¿A qué se debió la enemistad entre Atenas y Esparta?

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Pero ni aun esta democracia imperfecta y excluyente, si se nos permite el juicio moral extemporáneo, logra triunfar en todas las polis griegas. Muchas, es cierto, han seguido la estela de Atenas, pero otras, lejos de dejarse impresionar por la brillantez política y cultural de la capital del Ática, se aferran con tozudez al viejo régimen oligárquico.

Esparta ofrece el mejor ejemplo de esta obstinación histórica. Su constitución, atribuida al mítico legislador Licurgo, apenas conoce cambio alguno durante siglos. Al frente del Estado, dos reyes con competencias militares y religiosas se miran de reojo, prestos a conjurar antes de que aparezca el temible espectro de la tiranía.

No muy lejos, cinco éforos los vigilan mientras velan por el respeto a la tradición y las leyes. Pero es la Gerousía, el Consejo vitalicio de ancianos mayores de sesenta años, veintiocho más los dos reyes, el verdadero depositario del poder.

La Asamblea no tiene más participación que el voto, por aclamación y sin deliberación alguna, siempre sometido a la validación posterior de los gerontes, que pueden anularlo si lo consideran erróneo.

Fuera de la comunidad política, los periecos, artesanos y comerciantes que habitan los alrededores de la ciudad, y los ilotas, aldeanos sometidos a servidumbre, son objeto del desprecio de los orgullosos espartanos, que, gracias al esfuerzo de aquellos, pueden dedicar todo su tiempo a entrenar su cuerpo y su espíritu en la dureza de la vida militar, sin concesión alguna a la molicie de la vida urbana, que en su polis, poco más que un villorrio parco en monumentos y espectáculos, no posee el aire civilizado del resto de las ciudades griegas.

¿Bastan tales diferencias para explicar una enemistad tan acendrada entre atenienses y espartanos? No, desde luego, pues no habían sido suficientes para impedir la colaboración leal entre ambas polis frente al invasor persa a comienzos del siglo V a. C.

Fue después, concluidas las Guerras Médicas, cuando incluso la mera coexistencia se tornó difícil. Atenas, se eleva bajo el gobierno de Pericles al culmen de su esplendor, que la convierte en el modelo que todos los griegos desean imitar.

Pero los lacedemonios son poco sensibles a los logros culturales de la capital del Ática y se niegan a aceptar lo que toma cada vez más la forma de una verdadera hegemonía, pues la Liga de Delos, nacida en el 477 a.C. bajo la forma de una alianza preventiva contra nuevos ataques persas, se ha ido convirtiendo poco a poco en un verdadero Imperio de Atenas en el que sus aliados se asemejan a meros súbditos a los que todo se impone, desde el sistema de gobierno, la moneda y los pesos y medidas a las contribuciones al tesoro común, que los orgullosos atenienses administran en beneficio de su ciudad.

«Creo, a saber escribe Tucídidesde acuerdo con la causa más verdadera, pero menos aparente por lo que se dice, que los atenienses, al hacerse poderosos y producir miedo a los lacedemonios, les forzaron a luchar; mientras que las explicaciones que se daban públicamente eran las que cada bando ofrecía, pretendiendo que por ellas se había quebrantado el tratado y entrado en guerra».

Tucídides tenía razón. Esparta no podía admitir la hegemonía de Atenas. La expansión de los atenienses suponía el arraigo en toda Grecia de una constitución política que detestaba, pero también la garantía de que la hegemonía que ella misma había ejercido sobre Grecia antes de la invasión persa no regresaría jamás.

Sólo el renacer de su propia confederación, la Liga del Peloponeso, sobre la que los lacedemonios ejercían una autoridad semejante a la de Atenas en la Liga de Delos, podía evitar el final aciago que el destino parecía reservar a los espartanos.

Grecia entra así en un período que anticipa de algún modo la Guerra Fría, con la salvedad de que ésta, la de verdad, la del siglo XX, por fortuna, no llegaría nunca a convertirse en conflicto declarado. Dos grandes alianzas integran a la gran mayoría de las polis; dos grandes potencias las dirigen; dos ideas del mundo y del hombre las enfrentan.

Bastaba una chispa para que el conflicto larvado, y cada vez más caliente, se convirtiera en guerra abierta, y eso fue lo que sucedió cuando Atenas decidió ayudar a Corcira en el conflicto que mantenía con Corinto, aliada de Esparta.

Había empezado la Guerra del Peloponeso, una verdadera guerra civil griega que se prolongó durante casi treinta años, entre el 431 y el 404 a.C., y terminó con la derrota ateniense y la conversión de la otrora orgullosa ciudad en potencia de segundo orden.


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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  1. gravatar Aitor Pérez Blázquez Responder
    octubre 7th, 2013

    Buenas noches:

    Excelente artículo que pienso usar este curso con mis niños de primero de la ESO.

    Un saludo.

    Aitor Pérez Blázquez