es probable, temido o deseado. Y en la ciencia o en la técnica también lo probable, temido o deseado, suele ser lo que ya creemos saber con las narraciones.

“Cuando la escribí”, dice Bowie en 1980 refiriéndose a Space Oddity, “era un muchacho muy pragmático y dogmático que creía saber todo sobre el gran sueño americano. En ella cuento cómo la tecnología estadounidense pone en órbita a un tipo que no sabe muy bien qué hace allí. Y ahí lo dejé”, concluye. Dejó al Major Tom en las nubes, tocando el cielo y sumido en una melancolía incurable, en una soledad cósmica.

Tras el alunizaje, Space Oddity también se elevó a las alturas, a las listas de éxitos. Pero sobre todo quedó como una canción triste de un hombre perdido, desorientado. Aún no nos hemos repuesto.

 

Space Oddity (1969)

 

Ground control to Major Tom

Ground control to Major Tom

Take your protein pills and put your helmet on

(Ten) Ground control (Nine) to Major Tom (Eight)

(Seven, six) Commencing countdown (Five), engines on (Four)

(Three, two) Check ignition (One) and may gods (Blastoff) love be with you

 

This is ground control to Major Tom, you’ve really made the grade

And the papers want to know whose shirts you wear

Now it’s time to leave the capsule if you dare

 

This is major Tom to ground control, I’m stepping through the door

And I’m floating in a most peculiar way

And the stars look very different today

Here am I sitting in a tin can far above the world

Planet Earth is blue and there’s nothing I can do

 

Though I’m past one hundred thousand miles, I’m feeling very still

And I think my spaceship knows which way to go

Tell my wife I love her very much, she knows

Ground control to  Major Tom, your circuits dead, there’s something wrong

Can you hear me, Major Tom?

Can you hear me, Major Tom?

Can you hear me, Major Tom?

Can you…

Here am I sitting in my tin can far above the Moon

Planet Earth is blue and there’s nothing I can do

 

 


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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