El espejo de Frankenstein

Por . 18 diciembre, 2013 en Mundo actual
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Estamos habituados a ver monstruos de todas clases. Hoy triunfan los zombis. Varios siglos de literatura, arte y cinematografía nos han acostumbrado a los distintos tipos de criaturas. Ciudades invadidas por alguna clase de virus. Infectados que actúan con rabia animal, con una voracidad impropia. Aunque conserva su anatomía humana, el zombi actual es como un monstruo: tiene los ojos inyectados en sangre, la mirada aviesa, extraviada; tiene una fuerza sobrehumana; tiene, en fin, gran fortaleza, la suficiente como para poder matar o contagiar con una simple mordedura.

 

Los monstruos

¿A qué se parecen esos seres sanguinarios? Sin duda, tienen un andar torpe y desarbolado semejante al de Frankenstein o al de los muertos vivientes; buscan la oscuridad y los recodos, como los hombres-lobo o los vampiros siempre sedientos.

Fíjense: el hombre-lobo o el vampiro son figuras originariamente humanas, víctimas de alguna mutación que ha trastornado su biología, pero son, además, seres que infligen el mal porque se sienten desdichados, porque se sienten apartados, porque se sienten repudiados por la comunidad. Son aleaciones bestiales: con su condición desdibujada y sin identidad fija, estable, definida. Experimentan, pues, un aborrecimiento, un desdén, y a causa de él se rebelan. ¿Contra quién? Contra sus semejantes, a quienes pretenden exterminar o convertir en congéneres. La mordedura no nos extermina, sino que nos transforma: despierta una fiera interior que teníamos alojada y que obra con crueldad irreprimible, ajena a los dictados morales.

El mal, el contagio, la enfermedad, los monstruos, la mordedura fatal, los híbridos: cuando la literatura y el género cinematográfico de terror tratan estos asuntos y lo hacen con maestría, con fuerza metafórica, las novelas y las películas nos recrean el mundo en que habitamos, nos devuelven la angustia que nos atenaza y llenan el entorno con una demografía atroz y populosa.

El rostro del mutante no es tan distinto del nuestro: de hecho, salvo esos ojos inyectados en sangre nada hay que lo distinga verdaderamente. Desde que el género de terror se impuso en la literatura, son el anonimato, lo indiferenciado y la impunidad las bases del miedo. Ya no basta con el tintineo de huesos o con el ulular del fantasma.

En la gran ciudad del Ochocientos anida una perversidad material, un mal que amenaza con destruir a sus habitantes bajo la forma del delito común o del acto terrorista: son seres indistinguibles, vestidos a la burguesa, sin máscara o indumentaria que revelen su vileza moral. En El agente secreto, Joseph Conrad abordó precisamente la intimidación de quien aprovecha el enredo urbano para ocultarse y para matar con la explosión de un simple detonador.

Un siglo después, ahora, Nueva York, Londres, etcétera vuelven a experimentar la inminencia de la destrucción. En la ficción cinematográfica puede ser un virus que trastorna y altera lo propiamente humano hasta sumirnos en un Apocalipsis de pesadilla, con una ciudad alucinada, gris, húmeda, gaseosa; en el Nueva York real de hoy es el acto destructivo y humeante de las llamas suicidas, con las instalaciones bajo permanente amenaza, con ese presentimiento de catástrofe. ¿Dónde está el monstruo?

La lectura del monstruo

No estoy en Londres. Tampoco en Nueva York. Estoy en mi pequeño gabinete de lectura. Me ajusto las lentes y miro temeroso, buscando interlocutor. No sé qué puedo esperar, tal vez un hecho que me redima, una acción de la que jamás seré capaz. No quiero contemplarme en el espejo. Prefiero el papel. Me aventura dentro: leyendo, pensando quizá que aquella historia me concierne. La tomo como calco de mí mismo, como circunstancia que muy bien podría haber vivido. De repente voy descubriendo cosas que ignoraba, datos brutos de la existencia, un mundo de palabras en el que los personajes poseen ciertas virtudes o habilidades, rasgos de carácter, toda una manera de enfrentar el mundo.

Imagino otras existencias para mejorar una realidad siempre alicorta o solitaria, para enfrentar fantasiosamente la fatalidad de la muerte. Esas vidas que alguien ha imaginado me sirven para cerciorarme, para examinarme, para evaluarme. Evito así la melancolía negra de todo lo que no pudo ser, de todo lo que no se consumó: feliz sublimación de lo que hay, feliz rectificación de lo que no hubo. Una gavilla de vidas que me ensanchan, me dilatan: lo que no fue y lo que no es, el paralelo de mí mismo.

Levanto la vista. Me quito las lentes y me froto los ojos. Vuelvo a ponérmelas. He sobrevivido milagrosamente a los personajes para regresar al mundo real. Salgo indemne. Ahora sí, ahora quiero mirarme en el espejo. Aprieto mi puño contra la boca y examino mi reflejo. Abro los ojos, cansados, exánimes. La fealdad de la que estoy hecho no tiene reparación: esos costurones, ese cráneo abombado, esa desproporción. No sé si soy feliz.

La fealdad del monstruo

Así, a bote pronto, creemos saber qué es la fealdad. Lo contrario de la belleza, diremos: siendo la belleza aquello que se caracteriza por la armonía, por la proporción. Convencionalmente, lo feo sería, pues, aquello que carece de ambas propiedades: lo que no tiene concertación entre sus partes, aquello a lo que le falta correspondencia. Sería también lo que no posee conformidad o equilibrio: lo que, en suma, es desordenado, con elementos incongruentes.

Pero, como bien nos advierte Umberto Eco, en su Historia, la fealdad es un criterio evidentemente cultural e histórico, un criterio que cambia de acuerdo con la idea misma de lo aceptable, de lo tolerable, de lo normal, de habitual, de lo convencional, de lo sano. No podemos conformarnos diciendo que todo cambia con el curso del tiempo y que, por tanto, es imposible definir lo feo.

En cada momento histórico, en cada sociedad, en cada cultura, sabemos o creemos saber qué es lo que nos sorprende desagradablemente, lo que nos repugna estéticamente. Puede que no siempre sea lo mismo, en efecto, pero eso que repudiamos por su fealdad lo rechazamos valiéndonos de un sentimiento semejante: algo hay en un rostro, en un objeto, en un paisaje o en un hecho que juzgamos feo. Es decir, algo hay que vemos inarmónico, desproporcionado, contrario a su tiempo, inesperado, insoportable.

Admitido lo anterior, hay, sin embargo, dos asuntos importantes a considerar. ¿Qué pasa cuando esa percepción la tiene quien se vive feo, ajeno, distante, desencajado? ¿Y qué sucede cuando lo feo es validado, cuando es incorporado como parte de lo estético? En el primer caso, no se trata de que te vean feo, ajeno, distante, desencajado, sino de que tú te veas así. Cuando tal cosa ocurre, la impresión de extrañeza, de extrañamiento, incomoda, desestructura el yo frágil de quien sobrevive como puede.

Pienso en la criatura de Frankenstein, por supuesto. Él, que era de identidad prístina, incontaminada, acaba viéndose así: como un monstruo. ¿Lo es? Para quienes lo juzgan con los criterios estéticos del Ochocientos, para su propio creador (Victor Frankenstein), es desde luego un ser espantoso, de suturas mal cosidas, de rostro tumefacto, con pliegues que lo avejentan… a pesar de su edad infantil.

Difícilmente te van a aceptar los demás si tú no te aceptas, si además se hace explícito el rechazo. Pero hay algo raro en ese monstruo: si prescindimos de Victor –tan irresponsable y duro–, la fealdad del ser nos conmueve.

Por eso, lo hemos incorporado y lo hemos rehabilitado. Está solo, se siente solo: nadie le dispensa ternura alguna. Se pregunta para qué vive, para qué se le ha creado, y por ello interpela al mundo que lo repudia: él no es culpable de la fealdad. Lo sabemos y por ello le perdonamos. ¿Quién, alguna vez, no se ha sentido extraño, incómodo, ajeno al entorno en que existe? Es, de hecho, una constante de la condición humana. Hay al menos un momento en nuestras vidas en que nos sentimos mal encajados. El niño que no sabe cómo crecer, cómo madurar.

 

La criatura y el padre

Frankenstein aún conmueve y su potencial metafórico permanece. Sorprende, desde luego, que la autora de esta obra imperecedera, Mary Shelley, fuera una jovencita que apenas había llegado a la veintena. Sorprende que en sus páginas esté todo o casi todo lo que modernamente nos inquieta: desde la libertad hasta la responsabilidad, desde Dios hasta la ciencia. Son, efectivamente, cuestiones generales, pero esos asuntos abstractos cobran interés porque el relato concreto en que aparecen les da verosimilitud.

No tiene los vicios de las novelas filosóficas: Frankenstein nos muestra una vicisitud bien particular en la que se plasman y se plantean problemas universales, sin que estos problemas se enuncien de manera declamatoria, impostada, increíble. Tampoco peca de la artificiosidad y de la teatralidad de tanto relato gótico: se desenvuelve con una naturalidad maravillosa, como si las cosas ocurrieran irreparablemente así, sin fantasmas ni espectros, sin tintineo de huesos ni amenazas del más allá. Lo narrado es algo bien real, material, humano, demasiado humano.

Justamente por eso, lo universal y lo concreto cobran una dimensión inseparable en esta gran novela. Por otra parte, las circunstancias de lo narrado, el espacio al que se alude (Suiza, Alemania, Gran Bretaña), le dan mucha  precisión, tanta que nos hace averiguar qué era Centroeuropa en aquel momento (en el Setecientos en que está ambientada la novela), cuáles eran las condiciones de un cambio que estaba dándose y que maravillaba o asustaba a los contemporáneos.

Si la ciencia avanza a gran velocidad, si la técnica nos auxilia, si lo seres humanos pueden enorgullecerse por la magnitud de sus adelantos, ¿entonces cabe temer algún efecto perverso, alguna consecuencia negativa?

La novela tiene distintas instancias narrativas. Quiero decir: quien narra principalmente es el capitán Walton, que remite cartas  a su hermana para hacerle sabedora de su viaje a los hielos perpetuos del Norte y para narrarle la triste aventura de Victor Frankenstein, un ginebrino de buena familia, estudioso y viudo que persigue con obsesión y denuedo al monstruo que él mismo ha creado.

La narración tiene la forma de la novela epistolar, pero el grueso del relato es un diario en el que Walton recrea la confesión de Frankenstein y, a la vez, de los distintos personajes que éste frecuentó: las palabras de Victor, de sus familiares y de esa criatura que el ginebrino hizo de cadáveres, un ser al que insufló vida con el auxilio de la ciencia natural, de la química.

Nos hallamos, pues, ante una novela polifónica en la que distintas voces se suceden hablando, voces que incluso se enfrentan confiriendo sentido a los hechos ocurridos. Frankenstein es una disputa verbal, ciertamente.

¿Qué es lo más llamativo? Lo principal es, desde luego, la elocuencia del monstruo, esa verbosidad que padece, contrariamente al personaje mudo que encarnara Boris Karloff en la primera versión cinematográfica. Aunque no sé por qué lo califico así: elocuente. Imagínense cualquiera de nosotros en su circunstancia; imagínense delante de su creador… ¿No intentarían hablar con detalle y precisión? ¿No tratarían de persuadirlo con lisonjas o con amenazas?

Este monstruo patético es, sin duda, cada uno de nosotros exigiendo del creador mayores responsabilidades, mayores atenciones, mayores cuidados; pero este ser artificial será también el replicante de Blade Runner que reclama mayor vida…

La criatura de Victor habla con minucia y esmero, se expresa con gran soltura y capacidad, convincentemente, como los replicantes: en pocos meses, el monstruo de Frankenstein ha podido aprender a hablar, a leer, a reproducir los hábitos civilizados, cosa que le permite dirigirse a su responsable con un refinamiento elevado. Es por eso por lo que su desdicha aún nos conmueve más.

No es una tosca criatura: es un ser feísimo, descomunal, horrible, en fin; pero es un ser cultivado, con la sofisticación media de un europeo del Setecientos: ha aprendido copiando las costumbres de unos emigrados franceses caídos en desgracia y, desde luego, posee el don de la palabra y del discernimiento, esa dulzura de costumbres que uno imagina en un parisino del siglo XVIII. Pero esa criatura naturalmente buena o neutra se vuelve perversa… Una y otra vez se pregunta por qué es tan desgraciado, por qué debe evitar todo contacto humano.

Su aspecto es repulsivo, pero su alma no es naturalmente malvada: sólo el repudio de los otros y el horror que su figura despierta le llevarán a cometer fechorías, villanías de las que después se lamentará, con gran sentimiento de culpa, con un remordimiento incurable. No es desdichado porque sea malo, sino que se hizo malo por ser desdichado, por sentir en sí mismo la aversión de la sociedad, por experimentar en su figura el rechazo de los otros.

Frankenstein no es una pavada infantil: nos habla de lo que significa el miedo, la soledad, el desamparo, la falta de un espacio habitable que podamos compartir. Aceptemos, sin embargo, el reproche: la criatura sirve para meter miedos. Pero esos miedos no son el espanto ante la aparición del fantasma (una figura, por cierto, muy respetable e interesante de la tradición gótica); no son tampoco los sustos que provoca algo inesperado ante lo que reaccionamos instintivamente. Los miedos de Frankenstein son de otra índole.

Están los temores que experimentan los espectadores que azarosamente tropiezan con él, lance del que salen espantados ante la realidad de una criatura sólo vagamente humana que les devuelve una imagen perturbadora. Así es él, pero así podríamos ser nosotros: su figura y su rostro, esos que vemos en el espejo, son una deformación de algo humano, con unos sentimientos que no queremos conocer.

Y están también los pavores que padece el propio monstruo, expulsado de la insociable sociabilidad que Kant diagnosticó. Ha de asumir que su hechura, su altura, su compostura son excepcionalmente anormales, descubrimiento que hace ante el espejo o en las aguas de un lago o en la mirada espantada de sus espectadores. ¿Qué hacer cuando uno es tan objetivamente feo?

Si hemos de creer a los clásicos, belleza y bondad son inseparables: por tanto el rostro deforme del monstruo prefigura el estado de perversidad de que es capaz. Ese repudio le saca de la comunidad humana; no hay, no habrá para él, un espacio hospitalario en el que pueda desarrollar vida común, sociabilidad, bajo un marco general que todos comparten. Así lo deja dicho:

 

“¡Oh, Frankenstein!, no seas justo con los demás, y déspota conmigo únicamente, ya que soy a quien más debes mostrar tu justicia, incluso tu clemencia y afecto. Recuerda que soy tu criatura; debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído, a quien privaste de la alegría sin haber cometido mal alguno. En todas partes veo la felicidad, de la que sólo yo me encuentro irrevocablemente excluido. Yo era afectuoso y bueno, y la aflicción me ha convertido en demonio”, concluye.

 

 

Pero Victor Frankenstein –que fue osado, temerario, al crear un ser con el auxilio de la ciencia y de la audacia– sólo es un tipo irresponsable que quiere desentenderse de su obra, de los efectos perversos de sus actos. Por eso, esta novela ha sido tomada como una metáfora de la ciencia en tiempos modernos, aunque también como una ilustración de lo que fue la experiencia revolucionaria: damos arranque a un ente nuevo que creemos conocer por analogía y resulta que ese ser escapa de nuestro control.

Aunque, quién sabe, tal vez el monstruo de esta ficción sólo sea una recreación de algo más antiguo: la del miedo infantil al ogro, al hombre del saco, al sacamantecas, siempre dispuesto a arrancarnos de ese espacio acogedor, hospitalario, que él no tiene. Es más: tal vez sea un hermano mayor que encarna todos esos papeles:

 

 

“­Niño, ¿qué significa esto? Yo no trato de hacerte daño; escúchame.

Él forcejeó violentamente.

­¡Suéltame! ­exclamó­; ¡monstruo! ¡Monstruo repugnante! Quieres comerme, quieres despedazarme. Eres un ogro. ¡Suéltame, o llamaré a mi papá!

­Niño; ya no verás más a tu papá; vas a venir conmigo.

­¡Monstruo asqueroso! Suéltame. Mi papá es síndico… Es M. Frankenstein; él te castigará. No te atreverás a retenerme”.

 


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Justo Serna, nacido en Valencia en 1959, es doctor en historia contemporánea. Actualmente es catedrático en la Universitat de València. Se ha especializado en historia cultural. Con Anaclet Pons escribió La historia cultural (Akal, 2013). Tiene numerosas publicaciones sobre la cultura, el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Es autor o coautor de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. En Punto de Vista, además de esta obra, que es la segunda entrega de CoolTure, ha publicado asimismo la primera, escrita junto a Alejandro Lillo y titulada Young Americans. La cultura del rock (1951-1965).

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  1. gravatar David P.Montesinos Responder
    febrero 7th, 2014

    Le he leído y escuchado otras intervenciones sobre Frankenstein y su monstruo, ¿por qué le interesa tanto? Habla usted de este relato con soltura e inspiración, parece sentirse cómodo atreviéndose a respirar esa atmósfera tan perturbadora que se crea en torno al doctor ginebrino. Como sé lo que piensa del otro monstruo moderno por excelencia, Drácula, no le aplico lo que viene a continuación, pero creo que hay dos tipos de personas, los que temen al monstruo de Shelley y los que sufren más con el Conde.
    En “Ed Wood”, obra maestra de Tim Burton, que se doctoró en monstruos desde “Eduardo Manostijeras”, aparece Bela Lugosi, el único intérprete del vampiro ante el que me postro. Bela se burla de Boris Karloff; su personaje, dice, carece del poder de seducción del Conde, no funciona como atractor extraño, solo levanta las manos y grita Uh, uh, uh. Lugosi se equivocaba, claro, estaba rabioso porque el público le sustituyó, la criatura del doctor ginebrino es bastante más que un fantoche maloliente e histriónico que nos pega sustos. Sí, pero, ya ve, por alguna razón tengo más química con el vampiro. En Frankenstein presiento mucho dolor, no termino de encontrar la perversidad, acaso porque el mundo ha tomado los derroteros del doctor y nos hemos acostumbrado a que la inteligencia se exprese en la tecnociencia demasiado a menudo con criaturas atroces. Usted asocia este viejo relato a Blade runner: si Frankenstein es el Prometeo moderno Nexus 4 sería el posmoderno. Es una creación tan brillante como peligrosa, se escapa de las manos del creador para destruirle, que se admira de su propia obra -“Eres magnífico, Roy, pero no puedo hacer nada para que sobrevivas, disfruta de tu tiempo”- unos segundos antes de ser asesinado por su criatura. Un monstruo que, atormentado por su caducidad, termina vengándose atrozmente. Claro que esto es, a fin de cuentas, lo que nos pasa a todos, pedimos más tiempo, queremos saltarnos el programa.

    Presiento en mí algunas trazas del monstruo que soy, pero al final, como cualquiera, sólo acierto a escandalizarme porque el programa tiene escrita en la miniatura de algún chip su fecha de caducidad. Pobre Adán, para su desgracia es un hombre, acaso el más desdichado, pero un hombre al cabo.

    Enhorabuena, para usted y para Alejandro Lillo.

    • gravatar Justo Serna Responder
      febrero 27th, 2014

      Sr. Montesinos, simplemente gracias. Su comentario debería figurar al principio del texto. O sea, reemplazando mi texto. Mire sí me pongo generoso. Su finura intelectual, su ironía y su bagaje hacen de usted un autor al que siempre le pedimos más. Y al que siempre es un gusto encontrar.

  2. gravatar Alejandro Lillo Responder
    diciembre 18th, 2013

    Muy de acuerdo, vaya que sí. Mis felicitaciones por el artículo. Frankenstein, desde luego, pone en cuestión muchos de los principios en los que se asiente la modernidad. Por eso esta obra es un clásico, por eso continúa vigente, porque los problemas que plantea siguen estando sin resolver hoy en día, siguen provocando polémicas y afectando a nuestra vida diaria. Basta pensar en el tema de la responsabilidad, tanto individual como social, que cada uno de nosotros tenemos ante nuestras acciones.

    Paradójicamente (o quizá no tanto), el monstruo, en la novela, aparece como el más humano de todos los personajes. Enhorabuena

    • gravatar Justo Serna Responder
      diciembre 18th, 2013

      Sr. Lillo, es usted muy generoso. Espero escribir con usted ensayos que nos toquen, que nos toquen la fibra sensible. Y Frankenstein es uno de los nuestros. Me refiero a su criatura.

      • gravatar José Luis Ibáñez Salas Responder
        diciembre 18th, 2013

        Este que les agradece a los dos sus intervenciones, estará muy al tanto de esos ensayos que nos toquen la fibra sensible. Muy atento, se lo prometo.