Miguel Ángel, oficio y pensamiento

Por . 16 diciembre, 2013 en Edad Moderna
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Cuenta Alejandro Dumas en su biografía novelada sobre Miguel Ángel el primer encuentro de éste, siendo todavía un chiquillo, con Lorenzo el Magnífico, la simpatía mutua que se tenían y la inocencia del artista.

Fue en esos años, cuando, trabajando en el jardín de los Medici bajo la dirección del anciano Bertoldo, discípulo de Donatello, el destacado aprendiz sintió por primera vez la envidia. Torrigiani, aquel gran trabajador de la arcilla, le rompió la nariz al joven Miguel Ángel, quien desempeñaba un papel primordial en el taller. Este hecho lo cuenta también Benvenuto Cellini en su autobiografía, expresando el profundo desprecio que sentía por Torrigiani. Quizás es el único detalle de delicadeza que tuvo Benvenuto en toda su vida, además de la elaboración del famoso salero.

 

El aprendizaje de un genio

Pocos años antes, el padre de Miguel Ángel lo había puesto a trabajar en el taller de Domenico Ghirlandaio, amigo de la familia. Pronto superó a su maestro copiando del natural unos andamios, herramientas del oficio y a varios jóvenes que trabajaban en el taller. “Éste sabe más que yo”, cuenta Vasari que dijo el maestro.

En el círculo de los Médici, Miguel Ángel pudo estudiar muchas antigüedades griegas y romanas, también se instruyó con las obras de los antiguos maestros. Al igual que le ocurrió a Leonardo, no le bastó con copiar para aprender anatomía, diseccionó muchos cadáveres y averiguó por si mismo sus principios, hecho que le facilitó poder tallar y dibujar desde cualquier ángulo.

En 1499, con veinticuatro años, termina La Piedad, encargo del cardenal francés Rovano. Como era su costumbre, la esculpió en un único bloque elegido por él mismo y, poco a poco, de la muerte fue sacando vida a golpes.

Lo contrario le ocurrió con el célebre David, que, en palabras de Vasari, “fue un milagro el que obró Miguel Ángel resucitando a uno que habían dado por muerto”. Y es que sucedió que Simone de Fiesole había comenzado un gigante en la pieza, que por dura o irregular le había resultado imposible de tallar, así que quedó olvidada a la intemperie durante años. Miguel Ángel la rescató, sabiendo inmortalizar la belleza aun no desarrollada, la concentración y el arrojo casi ingenuo de la adolescencia. La obra fue terminada en 1504 con gran éxito.

Otro estudio brutal de anatomía, por lo que supuso de novedoso e instructivo para sus coetáneos, fue el cartón sobre la batalla de Calcina que el gonfalonieri Pier Sonderini le encargó para la sala grande del Consejo de Florencia, en donde trabajaba también Leonardo con la batalla de Alighieri. El destino quiso que no pasasen de ser cartones, pero en ellos se ejercitaron muchos grandes, desde Rafael, Alonso de Berruguete, Sangallo o Bandinelli. Tal fue la fama de estos cartones que el papa Julio II le encargará su sepultura y más tarde la bóveda de la capilla Sixtina.

La tumba de Della Rovere fue una obra que tuvo que dejar a un lado en varias ocasiones por el nuevo proyecto de la basílica de San Pedro y por los antojos de los distintos papas que se iban sucediendo, derivando en un trazado mucho más sencillo finalmente ubicado en la iglesia de San Pietro in Vincoli, cuya pieza más insigne es el famoso Moisés.

 

La Sixtina

Por lo que atañe a la capilla Sixtina, sabemos que no fue un encargo del agrado de Miguel Ángel. En principio pensó que era un asunto propiciado por su enemigo Bramante pero realizó igualmente el encargo obligado por el Papa. Durante cuatro años no paró de trabajar. Al inicio pidió ayuda, pero al ver que los asistentes no estaban a la altura se encerró para ocuparse él solo.

Poco antes, en 1506, se había descubierto el Laoconte y este hecho pudo influirle a la hora de imprimir a sus figuras terribilidad y energía.

 

La bóveda de la Sixtina supuso un gran esfuerzo intelectual y físico, dado que hubo de pintar tumbado y en condiciones extremas. Tuvo en cuenta la luz insuficiente aplicando colores enérgicos y claros. Alrededor de la escena de la creación, se disponen una serie de sibilas y profetas, perspectivas imposibles y trazos perfectos comunican por sí mismos preguntas y respuestas al espectador. Narraciones pintadas que nos remiten a un origen, a cualquier origen que creamos conveniente.

Daniel, Ezequiel, la Sibila Délfica, la Pérsica, ya anciana y con poca vista, el profeta Isaías o la Sibila Líbica se afanan en sus trabajos mientras que Judith degüella a Holofernes o David vence a un gigante.

Cada una de esas figuras tiene una inequívoca presencia, un empaque propio de su creador, que parecía conocer lo más hondo de la naturaleza humana. Encontramos en ella la serena grandeza de la que hablará más tarde, en el siglo XVIII, el arqueólogo e historiador del arte alemán Johann Joachim Winckelmann en las esculturas griegas, en donde decía que “un alma grande y equilibrada se revela dentro del seno de las pasiones”.

Stendhal por su parte dijo que Miguel Ángel reprodujo lo elevado a partir del terror. De ahí que en  la representación del juicio final que pintó años más tarde se entrecrucen el terror, las cavilaciones y el espíritu a la vez que Caronte ilustra el pasaje de Dante:

 

“Carón, demonio que al mirar abrasa

llamándolos a todos recogía;

da con el remo a aquel que se retrasa.”

 

El juicio final muestra el drama originado por el cristianismo al que se refiere Victor Hugo en su prefacio de Cromwell, donde el hombre muestra sus dos esencias, la perecedera y la inmortal. Dirá Hugo que “el cristianismo separa profundamente el espíritu de la materia, estableciendo un abismo entre el hombre y Dios”.

No es de extrañar que Géricault hubiese temblado ante la hazaña de Miguel Ángel en la capilla o que Stendhal quedase sobrecogido. Este último cuenta como la visión lo traslada de nuevo a su retirada de Rusia en su Historia de la pintura italiana.

 

 

“Cuando en nuestra malaventurada retirada de Rusia nos despertaba de repente en medio de la negra noche un cañoneo obstinado y que se acercaba por momentos, todas las fuerzas de nuestro ser se agolpaban en el corazón; estábamos frente al destino y despreciando todas las pequeñeces de la vida nos disponíamos a disputárselas al destino fatal que se aproximaba. La contemplación de esas pinturas de Miguel Ángel ha hecho que volviera a sentir aquella sensación casi olvidada. Las almas grandes viven en sus propios recuerdos; las demás tienen miedo y enloquecen”.

 

 

Cuenta también Stendhal que recibió por esta obra tres mil ducados cuando lo que gastó fueron veinticinco mil. Durante meses tuvo problemas de visión y el cuerpo le quedó afectado por las dificultades del proceso de trabajo.

Vasari califica a Miguel Ángel de buen hombre, justo y modesto. Dice que cuando se disponía a realizar la capilla nueva de San Lorenzo, le dijeron que debería hacer la linterna diferente a la de Brunelleschi, a lo que respondió: “distinta se puede, mejor no”. Lorenzo y Giuliano están enterrados en este mausoleo junto al hermano del papa medici León X, también llamado Giuliano, y el duque Lorenzo, nieto del Magnífico.

Debemos destacar también la biblioteca Laurenciana, cuyos muros tanto influyeron en la pintura de Mark Rothko; y, desde el punto de vista arquitectónico, la fortificación de San Miniato en 1530, edificada durante el asedio de Florencia.

Miguel Ángel fue un espíritu inquieto, enérgico y austero que aun hoy en día nos asombra y nos hace cuestionarnos hasta dónde puede llegar el ánimo del ser humano.


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Nací en Coruña en 1966, me licencié en Filología hispánica en Santiago de Compostela y en Filoloxía galego-portuguesa en la Universidad de A Coruña. En esta misma ciudad realicé la especialidad de Técnicas de volumen en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos Pablo Picasso. En la actualidad imparto clases de dibujo, pintura e historia del arte a niños en mi propio estudio, y lo compagino pintando y exponiendo mi propia obra.

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