Presentación de Breve historia de la utopía, de Rafael Herrera

Por . 29 noviembre, 2013 en Reseñas
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En Madrid, Librería Antes, 27 de noviembre de 2013.

Convocados para presentar el libro Breve historia de la utopía, de nuestro autor Rafael Herrera, éste y el que fuera director de la colección Breve Historia, José Luis Ibáñez Salas, editor de esta revista, abrieron la velada leyendo dos textos. Son estos.

 

José Luis Ibáñez Salas

Gracias a la librería Antes, o mejor a quienes la atienden y tan bien nos atienden, gracias a todos por asistir, y por supuesto a Rafael, por escribir además un libro estupendo. Gracias, como no, a Santos Rodríguez por haber confiado en mi durante el tiempo en que colaboré con Nowtilus y del que guardo tan gratos recuerdos.

Dirigir una colección como Breve Historia a lo largo de cinco años da mucho de sí. Que se lo digan a uno de los últimos títulos que se publicaron bajo mi responsabilidad como director de la misma: este que hoy nos convoca aquí.

Pero quisiera traer a esta tarde madrileña algunos de aquellos cuarenta libros a los que tanto quiero. La Breve Historia de los judíos, la de España, la de los Borbones y la de los Austrias, la de la música, la de los neandertales y la del Homo sapiens, pero también la de Roma, la de la Segunda República, la de los cátaros y la del espionaje y la del feudalismo, la de las leyendas medievales, la de Napoleón y la de la Corona de Aragón… En fin. Ahí queda eso, autores y editores que cuidasteis de esas obras magníficas.

Pero vayamos a lo que hemos venido.

 

El director de Anatomía de la Historia conversa con el autor de Breve historia de la utopía, Rafael Herrera, antes de comenzar el interesante debate que suscitó la presentación de ambos.

Hola, Rafael.

Cuando comenzamos a preparar esta reunión, esta convocatoria pública de comunicación de tu libro dedicado al pensamiento utópico, te pedí que me echaras un cable para esta presentación que ahora mismo llevo a cabo. ¿Lo recuerdas?

Tú me sugeriste sobre qué hablar, y no entiendo a saber por qué razón… te hice caso. Sobre los “Motivos por los que NO leer este libro“, me dijiste.

Y acepté el reto.

Y allá voy.

Uno. Porque un ministro de Cultura no lo leería. Si un ministro no lo haría, ustedes tampoco deberían hacerlo.

Dos. Porque uno puede acabar enterándose de que más allá de la realidad está la verdadera realidad. El ambiente propio de los sueños. O lo que es peor, el de la razón.

Tres. Porque pensar es gratis pero puede salir muy caro.

Cuatro. Y ya acabo. Porque el saber no sólo no ocupa lugar sino que logra que su acumulación haga que uno ya no vuelva a ser el mismo. Dicho así suena a eslogan, lo sé. Pero es que cuando alguien sabe y sabe hacer que los demás sepamos, cuando alguien alcanza la naturalidad con la que Rafael acerca a quien quiere acercarse tanta sabiduría, implicándole en el aprendizaje, cuando eso ocurre damas y caballeros, uno no puede por menos que aplaudir.

 

Rafael Herrera

El autor y José Luis Ibáñez Salas, en animada charla.

Quizás a alguno de ustedes le interese saber por qué he escrito este libro. Les diré que a mí también me gustaría saberlo. Yo no disfruto escribiendo y suelo desconfiar de los escritores que se sienten satisfechos juntando palabras. Esto no quiere decir que yo me fíe de mí mismo porque no me agrade escribir. Escribo porque no sé hacer otra cosa. Bueno, sí se hacer más cosas: se me da bien respirar y abrir los poros. Pero cosas realmente prácticas como hacer la digestión o arreglar un armario son tareas imposibles para mí. ¡A veces pienso que Ikea se inspiró en mí para crear muebles de juguete con los que cualquier hombretón llega a considerarse un superhéore de la madera! Sí, señoras y señores, yo he construido estanterías de Ikea. Pero cuando uno termina de ejecutar labor tan eminente, ¿qué le queda en esta vida? Y es aquí donde viene a colación el motivo por el cual escribí este libro.

En el siglo XXI un hombre debe hacer al menos cuatro cosas en su vida. Antes eran tres: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Ahora son cuatro, porque hay que sumar una: montar un mueble de Ikea. Pues bien, ahí me tienen a mí, en mi despacho, pensando en cuál debía ser mi siguiente paso en esta cosa que es la existencia. Yo ya había cumplido tres requisitos: el ikeicidio, el tener un hijo y el escribir un libro.  Me faltaba plantar un árbol. Y si mi destreza práctica homínida es mínima, imagínense el grado de mi inutilidad en labores agrícolas.

Cuando yo era pequeño los chicos del barrio teníamos nuestro loco de verano. Imagino que como todo el mundo en el Madrid de los setenta. ¡Quién no ha tenido en su infancia un loco de verano!…  Nunca supimos de donde venía, pero todas las tardes pegajosas de agosto se pasaba por el barrio y todos los críos danzábamos a su alrededor para entretenernos con él. Ahora los chavales tienen la play para hacer crueldades y aprender jugando sin que el mundo material se resienta. Pero antes había que hacer esas cosas con otros seres humanos. Hemos avanzado mucho, qué duda cabe.

El caso es que el tipo estaba zumbado de verdad. Venía siempre con una bolsa de tela mugrienta llena de albaricoques. Metía la mano en la bolsa, sacaba un ejemplar, se lo llevaba a su concavidad bucal y le chorreaba el jugo frutal entre los dedos rugosos mientras sus dientes devoraban saturninamente la carne herida del pequeño fruto. El tipo estaba loco, pero no era tonto, porque nunca compartía ningún albaricoque con la jauría infantil que le rodeaba.

Cuando ya se había comido el último albaricoque, el trol sacaba un trapo y limpiaba los huesos como si puliera oro añejo. Los repartía entre sus pequeños danzantes y les decía “Si ahora metéis los corazones de la fruta bajo la tierra, el año que viene nacerá un albaricoquero con un montón de albaricoques.” Entonces hundía el rastrillo de sus dedos en la tierra, hacía un agujero y metía un hueso. “Ahora hay que echar un poco de agua.” Entonces algunos chicos echábamos gotitas de Burmarflash en el jardín. Después del rito, decía con la seriedad de un demiurgo de barrio: “¿Oís cómo empieza a arraigar en la tierra y cómo se despereza el vientre del albaricoque? Eso significa que el año que viene tendréis un árbol para vosotros solos.” “Yo no oigo nada”, decía alguno de los chavales más escépticos. Otros se reían entre dientes… Total que la pequeña caterva se iba animando hasta que, finalmente, se ponían a lanzar los huesos como proyectiles contra el loco. Éste, en justicia, no se quedaba quieto, y al que pillaba le daba un guantazo en la cabeza. Así pasaban animadamente las tardes  de verano aquellos chicos.

Después de rememorar aquellas deliciosas tardes de crueldad postfranquista y predemocrática de la Transición, según se interprete el período, me dije a mí mismo: “Rafael, es mejor que escribas otro libro; por dos motivos: Primero: ya no te caben más muebles de Ikea en casa y Segundo: si te decides por plantar un árbol, lo más seguro es que las jóvenes generaciones de chavales te lancen merecidamente albaricocazos a la cabeza. Si yo plantara un árbol, me decía a mí mismo, probablemente obtendría la cosecha de un loco. Por tanto, pensé, tengo que escribir la historia de la utopía, porque las locuras de ayer se convirtieron en las verdades del mañana. Aquellos visionarios a quienes les despreciaron un día, plantaron semillas improbables en el tiempo que llevan dando frutos desde hace generaciones. Por tanto, mi “Breve historia de la utopía” es la narración de las diferentes formas en que los locos de cada época han plantado esperanzas y verdades en la mala tierra del mundo, en donde han germinado a pesar de la crueldad y la feliz estupidez de esos chicos petulantes y paletos que suelen gobernar el mundo.

Bueno, quizás escribí el libro por algún motivo intelectual más enjundioso que ahora no recuerdo. No lo sé. Si sé que el señor Ibáñez Salas siempre creyó en este proyecto; que se involucró en él con una profesionalidad ejemplar. Que Nowtilus lo apoyó a pesar de que era un libro más filosófico que histórico. No puedo más que agradecerlo. Y si me permiten hacerles una última y sincera confesión, tan franca como todo lo que llevo dicho, debo decirles que mis objetivos en realidad fueron dos: el primero, profesional: hacer rico a mi editor, y creo que esto no lo voy a conseguir. El segundo es que mi hijo se sienta algún día orgulloso de mí… por lo bien que monto las estanterías de Ikea.

Muchas gracias.


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