Albert Camus para tiempos catastróficos

Por . 7 noviembre, 2013 en Siglos XIX y XX
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Como los grandes escritores de su generación, Albert Camus también escribió mucho, con urgencia: obras de vocación y fuerza estéticas, perdurables, que definían su idea de humanidad; y obras circunstanciales, textos efímeros que tenían actualidad inmediata, fines combativos, y poco más.

Él era un periodista, un observador del mundo circundante, cuando lo circundante ya era todo el planeta, una convulsión y una combustión. Imaginemos lo que podían ser El extranjero y su protagonista Meursault el año mismo de su publicación: 1942. Un mundo en guerra, un mundo desarrollado y un mundo colonial en trance de dejar de serlo. Camus es un cronista de una tierra deshecha que hay que reconstruir materialmente, sí, pero también con el intelecto, con la imaginación.

Pero él es también combatiente de una civilización rota, hecha pedazos, una civilización que hay que desechar o, al menos, enmendar y remendar. “Indudablemente cada generación se cree destinada a rehacer el mundo”, dice en el discurso de recepción del Premio Nobel (1957).

“La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”, que es lo que le sucede a Meursault. Camus ha sido testigo de la destrucción, de la perversión del progreso y ya no confía en las grandes palabras de quienes se justifican para afirmar su inhumanidad. Él ha sido heredero de un patrimonio de muerte y violencia.

Es esta una herencia “en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión”. ¿Cabe alguna esperanza?

El individuo solo no es prácticamente nada, como mucho una parte infinitesimal: un tipo rodeado de mil y una circunstancias que ignora o no comprende. Nace absurdamente, sin voluntad, vive entre gentes cuyo interior e intenciones desconoce, esas mismas gentes pueden atacar, agredir para fines lucrativos o por el simple deseo de hacer el mal, por instinto de muerte. Finalmente, ese individuo fallece sabiendo de antemano que su desaparición no cambiará nada sustancial. ¿Qué cabe hacer? ¿Está todo permitido? En cada acto nos definimos y en cada acto definimos qué tipo de humanidad concebimos. ¿Qué puede hacer el escritor, un individuo?

 

 

“A mi modo de ver, el arte no es una diversión solitaria” –dice Camus en aquel discurso memorable–. “Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes (…). El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse”.

 

 

Es decir, el creador rehace, repone, reafirma lo que la destrucción ha liquidado, ese mundo material e inmaterial que pertenece a la colectividad. No hay que entregarse al solipsismo ni al ensimismamiento. El escritor está despierto, atento a la historia, a quienes la padecen, vive en la comunidad del dolor, de las humillaciones. ¿Para qué cosa?

Para dedicarse a decir la verdad y para obrar en favor de la libertad. Es por eso por lo que no puede “acomodarse a la mentira ni a la servidumbre porque, donde reinan, crece el aislamiento” y aumenta el absurdo o, al menos, la angustia de ese absurdo. Al escritor le ha sido preciso “forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia”.

Camus murió en 1960 absurdamente, claro. Murió joven, en plena actividad creadora, cuando aún estaba alumbrándose lo mejor de su obra venidera. Al recibir el Premio Nobel, admitía sentirse abrumado.

 

Él era un escritor aún prometedor. “¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico sólo por sus dudas, con una obra apenas desarrollada, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin una especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, a plena luz? ¿Con qué ánimo podía recibir ese honor al tiempo que, en tantos sitios, otros escritores, algunos de los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conoce una desdicha incesante?”

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Una desdicha incesante, sí. De su muerte aún no nos hemos repuesto. Y los tiempos catastróficos continúan. Por eso nos hace falta forjarnos un arte de vivir. Con luminosidad, latente o incierta, como la de Meursault.


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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