Wellington frente a Napoleón

Por . 4 diciembre, 2013 en Reseñas
Share Button

Wellington es para los ingleses como Viriato para los españoles. Sólo que más cercano y siempre presente desde su casa-museo frente al palacio de Buckingham, en una de las esquinas del Hyde Park londinense.  Su colosal estatua no es reconocible como la de Nelson en Trafalgar Square, por la sencilla razón de que las viudas de los militares que la erigieron, mejor dicho su autor, prefirió mostrar un Aquiles con espada y yelmo, aunque me temo que demasiado desnudo para aquellas cándidas damas decimonónicas.

El general Wellington no tenía fisuras, o si las tenía era para realzar más su impronta de héroe, su capacidad de lucha o su sagacidad. Nadie hubiera osado criticarle, al menos hasta el desmoronamiento del imperio británico, sin quedar condenado al ostracismo. Forma parte de la conciencia nacional, como la Union Jack o el desastroso clima.

 

Demasiados puntos en común

El libro Napoleón y Wellington de Andrew Roberts, publicado en 2008 por Ediciones Almed, aunque su original en inglés data de siete años antes, no es que sea una visión posmoderna que deshace todo lo anterior, ni trata de banalizar la figura del insigne soldado. Pero al compararlo con su enemigo acérrimo, el odiado-admirado Napoleón, arroja una nueva luz sobre el hombre que doblegó al león corso.

Porque, para sorpresa de quienes no se habían tomado la molestia de compararlo, ambos tienen demasiados puntos en común. Némesis, destino, venganza de la Historia, llámese como se quiera. Ahí están los hechos.

Como primera muestra, los dos nacieron el mismo año, 1769, para regocijo de astrólogos y agoreros. Wellington lo hizo en Irlanda, Napoleón en Córcega. No hay que ser geoestratega para comprender la importancia de la condición insular y periférica de los contendientes.

El padre irlandés murió dejando a su hijo con doce años, el corso al suyo con quince. Los dos chicos tenían cuatro hermanos y tres hermanas y vivieron un ambiente rígido, con madres de carácter fuerte.

En el año 98 Wellington cambió su nombre Wesley, demasiado irlandés, por Wellesley, más británico. Napoleón lo había hecho dos años antes, cuando suprimió la “u” de Buonaparte. Tanto uno como otro se educaron lejos de su lugar de nacimiento, en academias militares francesas, así que el francés fue su segunda lengua.

Córcega había sido propiedad de Génova, pero como los mercaderes genoveses traficaban con todo, vendieron la isla a Francia en 1768 porque, la verdad, era ingobernable. Napoleón llegó a su escuela, hablando el patois corso salpimentado de italiano, tuvo que aprender francés al mismo tiempo que a serlo.

 

Bernard Shaw, que apreciaba las paradojas, lo dijo más tarde con su tono burlón:

“Un ejército inglés al mando de un general irlandés no está mal para un ejército francés al mando de uno italiano”.

 

Los aprendices de héroe no fueron muy brillantes en la escuela. A estas alturas parece forzada tanta similitud, pero lo cierto es que sólo les interesaban la topografía y los mapas. También, en cierto modo, la trigonometría, así podían medir a sus anchas alturas y distancias para calcular cañones, cotas, idear estrategias matemáticas. De Historia conocían poco, o tal vez tampoco sabían demasiado sus maestros. Lo que dice Andrew Roberts es que, como buenos autodidactas, los dos se ocuparon de enterarse y formar su intelecto. Ambos llevaban los Comentarios de César en campaña y Aníbal ocupaba el primer lugar en sus preferencias, antes de saber que la primera parte de su duelo se daría en la tierra quebrada del caudillo ibérico

En el transcurso de un año, tuvo lugar la primera acción sonada de ambos: el corso en Tolón el 16 de septiembre de 1793, Wellington en Holanda el 15 de septiembre de 1794. El empujón definitivo les llegó de idéntica forma: a través de los buenos oficios de un hermano: Luciano Bonaparte organizó el golpe de Brumario que llevó a Napoleón al consulado único, mientras Richard Wellesley, gobernador general de la India, concedía a su hermano mando independiente en 1803.

Muy atractivos para las mujeres y vorazmente sexuales, ninguno conoció la felicidad conyugal. Incluso compartieron dos amantes, o para ser exactos, el inglés cortejó a dos damas abandonadas del harén napoleónico.

 

Un hombre frío

Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, representa muy bien el tipo de héroe inglés dieciochesco. Frío y cortés, tranquilo pero determinado, de condición noble pero aupado por su propio mérito, no se parece a los héroes románticos que inspirarán poco después la traviesa pareja Byron-Shelley.

Arthur es el hijo consecuente de una Gran Bretaña pragmática que busca consolidar con su ejército el imperio mercantil que ha ido forjando durante el siglo. Admiró a Napoleón desde el principio, y ahí no se asemejó a su impetuoso rival, quien nunca quiso concederle crédito.

En la elitista Eton se codeó con los herederos de los grandes títulos británicos que lo miraban por encima del hombro por ser segundón de un oscuro vizconde irlandés. Algunos de esos compañeros de escuela habrían de ser brillantes generales, otros menos afortunados, y a más de uno se encontraría más tarde nuestro esforzado irlandés en la lucha política.  Lord Holland, oponente político posterior, describe a Arthur en sus memorias como alguien “con falta de gusto, ingenio, gracia e imaginación, cuya vanidad excede su ambición y que además -añade- le importa poco cuál es su ejército o incluso a qué causa sirve, con tal de que pueda exhibirse a la cabeza, ser la primera figura del cortejo, llevarse la gloria y saborear la victoria”.

Andrew Roberts advierte que el odio feroz del partido whig (palabra que significa ‘peluca’ y que denominaba al partido liberal, fuertemente opuesto al conservador) hacia el vencedor de Napoleón, fue una constante en la vida política de quien llegó a ser pieza carismática de los tories. Según la pequeña mitología de insidias que fabricaron contra él en Eton, no abandonó el colegio sólo porque a la muerte de su padre la familia no tuviera recursos para sostener su educación, sino por sus pobres resultados académicos. Sostiene Andrew Roberts que Eton significó para Wellington la confirmación de su propia valía, pero lo cierto es que en los siguientes diez años no hizo nada digno de mención y hay quien lo recuerda tumbado durante horas en un canapé acariciando su terrier y soñando como cualquier adolescente en flor.

 

Su camino de Damasco

Pero estamos en 1786, tres años antes de que estalle la Revolución Francesa y el etoniano Arthur, con dieciséis años, es enviado a la Academia Militar de Equitación de Angers en Anjou, al oeste de Francia. De esta manera, el defensor del gobierno aristocrático pudo conocer de cerca los últimos días del Ancien Régime borbónico, fijándose al parecer más en su esplendor y boato que en la putrefacción que carcomía sus cimientos.

“¡Qué curioso hubiese sido, Señor -le indicó un obsequioso subalterno, sesenta años después- si Vuestra Excelencia hubiera sido enviado a Brienne, en vez de Angers, y se hubiese educado con Napoleón!”.

Angers le hizo francófilo de por vida. Incapaz de sentir el odio visceral de Nelson hacia los galos o el fanático desprecio de Francis Drake por los españoles. Fue sólo un año, pero bastó. Su maestro, un auténtico edecán del pasado esplendor de los Borbones franceses, le puso en contacto con la alta nobleza de Anjou, grandes pares del reino que ostentaban títulos cargados de victorias militares y naturalmente lo más reaccionario del ambiente político angevino.

A los diecisiete años era el momento propicio para que las semillas germinaran y las preferencias y antipatías fueran brotando hasta formar el árbol que va madurando. La arraigada convicción hacia el legitimismo borbónico, que nunca lo abandonó, fue adquirida a fondo durante aquel año.

Las opiniones políticas en los hombres de acción suelen formarse en un período de la adolescencia, como reacción a algún acontecimiento público que haya afectado al individuo. Tal debió ser el caso de Wellington aunque la reacción no fuera, desde luego, inmediata. Nombrado teniente a esa edad, su madre le advertía por carta que “nadie lo veía como soldado” y que debería buscarse algo más acorde a su personalidad.

Tras el éxito de su hermano mayor en el servicio exterior y su destino de primera magnitud en la India, evitó acompañarlo porque el camino a Oriente estaba lleno de penalidades, escasa gloria y multitud de enfermedades. Pasó siete años desempeñando puestos secundarios en Dublín. Desde allí pudo observar, con comodidad y desde el otro lado del Canal, cómo los acontecimientos revolucionarios cambiaban el signo de la Historia.

Existe un libro de 500 páginas, dedicado sólo a desentrañar la génesis adolescente de Napoleón, su desarrollo intelectual y la forma en cómo encaró aquellos años cruciales de su vida. Nada parecido ocurre con Wellington. Lo más que puede decirse de aquellos siete años es que tocaba el violín. Aunque tampoco parece una elección muy personal, ya que su padre había sido profesor de música en el Trinity College de Dublin.

A los veinticuatro años era un joven alto, delgado, que a su atractiva figura añadía unos ojos azules que penetraban con facilidad en el interior de quien sostenía aquella mirada confiada. Por aquellos días, no era sino un miembro más de la turba de jóvenes ruidosos, proclives a cortejar mujeres y beber más de la cuenta en las tabernas. Fue entonces cuando tuvo su conversión, su “camino de Damasco”, la “caída” de la vida despreocupada y el compromiso. Arthur Wellesley quemó su violín. No lo vendió, ni lo guardó en un armario, ni siquiera se lo regaló a un amigo. Tomó la decisión de destruirlo por el fuego para exorcizar, tal vez, pasadas complacencias.

En Francia, la voraz guillotina ya había caído sobre la cabeza de Luis XVI y el Comité de la Salud Pública había decretado que los principios de igualitarismo a ultranza debían ser extendidos por Europa, algo que los gobiernos aristocráticos no estaban dispuestos a aceptar. En febrero de aquel año de 1793 Inglaterra formó la Primera Coalición contra la Francia revolucionaria, junto a Austria, Prusia, España, Holanda y Cerdeña. Wellington vio su oportunidad para dejar de ser un diletante y convertirse en militar profesional. El camino a la gloria comenzó a desbrozarse.

Olvidadas las juergas y alejado del alcohol que tanto embotaba las mentes de sus amigos irlandeses, nuestro decidido converso fue enviado a Holanda. Allí sirvió bajo las órdenes del duque de York, un hombre tan meticuloso con la burocracia como ineficaz en el campo de batalla. En las suaves llanuras neerlandesas que habrían de darle la gloria -Waterloo- ya se distinguió por su capacidad estratégica y visión táctica. Aprendió algo crucial: cómo no debía dirigirse una campaña. Parecidas lecciones a las de otro militar, de campo contrario, que también asimiló las suyas.

 

El astro napoleónico

Si el sentimiento de pertenecer a la clase dirigente, aunque fuera de menor rango, le había dado seguridad a Wellington, la conciencia de inseguridad étnica espoleó a Napoleón. Él también pertenecía a la clase dirigente, aunque no a la nobleza como más tarde insinuó. Su madre, la implacable María Leticia, era hija de un ingeniero militar y hermanastra del archidiácono de la catedral de Ajaccio. Los Buonaparte se preciaban de no tener que comprar aceite, pan o vino, porque lo producían sus tierras y molinos. Pero al joven Napoleone le perseguía la insidiosa sospecha de que su padre podía haber sido un traidor a Córcega. Sin embargo, gracias a las amistades de sus padres fue admitido en Brienne, una academia de artillería para los hijos de la nobleza.

Su padre murió dejándole la duda de que su actuación como secretario del héroe corso al que abandonó había sido una traición. En lavar aquella afrenta parece haberse aplicado con fruición durante aquellos años.

Patria verdadera o no, lo que desde luego poseía Napoleón era una poderosa inteligencia sostenida por una ambición insondable. Leía los libros como los jueces los dictámenes. Seguidor de Rousseau, se impregnaba con los escritos de los filósofos del momento y compartía sus ideas en pro de la libertad y la fraternidad entre los hombres. Al mismo tiempo, se aseguró un lugar de primera fila en los terribles acontecimientos que asolaron Francia en la década de los noventa. Fue uno de los que presenció el asalto a las Tullerías, con la masacre de la Guardia Real y la prisión de los reyes. Luego afirmó que Luis XVI podía haber terminado la revolución ahí mismo, si sólo hubiera tenido el coraje de montar en su caballo y salir a la calle.

Pero el coraje apenas existía en las cortes de Europa. Al empuje de monarcas de valía indudable, le había sustituido la esterilidad, cuando no la idiotez. Difícilmente el genio de Napoleón hubiera impuesto su voluntad a la generación anterior, en la Europa de Federico el Grande de Prusia, Catalina la Grande de Rusia, María Teresa de Austria o Carlos III de España. Pero lo que Bonaparte se encontró fue una generación de disminuidos enfermizos en los tronos europeos cuando él contaba con la fuerza arrolladora de una ideología liberadora. En poco tiempo pasó de general aclamado a triunviro y luego a cónsul vitalicio.

Con su victoria de 1800 en Marengo se hizo el dueño de Italia y el campeón de Francia. El meteoro comenzó entonces a brillar en el firmamento con fuerza de primera magnitud. A partir de entonces quiso emular a Luis XIV y su desmesurada ambición se adornó con la más descarada vanidad. Europa debía girar en la órbita del astro rey. Julio César y Carlos V eran sus mentores, el espejo en el que veía crecer sus aspiraciones. En 1804, cuando se coronó emperador, lo expresó ya sin tapujos: “La Revolución ha terminado. Yo soy la Revolución“.

Los dictadores crean miedo, pero también admiración. En aquel principio de siglo, muchos vieron en la ascensión del pequeño corso una venganza de la Historia, la aparición de un mesías redentor de los oprimidos que anunciaba tiempos nuevos. Bien podía perdonársele la pompa creciente, porque la merecía. Tampoco debía tenerse demasiado en cuenta los males que acarreaba a los pueblos que pretendía liberar, porque eran inevitables. Durante diez años, la bota napoleónica holló los páramos de Europa con la intención de liberarla pero causando, al fin, mayores estragos.

En España conoció su primera derrota. El ejército español rebelde, heroico y aún motivado, venció a los díscolos mariscales del imperio en Bailén, en 1808. Cuando las semillas que Bonaparte sembró para su fin ya habían fructificado, llegó la derrota de Waterloo.

Napoleón abdicó en Fontainebleau y Wellington regresó a Londres en loor de multitud y con el título de Lord del reino y duque de Ciudad Rodrigo en España. Luego se dirigió a Viena para representar a su país en el congreso que habría de administrar la paz. Allí le sorprendió el inesperado regreso de Bonaparte a París, su célebre gobierno de los Cien Días.

París tardó en entregarse las escasas jornadas que duró la cabalgada desde Marsella. El primer día, la prensa bramó “El ogro ha vuelto”; el segundo insistió: “el más grande criminal de la Historia avanza desde Marsella”. A medida que las guarniciones iban rindiéndose a su paso y los militares sacaban los antiguos estandartes para vitorearle, los titulares cambiaron: “Bonaparte avanza con éxito arrollador”, dijeron el cuarto día; el quinto anunciaban: “Napoleón quiere recuperar París”. Y por fin, con el “ogro” cerca: “París espera entusiasmada la entrada triunfal de Su Majestad Imperial para celebrar su Gloria”.

Tras los primeros escarceos, Napoleón pasó a Holanda, el reino despojado a su hermano Luis. Wellington supo que el momento había llegado. En la mañana de la batalla de Waterloo ordenó sus fuerzas con precisión, sabiendo que su número era inferior pero convencido de que su eterno rival cometería algún error. Y sucedió. La aplastante victoria se estudia en los manuales militares como una de las grandes batallas de la Historia. Wellington marchó sobre París y el sinuoso Fouché, ministro bajo Napoleón y eterno superviviente, le hizo árbitro de la situación.

Militares, historiadores y novelistas han glosado el duelo de los dos titanes como una repetición de Héctor y Aquiles, Aníbal y Escipión, Pompeyo y César. Otros han querido ver el enfrentamiento entre el orden y la revolución.

La novedad del libro de Andrew Roberts consiste en que el forzado paralelismo se convierte en exacta similitud. Diferencias las hubo, claro. Wellington, por ejemplo, salvó a Napoleón de ser pasado por las armas en Waterloo. El exiliado de Santa Elena, por su parte, dejó una pequeña cantidad en su testamento para el hombre que intentó asesinar a su oponente. Cuestión de carácter y fair-play.


Share Button

He publicado 16 libros, la mayoría relacionados con la Historia y casi todos novelados. He colaborado para el diario El Mundo como columnista con la serie Polos opuestos sobre personajes antagónicos de la Historia, el arte, la política y la literatura; he sido crítico literario en La Esfera de los Libros (1998-2000), he escrito cerca de 200 artículos en Historia y Vida, La Aventura de la Historia, Época y Tiempo. Director del programa Claves de la Historia en Radio Intercontinental, asimismo soy colaborador asiduo de Radio Nacional y Radio5 y esporádico de otras cadenas. Otros libros míos son Los dominios del lenguaje, Elogio de la amistad, Amor es rey tan grande, La Ruta de las Estrellas, Por El Empecinado y la libertad, El druida celtíbero, Biografía de la Gran Vía y Alma de juglar. De 2013 es Serrano Suñer, valido a su pesar.

Participa en la discusión

  • (no será publicado)

    • gravatar Ignacio Merino Responder
      diciembre 5th, 2013

      Je vous remerci de tout mon coeur, monsieur l’editeur et cher ami.
      Ignace Merin

  1. gravatar Aitor Pérez Blázquez Responder
    diciembre 4th, 2013

    Buenas noches:

    Excelente artículo. Quizá Wellington fue mejor tactico que estratega, teniendo en cuenta que sus campañas fueron más limitadas que las del Corso. Por otro lado, sus hombres le apreciaban mucho, a la vez quele temían, al preocuparse por ellos y no arriesgarlos en operaciones inutiles. Los Arapiles, no Waterloo, parece que fue la batalla que más le gusto. Solo una pregunta, la mención a Austerlitz no la he llegado a comprender.En cualquier caso, enhorabuena por el texto.

    • gravatar Ignacio Merino Responder
      diciembre 5th, 2013

      Hola Aitor:

      Muchas gracias, me alegro de que te haya interesado y gustado, es un placer.

      La mención a Austerlitz es que por entonces Napoleón ya conocía el sabor amargo de las derrotas, pero efectivamente es un error, porque lo que quería decir era Waterloo, la mayor de ellas. Muchas gracias por el apunte. Soy un escritor puntilloso en temas históricos, pero mi caprichosa cabeza me la juega a menudo con asociaciones contrarias o surrealistas y despistes antológicos y/o irreparables.

      En efecto, Arthur Wellesley era querido y respetado por sus hombres, pero Napoleón, como sabrás, llegó a ser idolatrado, aunque mandara a sus hombres a verdaderas carnicerías o infiernos helados como el de Rusia.

      La táctica del británico ganó sin duda al gran estratega francés. Y la batalla de los Arapiles, desde luego, es su mayor momento de gloria militar, mientras que en Waterloo, hasta donde yo sé, intervino mucho la Fortuna.

      Yo soy muy crítico con ambos y se me nota a veces la guasa, porque no son santos de mi devoción ninguno. El corso, por su traición a los valores democráticos de la República francesa, su delirante vanidad y el enorme estropicio y dolor que causó en Europa, por mucho que haya dejado algunas cosas buenas. Y lord Wellington es un estirado británico que miraba a los españoles por encima del hombro, a pesar de haber sido colmado de riquezas y honores por la Regencia. Despreció a El Empecinado, uno de mis grandes héroes y por ahí si que no pasó, jajaja…

      Un saludo cordial, Aitor. Y muchas gracias de nuevo.
      Ignacio Merino