El general Atarés insulta a Gutiérrez Mellado

Por . 23 octubre, 2013 en Siglos XIX y XX
Share Button

El 20 de noviembre de 1975 murió el general Franco, y se inició el proceso de transición a la democracia. Los hombres que lo llevaron a cabo, desde el rey Juan Carlos I hasta los líderes de la oposición sólo tenían un temor: que las Fuerzas Armadas (FAS) lo interrumpiesen forzando la vuelta a un gobierno autoritario presidido o tutelado por los militares.

 

Las Fuerzas Armadas como problema político en la Transición (1975-1982)

La razón de ese temor era obvia: las FAS, junto al partido único –Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de las JONS), al Movimiento, en definitiva– y a la Iglesia católica, habían sido los tres pilares sobre los que se había asentado el franquismo, siendo sin duda el más poderoso, y el único con capacidad para sustentarlo, una vez muerto el dictador.

De hecho, se pueden distinguir tres periodos en el intervencionismo militar durante el periodo comprendido entre 1975 y 1982.

El primer periodo se corresponde con la presidencia gubernamental de Carlos Arias Navarro (noviembre de 1975-julio de 1976), y se denomina de influencia, siguiendo la tipología establecida por Samuel E. Finer.

Dicho periodo se caracterizó porque el gobierno careció de un proyecto articulado para iniciar la transición a la democracia. Como resultado de esta carencia, los sectores más involucionistas del franquismo, tanto políticos como militares, intentaron “influir” en el Gobierno, utilizando como correa de transmisión a los militares que formaban parte del gabinete para conseguir que Arias Navarro mantuviera el estado del 18 de julio, sin apenas modificarlo.

La figura clave sobre la que actuaron esos sectores fue el entonces vicepresidente del gobierno para asuntos de la defensa, el teniente general Fernando de Santiago y Díaz de Mendívil, y en menor medida, con el ministro del ejército, el teniente general Félix Álvarez-Arenas y Pacheco.

El segundo periodo lo denominamos de extorsión y se corresponde con la presidencia de Adolfo Suárez.

Transcurre entre el 3 de julio de 1976, cuando el político abulense fue nombrado presidente del Gobierno, y el 9 de abril de 1977, cuando se produjo la legalización del Partido Comunista de España (PCE).

Este periodo está caracterizado porque el nuevo gobierno si define un proyecto de transición política, que conllevaba el establecimiento de un régimen democrático. Ante esta tesitura, determinados sectores involucionistas, tanto políticos como militares, decidieron intervenir para detener este proceso, dimitiendo o amenazando con una intervención militar.

Las acciones más destacadas de este periodo fueron tres. Por un lado, la reunión del 8 de septiembre de 1976 entre Suárez y los principales mandos castrenses, donde, a pesar de las amenazas vertidas por alguno de los presentes como el teniente general Francisco Coloma Gallegos, capitán general de la IV Región Militar (Barcelona), Suárez consiguió el apoyo de las FAS a su proyecto de reforma política

La segunda de aquellas tres acciones fue la dimisión/cese del teniente general De Santiago (21 de noviembre de 1976), contrario a la política del Gobierno, y que tras su salida de este, envió una carta a sus compañeros con objeto de provocar una reacción militar que frenase el proceso de cambio político

Y, por último, la tercera fue legalización del PCE, el 9 de abril de 1977, que trajo como consecuencia dos intentos de extorsión por parte de las FAS: la dimisión del almirante Gabriel Pita da Veiga, ministro de la Marina (11 de abril de 1977), que fue acompañada de la negativa de todos los almirantes de la Armada para ocupar el cargo que Pita había dejado vacante, en una acción que recuerda la famosa Revuelta de los Almirantes norteamericanos en 1948; y la reunión del Consejo Superior del Ejército (CSE), el 12 de abril de 1977, de la que salió un comunicado muy amenazante para el Gobierno que fue publicado por el diario ultraderechista El Alcazar.

Sin embargo, ambos intentos fracasaron, ya que el Gobierno logró que el prestigioso almirante Pascual Pery Junquera sustituyera a Pita, terminando así con el intento de extorsión de la Armada, y obligó al CSE a emitir un segundo comunicado donde se desdecía del contenido del anterior.

El tercer periodo se prolonga entre la legalización del PCE y la victoria del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) el 28 de octubre de 1978, y se denomina de desplazamiento y suplantación.

La característica fundamental del mismo fue que determinados sectores de las FAS, al comprender que la cúpula militar había sido incapaz de tutelar el proceso de cambio político mediante acciones de influencia o extorsión, y que este proceso llevaba a España a la ruina, lo que se manifestaba en la crisis económica –el número de desempleados alcanzara los 2.286.000–, el auge del separatismo, especialmente en el País Vasco, y la escalada terrorista –destacando los años 1979 y 1980, con 107 y 98 muertos respectivamente–, decidieron poner en marcha un conjunto de operaciones golpista cuyo objetivo era sustituir al Gobierno por otro de carácter civil tutelado por los militares (desplazamiento) o militar (suplantación).

Estas operaciones golpistas fueron: Galaxia (1978), la intentona de Torres Rojas (1979), el golpe de Estado del 23-F (1981) y el golpe de Estado del 27-O u Operación Cervantes (1982).

Será en este periodo donde la tensión entre el Gobierno y los militares llegue a su punto máximo, y donde se produzca el incidente entre el entonces teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente primero del Gobierno para Asuntos de la Defensa, y el general de brigada de la Guardia Civil Juan Atarés Peña, general-jefe de la III Zona de la Guardia Civil (Valencia),  el 17 de noviembre de 1978. Incidente que sólo puede comprenderse si se sitúa en su contexto, y más concretamente si se conoce el papel jugado por Gutiérrez Mellado en el Gobierno de Suárez.

 

Un vicepresidente llamado Gutiérrez Mellado

Manuel Gutiérrez Mellado (1912-1994) fue sin duda la gran figura militar de la Transición, y el último espadón de la historia de España.

El teniente general Gutiérrez Mellado, flanqueado en el banco azul gubernamental del Congreso de los Diputados por el presidente Suárez y por el otro vicepresidente, Alfonso Osorio.

Nacido en Madrid, en el seno de una familia de clase media el 30 de abril de 1912, ingresó en la Academia General Militar (AGM), el 24 de julio de 1929, cuando el entonces general de brigada de Infantería Francisco Franco Bahamonde era su director, perteneciendo por tanto a la generación militar conocida como “los cadetes de Franco”, por el que siempre tuvo una gran admiración, y al que sirvió durante 40 años con gran lealtad hasta el extremo de que ya retirado no dudó en afirmar que “no vamos a pedir perdón por haber ganado la guerra”.

No obstante, a pesar de su carácter eminentemente conservador, como afirma su biógrafo y colaborador Fernando Puell de la Villa, se dio cuenta de que, tras la muerte del dictador, el mantenimiento de su régimen era imposible, y que se hacía necesario homologar las estructuras políticas españolas a las de Europa occidental, lo que implicaba también reformar sus Ejércitos, algo que ya había intentado su mentor, el teniente general Manuel Díaz-Alegría.

Así, entre el 23 de septiembre de 1976 y el 26 de febrero de 1981, actuó como vicepresidente del Gobierno para Asuntos de la Defensa poniendo en marcha una reforma militar que buscaba tres objetivos: la coordinación de los tres Ejércitos, la subordinación de las FAS al poder civil y evitar a toda costa la división de éstas, pues para él como para el resto de los militares de la Transición, esa fue la causa fundamental que hizo posible la Guerra Civil.

Para lograr el primer objetivo, creó en 1977, la Junta de Jefes de Estado Mayor (JUJEM), órgano coordinador de los tres Ejércitos desde el punto de vista operativo, y el Ministerio de Defensa, que sustituyó a los tres ministerios militares del franquismo –uno por cada ejército–, y se encargaba de la gestión administrativa de las FAS.

Para lograr el segundo, estableció en 1978, mediante el Real Decreto 836/1978, de 27 de marzo de 1978, que la JUJEM estaría a las órdenes del presidente del Gobierno, a través del ministro de Defensa, y no del Rey, como querían la mayoría de los militares, que defendían que para que las FAS fueran supuestamente apolíticas y profesionales no podrían depender operativamente de un cargo político, sino del jefe del Estado. La decisión contraria de Gutiérrez Mellado provocó un fuerte descontento entre los militares.

Finalmente, para evitar que las FAS se dividieran, optó con cubrir las vacantes de los principales mandos militares con generales y almirante de su confianza, con independencia de cual fuese su hoja de servicios.

No hay duda de que, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, la reforma militar emprendida por Gutiérrez Mellado fue muy positiva para el asentamiento del sistema democrático, y para lograr la subordinación de las FAS al poder civil.

Pero, también es cierto que en muchas ocasiones provocó tensiones innecesarias con los militares, a lo que no fue ajeno la propia personalidad de Gutiérrez Mellado, un hombre inteligente, pero sin experiencia de mando, ya que su carrera militar había sido de despacho y no al frente de unidades militares, lo que limitaba su competencia como vicepresidente del Gobierno, algo que han reconocido historiadores militares tan poco sospechosos de mentalidad involucionista como los coroneles Javier Fernández López y el ya citado Puell de la Villa.

Así, Fernández López ha escrito: “Su carácter, la total ausencia de experiencia de mando, y cierta aversión a un modelo muy estereotipado de militar, sólo dispuesto a guerrear y recordar la guerra civil, le van a llevar a cometer errores de gravedad para todo el Gobierno”.

Mientras que Puell de la Villa ha insistido en el cambio que se produjo en su personalidad durante su paso por el Gobierno, afirmando:

 

“Cuantos le habían conocido en etapas anteriores, quedaban sorprendidos al observar la crispación que se apoderaba del vicepresidente si se le ponían objeciones, o se disentía de su forma de enfocar determinados asuntos. Un hombre que se había caracterizado, a lo largo de su carrera, por aceptar e incluso favorecer actitudes críticas en sus subordinados, se transformó en un ser desconfiado, quisquilloso, casi violento en ocasiones; relajado y abierto únicamente en los círculos más íntimos.”

 

Este comportamiento del entonces vicepresidente del Gobierno quedaría patente durante su incidente con el general Atarés.

 

Cartagena, 17 de noviembre de 1978

El 15 de junio de 1977 tuvieron lugar las primeras elecciones legislativas en España desde 1936, que fueron ganadas por el partido gobernante, la Unión de Centro democrático (UCD).

Aunque no tenían carácter constituyente, pronto quedó claro que la principal labor de las nuevas Cortes sería elaborar una norma política fundamental que permitiera articular el sistema democrático de nuestro país. Para ello, se creó una ponencia constitucional, bajo la fórmula del consenso, que estuvo integrada por siete diputados: tres dela UCD: Gabriel Cisneros, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón y José Pedro Pérez Llorca; uno del PSOE: Gregorio Peces Barba; uno de Alianza Popular (AP): Manuel Fraga Iribarne; uno del PCE: Jordi Solé Tura, y uno de la Minoría Catalana: Miquel Roca Junjent.

El 31 de octubre de 1978, tras se enmendado por el Congreso de los Diputados y el Senado, fue aprobado por ambas cámaras. El paso siguiente es que fuera ratificada por el pueblo español mediante referéndum.

Según algunos testimonios, Gutiérrez Mellado decidió entonces, con el apoyo del presidente del Gobierno Adolfo Suárez, girar una serie de visitas por las diferentes guarniciones de España para explicar la Constitución a los militares, y resolver cualquier duda que tuvieran sobre ella. Por el contrario, el vicepresidente del Gobierno afirma que inició la gira para explicar su Informe 1/78, enviado el 2 de octubre de ese mismo año a las unidades, y donde se trataba no sólo de la organización de las FAS y del nuevo Ministerio de Defensa, sino también del principal problema de España, el terrorismo de ETA, sobre el que Gutiérrez Mellado había escrito en el citado informe:

Absoluta prioridad merece el problema ETA, movimiento separatista nacido en la década de los cincuenta y que, desde una postura inicial regionalista o más o menos nacionalista, ha evolucionado hacia posiciones revolucionarias, en las que encuentran justificación para llevar a cabo sus crímenes.

 

Fuera cual fuese el planteamiento de la reunión, se trataba en todo caso de una labor absurda como indica Fernández López, ya que no tenía ningún sentido, dada la situación de tensión entre las FAS y el Gobierno –provocada fundamentalmente por el terrorismo etarra–, que el vicepresidente del Gobierno se encerrara con 1000 militares –la mayoría mal dispuestos hacía su persona– en un recito cerrado, lo que podría derivar en una auténtica “encerrona”. Y eso fue lo que ocurrió en Cartagena.

Hasta ese momento, la gira de visitas de Gutiérrez Mellado había transcurrido sin incidentes; pero en Cartagena se iba a encontrar con un factor diferente: la presencia, junto a los generales, jefes, oficiales y suboficiales del Ejército, de una fuerte presencia de miembros de la Armada.

Este Ejército, el más conservador y corporativo de las FAS, estaba especialmente indignado tanto por la legalización del PCE, ya que muchos de sus miembros eran familiares de los miles de miembros del Cuerpo General de la Armada asesinados al comienzo de la Guerra Civil, de los que siempre se culpó a los comunistas, como por la forma en que Gutiérrez Mellado había resuelto la dimisión de Pita da Veiga.

Por ello, como indica el entonces comandante de Artillería Ángel de Lossada y Aymerich, miembro del gabinete del vicepresidente del Gobierno, aquéllos decidieron provocar un incidente. Así, dejaron que Gutiérrez Mellado explicase las características de la Constitución, esperando a que llegara el turno de preguntas para intervenir. Utilizando un lenguaje militar, el fuego lo inició el capitán de corbeta José Casado de la Puerta, quien realizó la siguiente pregunta:

 

 

“Señor vicepresidente: ¿En qué se funda el gobierno para creer que los principios en que se basala Constitución, laica y liberal, que se nos va a proponer en referéndum, va a traer a España la paz, la prosperidad y la justicia, si bajo esos mismos principios, desde 1812 hasta 1939, España sufrió cinco guerras civiles, tres destronamientos, la pérdida de las colonias, un sinfín de sangre derramada y males tan numerosos que llevaron a nuestra Patria a un grado de decadencia y postración jamás conocido hasta entonces?”

 

 

La supuesta pregunta era una impertinencia propia de la mentalidad involucionista de ese marino, pera era también la consecuencia del absurdo acto organizado por el vicepresidente del Gobierno. De hecho, éste le respondió que no había formulado ninguna pregunta, sino que había lanzado una arenga, y que en todo caso,la Constitución era buena porque la quería la Nación. Si la pregunta del capitán Casado era impertinente, la respuesta de Gutiérrez Mellado tampoco fue muy brillante. Pero lo peor fue lo que pasó a continuación. Según palabras del propio Gutiérrez Mellado:

 

 

 En este momento, inopinadamente y sin previa autorización para hacer uso de la palabra, el General de Brigada de la Guardia Civil don Juan Atarés Peña, que ya había asistido a la reunión de Valencia y expresamente solicitó permiso del Ministro para asistir a la de San Javier y posteriormente también a la de Cartagena, se levantó de su asiento manifestando con gritos destemplados y desabridos ser mentira lo que el Ministro afirmaba; que el pueblo no quiere eso, y otras frases que no pudieron oírse claramente, dado que la actitud de dicho General fue aplaudida y coreada con gritos de adhesión por un grupo reducido de asistentes. Dada esta actitud inadmisible y de clara insubordinación, se le conminó a que se callara, pero al continuar el General Atarés en su postura indisciplinada y descompuesta, se le ordenó que abandonara la sala. Llegado a la puerta de salida, volvió sobre sus pasos, ante lo cual el Ministro le mandó cuadrarse, comunicándole que quedaba arrestado.

 

Según el testimonio del contralmirante en la Reserva Luis Carrero-Blanco Pichot, hijo del presidente del Gobierno asesinado por ETA, presente en el acto, las palabras de Gutiérrez Mellado fueron: “¡Arrestado, arrestado! ¡Qué lo lleven a un castillo, que lo vea un psiquiatra!”. Y según otra fuente, tras la salida del general Atares, Gutiérrez Mellado le dijo: “Lo que está haciendo es indigno de su uniforme”. Esta frase hizo estallar a Atarés que, según algunas fuentes, llegó a insultar al vicepresidente llamándole “Cerdo, masón, espía”; mientras que otras afirman que el general de la Guardia Civil se limitó a decir: “Lo llevo con honor y dignidad hace mas de cuarenta años”, y se dispuso a salir acompañado de su superior, el teniente general Jaime Miláns del Bosch y Ussía -capitán general de la III Región Militar y enemigo de Gutiérrez Mellado-, no porque estuviera de acuerdo con el citado general, como afirma Pilar Urbano, sino para arrestarle. En la puerta, Atares se volvió hacia la presidencia y gritó: “¡Viva Franco! ¡Viva España!”, siendo contestados masivamente por los generales, jefes y oficiales que se encontraban en la sala.

Por su parte, Gutiérrez Mellado afirmaría que ordenó ponerse “¡Firmes!” a los asistentes, y a continuación les dijo: “Sentid vergüenza por el espectáculo bochornoso que estamos protagonizando todos”. En este instante un Teniente Coronel del Ejército de Tierra dijo: “Todos, no, mi General. Somos muchos los que pensamos como usted y estamos de acuerdo con lo que está haciendo el Gobierno”. Estas palabras fueron acompañadas y subrayadas por un aplauso mayoritario.

En todo caso, el incidente parecía resuelto, y en los minutos siguientes, según el propio Gutiérrez Mellado, contestó 12 preguntas más, la última de las cuales, referida a las Fuerzas de Orden Público, donde el vicepresidente del Gobierno hizo una exposición detallada sobre terrorismo y actuación de dichas Fuerzas de Orden Público, haciendo notar que actos como el que se había producido son precisamente los que ETA busca como objetivo. Esta intervención fue, según Gutiérrez Mellado, acogida con una ovación que continuaba tras abandonar el Ministro el local en que se había celebrado el coloquio.

Por el contrario, testimonios más recientes afirman que tras el incidente, se produjo la intervención de otro miembro de la Armada, el capitán medico José Luis Pérez Cuadrado pidiendo comprensión por la actitud del general Atares, que se justificaba por el daño que el terrorismo estaba haciendo a la Guardia Civil. Intervención que fue aplaudida por los presentes.

Entonces, y para contestar al citado oficial de la Armada, Gutiérrez Mellado afirmó que “mucho amor a las Fuerzas de Orden Público, pero he tenido que cubrir con forzosos cuarenta vacantes en el País Vasco, por no contar con voluntarios”. Esta frase, dada la situación reinante en España en 1978, estaba fuera de lugar, ya que suponía una acusación implícita de cobardía para la Guarda Civil, y provocaron el fin de la reunión, entre la indignación de los presentes.

Tras este incidente, y como consecuencia de su papel en el mismo, el general Atarés fue juzgado por un Consejo de Guerra, presidido por el general de división José León Pizarro, general jefe de la División de Infantería Motorizada Maestrazgo, n,º 3, el 28 de mayo de 1979; resultando absuelto de todos los cargos. Sentencia que confirmó el propio Miláns del Bosch, como máxima autoridad judicial militar dela III Región Militar.

Si la sentencia era, por sí misma, una bofetada para Gutiérrez Mellado, peor fueron los comentarios realizados, sobre este incidente, por importantes jefes militares. Así, el teniente general José Miguel Vega Rodríguez, antiguo jefe del Estado Mayor del Ejército (JEME), y que había dejado ese cargo por discrepancias con Gutiérrez Mellado, y que en 1978 era presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar (CSJM), por tanto, la máxima autoridad judicial de las FAS, afirmó, con anterioridad a que se dictara sentencia, que “el general Atarés es un soldado de los pies a la cabeza, pero en aquella ocasión no supo controlar sus nervios y eso le llevó a decir lo que dijo”, o el propio Miláns del Bosch, que tras ratificar la sentencia del Consejo de Guerra, afirmaba:

 

 

“Creo que ha sido una sentencia justa del Consejo de Guerra, por eso la ratifiqué ¿La impresión que me produjo?, pues la misma que ha debido producir en todo buen compañero que conozca las virtudes humanas y militares del general Atarés”.

 

 

Conclusión

Del incidente entre Gutiérrez Mellado y el general Atarés se pueden extraer tres conclusiones claves para entender la situación de las FAS en 1978.

La primera, que Gutiérrez Mellado, antaño un general muy querido, como así lo han reconocido militares tan alejados ideológicamente de él como el coronel José Ignacio San Martín, que años más tarde se vería implicado en el golpe de Estado del 23-F, o el conservador teniente general Jesús González del Yerro, uno de los líderes del Ejército durante la Transición, había perdido su imagen y sobre todo su prestigio en el seno de las FAS, hasta el extremo de ser insultado e incluso agredido como ocurrirá durante el entierro del general de división Constantino Ortín, asesinado por ETA, el 4 de enero de 1979.

La segunda, que esa desconfianza hacía Gutiérrez Mellado y el Gobierno del que formaba parte  se había trasladado también hacía el proceso de cambio político. De hecho, a la vez que se producía este incidente; en Madrid era desarticulada la primera intentona golpista de la Transición: la Operación Galaxia.

La tercera, que, a pesar de toda esta desconfianza y estos incidentes, el proceso de subordinación de las FAS hacía el poder civil era irreversible; ya que si bien se trataba de intentos de humillar e incluso de derrocar al Gobierno, carecían de toda eficacia efectiva; pues la política militar desarrollada por Gutiérrez Mellado a la hora de cubrir las principales vacantes de los Ejércitos, iba a evitar una intervención institucional de los Ejércitos, que era la única posibilidad real de quebrar el sistema democrático.


Share Button

Nací en Madrid en 1970. A los 18 años ingresé en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid porque mi madre quería un hijo médico. Aguanté un año… Mi siguiente destino fue la Facultad de Filosofía y Letras, sección Geografía e Historia, de la Universidad Autónoma de Madrid, donde permanecí los cinco años reglamentarios, obteniendo una licenciatura en Historia Moderna y Contemporánea, acompañada del Premio Extraordinario. A la vez que cursaba Historia, inicié la licenciatura en Derecho. En la actualidad, me dedico a escribir compulsivamente artículos y libros, ya que he hecho una apuesta conmigo mismo: alcanzar las 100 publicaciones antes de cumplir los 50; pues, como decía el gran Aristóteles: En realidad vivir como hombre significa elegir un blanco -honor, gloria, riqueza, cultura- y apuntar hacia él con toda la conducta, pues no ordenar la vida a un fin es señal de gran necedad.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)