San Juan de Palafox, obispo y virrey… y azote de jesuitas (I)

Por . 20 enero, 2014 en Edad Moderna
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En la contradicción está la verdad

 

Si el Barroco es el escenario histórico de la contradicción, del choque de las luces y las sombras, de la verdad y la mentira juntas, del espíritu y lo real de consuno, no hay mejor ejemplo de hombre barroco que Juan de Palafox y Mendoza.

Dice el profesor Ricardo García Cárcel que fue un perdedor; sin embargo, fue perdedor y ganador a la vez, como corresponde a un hombre que no vivió en combate permanente para algo tan simple como ganar o perder. Eso lo pretendían sus admiradores o sus detractores, juanetes y palancas, o carmelitas y jesuitas, facciones contrarias en la Corte… y hasta en Roma.

Pero Juan de Palafox estaba por encima de esa sencilla dicotomía. Pues qué importa ganar este mundo si pierdes la gloria… Y Palafox conquistó la gloria, la gloria expresada con las armas intelectuales del Barroco –no hay nada más contradictorio que la verdad– y los instrumentos triunfales de la Iglesia de Trento y la Monarquía Hispánica Universal. Para ello, se enfrentó a todos y todos se enfrentaron a él. Es una guerra que empezó en México hace más de tres siglos y que todavía no ha terminado aunque Juan de Palafox ya sea santo… justo un par de años antes de que un jesuita sea papa (Palafox fue beatificado por Benedicto XVI en 2011. Su fiesta es el 6 de octubre).

 

Vida interior y primeras contradicciones

Todo en la vida y en la obra de Palafox participa de las contradicciones del Barroco. Su propio nacimiento es el menos adecuado para llegar a obispo, pues nació de una relación extramatrimonial del marqués de Ariza, quien llevó a la madre soltera a la navarra Fitero para ocultarla, igual que al fruto. Allí nació el niño el 24 de junio de 1600 –fue bautizado en la abadía cisterciense el 29 de junio– y fue criado por una familia de humildes campesinos hasta que tuvo diez años.

La inclinación a la hipérbole barroca y al juego de la contradicción lleva a Palafox a relatarnos sus primeros pasos de una manera sorprendente. En su autobiografía, que titula Vida interior –subtitulada Confesión y confusión de un pobre y miserable pecador, ejemplo de nuevo de la prosa efectista barroca–, escrita cuando ya ha logrado ser un perseguido por todos, el nacimiento extramatrimonial y la supervivencia se convierten en actos heroicos con la directa protección de Dios:

“Defendió Dios aquella inocente criatura, antes perseguida que nacida… y en los primeros movimientos del vivir la defendió, que no llegase a morir”.

En la Vida interior, el niño había nacido ya “aborrecido” y “fue recibido como enemigo de todos”. Para aumentar todavía más el dramatismo del que ya se consideraba una víctima, Palafox relata como cierto el intento de arrojar al niño al río, en una canastilla, y luego exclama: “¡Nuevo Moisés de nombre Juan!” Así, el niño fue salvado por un anciano al que sorprendió la turbación de la criada que había recibido el encargo de deshacerse del fruto del pecado. Luego, el niño

“crióse pobre porque lo era quien lo criaba, y siendo un poco mayor iba a guardar tres o cuatro ovejas de su padre putativo, y así pasó aprendiendo los primeros rudimentos de las letras y la fe”.

De la madre apenas se sabe nada con seguridad. Hay dos hipótesis: la de los que piensan que pudo ser Lucrecia de Mendoza (a la que se inclina Francisco Sánchez-Castañer) y la de los que mantienen que sería Ana de Casanate, luego en religión Ana de la Madre de Dios. Ésta fue defendida por sor Cristina de Arteaga, doctora en 1930 con una tesis sobre Palafox (publicada en 1985). De su madre, Palafox hace una descripción típica de la misoginia barroca: la mujer pecadora es castigada por Dios

“con tal centella de dolor y contrición que poco tiempo de flaca (había sido hasta entonces muy virtuosa y honesta) castigó con treinta años de una vida muy penitente, dejando el mundo y muchos bienes de fortuna”.

A los diez años, el padre reconoció a Palafox, a quien dio los apellidos y todos los honores y atributos del estado noble, y le llevó a estudiar con los maestros de gramática de la región, primero en Tarazona, sede episcopal; luego pasó a la Universidad de Huesca, a Salamanca y a Alcalá de Henares, donde completó los estudios de bachiller y licenciado; el doctorado lo obtuvo más tarde, en 1633, en la Universidad de Sigüenza. Antes hubo de tomar una decisión: o el sacerdocio, destino de tantos licenciados y doctores universitarios de letras, o el matrimonio, el mundo, que para él era ya tan atractivo.

Palafox probó el mundo, incluso en exceso. Según él mismo declara, parece que tuvo años de juventud alocada e impía, aunque quizás se trate de nuevo de su desmesurado afán por la hipérbole y el contraste. Sus primeros pasos políticos los dio en el marquesado de Ariza, administrando el señorío paterno y engrosando el brazo de la nobleza aragonesa en las Cortes de 1626, celebradas en Calatayud, en las que brilló lo suficiente para conseguir ser nombrado fiscal del Consejo de Guerra. Pero aún así, abrazó el sacerdocio. Era el año 1629. Inmediatamente, pidió el relevo en el Consejo de Guerra y fue nombrado fiscal del de Indias.

Cobijado por el manto protector del conde-duque de Olivares, Palafox comienza su carrera de triunfador en la Corte. Desempeña diversos cargos como un perfecto cortesano, entre ellos el de capellán de María de Austria, hermana de Felipe IV, el cargo que le permitirá hacer un viaje de casi dos años por Europa acompañando a la comitiva que conduce a la infanta a su boda con el futuro emperador Fernando III. Son sus años de plenitud política.

El joven Palafox reflexiona y escribe sobre lo que ve, sobre las altas jerarquías que conoce, príncipes y reyes; además del diario, escribe de todo, incluso unas Guerras civiles de la China, o un Diálogo político del estado de Alemania. Pero a la vez, va meditando sobre la situación de España, lo que le hace aproximarse al género de los arbitristas.

Descubre que España está en decadencia y lo dice, pero a diferencia de los que proponen medidas útiles, directamente relacionadas con la agricultura, la industria o el manejo del dinero y el crédito, Palafox elige la vía un tanto huera –y poco motivadora– de la profecía negativa. Es evidente que acertará y que hay suficientes frases en sus obras de este tiempo que permiten pensar que intuía con claridad lo que al fin ocurrirá en Cataluña o en Portugal en 1640, pero ése es también el momento en que Palafox es nombrado obispo en Puebla, en México, justo cuando su voz sonaba alto en la Corte. Tantas veces se utilizó el sistema de nombrar cargos lejos en la Monarquía Hispánica que nunca sabremos si fueron las intrigas en la Corte en el entorno de Olivares o la idoneidad para el cargo lo que motivó que Palafox tuviera que dejar la Corte y tomar posesión de la mitra mexicana en 1640. En cualquier caso, es seguro que el futuro obispo era ya muy conocido en los círculos políticos del entorno de Olivares por tener ideas propias y que, igualmente, su cargo en Indias le había permitido conocer la situación muy especial que se vivía en México.

El profesor José María Jover describió con maestría la posición política de Palafox antes de ir a América. Se basó en el Juicio político de los daños y reparos de cualquiera monarquía, la obra impresa de la que Jover manejó el manuscrito, titulado Juicio interior y secreto de la Monarquía para mí solo. La obra escrita por Palafox tras su viaje europeo reflejaba sus grandes temores: ante la herejía, que comprobó en las cortes europeas de Holanda y Alemania, contra la que no vio ningún remedio salvo defender del peligro a España; y ante la crisis de la nación española:

“¡Ay de España, cuando tenga la guerra dentro de su misma casa!”

El catastrofismo no impidió a Palafox reflexionar sin el apasionamiento del “centralismo” en crisis y dejarnos algunas frases que todavía hoy invitan a reflexionar sobre el ser de España, o sobre las maneras diversas de ser español. El profesor Jover ya vio –una nueva contradicción barroca– las dos caras del discurso político palafoxiano: la unidad natural bajo la monarquía y la religión, y la pluralidad nacional de España. Veámoslo en el escrito de Palafox:

 

“¿Qué fatal espejismo es ése de que porque la Corte resida en Madrid, es decir, en Castilla, se haya de considerar a los nacidos en las demás regiones como extranjeros o, al menos, como súbditos poco seguros?”

 

O más aún. En la interpretación de García Cárcel, Palafox se sitúa en lo que este historiador llama “perecismo” –en alusión al conflicto que el asunto Antonio Pérez provoca en Aragón–, es decir, “la visión aragonesa que se configura a finales del siglo XVI y que representará más tarde perfectamente Gracián: una concepción federalista de la monarquía compuesta”. Palafox abonaría esta manera de pensar –una nueva contradicción con el pensamiento de los que le rodean en la Corte– con la siguiente reflexión:

 

“Y pues Dios siendo creador que pudo crear tierras de la misma manera, las creo diferentes, y en toda Vizcaya no se hallará apenas una naranja, ni en toda Valencia una castaña, no habiendo en Valencia otra cosa que naranjas, ni en Vizcaya que castañas, porque quiso necesitar unas tierras a otras para hacer más sociable esta naturaleza para otros fines necesarios también, que las leyes sigan como el vestido la forma del cuerpo y se diferencien en cada reino y nación”.

 

En esas circunstancias y teniendo estas ideas, el fiscal y decano del Consejo de Indias, el consumado político que escribió sobre remedios de la monarquía en crisis sin tener una visión “castellana” era nombrado obispo en 1639.

No debe ser sólo un dato más el hecho de que rechazara el nombramiento con el único argumento posible: la afectación de humildad. En su autobiografía refiere que por esos años “echó de sí toda vestidura preciosa y se vistió de paño de bajo precio”; sin embargo, no olvidaba decir que era “ministro y consejero del Rey”. ¿Era una manera de exhibir el contraste entre su austeridad y sus ideas políticas realistas y el teatro mundano y efectista de los aduladores del conde-duque?

El duelo apasionado entre detractores y defensores del santo ha puesto muy difícil que el historiador objetivo haga su trabajo con la necesaria serenidad. Nada en la vida –y en la memoria– del gran polemista, perseguidor y perseguido, puede hacerse –aún hoy– sin pasión.

Con esa prevención iniciamos sus años americanos. Pero eso será en la siguiente entrega.

 

Finaliza  en San Juan de Palafox, obispo y virrey… y azote de jesuitas (II)


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Nací en 1953, en Murillo de Río Leza, un pueblo riojano amable y próspero, con buen vino y muy poca cultura. Gracias a una beca pude ir, en 1972, a la Universidad de Zaragoza, donde quedé fascinado por el saber de muchos profesores, pero sobre todo por Rafael Olaechea. Otra beca, la de investigación, me permitió hacer la tesis doctoral y, en 1981, tuve mi primer encargo docente en el Colegio Universitario de La Rioja. Creada la Universidad de La Rioja en 1992, asumí el compromiso total como director de departamento y miembro de la junta de gobierno, saqué mi cátedra y publiqué mis dos mejores libros: El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001; actualizado y ampliamente revisado en dos volúmenes para Punto de Vista en 2013). Pero no olvidé la historia local, el laboratorio, y escribí libros sobre el vino, la guerra civil o el franquismo, con otros doctorandos y profesores jóvenes. Mi predilección por la política en el XVIII me llevó a seguir escribiendo artículos y libros, digitalizados en www.gomezurdanez.com, la página creada en 2000 que recoge también mi relación constante con Polonia desde que, en 1997, conocí a mis amigos Cezary Taracha y Jan Ciechanowski, hoy catedrático en Lublin uno y ministro del gobierno, otro; grandes hispanistas.

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