Aureli Maria Escarré, abad de Montserrat

Por . 13 noviembre, 2013 en Siglos XIX y XX
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El franquismo se fundamentaba en la unión entre la espada y la cruz. Por eso, las críticas del abad de Montserrat, en unas controvertidas declaraciones a Le Monde, torpedeaban al régimen en su línea de flotación.

Convertido en un icono de la oposición democrática y del catalanismo, Aureli Maria Escarré (1908-1968) despierta admiraciones y odios. Unos le ensalzan como “abad de Cataluña”, abanderado de las “libertades nacionales”, otros le reprochan sus connivencias con el franquismo y sus maneras despóticas, más propias de un abad del Renacimiento. Esta es su historia.

 

Un abad autoritario

Escarré era hijo de una familia campesina. Ingresó en Montserrat a los quince años y a los veinticinco se ordenó sacerdote. En la Guerra Civil perdió a su padre, cautivo en una cárcel republicana, y a 23 compañeros del monasterio, víctimas de la persecución religiosa de los “rojos”. Él mismo hubiera sido asesinado si no se hubiera exiliado a Italia, gracias a la Generalitat. En Roma ejercicio como director espiritual de una comunidad de monjas franciscanas que deseaban ser benedictinas.

Poco antes del fin de la contienda regresó a Montserrat. Su abad, Antoni Maria Marcet, era entonces un anciano al que la guerra había golpeado fuertemente. En unos tiempos especialmente duros, la comunidad, para superar su crisis, necesitaba a alguien más joven capaz de inyectarle un nuevo dinamismo. Escarré sería el elegido, en una decisión que se dio a conocer en el último momento para evitar que las autoridades civiles impusieran a un candidato de fuera de Cataluña.

Su estilo de dirección iba a despertar polémica. Si hacemos caso a sus críticos, Escarré implantó una feroz dictadura y reprimió por las bravas cualquier disidencia, sin excluir traslados forzosos a América ni castigos corporales. Un historiador, Massot i Muntaner, define como “verticalista” su manera de ejercer la autoridad en la abadía. Aunque también precisa que era capaz de escuchar las sugerencias de los monjes, animándoles a tener su propia personalidad. Mientras no discutieran su liderazgo, eso sí.

Su autoritarismo, sea en mayor o menor grado, no admite discusión. Tampoco su tarea reformista como reconstructor de Monserrat o impulsor de la cultura. En estos ámbitos destaca bien la protección a escultores como Josep Maria Subirachs, bien la creación de dos de las revistas más influyentes del panorama cultural catalán, Serra d’Or y Qüestions de Vida Cristiana. Tampoco descuido la promoción del canto gregoriano y la Escolanía, la famosa coral.

Montserrat fue, en 1947, el escenario de las fiestas de entronización de la Virgen, organizadas por la Comisión Abat Oliva. ¿Fue un acto de afirmación catalanista en tiempos de persecución? Esa es la tesis dominante en los medios católicos y nacionalistas. El historiador Antonio F. Canales, en cambio, distingue entre el objetivo resistente de los promotores y las motivaciones de los asistentes, gentes de todo tipo como, por ejemplo, falangistas.

La entronización, por tanto, no implicaba necesariamente oposición a la dictadura. Su tesis parece avalada por la actitud del propio Escarré, que entonces precisó a sus colaboradores que no pretendía hacer política, “sólo montserratinismo, en catalán”.

 

El desenganche

No es fácil precisar hasta cuándo el abad Escarré fue partidario de Franco y cuando se desengañó de él. Al principio, al menos hasta los años 1947-1948, le estaba agradecido por haber salvado a la Iglesia de la persecución religiosa en la Guerra Civil. ¿O aprovechó su influencia para obtener del gobierno ventajas para Cataluña? ¿Qué palabra le define mejor, colaboracionista o posibilista?

Una vez más, distinguir entre los hechos y las interpretaciones más o menos interesadas se vuelve, como mínimo, complicado. Sí parece cierto, en cualquier caso, que en los años cincuenta encontramos ya a un opositor decidido. Hacia mitad de la década afirmaba que un sistema que arrebatara la libertad a los hombres no podía ser cristiano por mucho que favoreciera a la Iglesia.

Montserrat se iba a convertir en un símbolo democrático, refugio de muchos disidentes, gentes de izquierdas que huían de la policía como Pasqual Maragall (Frente Obrero de Cataluña) o Jordi Borja (PSUC). Su abad, también intercedía a favor de presos políticos, por ejemplo, cuando Jordi Pujol fue detenido a raíz de los célebres incidentes del Palau de la Música, en los que un grupo de activistas interpretó en catalán el Cant de la Senyera. Pocos años antes, por cierto, había oficiado el casamiento del futuro presidente de la Generalitat.

Sus críticas contra el régimen, mientras tanto, se hacían cada vez más abiertas. En una homilía denunció que el progreso económico español no iba aparejado de más justifica y libertad. Franco, en su opinión, no respetaba los principios de libertad, igualdad y fraternidad, también principios cristianos tal como el papa, Juan XXIII, había recordado hacía poco.

Sus palabras no hicieron ninguna gracia a las autoridades, pero el auténtico escándalo estaba aún por venir. Un escritor, Albert Manent, y un historiador, Josep Benet, le pondrían en contacto con el corresponsal de Le Monde. No fue una entrevista propiamente dicha sino un largo monólogo: Escarré hablaba y hablaba mientras el periodista, Novais, no paraba de tomar notas. Manent, Benet y dos monjes de Montserrat, Marc Taxonera y Miquel Estradé, se encargaron de dar formato de pregunta y respuesta a aquel material explosivo.

El periódico parisino pudo así publicar, el 14 de noviembre de 1963, una afirmación tan clara como rotunda: “Nosotros no llevamos veinticinco años de paz sino únicamente veinticinco años de victoria”.

El gobierno, lejos de procurar reconciliar a los vencedores y los vencidos de la Guerra Civil, actuaba como el primer elemento subversivo del país ya que ni siquiera se molestaba en aplicar los principios cristianos. Los mismos en los que decía inspirarse.

El Estado español no era cristiano porque no permitía a sus ciudadanos escoger a sus representantes libremente y cambiarlos cuando así lo desearan, a partir de una información veraz publicada en unos medios de comunicación independientes. Impedir estos derechos equivalía, en su opinión, a ir contra el magisterio de la Iglesia.

Catalanista convencido, Escarré denunció también los impedimentos que Franco colocaba para el desarrollo de la lengua y la cultura de Cataluña. El Caudillo podía creer que los catalanes eran separatistas, pero se equivocaba totalmente. Sólo aspiraban a que se reconociera su personalidad y dejara de tratárseles como si también fueran castellanos, concepto que se había equiparado indebidamente con el de españoles.

 

La respuesta del régimen

Unas declaraciones tan contundentes provocaron, como era de esperar, reacciones airadas. El dictador afirmó que la actitud de Escarré no le había sorprendido porque conocía sus “ideas liberales bastante avanzadas”, así como su “regionalismo extremista”. En su opinión, el benedictino cometía una injusticia notable, “pues nunca tuvo España un gobierno tan católico como los que ha tenido el régimen que nació de la Cruzada, que no merece las acusaciones que dicho abad ha hecho, y en un periódico extranjero además”.

Para los partidarios del franquismo, el abad de Montserrat hacía el juego a los comunistas con su “propaganda derrotista”. Resultaba inconcebible desde su mentalidad que una alta autoridad de la Iglesia se expresara en aquellos términos tan ofensivos, como si el gobierno español no defendiera más que ninguno los principios cristianos de Religión, Propiedad y Familia.

Escarré, además, también había paso por alto que los nacionales habían salvado a la Iglesia de la furia destructora de los rojos. Que se dedicara a rezar, pues, y no soliviantara los ánimos con opiniones excéntricas.

En algunos casos, el disgusto de los defensores del régimen se expresó a través de cartas de protesta. Una de las más llamativas es un anónimo que exigía al abad una retractación pública. Si se negaba, tendría que exponerse a las consecuencias. No sólo a los petardos y a las bombas que estallarían en laIglesia sino a algo mucho peor, el secuestro de un niño de la escolanía del monasterio. El chantaje no se quedaba aquí ya que extendía al ámbito más personal, amenazando con revelaciones comprometedoras:

 

 

“Se publicarán las muchas injusticias que habéis obrado durante vuestro mandato como abad, en varios de vuestros súbditos. Las inteligencias que habéis tenido con el Gobierno español para la construcción de los picos-celdas y el miserable sueldo que ganan vuestros trabajadores y empleados”.

Nota Informativa del Servicio de Información (S.I.G.C.) de la Guardia Civil. Barcelona, 13 de diciembre de 1963. Archivo del Gobierno Civl de Barcelona, Correspondencia de Gobernadores 59.

 

 

Para suavizar la situación, el consejero nacional del Movimiento Mariano Calviño intentó convencer al abad para que negara la paternidad de sus declaraciones, o anunciara que el periodista había tergiversado sus palabras. Escarré se negó. El texto de Le Monde reflejaba su pensamiento, en todo caso suavizado ya que él se había pronunciado con mayor radicalidad.

La reacción de los católicos progresistas fue, lógicamente, muy distinta. Acogieron la intervención con alegría, incluso con entusiasmo. Para Alfonso Carlos Comín, futuro fundador de Cristianos por el Socialismo, el abad de Montserrat había sido el único miembro de la jerarquía eclesiástica española capaz de realizar una “denuncia profética”.

El escritor José Bergamín, católico y antifranquista, fue más allá Si la entrevista se daba a conocer en España, seguro que provocaría la caída de Franco. En respuesta a esta especie de desafío, el ministro de Información, Manuel Fraga, ordenó publicar el texto de Le Monde. Acompañado, claro está, de la correspondiente refutación.

 

¿Exiliado político?

Franco no deseaba que un incidente tan desafortunado diera lugar a un conflicto con la Iglesia, pero discretamente hizo llegar a Roma su malestar. ¿Fue este enfrentamiento lo que determinó la salida de Escarré de Monserrat? Ya en aquellos momentos circuló está versión. Para sus partidarios, no había dudas. Si en 1965 se había trasladado a un monasterio benedictino cercano a Milán no era por motivos de salud, como aseguraba la versión oficial, sino por las presiones del régimen.

Pero ya entonces se divulgó una teoría opuesta que con los años encontraría en Hilari Raguer, historiador y monje de Montserrat, a su representante más cualificado. El abad se habría ido por la crisis interna del monasterio, dividido en un sector más tradicionalista y otro más renovador, fruto de lecturas distintas del Concilio Vaticano II.

Escarré, según esta versión, tendía a interferir en la dirección, responsabilidad que entonces correspondía al abad coadjutor, Gabriel Brasó. Algunos monjes pensaban, además, que no tenía porque comprometerlos a todos con declaraciones espectaculares a un medio de comunicación. Años después, el ensayista Jaume Lorés comentaría, no sin sarcasmo, que desde fuera los laicos no imaginaban “los grados de ácida subtilidad en los tortazos intramonásticos (…) entre profesionales de la virtud”. .

¿Y la versión del propio interesado? La verdad es que no contribuye demasiado a despejar dudas. Afirmó que él mismo había tomado la decisión de  irse para no convertirse en un estorbo para la vida del monasterio, pero también declaró que se había marchado a Italia obligado. Permanecía callado para no perjudicar a la Iglesia, pero dejó bien claro que no actuaba así por gusto.

En una entrevista para el diario francés Le Figaro declaró que, por su condición religiosa, no le había quedado más alternativa que cumplir el voto de obediencia. Pero una cosa era el silencio y otra dejar de recibir a cristianos progresistas o dirigentes de izquierda, creyente o no, como Gregorio López Raimundo, líder del PSUC, o Santiago Carrillo, líder del PCE. Sus adversarios, sin embargo, decían que podía viajar a Cataluña cuando quisiera. El cónsul español, según ellos, le renovaba el pasaporte e incluso se lo llevaba él mismo.

La actuación del Vaticano en todo este episodio es objeto de controversia. Para Hilari Raguer, Escarré calumnió a la Santa Sede al presentarla como cómplice del franquismo por permitir su destierro. En cambio, Oleguer Porcel, antiguo prior de Montserrat, señala a la Secretaría de Estado Vaticana. Ante la espinosa controversia con el gobierno español, el cardenal Dell’Acqua habría prohibido a Escarré que regresara a Cataluña sin autorización.

En 1966, Roma, finalmente, le retiró el título de abad. Murió dos años después, luego de volver, ya gravemente enfermo, a Cataluña. En su entierro, multitudinario, se dieron cita militantes de todas las fuerzas políticas de democráticas.

Varias organizaciones clandestinas, como el partido Unió Democràtica de Catalunya o el sindicato Comisiones Obreras, enviaron coronas de flores. Su sucesor, Cassià Maria Just, prosiguió en una línea de catolicismo aperturista, sensible a las inquietudes de los luchadores antifranquistas.


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Nací en Barcelona, en 1972, hijo de murciana y granadino. La mayor parte de mi trayectoria profesional la he dedicado a analizar el progresismo cristiano, con una tesis sobre la Juventud Obrera Cristiana (JOC) y una biografía de Alfonso Carlos Comín, el de cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia, así como La Iglesia rebelde para Punto de Vista Editores. Sin embargo, en los últimos tiempos, mi interés se ha desplazado hacia América Latina. En el especial el periodo de las independencias, con mi biografía sobre Francisco de Miranda (Arpegio, 2012) o Heroínas incómodas (Rubeo, 2012), el libro que he coordinado sobre la mujer en las emancipaciones. A su vez, me atreví a entrar en el terreno narrativo con una travesura titulada Los españoles iban de gris (Rubeo, 2011). En cuanto a gustos, si algo me define son The Beatles, los Simpson y Perú. Y, naturalmente, la investigación histórica.

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