Y, entonces, ¿por qué no ganaron los atenienses?

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Puede sorprendernos el final de la Guerra del Peloponeso, una verdadera guerra civil griega que se prolongó durante casi treinta años, entre el 431 y el 404 a.C., y terminó con la derrota ateniense y la conversión de la otrora orgullosa ciudad en potencia de segundo orden.

Sobre el papel, Atenas era más poderosa que Esparta y estaba mejor preparada para soportar un conflicto de larga duración. La capital del Ática no sólo poseía una economía más desarrollada y una población más elevada, sino que contaba con los inmensos recursos que ponían a su total disposición sus aliados de la Liga de Delos, más numerosos y ricos que los amigos de Esparta en la Liga del Peloponeso.

Y, al menos sobre el papel, el prestigio de que gozaba la cultura ateniense y sus realizaciones culturales en la Grecia de la segunda mitad del siglo V hacía factible que, puestas en la tesitura de escoger, la mayoría de las polis se inclinasen por Atenas antes que por los poco simpáticos espartanos, cuya rígida mentalidad estoica y militarista se compadecía muy poco con el amor por la vida de que hacía gala el alma griega.

Sin embargo, era en ese militarismo donde residía su mejor baza. La forma de vida de los atenienses no era la más adecuada para producir soldados duros y brillantes generales; la de los lacedemonios, educados en el sacrificio, la frugalidad y la disciplina, y entrenados desde la niñez para el combate, había de producirlos casi por fuerza. La profesión de los atenienses era la ciudadanía; la de los espartanos, la guerra.

A pesar de ello, en una guerra tan larga hubo victorias y derrotas en ambos bandos. Durante los primeros años, Esparta, que invadió el Ática, fue superior en tierra, pero poco pudo hacer frente a la hegemonía naval de los atenienses. El fracaso de la expedición de estos a Sicilia les colocó, en una segunda fase de la guerra, al borde de la derrota definitiva.

Pero, paradójicamente, no fue la habilidad marcial de los espartanos lo que les permitió alzarse con la victoria final. Atenas, semejante en esto a los Estados Unidos de América de la época de la Guerra Fría, no aplicaba de puertas afuera los elevados principios democráticos sobre los que se erigía su afamada constitución política, lo que generaba un profundo descontento en sus aliados de la Liga de Delos que los espartanos podían aprovechar con facilidad.

Además, los lacedemonios demostraron ser tan buenos diplomáticos como guerreros, pues no sólo lograron que buena parte de los socios de Atenas se levantaran en armas contra su aliada, sino incluso arrancaron a los mismos persas hombres y dinero en apoyo de las ciudades rebeldes.

Y tan insospechada como la habilidad que los espartanos demostraban en el frágil terreno diplomático fue la del pueblo ateniense a la hora de defenestrar a sus mejores generales. Seis comandantes fueron ejecutados tras una victoria sobre Esparta por no haber podido rematar con éxito la destrucción de sus barcos.

La demagogia, la espada de Damocles que, a decir de Aristóteles, pende constantemente sobre la democracia, se había apoderado del pueblo ateniense, cuyo destino quedó en manos de oradores sin escrúpulos, más atentos a la gloria personal que al bien de su patria.

Con ello, Atenas minaba los cimientos de la fuerza sobre la que descansaba su única oportunidad de derrotar a Esparta, la armada. Y mientras, los espartanos hacían todo lo contrario, revelando que la democracia no gana las guerras por el hecho de serlo ni la oligarquía las pierde por la misma razón, sino que son la capacidad, el patriotismo y la visión de Estado de los gobernantes las mejores bazas en un conflicto.

Mientras Atenas forjaba su propia desgracia condenando a sus mejores hombres, Esparta se mostraba capaz de dejar de lado por un instante sus prejuicios oligárquicos poniendo su suerte en manos de un almirante capaz, aunque, en contra de la costumbre, de linaje ajeno a la familia real.

Lisandro, el artífice de la victoria naval de Egospótamos, que selló en el 405 a.C. la derrota total de los atenienses, ofrece la mejor prueba de que ninguna idea ni ningún sistema político, incluso el mejor de ellos, llevado al extremo es capaz de enfrentarse de manera adecuada a los problemas colectivos.


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La historia me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos. Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón. Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

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  1. gravatar Pr. Benedicto Cuervo Álvarez Responder
    mayo 24th, 2014

    Este artículo de Luis Enrique Íñigo me parece interesante aunque me gustaría señalar algunas cuestiones al respecto. En primer lugar matizar que durante la Guerra del Peloponeso los aliados de Atenas ya no estaban dentro de la Liga de Delos sino que se denominaba Liga naval ática.

    A parte de esta matización hecho en falta dos motivos importantes que pudieron suponer la derrota final ateniense, como son la peste que se extendió por toda la polis ateniense (430-429 a.C) y que provocó la muerte a miles de ciudadanos (una tercera parte de la población incluyendo al propio Pericles)y las severas revueltas internas en Atenas entre los partidarios de la oligarquía y los de la democracia. Entre 212 y 211 a.C. los oligarcas, mediante una serie de crímenes y asesinatos, consiguen imponer su política temporalmente en Atenas.

    Por otra parte pienso que las guerras y conflictos sociales no las ganan los generales o líderes por muy buenos estrategas que sean sino los pueblos y su resistencia ante los adversarios.

  2. gravatar Carlos Responder
    diciembre 27th, 2013

    Muy interesante la entrada, da que pensar, pero discrepo totalmente con una de las últimas frase:
    ” los espartanos hacían todo lo contrario, revelando que la democracia no gana las guerras por el hecho de serlo ni la oligarquía las pierde por la misma razón, sino que son la capacidad, el patriotismo y la visión de Estado de los gobernantes las mejores bazas en un conflicto.”

    A corto plazo quizás, la conjunción de generales, líderes y capacidades son las que más pueden determinar quien gana. Pero esta conjunción no es totalmente azarosa, la democracia lo que consigue es que sea más probable esa conjunción, al poner en competencia X líderes constantemente así como casi todas las ideas, por lo que acaba imponiéndose “el mejor”, al menos para el pueblo (y en esta época ese pueblo era una gran minoría). En una oligarquía en cambio apenas hay margen de cambio, o la cagan mucho mucho, o siguen los mismos líderes, lo que hace más improbable que lideren los mejores y sí que lideren los hijos/amigos de.
    Por eso veo más este “cambio de papeles” como algo puntual, siendo lo contrario lo que sucede en la mayoría de ocasiones (como ejemplo, el predominio de las democracias actuales), y por eso discrepo totalmente en esa visión de que el patriotismo y la visión de estado son lo fundamental, lo veo más como una consecuencia, donde la causa y lo fundamental sigue siendo el sistema político que logra que esa causa sea la más beneficiosa en un momento dado.