La Paz de los Pirineos y el final de la hegemonía española

Por . 30 diciembre, 2013 en Edad Moderna
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La isla de los Faisanes es un pequeña lengua de tierra (su extensión no sobrepasa los 2.000 metros cuadrados) situada cerca de la desembocadura del río Bidasoa entre Irún y Hendaya, justo en la frontera entre España y Francia.

Apenas tiene unos pocos árboles y algún que otro animal y de no ser por el monolito levantado en el centro de la isla jamás hubiésemos oído hablar de ella. En este minúsculo trozo de tierra, no obstante, puede decirse que comenzó y concluyó la hegemonía española en el mundo.

Fue el lugar escogido para hacer entrega del cautivo más ilustre que ha pasado por los calabozos españoles, el rey francés Francisco I, quien tras ser hecho prisionero en la batalla de Pavía en 1525 hubo de pagar un alto precio para obtener su libertad.

Por aquel entonces, Carlos I fortalecía las bases de la Monarquía Hispana consolidando su posición en Italia. Fue la primera piedra de un Imperio en el que no llegó a ponerse el Sol y cuyo ocaso tardaría cien años en llegar.

 

Una guerra que duró treinta años

La creencia general ha mantenido que la firma del Tratado de Westfalia en 1648, que significó el fin de la guerra de los Treinta Años, marcó la decadencia de la dinastía Habsburgo tanto en España como en el Sacro Imperio Romano Germánico. Las Provincias Unidas, junto con sus aliados protestantes y franceses, se alzaron con la victoria, materializada en su independencia y en la concesión de la libertad de culto.

Aunque Westfalia fue un duro golpe para los intereses españoles en el centro y norte de Europa, no socavó su influencia en la región y tampoco dio por concluida la guerra. Francia y España continuaron batallando durante una década más.

Felipe IV, bajo los gobiernos del conde-duque de Olivares y de Luis de Haro (el sobrino de este último), tuvo que hacer frente a un sinfín de problemas. Su enumeración sería tediosa e irrelevante; a los propósitos de este artículo baste saber que la Hacienda española estaba exhausta y la autoridad real seriamente menoscabada tras medio siglo de guerras y revueltas por toda Europa. Ante esta situación, agravada por el distanciamiento de la rama familiar en Viena, la hegemonía española entró en un período de debilidad. La toma de Dunquerque por los franceses y la derrota en la batalla de las Dunas (1658) asestaron el golpe final.

Dada la desastrosa situación de los asuntos castellanos, fue imperativo iniciar las negociaciones con los franceses. Desde la entrada de Francia en la guerra de los Treinta Años (1635), los canales diplomáticos entre París y Madrid habían continuado abiertos a pesar de las hostilidades. Louis de Brunet, barón de Pujols, y Miguel de Salamanca fueron designados intermediarios secretos en estos primeros años de contienda.

Más adelante, las negociaciones en Münster para la firma del Tratado de Westfalia permitieron nuevos acercamientos. En ninguno de ambos casos las conversaciones llegaron a buen término. Habrá que esperar unos años más para que las misiones diplomáticas de Hugues de Lionne en Madrid (1656) y de Antonio Pimentel de Prado en París (1658) den sus frutos y se alcance un consenso, después ratificado por Luis de Haro y el cardenal Mazarino en la isla de los Faisanes.

 

Paz entre España y Francia

Una vez sentadas las bases del acuerdo, ambos plenipotenciarios partieron de sus respectivas cortes a finales de junio de 1659 acompañados de una numerosa y distinguida comitiva.

Luis de Haro llegó a Fuenterrabía el 26 o 27 de julio y un día más tarde lo haría Mazarino a San Juan de la Luz. Conforme al estricto protocolo diplomático de la época, el lugar de negociación debía encontrarse en un punto equidistante a las comitivas y ser lo más neutral posible (quedaron, por tanto, descartadas iglesias o castillos).

A ello se añadía la reticencia de ambos ministros a cruzar la frontera, acto que hubiese supuesto mostrar un signo de flaqueza ante el adversario. Finalmente, a propuesta del cardenal francés, se acordó instalar una barraca en la isla de los Faisanes, isla cuya soberanía compartían ambas coronas. El 13 de agosto comenzarán las negociaciones entre el cardenal Mazarino y Luis de Haro.

Mazarino, curtido diplomático, fue quien llevó la batuta durante las más de veinte conferencias que se produjeron entre ambos ministros a lo largo de los meses de agosto a octubre de 1659. Luis de Haro, obcecado en la restitución de los honores a Condé (príncipe de sangre francesa pero que había estado al frente de los ejércitos españoles durante la guerra), intentó alcanzar una paz lo más honrosa posible para España. Sin embargo, el calamitoso estado del Imperio español obligó a firmar una paz que transfería el liderazgo europeo de Madrid a París.

La Paz de los Pirineos consta de 124 artículos en los que se abordan diversas cuestiones, desde la restitución de plazas y territorios hasta asuntos específicos de derecho marítimo internacional.

A efectos políticos y militares, España se comprometía a entregar a Francia los territorios situados en la vertiente septentrional de los Pirineos, el condado de Artois e importantes plazas militares en Luxemburgo y Flandes. Si a esto le sumamos los territorios entregados tras Westfalia, la posición española en el centro de Europa quedaba muy debilitada.

Otro punto esencial del tratado fue el acuerdo alcanzado para casar a la infanta María Teresa de Austria, hija del monarca español, con el delfín francés Luis (futuro Luis XIV). Este compromiso será décadas más tarde utilizado como argumento para reivindicar el trono español a favor de Felipe de Anjou (Felipe V, nieto de Luis XIV) antes de y durante la guerra de Sucesión en 1700.

 

Humildad tras el orgullo

Tras la firma del tratado de los Pirineos, España pasó a ser la sombra de lo que un día había sido. El orgullo y la altivez que caracterizaron a los españoles del siglo XVI y principios del XVII se transformó en humildad y decepción en las últimas décadas del siglo XVII, pues su autoridad se desvanecía y el respeto que antes imponían los embajadores españoles en las cortes europeas dio pasó a la indiferencia.

En tan solo medio siglo, España vería cómo de ser la primera potencia del orbe quedaba relegada a un segundo plano y sus posesiones más preciadas eran troceadas en 1713 al antojo del resto de las naciones europeas durante las negociaciones del Tratado de Utrecht.

No hay una única causa a la que achacar la decadencia española. Al igual que sucede hoy, gran parte de la culpa fue atribuida a los dirigentes políticos y especialmente dura fue la crítica a la política seguida por Olivares. Pero lo cierto es que poco podía hacer el Conde-duque ante la catastrófica situación de la economía española.

Los yacimientos del Potosí, entre otros, abastecieron de metales preciosos a la Corona que duraban poco en manos españolas. Los testimonios de la época relatan la llegada de los galeones cargados de oro y plata a Sevilla y describen cómo, tras desembarcar la mercancía, ésta era entregada automáticamente a los comerciantes flamencos, genoveses o “marranos” en pago de los intereses de los préstamos otorgados a la Corona para que ésta pudiese hacer frente a los costosos proyectos en los que se había embarcado.

A estas prácticas habría que añadir la corrupción y el contrabando que imperaban en los puertos de Indias (Sevilla y después Cádiz). Parafraseando la extendida expresión que hoy tanto se utiliza, la monarquía de los Austrias “vivió por encima de sus posibilidades”.

Por otro lado, la diversidad de reinos que componían España y la distancia (cultural y física) que entre ellos había dificultaba enormemente su control. Mientras que Francia, Inglaterra o las Provincias Unidas contaban territorios más compactos y homogéneos, en España la pluralidad era la tónica dominante y requería mucha habilidad para mantener el equilibrio. En el momento en que éste quedaba roto, era muy difícil recuperarlo y restaurar la posición inicial. El fatídico año de 1640 da buena prueba de ello.

La extenuación de España en 1659 era patente. Ya no podía asumir la pesada carga de mantener todos sus reinos y posesiones europeas y por ello claudicó ante Francia, que pasará a ocupar la posición predominante que hasta entonces correspondía a España. La Paz de los Pirineos permitió dar un respiro a la monarquía, eso sí, a un alto precio, aunque la situación era ya irreversible.

En los sucesivos años, tras la guerra de Devolución de 1666 y la guerra de Sucesión de 1700, la hegemonía española en el mundo se derrumbó y el Tratado de Utrecht constató lo que en la isla de los Faisanes había comenzado a fraguarse: España se convertía en una potencia europea de segundo orden.


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Nací en el muy sevillano barrio de Triana. Criado en tierras cántabras, luxemburguesas y andaluzas, a punto estuve de dedicarme al estudio de la física nuclear pero al final opté por algo mucho más complicado: desenmarañar los misterios que encierran el Derecho y las Ciencias Políticas y para ello cursé ambas carreras en la Universidad Autónoma de Madrid. Cinco años después y tras una breve pero intensa estancia en el Institut d’Études Politiques de Paris, me dirigí a territorio anglosajón para especializarme en Derecho de la Unión Europea en la Universidad de Kent, estudio que completé con unas prácticas en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. A mi vuelta a Madrid trabajé en varios despachos de abogados hasta que llegó el día en que cambié la abogacía por la edición de una página web de artículos de opinión (www.ensilencio.es) y otra dedicada a la historia (www.metahistoria.com) que, afortunadamente, poco a poco empiezan a hacerse un nombre.

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